Versículo destacado
Mateo 16:21 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, sufrir muchas cosas por parte de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser asesinado y ser resucitado al tercer día. "
Mateo 16:21
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
19 Te daré las llaves del reino del cielo. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
20 Entonces ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era Jesús, el Cristo.
21 Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, sufrir muchas cosas por parte de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser asesinado y ser resucitado al tercer día.
22 Entonces Pedro lo tomó y comenzó a reprenderlo, diciendo: «¡Lejos esté esto de ti, Señor! Esto no te sucederá».
23 Pero él se volvió y le dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres».
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Aquí vemos a Cristo hablando con sus discípulos acerca de su propio sufrimiento. Observemos cómo comienza a hablarles de esto en ese momento y cómo, a partir de entonces, se refiere a ello con frecuencia. Ya les había dado algunas señales, por ejemplo, cuando habló de destruir el templo, de que el Hijo del Hombre sería levantado y de comer su carne y beber su sangre. Pero ahora habla de manera abierta y clara. Antes no lo había hecho porque los discípulos todavía eran débiles y no podían soportar una verdad tan triste y desconcertante. Ahora estaban creciendo en entendimiento y fortaleciéndose en la fe, así que comenzó a hablarles con toda claridad.
Esto muestra que Cristo revela su voluntad paso a paso y da luz en la medida en que las personas pueden recibirla. Lo hizo después de que los discípulos confesaron plenamente que él es el Hijo de Dios. Cuando estuvieron firmes en una verdad, les enseñó otra, porque al que tiene, se le dará más. Necesitaban estar bien establecidos en las verdades básicas acerca de Cristo antes de avanzar hacia la madurez (Hebreos 6:1). Si todavía no hubieran estado firmes en su fe de que él es el Hijo de Dios, esto habría sacudido gravemente su confianza. No toda verdad debe decirse a toda persona en cualquier momento. La verdad debe comunicarse de acuerdo con la condición presente de quienes la reciben.
Ahora observemos lo que predijo acerca de su sufrimiento. Dijo dónde ocurriría, quiénes lo provocarían, qué clase de sufrimiento enfrentaría y qué sucedería después; todo esto era sorprendente. Iría a Jerusalén, la ciudad principal y la ciudad santa, y allí sufriría. Aunque pasó la mayor parte de su tiempo en Galilea, moriría en Jerusalén. Allí se ofrecían los sacrificios, y por eso allí debía morir, pues él es el gran sacrificio.
También mencionó a las personas que lo llevarían a la muerte: los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas. Ellos formaban el gran Sanedrín, el consejo judío que se reunía en Jerusalén y gozaba de gran respeto entre el pueblo. Los mismos hombres que debían haber recibido y honrado a Cristo eran quienes se oponían a él con mayor amargura. Resulta impactante que hombres que conocían las Escrituras, afirmaban esperar al Mesías y ocupaban cargos sagrados lo trataran con tanta crueldad cuando vino. El poder romano condenó y crucificó a Cristo, pero Mateo pone primero la responsabilidad en los principales sacerdotes y los escribas, quienes impulsaron el caso.
Cristo también les dijo lo que sufriría. Debía padecer muchas cosas y ser asesinado. En esas muchas formas de sufrimiento y en la intensidad de cada una se ven tanto el odio cruel de sus enemigos como la firme paciencia de Cristo. Nada menos que su muerte los satisfaría. Sufrir muchas cosas, si no termina en la muerte, es más soportable porque todavía queda la vida. Pero él debía sufrir muchas cosas primero y después ser asesinado.
Sin embargo, Cristo también les anunció el resultado glorioso. Resucitaría al tercer día. Tal como lo hicieron los profetas, Cristo anunció de antemano no solo sus sufrimientos, sino también la gloria que vendría después (1 Pedro 1:11). Su resurrección al tercer día demostraría que él es el Hijo de Dios aun después de sufrir, y por eso la mencionó para fortalecer la fe de sus discípulos. Cuando habló de la cruz y la vergüenza, también habló del gozo que tenía por delante; con esa esperanza soportó la cruz y despreció la vergüenza. Nosotros también debemos contemplar el sufrimiento de Cristo por nosotros y reconocer el camino que conduce a su gloria. Y cuando suframos por Cristo, debemos mirar más allá del sufrimiento hacia la recompensa. Si sufrimos con él, también reinaremos con él.
También anunció su sufrimiento para mostrar que formaba parte del plan eterno de Dios y del acuerdo entre el Padre y el Hijo. Esto había sido establecido desde la eternidad. Cristo debía sufrir. Todo estaba dispuesto conforme al propósito firme y al conocimiento previo de Dios, como parte de la obra que Cristo aceptó voluntariamente para nuestra salvación. Estos sufrimientos no lo tomaron por sorpresa ni le sobrevinieron como una trampa. Los conocía claramente de antemano, y eso engrandece aún más su amor (Juan 18:4).
Además, hizo esto para corregir la idea equivocada que sus discípulos tenían acerca de su reino. Ellos creían que era el Mesías, pero esperaban únicamente grandeza, poder y honor visibles en este mundo. Cristo les enseñó algo diferente. Les habló de la cruz y del sufrimiento, e incluso les dijo que los principales sacerdotes y los ancianos, de quienes quizá esperaban apoyo para el reino del Mesías, serían en cambio sus enemigos más feroces. Esto les daría una idea muy distinta del reino que habían estado anunciando. Era necesario corregir ese malentendido. A quienes siguen a Cristo se les debe decir claramente que no deben esperar grandes cosas en este mundo.
También les anunció su sufrimiento para prepararlos para la tristeza y el temor que sentirían cuando él padeciera. Cuando su Maestro sufriera muchas cosas, los discípulos no podrían evitar compartir parte de ese dolor. Si él moría, quedarían llenos de terror. Cristo quería que lo supieran de antemano para que pudieran estar preparados. Cuando se advierte a las personas con anticipación, están mejor preparadas para mantenerse firmes.
Pedro se ofendió al escuchar esto y dijo: «¡Dios no lo permita, Señor!». Probablemente habló en nombre de los demás discípulos, como solía hacerlo, pues era su portavoz principal. Llevó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo. Tal vez Pedro acababa de escuchar cosas tan grandes de parte de Cristo que se volvió un poco demasiado confiado y atrevido. Es muy difícil permanecer humildes y con una opinión baja de nosotros mismos cuando acabamos de recibir honra.
Pedro no tenía derecho a contradecir a su Maestro ni a pretender aconsejarlo. Quizá deseaba que, si era posible, aquella copa pasara de él, pero estaba mal decir con tanta firmeza: «Esto no debe suceder», cuando Cristo ya había dicho: «Esto debe suceder». Nadie puede instruir a Dios. Quien pretende corregirlo tendrá que responder por ello. Cuando las obras de Dios nos resultan difíciles de entender o van en contra de nuestros deseos, debemos aceptarlas en silencio y no intentar dirigir la voluntad divina. Dios sabe lo que hace sin necesitar nuestras instrucciones. Si de verdad no conocemos la mente del Señor, no tenemos derecho a actuar como sus consejeros (Romanos 11:34).
La reacción de Pedro también provenía de una manera de pensar humana y terrenal, pues se oponía con tanta fuerza al sufrimiento y estaba tan perturbado por el escándalo de la cruz. Nuestra naturaleza caída siempre busca protegerse y vivir cómoda. Tendemos a medir el sufrimiento únicamente por la manera en que afecta esta vida, y según esa medida parece doloroso. Pero existen criterios más elevados para evaluarlo; si los mantenemos presentes, podremos soportar el sufrimiento con valor (Romanos 8:18). Observemos cuán fuerte fue la expresión de Pedro: «¡Dios no lo permita, Señor!».
En otras palabras: «Dios no permita que sufras y mueras, Señor. No podemos soportar siquiera pensarlo». También podría entenderse así: «Cuídate, Señor, y entonces nadie podrá tratarte con dureza. Ten compasión de ti mismo, y esto no te sucederá». Pedro quería que Cristo temiera el sufrimiento tanto como él, pero nos equivocamos cuando medimos el amor y la paciencia de Cristo según los nuestros. Pedro también parecía pensar, desde una perspectiva humana, que aquello no podía suceder. Era como si dijera: «Esto nunca te sucederá. Es imposible que alguien con tanta influencia entre el pueblo como tú sea derrotado por los ancianos, que tienen miedo del pueblo. No puede ser. Nosotros, que te hemos seguido, lucharemos por ti si es necesario, y muchos otros se unirán a nosotros».
La respuesta de Cristo a esta sugerencia es muy firme. En Mateo 16:23, se vuelve hacia Pedro y, podemos suponer, con el rostro serio, le dice: «¡Aléjate de mí, Satanás!». No se detiene a considerarlo, sino que responde de inmediato a la tentación. Poco antes había dicho: «Bienaventurado eres, Simón», y, por así decirlo, lo había hecho partícipe de su confianza. Ahora le dice: «¡Aléjate de mí, Satanás!», y ambas respuestas eran merecidas. Una buena persona puede, en medio de una tentación repentina, actuar de una manera muy distinta a la habitual.
Cristo respondió a Pedro como había respondido al mismo Satanás en Mateo 4:10. Satanás suele obrar enviando tentaciones por medio de nuestros amigos más cercanos, y no debemos ignorar sus estrategias. Atacó a Adán por medio de Eva, a Job por medio de su esposa y aquí intentó atacar a Cristo por medio de Pedro, a quien Jesús amaba. Por eso debemos permanecer alerta ante el pecado, sin importar quién nos lo proponga. Incluso el afecto de los amigos puede ser distorsionado por Satanás y convertirse en una tentación.
Las personas cuyos sentidos espirituales están entrenados reconocerán la voz de Satanás, aun cuando llegue por medio de un amigo, un discípulo o un ministro que intente apartarlas de su deber. Debemos prestar atención a lo que se dice, no solo a quién lo dice. Necesitamos aprender a reconocer la voz del diablo incluso cuando habla por medio de un santo, no únicamente cuando habla por medio de una serpiente. Cualquiera que intente impedirnos hacer lo bueno o nos haga temer hacer demasiado por Dios está hablando el lenguaje de Satanás.
También debemos ser sinceros y honrados al corregir incluso a nuestro amigo más querido cuando dice o hace algo malo, aunque sus intenciones hacia nosotros sean bondadosas. No debemos halagar las muestras de afecto equivocadas. «Fieles son las heridas del amigo» (Salmo 141:5). Tales reprensiones deben recibirse como una muestra de bondad.
Todo lo que parezca una tentación para pecar debe rechazarse de inmediato, no debatirse. ¿Por qué se ofendió tanto Cristo ante un comentario que parecía tan amable? Se dan dos razones. Primero: «Tú eres para mí una piedra de tropiezo» o, más literalmente, «Tú eres un tropiezo para mí». Cristo avanzaba firmemente hacia la obra de nuestra salvación, y su corazón estaba totalmente entregado a ella. Le dolía profundamente que intentaran impedirle cumplirla o tentarlo a retroceder ante la parte más difícil de esa obra. Estaba tan comprometido con nuestra redención que incluso los intentos indirectos de apartarlo de ella lo afectaban profundamente.
A Pedro no se le reprendió con tanta severidad por negar a su Maestro durante su sufrimiento como por intentar impedirle sufrir. Lo primero fue una falta de bondad; lo segundo fue llevar la bondad demasiado lejos. Cuando una persona se indigna porque la animan a retroceder y no soporta escuchar nada contrario a su propósito, demuestra una gran firmeza de intención. Cristo valoró nuestra salvación por encima de su propia comodidad y seguridad, porque «ni siquiera Cristo buscó agradarse a sí mismo» (Romanos 15:3). No vino al mundo para protegerse, como Pedro le aconsejaba, sino para entregarse por nosotros.
Por eso Cristo llamó Satanás a Pedro cuando este le hizo aquella sugerencia. Todo lo que se interpone en el camino de nuestra salvación, Cristo lo trató como algo que provenía del diablo, su enemigo declarado. El mismo Satanás que después entró en Judas, buscando destruir a Cristo en su misión, aquí impulsó a Pedro, de una manera más agradable en apariencia, a apartarlo de ella. Satanás con frecuencia se disfraza como ángel de luz.
«Tú eres para mí una piedra de tropiezo». Quienes participan en una gran obra buena deben esperar obstáculos y oposición, tanto de amigos como de enemigos, tanto desde dentro como desde fuera. Quienes bloquean nuestro avance en el cumplimiento del deber deben ser considerados un tropiezo para nosotros. Cumplimos la voluntad de Dios como lo hizo Cristo, cuyo alimento y bebida eran hacerla, cuando nos duele que intenten apartarnos de nuestro deber. Quienes nos impiden hacer algo por Dios o sufrir por él cuando nos llama a hacerlo son, en ese asunto, satanes, es decir, adversarios nuestros.
Segundo: «No tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres». Las cosas de Dios, es decir, su voluntad y su gloria, con frecuencia chocan con las cosas humanas: nuestras riquezas, comodidad, placer y reputación. Cuando hacemos del deber cristiano nuestro camino y nuestra labor, y del favor de Dios nuestra meta y nuestra porción, estamos poniendo la mente en las cosas de Dios. Pero, si hacemos eso, debemos negarnos a nosotros mismos, enfrentar peligros y soportar dificultades. Esa es la prueba de lo que realmente valoramos.
Quienes tienen demasiado miedo de sufrir por Cristo y evitan cuidadosamente ese sufrimiento cuando son llamados a enfrentarlo están pensando más en las preocupaciones humanas que en las divinas. Con su conducta demuestran que les importan más esas cosas terrenales, y también se lo dejan claro a los demás.
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De este capítulo
Mateo 16:1
"Los fariseos y los saduceos se acercaron y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrara una señal del cielo."
Mateo 16:2
"Él les respondió: Al atardecer, ustedes dicen: “Hará buen tiempo, porque el cielo está rojo”."
Mateo 16:3
"Y por la mañana dicen: “Hoy habrá mal tiempo, porque el cielo está rojo y sombrío”. ¡Hipócritas! Ustedes saben distinguir el rostro del cielo, ¿pero no pueden distinguir las señales de los tiempos?"
Mateo 16:4
"«Una generación malvada y adúltera busca una señal, pero no se le dará ninguna señal, excepto la señal del profeta Jonás». Y dejándolos, se fue."
Mateo 16:5
"Cuando sus discípulos llegaron al otro lado, habían olvidado llevar pan."
Mateo 16:6
"Entonces Jesús les dijo: «Estén atentos y cuídense de la levadura de los fariseos y de los saduceos»."
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