Versículo destacado
Mateo 10:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Miren, yo los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean prudentes como serpientes e inofensivos como palomas. "
Mateo 10:16
¿Qué significa Mateo 10:16?
Mateo 10:16 enseña que los seguidores de Jesús enfrentarán oposición y deben actuar con sabiduría sin perder la bondad. Ser “prudentes” implica evaluar riesgos y hablar con discernimiento; ser “inofensivos” significa no responder con engaño ni violencia. En el trabajo, la comunidad o la familia, este equilibrio ayuda a mantener la fe y la paz bajo presión.
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El versículo en contexto
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14 Si alguien no los recibe ni escucha sus palabras, al salir de esa casa o ciudad, sacúdanse el polvo de los pies.
15 En verdad les digo que, en el día del juicio, será más tolerable para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.
16 Miren, yo los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean prudentes como serpientes e inofensivos como palomas.
17 Pero cuídense de los hombres, porque los entregarán a los consejos y los azotarán en sus sinagogas.
18 Y serán llevados ante gobernadores y reyes por causa de mí, para dar testimonio contra ellos y contra los gentiles.
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Todos estos versículos tratan sobre los sufrimientos que los ministros de Cristo enfrentarían en su servicio. Él les enseña a esperar dificultades, prepararse para ellas y seguir sirviendo en medio de ellas. Esta parte del sermón mira más allá de la misión que tenían en ese momento, porque no vemos que hayan sufrido mucho mientras Cristo todavía estaba con ellos. Aún no tenían la fortaleza necesaria para enfrentar pruebas semejantes, pero las enfrentarían después de la resurrección de Cristo, cuando su misión se extendería y el reino de los cielos quedaría plenamente establecido.
Ellos pensaban solamente en el honor y el poder terrenales, pero Cristo les dijo que debían esperar sufrimientos más profundos que los que habían conocido antes. Esperaban convertirse en príncipes, pero serían hechos prisioneros. Es sabio saber de antemano qué dificultades pueden venir, para estar preparados y no jactarnos como si la batalla ya hubiera terminado cuando apenas comenzamos a ponernos la armadura. Aquí encontramos tanto anuncios de aflicción como consejos y consuelo para enfrentarla.
Cristo veía sus sufrimientos con tanta claridad como los suyos propios, y aun así los envió. También les anunció esas dificultades para que no los sorprendieran ni sacudieran su fe. Cuando los problemas llegaran exactamente como él lo había dicho, fortalecerían su fe en lugar de debilitarla. Les dice tanto lo que sufrirán como quiénes les harán sufrir.
Debían esperar cosas difíciles: «Miren, yo los envío como ovejas en medio de lobos» (Mateo 10:16). En medio de lobos hambrientos, las ovejas indefensas no pueden esperar otra cosa que ser atacadas y despedazadas. Las personas malvadas son como lobos porque tienen la naturaleza de devorar y destruir. El pueblo de Dios, especialmente sus ministros, es como ovejas entre ellos: tiene una naturaleza y un espíritu diferentes, está expuesto a ellos y con frecuencia se convierte en un blanco fácil.
Esto podría parecer poco bondadoso de parte de Cristo, pues aquellos hombres habían dejado todo para seguirlo. Pero él sabía que la gloria que esperaba a sus ovejas, cuando estuvieran a su derecha en el día final, compensaría con creces sus sufrimientos y su servicio. Son ovejas entre lobos, lo cual es aterrador; pero Cristo las envía, y eso es motivo de consuelo. El que las envía también las protege y las sostiene. Aun así, les dice claramente lo peor que deben esperar.
También debían esperar ser odiados: «Todos los odiarán por causa de mi nombre» (Mateo 10:22). Esa es la raíz de todo lo demás, y es una raíz amarga. A quienes Cristo ama, el mundo los odia. Si el mundo odió a Cristo sin motivo (Juan 15:25), no es extraño que odie a quienes llevan su imagen y sirven a sus propósitos. Odiamos lo que parece repugnante o dañino, y el mundo trata a los creyentes como si fueran desechos, como «la basura del mundo» (1 Corintios 4:13). También los trata como alborotadores, tal como acusaron a Elías de ser «el que perturba a Israel» (1 Reyes 18:17), y como personas que atormentan a otros (Apocalipsis 11:10).
Es doloroso ser odiado y soportar tanta hostilidad. Sin embargo, es por causa del nombre de Cristo. Eso muestra la verdadera razón del odio, cualquiera que sea la excusa que den las personas, y trae consuelo a quienes lo sufren. Sufren por una causa justa y tienen un buen Amigo que comparte su carga y toma ese sufrimiento como algo personal.
También debían esperar ser arrestados y llevados a juicio como criminales. Su malicia obstinada sería lo bastante fuerte como para actuar. No solo intentarían entregarlos, sino que lograrían llevarlos ante los concilios (Mateo 10:17-18), tribunales locales formados por líderes o jueces que supuestamente debían mantener el orden público. Muchas veces se les hace gran daño a personas buenas bajo la apariencia de la ley y la justicia: «En el lugar de la justicia, allí había impiedad» (Eclesiastés 3:16).
Sus problemas no terminarían en los tribunales inferiores. También serían llevados ante gobernadores y reyes, los gobernantes de más alto nivel. Comparecer ante ellos, frente a las historias falsas que con tanta frecuencia se contaban acerca de los seguidores de Cristo, sería aterrador y peligroso. La ira de un rey es como el rugido de un león. Vemos esta advertencia cumplirse muchas veces en el libro de los Hechos.
Incluso debían esperar la muerte: «Los matarán» (Mateo 10:21). Lo harían con ceremonias y demostraciones públicas, cuando la muerte parece presentarse en su forma más aterradora. El odio de sus enemigos sería tan profundo que tendrían sed de sangre. Sin embargo, la fe y la paciencia de los santos permanecerían firmes. Pablo pudo decir: «No considero mi vida de mucho valor para mí mismo» (Hechos 20:24). La sabiduría de Cristo permite esto porque él sabe cómo hacer de la sangre de los mártires un sello de la verdad y una semilla para la iglesia.
Al no amar sus propias vidas hasta el punto de temer la muerte, este noble ejército de testigos vence a Satanás y hace avanzar grandemente el reino y la causa de Cristo (Apocalipsis 11:11). Sus enemigos los matan como criminales, pero en realidad mueren como sacrificios (Filipenses 2:17; 2 Timoteo 4:6), como ofrendas quemadas: actos de devoción ofrecidos a Dios en honor de su verdad y de su causa.
En medio de todo esto, también recibirían los nombres y los insultos más despreciables. Los perseguidores se avergonzarían si antes no disfrazaran a las personas que atacan, cubriéndolas con una apariencia repugnante para poder justificar su crueldad. El peor insulto mencionado aquí es que los llamarían Beelzebú, el nombre del príncipe de los demonios (Mateo 10:25). De esa manera, presentarían a los siervos de Cristo como líderes del reino de las tinieblas. Como todos odian al diablo, usaban ese nombre para hacer que los creyentes fueran despreciables ante los ojos de todos.
Es impactante ver hasta qué punto el mundo puede ser engañado: a los enemigos declarados de Satanás se les presenta como sus amigos. A los apóstoles, que estaban derribando el reino del diablo, los llamaban demonios. Se les acusaba de cosas que ni siquiera conocían y de cosas exactamente opuestas a lo que ellos eran. Al mismo tiempo, los propios siervos de Satanás querían ser vistos como enemigos suyos, aun mientras hacían su obra con más eficacia que nunca. A menudo, quienes están más cerca del diablo son los primeros en acusar a otros de pertenecerle, mientras lo llevan en su propio corazón. Es un consuelo saber que llegará el día en que todo lo oculto saldrá a la luz (Mateo 10:26).
Estos sufrimientos también se representan como una espada y como división (Mateo 10:34-35).
No debemos pensar que Cristo vino a traer paz en el sentido de comodidad externa y éxito mundano. Muchos creían que Cristo había venido para hacer ricos y poderosos en este mundo a todos sus seguidores, pero él dice lo contrario. Vino a dar paz con Dios, paz en la conciencia y paz con los demás creyentes; sin embargo, en este mundo su pueblo enfrentaría dificultades.
Las personas suelen entender mal el evangelio cuando piensan que ser cristiano las protegerá de las dificultades. En realidad, las expondrá a problemas en esta vida. Si todos recibieran a Cristo, habría paz en todas partes. Pero como muchos lo rechazan, no solo las personas de este mundo, sino también la descendencia de la serpiente, los hijos de Dios, llamados a salir del mundo, deben esperar sentir los efectos de ese odio.
En efecto, Cristo dice que no debemos esperar paz, sino una espada. Él trae la espada de la palabra, por medio de la cual sus seguidores entran en conflicto con el mundo; y esa palabra realiza una obra conquistadora, como se ve en (Apocalipsis 6:4; 19:21). También trae la espada de la persecución, con la que el mundo ataca a los discípulos de Cristo, enfurecido por la palabra que los hiere hasta lo profundo del corazón, como en (Hechos 7:54), y por el testimonio de los siervos de Cristo, como en (Apocalipsis 11:10). Esta espada ha causado una obra cruel. Cristo envía el evangelio, que da lugar a este conflicto, y en ese sentido envía la espada. Él ordena que su iglesia atraviese una condición de sufrimiento para probar y honrar la gracia de su pueblo y para colmar la medida de los pecados de sus enemigos.
También debemos esperar división, como en (Mateo 10:35). Cristo dice que vino a poner a unas personas en contra de otras. La culpa no es del evangelio, sino de quienes lo rechazan. Cuando unos creen lo que se predica y otros no, la fe de los creyentes condena la incredulidad, y eso despierta hostilidad contra quienes creen. Las disputas más intensas y difíciles con frecuencia han surgido por diferencias religiosas. No hay odio como el de los perseguidores ni firmeza como la de los perseguidos.
De esta manera, Cristo les dice claramente a sus discípulos lo que deben sufrir, y estas son palabras difíciles. Si pueden soportar esto, podrán soportar cualquier cosa. Él ha sido honesto con nosotros al decirnos lo peor que podríamos encontrar en su servicio, y quiere que nosotros también seamos honestos con nosotros mismos al calcular el costo.
También les dice de quiénes vendrán esas dificultades. Resulta impactante pensar que una crueldad así se levante contra un mensaje cuyo contenido mismo es la buena voluntad hacia las personas y la paz con Dios. Sin embargo, el daño proviene precisamente de aquellos a quienes los mensajeros llevan la salvación. «Los sanguinarios aborrecen al íntegro, pero los justos buscan su vida» (Proverbios 29:10). El cielo encuentra tanta oposición en la tierra porque la tierra está en gran medida bajo el poder del infierno (Efesios 2:2).
Los discípulos de Cristo deben sufrir estas cosas difíciles, primero a manos de otras personas, como él dice en (Mateo 10:17). Les advierte que estén en guardia incluso frente a personas de su propio pueblo, porque la naturaleza humana está tan corrompida y caída. El ser humano puede ser astuto e ingenioso, pero también cruel y salvaje. La furia persecutoria convierte a las personas en bestias, incluso en demonios. Pablo dice que peleó contra bestias en Éfeso, refiriéndose a hombres que actuaban como bestias (1 Corintios 15:32).
Es una situación triste que los mejores amigos de Cristo tengan que cuidarse de otras personas. Su sufrimiento se vuelve más doloroso porque viene de quienes comparten su misma sangre y naturaleza. En esto, los perseguidores son peores que los animales, porque atacan a los de su propia especie. Es doloroso que se levanten contra nosotros aquellos de quienes esperaríamos protección y compasión (Salmo 124:1-8). Son solo seres humanos, personas comunes; no son santos, sino personas naturales que no tienen el Espíritu (1 Corintios 2:14), personas de este mundo (Salmo 17:14).
Los santos son más que simples seres humanos: han sido redimidos de entre la humanidad. Esa es una de las razones por las que el mundo los aborrece. Si la naturaleza humana no es renovada, es la peor naturaleza del mundo después de la naturaleza de los demonios. Son seres humanos y, por eso, son débiles, dependientes y mortales. Son solo seres humanos; ¿quién debería temerle a una persona que morirá? (Isaías 51:12). Algunos entienden esto como una advertencia acerca de los hombres que ellos conocían mejor: el consejo judío que rechazó a Cristo (1 Pedro 2:4).
También sufrirán a manos de personas que profesan la fe, de quienes tienen una apariencia de piedad y hacen demostraciones de religión. Los azotarán en sus sinagogas, los lugares donde se reunían para adorar y ejercer disciplina religiosa. Considerarían que golpear a los ministros de Cristo era parte de su religión. Pablo fue azotado cinco veces en las sinagogas (2 Corintios 11:24).
Los judíos, alegando celo por Moisés, estuvieron entre los perseguidores más encarnizados de Cristo y del cristianismo, y trataron esos abusos como actos de devoción. Los discípulos de Cristo han sufrido mucho a manos de perseguidores religiosos, que los azotan en sus sinagogas, los expulsan y los matan, mientras creen que están rindiendo un servicio a Dios (Juan 16:2). Dicen: «Que el Señor sea glorificado» (Isaías 66:5; Zacarías 11:4, 11:5). Pero la sinagoga no hace santa la persecución. En realidad, la persecución profana y deshonra la sinagoga.
También sufrirán a manos de personas importantes y gobernantes. Los judíos podían azotarlos solo hasta donde llegaba su propia autoridad; cuando ya no podían hacer más, entregaban a los creyentes a las autoridades romanas, como hicieron con Cristo (Juan 18:30). Los llevarían ante gobernadores y reyes (Mateo 10:18), que tenían mayor autoridad y podían causarles un daño mayor.
Los gobernadores y los reyes reciben su autoridad de Cristo (Proverbios 8:15), y deberían servirle y proteger a su iglesia, como padres que cuidan y sostienen. Sin embargo, con frecuencia usan su poder contra él, se rebelan contra Cristo y oprimen a su iglesia. Los reyes de la tierra se levantan contra su reino (Salmo 2:1-2; Hechos 4:25-26). A menudo, a las personas buenas les ha tocado tener como enemigos a personas poderosas.
Finalmente, sufrirán a manos de todos, como se explica en (Mateo 10:22). Serán aborrecidos por todas las personas malvadas, y los malvados son la gran mayoría, porque el mundo entero está bajo el poder del mal. Son tan pocos los que aman, apoyan y defienden la causa justa de Cristo que puede parecer que todos la odian. Todos se han descarriado y, por eso, devoran al pueblo de Dios (Salmo 14:3).
Mientras más se alejan las personas de Dios, más tienden a odiar a su pueblo. Este odio se manifiesta de distintas maneras en diferentes épocas, pero su veneno está escondido en el corazón de todos los que rechazan a Dios. El mundo los aborrece porque sigue a la bestia (Apocalipsis 13:3). Toda persona es mentirosa y, por eso, también aborrece la verdad.
Este odio a menudo proviene de los propios familiares. El hermano entregará a su hermano a la muerte (Mateo 10:21). Una persona incluso puede encontrarse enfrentada con su propio padre. En algunos casos, hasta el sexo más débil y tierno se convertirá tanto en perseguidor como en perseguido. La hija se levantará contra su madre creyente, allí donde el amor y el deber naturales deberían haber mantenido la paz. Entonces no sorprende que la nuera se vuelva contra la suegra, pues cuando el amor se enfría es fácil que surja el conflicto (Mateo 10:35). Al final, los enemigos de una persona pueden ser los de su propia casa (Mateo 10:36).
Quienes deberían ser amigos pueden enojarse porque una persona se ha convertido al cristianismo, y especialmente porque permanece fiel cuando comienza la persecución. Entonces incluso pueden unirse a sus enemigos contra ella. Los lazos más fuertes del amor y del deber familiar a menudo han sido quebrantados por el odio hacia Cristo y sus enseñanzas. El prejuicio contra la verdadera religión y el celo por una religión falsa con frecuencia han llevado a las personas a sacrificar los vínculos más cercanos y sagrados.
Cuando las personas se enfurecen contra el Señor y contra su Ungido, desgarran incluso esos lazos y se quitan de encima esas ataduras (Salmo 2:2, Salmo 2:3). La esposa de Cristo sufre amargamente por la ira de los hijos de su propia madre (Cantares 1:6). El sufrimiento causado por personas así es el que más duele. Nada hiere más profundamente que escuchar: «Eras tú, mi igual, mi amigo íntimo» (Salmo 55:12, Salmo 55:13). Y ese odio suele ser el más difícil de sanar, porque es más difícil reconciliarse con un hermano ofendido que conquistar una ciudad fortificada (Proverbios 18:19). Los relatos de los mártires cristianos, tanto antiguos como modernos, están llenos de ejemplos así.
Todo esto muestra que quienes quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús tendrán que sufrir persecución y que debemos entrar en el reino de Dios a través de muchas dificultades.
Junto con estas advertencias acerca de las dificultades, Cristo también da consejo y consuelo para el tiempo de prueba. Envía a sus discípulos en medio del peligro y espera que lo enfrenten, pero los equipa con suficientes instrucciones y ánimo para ayudarlos a atravesar cada prueba. Debemos reunir todo lo que él dice.
En primer lugar, les da instrucciones sobre varios asuntos. «Sean prudentes como serpientes» (Mateo 10:16). Algunos entienden esto como un permiso: «Pueden ser tan cautelosos como quieran, siempre que sigan siendo inofensivos como palomas». Pero es mejor entenderlo como un mandato. Se refiere a la prudencia que comprende cuál es el camino correcto; una prudencia útil en todo momento, pero especialmente en tiempos de sufrimiento.
Puesto que son enviados como ovejas en medio de lobos, deben ser prudentes como serpientes, no como zorros. La astucia del zorro engaña a los demás, pero la conducta de la serpiente tiene como único propósito protegerse y conservar su vida. Los discípulos de Cristo son odiados y perseguidos como serpientes, y la gente busca destruirlos; por eso necesitan una sabiduría semejante a la de la serpiente.
Es la voluntad de Cristo que su pueblo y sus ministros, puesto que con tanta frecuencia están expuestos a dificultades en este mundo, no se pongan en peligro innecesariamente. Deben usar todos los medios justos y legales para protegerse. Cristo mismo dio este ejemplo (Mateo 21:24, Mateo 21:25; Mateo 22:17, Mateo 22:18, Mateo 22:19; Juan 7:6, Juan 7:7). También escapó muchas veces de las manos de sus enemigos hasta que llegó su hora. Pablo dio otro ejemplo de esta prudencia (Hechos 23:6, Hechos 23:7). En la causa de Cristo, debemos considerar la vida y sus comodidades como algo a lo que no debemos aferrarnos, pero tampoco debemos desperdiciarlas sin cuidado.
La serpiente es prudente al proteger su cabeza para que no sea aplastada. También se tapa los oídos ante la voz del encantador (Salmo 58:4, Salmo 58:5) y se refugia en las grietas de las rocas. En ese sentido, podemos ser prudentes como serpientes. Debemos ser lo suficientemente prudentes para no atraer dificultades sobre nosotros mismos, para guardar silencio en tiempos malos y para no ofender cuando podamos evitarlo.
«Sean inofensivos como palomas» (Mateo 10:16). Sean amables, humildes y tranquilos. No les hagan daño a los demás, ni siquiera les deseen el mal. Estén libres de amargura, como las palomas. Esto siempre debe acompañar al primer mandato. Son enviados en medio de lobos, por lo que deben ser prudentes como serpientes. Pero son enviados como ovejas, por lo que deben ser inofensivos como palomas.
Debemos ser lo suficientemente prudentes para no hacernos daño a nosotros mismos, pero estar aún más dispuestos a sufrir eso que a hacerle daño a otra persona. Debemos valernos de la mansedumbre de la paloma para soportar veinte ofensas, antes que usar la astucia de la serpiente para hacer o devolver siquiera una.
Esta debe ser la preocupación constante de todos los discípulos de Cristo: ser inocentes y no hacer daño con lo que dicen y hacen, especialmente porque viven entre enemigos. Necesitamos un espíritu semejante al de la paloma cuando estamos rodeados de aves de rapiña, para no provocarlas ni dejarnos provocar por ellas. David anhelaba tener alas como de paloma para volar y descansar, no alas de halcón. El Espíritu descendió sobre Cristo como una paloma, y todos los creyentes comparten el Espíritu de Cristo: un espíritu formado para el amor, no para la guerra.
«Cuídense de los hombres» (Mateo 10:17). Manténganse alerta y eviten las compañías peligrosas. Tengan cuidado con lo que dicen y hacen, y no confíen demasiado rápido en la lealtad de nadie. Desconfíen incluso de las promesas más agradables. No confíen plenamente ni siquiera en un amigo o en la esposa de su propio corazón (Miqueas 7:5). Quienes tienen la gracia de Dios necesitan ser cautelosos, porque se nos enseña a dejar de poner nuestra confianza en el ser humano. Vivimos en un mundo quebrantado y no siempre podemos saber en quién confiar. Puesto que nuestro Señor fue traicionado con un beso por uno de sus propios discípulos, nosotros también debemos cuidarnos de los hombres, incluso de los falsos hermanos.
«No se preocupen por cómo o qué van a hablar» (Mateo 10:19). Cuando los lleven ante las autoridades, compórtense correctamente, pero no se atormenten con una preocupación ansiosa por el resultado del caso. Debe haber cierta reflexión cuidadosa, pero no una preocupación inquieta y perturbadora. Dejen ese cuidado en manos de Dios, junto con sus preocupaciones por la comida y la bebida. No intenten preparar discursos elegantes para ganarse el favor de otros, ni persigan frases ingeniosas, ocurrencias llamativas o palabras cuidadosamente elaboradas que solo sirvan para adornar una causa mala. Una causa justa no necesita ese tipo de decoración.
Si no están seguros de su causa, quizá se preocupen por las palabras. Pero si saben sobre qué fundamento están firmes, las palabras apropiadas llegarán cuando hagan falta. Nadie habló mejor ante gobernadores y reyes que aquellos tres hombres fieles, quienes no se habían preocupado de antemano por lo que dirían: «No tenemos necesidad de responderte sobre este asunto, oh Nabucodonosor» (Daniel 3:16). Véase también Salmo 119:46.
Los discípulos de Cristo deben pensar más en hacer el bien que en hablar bien, y más en conservar su integridad que en defenderla. Nuestras vidas, no nuestras palabras orgullosas, son la mejor defensa. Cuando la gente los rechace en una ciudad, huyan a otra (Mateo 10:23). De ese modo, rechacen a quienes los rechazan a ustedes y a su enseñanza, y busquen a otros que quizá los reciban a ustedes y a su mensaje.
Los discípulos de Cristo pueden y deben protegerse dejando el peligro cuando Dios, en su providencia, les abra una vía de escape. Quien huye puede volver a luchar. No es vergonzoso que los soldados de Cristo abandonen un lugar, siempre que no abandonen su lealtad. Pueden salir del peligro, pero no deben apartarse de su deber. Cristo cuida de sus discípulos al darles lugares de descanso y refugio. Él dispone las cosas de modo que la persecución no se desate al mismo tiempo en todas partes. Cuando una ciudad se vuelve demasiado peligrosa para ellos, otra permanece como una sombra más fresca y un pequeño refugio. Esta es una misericordia que debemos aprovechar, no despreciar. Sin embargo, nunca deben usar medios pecaminosos o ilegales para escapar, porque entonces no sería una puerta abierta por Dios. Tenemos muchos ejemplos de esta regla en la vida de Cristo y de sus apóstoles, y para aplicarla correctamente en cada caso se necesitan sabiduría e integridad.
«No les tengan miedo» (Mateo 10:26), porque solo pueden matar el cuerpo (Mateo 10:28). Es deber y también ventaja de los discípulos de Cristo no temer ni siquiera a sus enemigos más poderosos. Quienes verdaderamente temen a Dios no necesitan temer a las personas. Quienes tienen cuidado de evitar aun el pecado pequeño no necesitan ser dominados por grandes dificultades. El temor a los demás es una trampa: una trampa angustiosa que roba la paz y una trampa enredadora que nos arrastra al pecado. Por eso debemos vigilarlo, luchar contra él y orar en su contra. No importa cuán difíciles sean los tiempos, cuán violentos se vuelvan los enemigos o cuán amenazador parezca el futuro; no necesitamos tener miedo. No temeremos, aunque la tierra se estremezca, mientras tengamos un Dios tan bueno, una causa tan justa y una esperanza tan grande por la gracia de Dios.
Es fácil decirlo, pero la prueba es más difícil. Los potros de tortura y los tormentos, las prisiones y las galeras, las hachas y las horcas, el fuego y las estacas encendidas son cosas aterradoras. Bastan para hacer temblar y retroceder al corazón más valiente, especialmente cuando unos cuantos pasos a un lado podrían evitarlas. Por eso Cristo nos da una razón firme para no tener miedo. Nuestros enemigos tienen un poder limitado. Pueden matar el cuerpo, y ese es el extremo al que puede llegar su furia. No pueden ir más allá, a menos que Dios se los permita. No pueden matar el alma ni dañarla verdaderamente, y el alma es la verdadera persona. Esto demuestra que el alma no simplemente duerme al morir, como algunos imaginan, porque entonces matar el cuerpo también mataría el alma. El alma queda verdaderamente arruinada cuando se separa de Dios y de su amor, que son su vida, y cuando se convierte en un instrumento de su ira. Eso está fuera del alcance del poder humano.
La aflicción, la angustia y la persecución pueden separarnos del mundo, pero no pueden separarnos de Dios. No pueden hacer que dejemos de amarlo ni que dejemos de ser amados por él (Romanos 8:35, Romanos 8:37). Si cuidáramos más de nuestra alma, nuestro verdadero tesoro, temeríamos menos a las personas. El poder de ellas no puede quitarnos el alma. Solo pueden matar el cuerpo, que de todos modos pronto moriría, no el alma, que vivirá con Dios a pesar de ellas. Solo pueden aplastar la envoltura, no la joya que está dentro. En cierta ocasión, un pagano desafió a un tirano diciendo: «Puedes golpear la envoltura de Anaxarco, pero no puedes hacerle daño al propio Anaxarco». La perla de gran valor permanece intacta.
También existe un remedio mejor para este temor: temer a Dios. Teman a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. El infierno es la destrucción tanto del alma como del cuerpo; no significa que dejen de existir, sino que se arruine su bienestar. Es la ruina de la persona entera. Si el alma se pierde, el cuerpo también se pierde. Pecaron juntos. El cuerpo fue el tentador del alma y su instrumento para pecar, y ambos sufrirán juntos para siempre. Esta destrucción proviene del poder de Dios. Él puede destruir. Es una destrucción que procede de su poder glorioso (2 Tesalonicenses 1:9). En ella mostrará su poder, no solo su derecho a dictar sentencia, sino también su poder para ejecutarla (Romanos 9:22).
Dios debe ser temido incluso por los mejores santos en este mundo. Como conocemos el temor del Señor, persuadimos a las personas a tener reverencia ante él. Si su temor corresponde a su ira, entonces su ira debe corresponder a nuestro temor, especialmente porque nadie conoce plenamente el poder de su enojo (Salmo 90:11). Incluso Adán, en su estado de inocencia, estaba refrenado por una advertencia; por eso ningún discípulo de Cristo debe pensar que no necesita un temor santo. Feliz la persona que siempre teme a Dios. El Dios de Abraham, que ya había muerto, es llamado «el Temor de Isaac», quien todavía estaba vivo (Génesis 31:42, Génesis 31:53). El temor de Dios, vivo y reinando en el alma, es una defensa segura contra el temor a las personas. Es mejor caer bajo la ira del mundo entero que bajo la ira de Dios. Por eso, además de ser lo correcto en sí mismo, también es lo más seguro para nosotros obedecer a Dios antes que a las personas (Hechos 4:19). Quienes temen a un ser humano mortal olvidan al Señor, su Creador (Isaías 51:12, Isaías 51:13; Nehemías 4:14).
«Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a plena luz» (Mateo 10:27). Sin importar los peligros que enfrenten, sigan haciendo su trabajo. Sigan anunciando y proclamando el evangelio eterno a todo el mundo. Esa es su tarea, así que manténganse firmes en ella. Sus enemigos no solo quieren destruirlos; también quieren silenciar ese mensaje. Por eso, pase lo que pase, sigan dándolo a conocer. «Lo que les digo, díganlo». El mensaje que los apóstoles nos transmitieron es el mismo que recibieron de Jesucristo (Hebreos 2:3). Ellos hablaron todo lo que él les dijo, y nada más. Esos mensajeros recibieron sus instrucciones en privado, en la oscuridad, al oído y en lugares ocultos, muchas veces por medio de parábolas. Cristo habló muchas cosas abiertamente, y nunca enseñó en secreto algo que contradijera lo que había predicado en público (Juan 18:20).
Sin embargo, las instrucciones especiales que les dio a sus discípulos después de su resurrección acerca de los asuntos del reino de Dios se las comunicó en privado, como si se las susurrara al oído (Hechos 1:3), porque ya no se les aparecía públicamente. Aun así, ellos debían llevar su mensaje al público, a plena luz y desde los techos de las casas. El evangelio es algo que todos necesitan escuchar (Proverbios 1:20-21; Proverbios 8:2-3); por eso, como dice el refrán, quien tenga oídos debe escuchar. La primera señal de que los gentiles serían recibidos en la iglesia ocurrió en una azotea (Hechos 10:9). Ninguna parte del evangelio de Cristo debe ocultarse por ninguna razón. Todo el plan de Dios debe darse a conocer (Hechos 20:27), y debe enseñarse con claridad y de manera completa aun en medio de una multitud diversa.
Cristo también les dio consuelo y ánimo. Les dijo lo suficiente para fortalecerlos, aunque incluso eso podría parecer poco cuando pensamos en las dificultades que enfrentarían a lo largo de su ministerio y en su debilidad presente. Apenas podían soportar siquiera la idea de recibir un trato así sin la ayuda firme de él. Por eso, Cristo les mostró por qué debían cobrar ánimo.
Una promesa se aplicaba de manera especial a la misión que tenían en ese momento, Mateo 10:23: «No terminarán de recorrer las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre». Ellos predicaban que el reino del Hijo del Hombre, el Mesías, estaba cerca. También oraban: «Venga tu reino». Antes de que terminaran de recorrer todas las ciudades de Israel predicando y orando por esto, ese reino vendría con la exaltación de Cristo y el derramamiento del Espíritu. Esto era un consuelo, primero, porque lo que anunciaban se cumpliría: «El Hijo del Hombre viene», y en efecto viene. Cristo confirmará la palabra de sus mensajeros (Isaías 44:26).
Segundo, sucedería pronto. Es un consuelo para los obreros de Cristo saber que su labor no durará para siempre. Su trabajo y sus luchas pronto terminarán. Tercero, cuando ocurriera, ellos serían llevados a una posición más elevada. Cuando venga el Hijo del Hombre, recibirán mayor poder de lo alto. Por el momento eran enviados como agentes y mensajeros, pero pronto su comisión se ampliaría, y serían enviados a todo el mundo como representantes plenamente autorizados.
Aquí también hay muchas palabras sobre su trabajo en general y sobre las dificultades que encontrarían en el camino; son palabras buenas y consoladoras. Sus sufrimientos servirían como testimonio contra los judíos y los gentiles, Mateo 10:18. Cuando los tribunales judíos los entregaran a los gobernadores romanos para darles muerte, el hecho de pasar de un tribunal a otro haría que su testimonio fuera más público. También les daría la oportunidad de llevar el evangelio tanto a los gentiles como a los judíos. De hecho, sus dificultades darían testimonio a favor y en contra de ellos. El pueblo de Dios, especialmente sus ministros, son sus testigos (Isaías 43:10), no solo por lo que hacen, sino también por lo que sufren. Por eso se les llama mártires, es decir, testigos de Cristo, porque muestran que sus verdades son ciertas y preciosas. Y, puesto que dan testimonio de él, también testifican contra quienes se oponen a él y a su evangelio.
Los sufrimientos de los mártires demuestran la verdad del evangelio en el que creen y también muestran el odio de sus perseguidores. De ambas maneras, permanecen como un testimonio contra sus enemigos, y ese testimonio será presentado en el gran día, cuando los santos juzguen al mundo. La razón del juicio será: «Lo que hicieron por uno de estos, lo hicieron por mí». Si sus sufrimientos son un testimonio, entonces deben soportarlos con gozo, porque el testimonio no estará completo hasta que ocurran esos acontecimientos (Apocalipsis 11:7). Si son testigos de Cristo, pueden confiar en que él suplirá todos sus gastos y necesidades.
Cristo también prometió que la presencia especial de Dios y la ayuda directa del Espíritu Santo estarían con ellos en todo momento, especialmente cuando fueran llevados ante gobernantes y reyes. «En ese momento se les dará lo que deben decir», les aseguró. Los discípulos de Cristo habían sido escogidos de entre las personas consideradas insensatas por el mundo: hombres sin preparación ni educación formal. Por eso sería natural que dudaran de su propia capacidad, especialmente al comparecer ante personas importantes. Cuando Moisés fue enviado ante el faraón, se quejó de que no sabía hablar bien (Éxodo 4:10). Cuando Jeremías fue puesto sobre naciones y reinos, también presentó sus objeciones.
Perspectivas de IA cristiana
Jesús no disfraza la realidad: seguir el camino del amor puede dejar a una persona expuesta a la incomprensión, la injusticia o el rechazo. La imagen de las ovejas entre lobos reconoce la vulnerabilidad sin … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Jesús no disfraza la realidad: seguir el camino del amor puede dejar a una persona expuesta a la incomprensión, la injusticia o el rechazo. La imagen de las ovejas entre lobos reconoce la vulnerabilidad sin convertirla en vergüenza. Hay momentos en que la bondad no protege de inmediato, y eso puede cansar profundamente. Por eso, la sabiduría de este versículo sostiene dos verdades a la vez. Ser prudentes como serpientes significa observar, discernir, reconocer los riesgos y establecer límites cuando sea necesario. No llama a la ingenuidad ni a soportar el daño en silencio. Ser inofensivos como palomas significa no permitir que la crueldad ajena transforme el corazón en aquello mismo que hiere: violencia, engaño o venganza. La fe que Jesús propone no es una invitación a vivir con miedo, sino a caminar con lucidez y ternura en un mundo que a veces no responde con ternura. La prudencia cuida la vida; la inocencia cuida el alma. Entre ambas puede existir una fortaleza serena: una manera de permanecer fiel al bien sin negar el peligro ni cargarlo a solas.
Mateo 10:16 presenta la misión de Jesús con un realismo sobrio: los discípulos son enviados como ovejas “en medio de lobos”. La imagen no promete seguridad ni aceptación automática; reconoce que anunciar el Reino puede … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Mateo 10:16 presenta la misión de Jesús con un realismo sobrio: los discípulos son enviados como ovejas “en medio de lobos”. La imagen no promete seguridad ni aceptación automática; reconoce que anunciar el Reino puede implicar oposición, abuso de poder y vulnerabilidad. Sin embargo, Jesús no responde a ese peligro con miedo paralizante ni con agresividad. La distinción clave está en las dos cualidades que deben mantenerse juntas. Ser “prudentes como serpientes” implica discernimiento: observar el contexto, reconocer riesgos, escoger las palabras y no exponerse innecesariamente. Ser “inofensivos como palomas” —también traducido como “sencillos” o “puros”— significa actuar sin engaño, violencia ni intención dañina. La prudencia sin integridad se vuelve manipulación; la inocencia sin prudencia puede convertirse en ingenuidad. En el contexto de Mateo 10, Jesús prepara a sus enviados para el rechazo, la persecución y la necesidad de confiar en Dios. Por eso, el versículo no enseña a vencer a los “lobos” adoptando sus métodos, sino a permanecer fieles sin dejar de pensar con claridad. La misión cristiana, según este texto, requiere una combinación poco cómoda pero esencial: lucidez frente al peligro y pureza en la respuesta.
En Mateo 10:16, Jesús no romantiza la misión ni promete un camino sin oposición. Envía a sus discípulos “como ovejas en medio de lobos”: vulnerables, expuestos y dependientes de Dios. Pero esa vulnerabilidad no significa … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Mateo 10:16, Jesús no romantiza la misión ni promete un camino sin oposición. Envía a sus discípulos “como ovejas en medio de lobos”: vulnerables, expuestos y dependientes de Dios. Pero esa vulnerabilidad no significa ingenuidad. La imagen de la serpiente apunta a la prudencia: observar, discernir intenciones, cuidar la información, reconocer riesgos y elegir el momento adecuado para hablar o retirarse. La paloma representa una conducta limpia: no manipular, no devolver mal por mal y no adoptar las mismas tácticas dañinas de quienes actúan con maldad. Esta combinación corrige dos errores comunes. La ingenuidad llama fe a ignorar señales claras; la dureza llama sabiduría a desconfiar de todos. Jesús propone algo más firme y más difícil: actuar con los ojos abiertos y el corazón sin corrupción. En la familia, el trabajo, la iglesia o cualquier relación, eso puede incluir establecer límites, documentar acuerdos, buscar consejo y responder con calma, sin alimentar el conflicto. La prudencia protege la misión; la inocencia protege el carácter. Seguir a Cristo no exige escoger entre ambas. La fidelidad cristiana puede ser tierna sin ser débil, y cuidadosa sin volverse temerosa.
Jesús no presenta la misión como un camino protegido de toda oposición. “Ovejas en medio de lobos” reconoce la vulnerabilidad real de quienes anuncian el Reino: habrá ambientes hostiles, manipulación, rechazo y, a veces, peligro. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Jesús no presenta la misión como un camino protegido de toda oposición. “Ovejas en medio de lobos” reconoce la vulnerabilidad real de quienes anuncian el Reino: habrá ambientes hostiles, manipulación, rechazo y, a veces, peligro. La fe no consiste en negar esa realidad ni en llamar “espiritual” a la imprudencia. Por eso une dos cualidades que suelen separarse. La prudencia de la serpiente implica observar, discernir, elegir el momento, cuidar las palabras y establecer límites. No toda batalla merece una respuesta, y retirarse de un lugar dañino puede ser una decisión sabia, no una falta de valentía. La inocencia de la paloma, en cambio, protege el corazón de la crueldad, la venganza y las tácticas de quienes hacen daño. Se puede actuar con inteligencia sin volverse manipulador; se puede conservar la bondad sin vivir en ingenuidad. Este equilibrio pertenece al carácter de Cristo: verdad sin dureza, compasión sin ceguera, valentía sin necesidad de imponerse. La fidelidad no promete ausencia de riesgo, pero sí una manera distinta de atravesarlo. Bajo presión, la pregunta no es solamente qué resulta eficaz, sino qué conserva la integridad y el amor. La eternidad cambia el peso del presente, pero no elimina la necesidad de discernirlo.
Aplicación para la restauración de la salud
En Mateo 10:16, Jesús reconoce que sus discípulos pueden encontrarse en ambientes hostiles o inseguros: “como ovejas en medio de lobos”. Esta imagen valida que el miedo, la tristeza o la tensión pueden surgir ante el conflicto, la discriminación, el abuso o la incertidumbre. La fe no exige negar esas emociones ni permanecer en situaciones dañinas.
Ser “prudentes como serpientes” puede relacionarse con evaluar riesgos, establecer límites claros, proteger la privacidad y buscar apoyo confiable antes de tomar decisiones. En términos de salud mental, también implica identificar señales de ansiedad, depresión o trauma, regular la respiración y el cuerpo, y consultar a un profesional de salud mental cuando los síntomas afectan el sueño, el trabajo, las relaciones o la seguridad. Ser “inofensivos como palomas” no significa ser pasivos; señala una respuesta firme sin devolver el daño con violencia, venganza o crueldad.
La sabiduría bíblica y la psicología coinciden en que la compasión necesita límites y que la valentía puede incluir pedir ayuda. Cuando existe peligro inmediato, la prioridad es ponerse a salvo y contactar los servicios de emergencia disponibles en Estados Unidos. La prudencia protege la dignidad; la bondad evita que el sufrimiento transforme el corazón.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Este pasaje puede malinterpretarse como una orden de confiar en nadie, esperar ataques constantes o permanecer en relaciones abusivas para demostrar fe. “Ser prudentes” no significa vivir con paranoia, ocultar información relevante, tolerar violencia, renunciar a límites ni evitar ayuda profesional. Tampoco “ser inofensivos” exige callar ante el abuso, la discriminación o la injusticia, ni impide buscar protección legal, médica o comunitaria. Es una señal de alerta cuando alguien usa este versículo para controlar, aislar, culpabilizar o desalentar terapia y apoyo externo. La fe no sustituye una evaluación de salud mental, un plan de seguridad ni tratamiento para trauma, ansiedad, depresión o riesgo de autolesión. Frases como “solo hay que orar” o “todo sucede por algo” pueden convertirse en positividad tóxica y evasión espiritual. La interpretación responsable reconoce el contexto de Jesús y promueve sabiduría, integridad, límites y cuidado seguro.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Mateo 10:16?
¿Qué significa ser prudentes como serpientes e inofensivos como palomas?
¿Cuál es el contexto de Mateo 10:16?
¿Cómo puedo aplicar Mateo 10:16 a mi vida?
¿Mateo 10:16 permite engañar a otras personas para protegerse?
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De este capítulo
Mateo 10:1
"Cuando llamó a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedad y toda clase de dolencia."
Mateo 10:2
"Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano;"
Mateo 10:3
"Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Jacobo, hijo de Alfeo, y Lebeo, cuyo sobrenombre era Tadeo;"
Mateo 10:4
"Simón el cananeo y Judas Iscariote, quien también lo traicionó."
Mateo 10:5
"Jesús envió a estos doce y les ordenó: No vayan por el camino de los gentiles ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos."
Mateo 10:6
"Vayan más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel."
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