Versículo destacado

Marcos 9:41 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Porque el que les dé un vaso de agua para beber en mi nombre, porque ustedes pertenecen a Cristo, de cierto les digo que no perderá su recompensa. "

Marcos 9:41

menu_book El versículo en contexto

39 Pero Jesús dijo: No se lo prohíban, porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá enseguida hablar mal de mí.

40 Porque el que no está contra nosotros está de nuestra parte.

41 Porque el que les dé un vaso de agua para beber en mi nombre, porque ustedes pertenecen a Cristo, de cierto les digo que no perderá su recompensa.

42 Y al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar.

43 Si tu mano te hace tropezar, córtala. Más te vale entrar mutilado en la vida que, teniendo dos manos, ir al infierno, al fuego que nunca será apagado:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Cristo promete una recompensa a cualquiera que muestre bondad a sus discípulos (Marcos 9:41): «El que les dé un vaso de agua para beber en mi nombre, porque ustedes pertenecen a Cristo, de cierto les digo que no perderá su recompensa». Este es un honor y un gozo muy especial para los cristianos: pertenecen a Cristo. Se han unido a él, él los posee, y están relacionados con él de una manera aún más estrecha, como miembros de su cuerpo.

Quienes pertenecen a Cristo pueden llegar a estar tan necesitados que se alegren de recibir un vaso de agua fría. Por eso, ayudar a los pobres de Cristo en sus dificultades es una buena obra, y tendrá una gran recompensa. Él la recibe como un servicio hecho a él y la recompensará. Pero esa bondad debe ofrecerse por amor a Cristo, porque ellos le pertenecen. Eso es lo que hace que dicha bondad sea santa y valiosa ante los ojos de Dios.

Esto también nos da una razón para no oponernos ni desalentar a quienes sirven al reino de Cristo, aunque no estén de acuerdo con nosotros en todo. Se relaciona con lo que se acaba de decir acerca de no impedir que expulsaran demonios en el nombre de Cristo, aunque no siguieran a Jesús tan de cerca. Como señala el doctor Hammond, Cristo acepta no solo las grandes obras de sus seguidores más cercanos, sino también el acto más pequeño de fe sincera y servicio cristiano, tan pequeño como dar un vaso de agua a uno de sus discípulos porque pertenece a Cristo.

Si Cristo considera que la bondad mostrada hacia nosotros es un servicio hecho a él, entonces nosotros debemos considerar que el servicio hecho a él es una muestra de bondad hacia nosotros. Debemos recibirlo y animarlo, aun cuando provenga de personas que no nos siguen en cada detalle.

Luego advierte a quienes hacen tropezar a sus pequeños, es decir, a los verdaderos cristianos, especialmente a los débiles y vulnerables (Marcos 9:42). A cualquiera que impida su crecimiento en los caminos de Dios, los desaliente o los conduzca al pecado, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar. Su castigo será muy grande, y la ruina de su alma será mucho más terrible que una muerte física de esa clase.

También advierte a todos sus seguidores que cuiden su propia alma. El cuidado de los demás debe comenzar con nosotros mismos. Si debemos tener cuidado de no impedir que otros hagan el bien ni conducirlos al pecado, entonces debemos ser aún más cuidadosos para evitar cualquier cosa que nos aparte del deber o nos arrastre al pecado. Todo lo que produzca ese efecto debe ser eliminado, aunque sea muy querido para nosotros.

El caso es este: nuestra propia mano, nuestro ojo o nuestro pie pueden hacernos tropezar; es decir, algún pecado apreciado o alguna tentación puede haberse vuelto tan querida como una mano o un ojo, y aun así estar conduciéndonos al pecado. Puede ser algo que amamos tanto que no queremos renunciar a ello, pero que se ha convertido en una trampa o en una piedra de tropiezo. Si no podemos conservarlo sin perder a Cristo y una buena conciencia, entonces debemos apartarnos de ello.

El deber es claro: cortar la mano, sacar el ojo y quitar el pie. Esto significa hacer morir nuestro pecado amado, matarlo, crucificarlo, privarlo de alimento y no darle ninguna oportunidad. Las cosas que antes parecían agradables deben desecharse como algo detestable si nos atraen hacia el mal. Es necesario cortar la parte que se ha envenenado para que no se arruine todo el cuerpo. Debemos aceptar el dolor ahora para no llevarnos a la ruina después. Tenemos que negarnos a nosotros mismos, o el yo terminará destruyéndonos.

Debemos hacerlo porque la carne, nuestra naturaleza pecaminosa, tiene que morir si queremos entrar en la vida, es decir, en el reino de Dios (Marcos 9:43, Marcos 9:45, Marcos 9:47). Si renunciamos al pecado, por un tiempo quizá sintamos que estamos lisiados o mutilados. Puede parecer algo muy difícil. Pero es para vida, y las personas están dispuestas a renunciar a cualquier cosa para salvarla. También es para entrar en el reino de Dios, que no podemos obtener de ninguna otra manera. Estas marcas de pérdida se convertirán en marcas de honor en el reino del Señor Jesús.

Si nos negamos a hacer esto, el asunto queda claro: o el pecado muere, o moriremos con él. Si mantenemos el pecado cerca, como Dalila junto al corazón de Sansón, nos traicionará. Si el pecado nos gobierna, sin duda nos arruinará. Si conservamos nuestras manos, ojos y pies y los usamos para pecar, seremos arrojados al infierno.

Nuestro Salvador con frecuencia exhortaba al deber advirtiéndonos acerca de los tormentos del infierno, adonde vamos si persistimos en vivir en pecado. ¡Qué énfasis pone al repetir aquí tres veces estas palabras!: «Donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga». Está citando Isaías 66:24. El «gusano» es la propia conciencia del pecador, llena de recuerdos amargos, vergüenza y reproche. Se aferra al alma perdida como los gusanos se aferran a un cuerpo muerto; se alimenta de ella y nunca la abandona. Las palabras «Hijo, acuérdate» harán que ese gusano comience a roer. Entonces el pecador sentirá el peso de palabras como estas: «¡Cómo aborrecí la enseñanza!» (Proverbios 5:12, Proverbios 5:23). El alma que alimenta a ese gusano no muere, y el gusano mismo tampoco muere.

El «fuego que nunca se apaga» es la ira de Dios que permanece sobre una conciencia culpable e impura. Es la ira del Dios vivo, del Dios eterno, y es terrible caer en sus manos. En el alma de los condenados no hay ninguna obra del Espíritu de gracia que los transforme. Por eso el combustible permanece para siempre dispuesto a arder. Tampoco se les aplica el mérito de Cristo, de modo que nada calme ni apague ese fuego.

El doctor Whitby señala que el castigo eterno del infierno no solo era una creencia constante de la iglesia cristiana, sino también de la comunidad judía. Josefo dice que los fariseos enseñaban que las almas de los malvados serían castigadas para siempre y que se había preparado para ellas una prisión perpetua. Filón dice que el castigo de los malvados consiste en vivir para siempre mientras mueren, y en permanecer en un dolor y una aflicción interminables que nunca cesan.

Los dos últimos versículos son difíciles de entender, y los intérpretes no están de acuerdo sobre su significado exacto. Sin embargo, la idea general parece ser esta: todos, o más precisamente, todos los que sean arrojados al infierno, serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal. Por eso Jesús dice: «Tengan sal en ustedes».

Bajo la ley de Moisés, todo sacrificio debía ser salado con sal. No era para conservarlo, ya que se quemaría de inmediato, sino porque se ofrecía como alimento en la mesa de Dios, y ninguna carne se come sin sal. Esto se exigía especialmente en las ofrendas de cereal (Levítico 2:13).

La naturaleza humana está corrompida, y las Escrituras con frecuencia la llaman carne (Génesis 6:3; Salmo 78:39). Por eso, algo debe hacerse en nosotros antes de que podamos ser un sacrificio para Dios. Salar el pescado, y creo que también otras cosas, se llama curarlas. De la misma manera, la gracia debe obrar en nosotros para prepararnos para Dios.

Nuestra principal preocupación debe ser presentarnos como sacrificios vivos a la gracia de Dios (Romanos 12:1). Para ser aceptables, debemos ser salados con sal. Esto significa que nuestros deseos pecaminosos deben ser controlados y hechos morir, y que nuestra alma debe llevar el sabor y el poder de la gracia. De esta manera, se dice que la ofrenda de los gentiles es aceptable porque es santificada por el Espíritu Santo, así como los sacrificios eran salados (Romanos 15:16).

Quienes tienen la sal de la gracia deben demostrarlo. Deben tener sal en su interior: un poder vivo de la gracia en el corazón que expulse los deseos corruptos y todo lo que haya en el alma que conduzca a la decadencia y ofenda a Dios o a nuestra propia conciencia, tal como lo hace la comida podrida. Nuestra conversación debe estar siempre llena de gracia y sazonada con esta sal, para que de nuestra boca no salga ninguna palabra corrupta. Debemos aborrecer ese tipo de palabras tanto como aborreceríamos llevarnos comida podrida a la boca.

Esta sal llena de gracia mantendrá limpia nuestra conciencia delante de Dios y también dará forma a la manera en que tratamos a los demás, para que no hagamos tropezar a ninguno de los pequeños de Cristo, sino que vivamos en paz unos con otros. No solo debemos tener esta sal de la gracia, sino conservar su sabor y su poder. Si la sal pierde su fuerza, si un cristiano se aparta del cristianismo y deja de vivir bajo su influencia, ¿qué puede hacerlo volver o devolverle su sabor? Eso es lo que se dijo en Mateo 5:13.

Quienes no se ofrecen como sacrificios vivos a la gracia de Dios se convertirán para siempre en sacrificios moribundos de su justicia. Como no quisieron darle honor, él recibirá honor de ellos. No quisieron ser salados con la sal de la gracia divina ni permitieron que la gracia sometiera sus deseos pecaminosos. No quisieron someterse a la obra dolorosa necesaria para arrancar su orgullo. Les parecía como cortar una mano o sacar un ojo. Por eso, en el infierno serán salados con fuego. Carbones encendidos serán esparcidos sobre ellos (Ezequiel 10:2), como se esparce sal sobre la carne, junto con azufre (Job 18:15), del mismo modo que fuego y azufre cayeron sobre Sodoma. Los pecados de los que disfrutaron, por así decirlo, devorarán su carne con fuego (Santiago 5:3).

El dolor de dar muerte al pecado ahora no puede compararse con el castigo de negarse a hacerlo, así como salar no puede compararse con quemar. Y puesto que Jesús ha dicho que el fuego del infierno no se apagará, alguien podría objetar que su combustible no puede durar para siempre. Aquí muestra que el poder de Dios hará que dure para siempre. Quienes sean arrojados al infierno descubrirán que el fuego no solo tiene el poder de la sal para arder y conservar, sino también su cualidad de perdurar. Por eso la sal se usa para expresar algo permanente: un pacto de sal es un pacto duradero, y la esposa de Lot, convertida en una columna de sal, llegó a ser una señal permanente del juicio de Dios.

Puesto que este será ciertamente el destino de quienes no dan muerte a la carne, con sus deseos y pasiones, conscientes de este temor del Señor, dejémonos persuadir a hacerlo.

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