Versículo destacado

Marcos 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y les dijo: «De cierto les digo que algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venir con poder». "

Marcos 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Y les dijo: «De cierto les digo que algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venir con poder».

2 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte, solos, a una montaña alta; y fue transfigurado delante de ellos.

3 Y su ropa se volvió resplandeciente, sumamente blanca como la nieve, tanto que ningún lavandero en la tierra puede blanquearla así.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se anuncia, en primer lugar, el reino de Cristo, que ya se estaba acercando (Marcos 9:1). Lo que se predice es esto: el reino de Dios vendría, y vendría de una manera visible. El reino del Mesías sería establecido en el mundo mediante la completa destrucción del sistema judío, que se oponía a él. De esta manera, el gobierno de Dios sobre las personas sería restaurado, después de haberse perdido gravemente por la triste decadencia moral tanto de judíos como de gentiles.

También vendría con poder, con la fuerza suficiente para abrirse paso y vencer toda resistencia. Vino con poder cuando cayó el juicio sobre los judíos por haber crucificado a Cristo, y cuando venció la idolatría del mundo gentil. Además, vendría mientras algunos de los presentes todavía estuvieran vivos. El versículo dice: «Algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que hayan visto que el reino de Dios ha venido». Esta es la misma idea de Mateo 24:34: «Esta generación no pasará hasta que todo esto suceda». Algunos de los que estaban allí con Cristo vivirían para verlo, aunque otros no lo reconocerían como el reino de Dios, porque no vendría de una manera ostentosa o exteriormente espectacular.

En segundo lugar, aquí vemos una muestra de ese reino en la transfiguración de Cristo, seis días después de que pronunció esta predicción. Él acababa de comenzar a advertirles a sus discípulos acerca de su muerte y sus sufrimientos. Para evitar que tropezaran por causa de eso, les dio un vistazo de su gloria. Así mostró que sus sufrimientos eran voluntarios, y que su valor y su gloria divinos les darían un poder y un significado extraordinarios. También los ayudó a no escandalizarse por la cruz.

La transfiguración ocurrió en la cima de un monte alto, como el encuentro de Moisés con Dios en el monte Sinaí y su contemplación de Canaán desde el monte Pisga. La tradición dice que fue el monte Tabor, y, de ser así, encajan bien las palabras de la Escritura: «El Tabor y el Hermón se regocijan en tu nombre» (Salmo 89:12). El doctor Lightfoot, al observar que la última vez que encontramos a Cristo estaba en la región de Cesarea de Filipo, lejos del monte Tabor, piensa que es más probable que se tratara de un monte alto cercano a Cesarea, el que menciona Josefo.

Los testigos fueron Pedro, Santiago y Juan, los tres que darían testimonio en la tierra, en correspondencia con Moisés, Elías y la voz del cielo, los tres que darían testimonio desde lo alto. Cristo no llevó a todos los discípulos, porque este acontecimiento debía mantenerse en privado. Así como algunas bendiciones especiales se conceden a los discípulos y no al mundo, también algunas se conceden a ciertos discípulos y no a otros. Todos los santos están cerca de Cristo, pero algunos ocupan un lugar especialmente cercano a su corazón.

Santiago fue el primero de los doce en morir por Cristo, y Juan vivió más que todos los demás, convirtiéndose en el último testigo ocular de esta gloria. Él dio testimonio de ella: «Vimos su gloria» (Juan 1:14). Pedro también hizo lo mismo (2 Pedro 1:16-18). Cristo fue transfigurado delante de ellos, es decir, se presentó de una manera diferente a la habitual. Cambió su apariencia, pero su sustancia permaneció igual, y eso fue un milagro. En cambio, la transubstanciación —la afirmación de que cambia la sustancia mientras la forma exterior permanece igual— no es un milagro, sino engaño y fraude, algo que Cristo nunca hizo. Esto muestra cuánto pueden cambiar los cuerpos humanos cuando Dios decide honrarlos, como honrará los cuerpos de los santos en la resurrección.

Él fue transfigurado delante de ellos, y es probable que el cambio haya ocurrido gradualmente, de gloria en gloria. Como los discípulos mantuvieron la mirada fija en él durante todo el tiempo, tuvieron la prueba más clara y segura de que aquella figura gloriosa era realmente Jesús mismo, sin ningún truco ni ilusión. Juan parece señalar esto cuando habla de la Palabra de vida como alguien que ellos habían visto con sus propios ojos y contemplado atentamente (1 Juan 1:1). Sus ropas se volvieron resplandecientes, tan brillantes que, aunque probablemente eran de colores oscuros, quizá incluso negras, ahora se volvieron más blancas que la nieve, más de lo que cualquier lavandero podría lograr al limpiar una tela.

Sus compañeros en esta gloria fueron Moisés y Elías (Marcos 9:4). Aparecieron hablando con él, no para enseñarle, sino para dar testimonio de él y recibir enseñanza de él. Esto muestra que los santos glorificados tienen una verdadera comunión unos con otros, aunque no entendamos cómo se comunican. Moisés y Elías vivieron con muchos siglos de diferencia, pero eso no representa ningún obstáculo en el cielo, donde el primero y el último son uno en Cristo.

El deleite que sintieron los discípulos al contemplar aquella escena y escuchar la conversación se muestra en las palabras de Pedro, pronunciadas en nombre de los demás: «Maestro, qué bueno es que estemos aquí» (Marcos 9:5). Aunque Cristo estaba transfigurado y conversaba con Moisés y Elías, todavía permitió que Pedro le hablara con libertad, como lo había hecho antes. Nuestro Señor Jesús, aun en su exaltación y gloria, no deja de ser bondadoso y accesible para su pueblo. Muchas personas, cuando alcanzan una posición de honor, mantienen a sus amigos a distancia. Pero los verdaderos creyentes tienen libertad y confianza para acercarse incluso al Jesús glorificado.

Incluso en aquella conversación celestial, se le permitió hablar a Pedro, y esto fue lo que dijo: «Señor, qué bueno es que estemos aquí. Hagamos aquí tres refugios». En otras palabras: «Permitamos que este sea nuestro descanso para siempre». Las almas llenas de gracia consideran algo bueno estar en comunión con Cristo, permanecer cerca de él y estar con él en el monte, aunque allí haga frío y sea un lugar solitario. Es bueno estar a solas con Cristo, lejos del mundo. Y si es bueno estar con Cristo transfigurado en un monte, junto a Moisés y Elías, ¡cuánto mejor será estar con Cristo glorificado en el cielo, junto con todos los santos!

Sin embargo, mientras quería quedarse allí, Pedro olvidó cuánto necesitaban las personas la presencia de Cristo y la predicación de sus apóstoles. Precisamente en ese momento, los otros discípulos tenían una gran necesidad de ellos (Marcos 9:14). Cuando las cosas nos van bien, a menudo nos olvidamos de los demás y, en medio de la abundancia de nuestro consuelo, pasamos por alto las necesidades de nuestros hermanos. La debilidad de Pedro fue que prefirió la comunión privada con Dios a la utilidad pública. Pablo, en cambio, estaba dispuesto a permanecer en el cuerpo y continuar en la tierra en vez de ir al monte de la gloria, aunque eso habría sido mejor para él, porque entendía que la iglesia lo necesitaba (Filipenses 1:24-25).

Pedro habló de hacer tres refugios separados para Moisés, Elías y Cristo, lo cual no estaba bien pensado. Existe una armonía tan perfecta entre la ley, los profetas y el evangelio que un solo refugio basta para los tres. Ellos habitan juntos en unidad. Aun así, podemos excusar lo desacertado de sus palabras, porque todos estaban muy asustados, y él mismo no sabía qué decir, pues no sabía qué ocurriría después (Marcos 9:6).

Entonces vino la voz del cielo, confirmando el papel de Cristo como mediador, es decir, como aquel que acerca a Dios y a las personas (Marcos 9:7). Una nube los cubrió, y fue para ellos un refugio.

Pedro acababa de hablar de hacer tiendas para Cristo y sus compañeros. Pero mientras todavía estaba hablando, ese plan quedó descartado. La nube se convirtió para ellos en un refugio en lugar de las tiendas (Isaías 4:5). Mientras Pedro hablaba de sus tiendas, Dios proporcionó su propia morada, no hecha por manos humanas.

De aquella nube, que no era más que una tenue sombra de la brillante gloria de la que Pedro hablaría después, salió la voz: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Dios reconoció a Jesús como su Hijo amado y lo aceptó. También está dispuesto a aceptarnos en él. Por eso debemos reconocer a Jesús como nuestro Salvador amado, aceptarlo y entregarnos por completo a su gobierno.

La visión solo tenía el propósito de preparar el camino para la voz, y cuando se escuchó la voz, la visión terminó. De pronto, cuando miraron alrededor, asombrados por el lugar en que estaban, todo había desaparecido. Ya no vieron a nadie; Elías y Moisés se habían ido. Jesús quedó solo con ellos, y ya no estaba transfigurado, sino que tenía su apariencia habitual.

Observemos esto: Cristo no abandona al alma cuando se van las alegrías y los consuelos extraordinarios. Aunque se nos quiten dones más intensos y conmovedores, los discípulos de Cristo siguen teniendo su presencia habitual con ellos siempre, hasta el fin del mundo. En eso debemos apoyarnos. Demos gracias a Dios por el pan de cada día y no esperemos un banquete continuo en esta vida.

Ahora llegamos a la conversación entre Cristo y sus discípulos mientras bajaban del monte. Él les dijo que mantuvieran este acontecimiento en privado hasta que hubiera resucitado de entre los muertos, lo cual completaría la prueba de su misión divina; entonces este hecho podría añadirse al resto de las evidencias (Marcos 9:9). Además, mientras todavía se encontraba en un estado de humillación, no quería que se hiciera público nada que no correspondiera a esa condición. En todo, se ajustó a ella. Este mandato de guardar silencio también ayudaría a los discípulos: les impediría jactarse de la cercanía especial que se les había concedido y enorgullecerse por las muchas revelaciones que habían recibido. Es una experiencia que humilla no poder hablar de los honores recibidos, y eso puede ayudar a mantener lejos el orgullo.

Los discípulos no entendían lo que quería decir con resucitar de entre los muertos. Realmente no podían imaginar que el Mesías muriera (Lucas 18:34). Por eso, tendían a pensar que se refería a una resurrección en sentido figurado: pasar de su condición presente, baja y humilde, a la dignidad y el gobierno que ellos esperaban. Pero entonces otra pregunta los inquietó (Marcos 9:11): ¿por qué decían los escribas que, antes de que el Mesías apareciera en gloria, conforme al orden de las profecías del Antiguo Testamento, Elías debía venir primero? Sin embargo, Elías ya se había ido, y Moisés también. La dificultad surgía porque los escribas les enseñaban a esperar la llegada de la persona de Elías, mientras que la profecía se refería a alguien que vendría con el espíritu y el poder de Elías. Entender mal las Escrituras es un obstáculo serio para recibir la verdad.

Entonces Cristo les dio la clave para entender la profecía acerca de Elías (Marcos 9:12-13). En efecto, dijo que es verdad que Elías ha de venir, restaurar todas las cosas y ponerlas en orden. También dijo que, aunque ellos no lo entendían, las Escrituras enseñan que el Hijo del Hombre debe sufrir muchas cosas, ser rechazado, convertirse en objeto de oprobio y ser despreciado por el pueblo. Aunque los escribas no les enseñaran esto, las Escrituras sí lo enseñaban. Tenían tantas razones para esperar esto como para esperar la otra parte de la profecía, y no debían considerarlo extraño. En cuanto a Elías, Cristo dijo que ya había venido, y que, si reflexionaban cuidadosamente, sabrían a quién se refería: a aquel a quien la gente trató como quiso. Esto encajaba muy bien con el maltrato que recibió Juan el Bautista.

Muchos escritores antiguos, y los escritores católicos romanos en general, piensan que, además de que Juan el Bautista vino con el espíritu de Elías, el propio Elías vendrá en persona, junto con Enoc, antes de la segunda venida de Cristo. Consideran que la profecía de Malaquías se cumplirá entonces de manera más completa que en Juan el Bautista. Pero esa es una idea sin fundamento. El verdadero Elías, al igual que el verdadero Mesías prometido, ya ha venido, y no debemos esperar a ningún otro. Las palabras «como está escrito acerca de él» se refieren a la venida de Elías, no al maltrato que sufrió. Él ya vino e hizo lo que estaba escrito acerca de él.

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