Versículo destacado
Marcos 9:30 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Salieron de allí y atravesaron Galilea; y él no quería que nadie lo supiera. "
Marcos 9:30
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
28 Cuando entró en la casa, sus discípulos le preguntaron en privado: «¿Por qué no pudimos expulsarlo nosotros?».
29 Él les respondió: «Esta clase no puede salir por ningún medio, sino por la oración y el ayuno».
30 Salieron de allí y atravesaron Galilea; y él no quería que nadie lo supiera.
31 Porque enseñaba a sus discípulos y les decía: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de los hombres, y ellos lo matarán; y después de que sea muerto, resucitará al tercer día».
32 Pero ellos no entendían esas palabras y tenían miedo de preguntarle.
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Aquí Cristo habla de sus sufrimientos venideros. Atravesó Galilea más rápido de lo acostumbrado y no quería que nadie lo supiera (Marcos 9:30). Había hecho muchas obras grandes y buenas entre ellos, pero muchos las habían recibido mal, así que no buscó atraer otra vez su atención. Como se acercaba el tiempo de su sufrimiento, decidió mantenerse apartado por un tiempo y hablar solamente con sus discípulos. Quería prepararlos para la prueba que les esperaba (Marcos 9:31).
Les dijo: «El Hijo del Hombre será entregado», conforme al plan determinado y al conocimiento previo de Dios, «en manos de los hombres» (Marcos 9:31), y ellos lo matarían. No habría parecido tan extraño que fuera entregado a los demonios y afligido por ellos; pero resulta sorprendente que los seres humanos, que tienen entendimiento y deberían tener amor, actuaran con tanta crueldad contra el Hijo del Hombre, quien había venido a salvarlos. Sin embargo, observemos esto: cuando Cristo hablaba de su muerte, siempre hablaba también de su resurrección. Eso quitaba de él la vergüenza de su muerte y debió haber disminuido el dolor de sus discípulos.
Pero ellos no entendieron lo que les decía (Marcos 9:32). Las palabras eran suficientemente claras, pero no podían relacionarlas con lo que esperaban. Así que imaginaron que debía referirse a algo oculto, algo que todavía no podían comprender, y tuvieron miedo de preguntarle. No era porque fuera difícil acercarse a él ni porque tratara con dureza a quienes le hacían preguntas. Tal vez no querían conocer la verdad, o esperaban que los reprendiera por tardar en aceptarla. Muchos permanecen en la ignorancia porque les da vergüenza preguntar.
También reprendió a sus discípulos por exaltarse a sí mismos. Cuando llegó a Capernaúm, les preguntó en privado sobre qué habían discutido en el camino (Marcos 9:33). Él ya conocía la disputa, pero quería que confesaran su falta y su necedad. Todos debemos esperar rendir cuentas ante el Señor Jesús por lo que hacemos mientras recorremos esta vida. En especial tendremos que responder por nuestras palabras, porque por nuestras palabras seremos justificados o condenados. Nuestras conversaciones, y sobre todo nuestras discusiones, volverán a ser mencionadas, y daremos cuenta de ellas.
De todas las disputas, Cristo seguramente les preguntaría por las relacionadas con el rango y la superioridad. Ese era el tema de aquella discusión: quién era el más importante (Marcos 9:34). Nada podía oponerse más a las dos grandes leyes del reino de Cristo —la humildad y el amor— que desear tener prestigio en el mundo y discutir por ello. Él seguía corrigiendo ese espíritu equivocado porque provenía de una idea falsa de su reino, como si fuera un reino terrenal. Además, dañaba el honor y la pureza de su evangelio, y él sabía que perjudicaría a la iglesia.
Intentaron ocultar esa falta y por eso guardaron silencio (Marcos 9:34). No quisieron preguntar porque les daba vergüenza admitir su ignorancia, y en esta ocasión tampoco quisieron responder porque les daba vergüenza admitir su orgullo. Pero él quería corregir esa actitud en ellos y conducirlos a un espíritu mejor. Así que se sentó para hablar seriamente con ellos y llamó a los doce. Les dijo que querer ser el primero no los haría avanzar en su reino; solamente los pondría en el último lugar. El que se exalta a sí mismo será humillado, y el orgullo humano hace que las personas caigan.
También les dijo que bajo su autoridad no hay otro rango que el de tener más trabajo y prestar más servicio. Si alguien quiere ser el primero, debe estar todavía más dispuesto a trabajar y a servir a todos. Quien desea el cargo de obispo, es decir, de supervisor de una iglesia, desea una buena obra, porque tendrá que esforzarse más y hacerse siervo de todos, como lo hizo Pablo. Los más humildes y abnegados son quienes más se parecen a Cristo, y él los reconocerá con mayor ternura.
Les enseñó esto con un ejemplo. Tomó en sus brazos a un niño, alguien sin orgullo ni ambición. «El que recibe a uno de estos niños», dijo, me recibe a mí. Las personas de espíritu humilde, manso y amable son aquellas a quienes aprobaré, y también quiero que los demás las traten con honor. Lo que se les hace a ellas, lo considero hecho a mí. Mi Padre hace lo mismo, porque quien me recibe a mí recibe al que me envió, y esa persona será considerada como alguien que lo hizo para Dios y recibirá su recompensa.
También los reprendió por menospreciar a todos los que no pertenecían a su grupo. Mientras discutían cuál de ellos era el más importante, no estaban dispuestos a reconocer el valor de nadie que estuviera fuera de su círculo. Juan le contó que habían impedido que un hombre expulsara demonios en el nombre de Cristo, porque no formaba parte de su grupo. Aunque les daba vergüenza admitir su disputa por el rango, parece que se habían enorgullecido de este acto de autoridad y probablemente esperaban que Jesús lo aprobara e incluso los alabara por ello.
«Maestro —dijo Juan—, vimos a alguien expulsando demonios en tu nombre y se lo impedimos, porque no nos seguía» (Marcos 9:38). Resultaba sorprendente que un hombre que no pertenecía al grupo conocido de los discípulos pudiera expulsar demonios en el nombre de Cristo, ya que parecía que ese poder correspondía a quienes Jesús había enviado. Algunos piensan que era discípulo de Juan el Bautista, quien usaba el nombre del Mesías como el que había de venir, sin saber que Jesús era ese Mesías. Parece más probable que usara el nombre de Jesús y creyera que él era el Cristo, igual que los demás discípulos. ¿Por qué no podía recibir ese poder de Cristo, cuyo Espíritu obra donde quiere, sin haber recibido el mismo llamado externo que tuvieron los apóstoles? Es posible que hubiera muchas personas así. La gracia de Cristo no está limitada a la iglesia visible.
También resultaba extraño que un hombre que expulsaba demonios en el nombre de Cristo no se uniera a los apóstoles para seguir a Cristo con ellos, sino que continuara actuando aparte. No puedo pensar en otra razón para ello, excepto que no estuviera dispuesto a dejarlo todo para seguirlos. Si era así, había una mala actitud detrás de su acción. Aquello no parecía correcto, y por eso los discípulos le prohibieron usar el nombre de Cristo como ellos lo hacían, a menos que siguiera a Cristo como ellos.
Esto se parece mucho a la reacción de Josué cuando Eldad y Medad profetizaron en el campamento y no subieron con los demás a la tienda de reunión. Josué dijo: «Señor mío, Moisés, ¡impídeselo!» (Números 11:28). De la misma manera, las personas se apresuran a pensar que quienes no siguen a Cristo con nosotros no lo siguen en absoluto, o que quienes no hacen las cosas exactamente como nosotros no están haciendo nada bien.
Pero el Señor sabe quiénes le pertenecen, aun cuando su pueblo esté disperso. Esto debe advertirnos que una fuerte preocupación por la unidad de la iglesia, o por algo que sabemos que es correcto y bueno, no debe llevarnos a oponernos a una obra que quizá ayude a la iglesia a crecer de otra manera.
Entonces Jesús les dio esta corrección: «No se lo impidan» (Marcos 9:39). Fue semejante a la reprensión que Moisés dio a Josué: «¿Estás celoso por mí?». Lo que es bueno y produce el bien no debe ser impedido, aunque se haga con cierta debilidad o de una manera imperfectamente ordenada.
Expulsar demonios y así destruir el reino de Satanás; hacerlo en el nombre de Cristo y reconocer abiertamente que él es el Salvador enviado por Dios; predicar contra el pecado y anunciar a Cristo: todas esas son cosas buenas, muy buenas. No deben prohibirse solamente porque quien las hace no sigue con nosotros. Pablo dice que, si Cristo es anunciado, él se alegrará, aunque otros parezcan superarlo (Filipenses 1:18).
Cristo da dos razones por las que no se debe impedir a esas personas. Primero, no debemos suponer que alguien que usa el nombre de Cristo para hacer milagros luego hablará mal de su nombre, como lo hacían los escribas y los fariseos. Algunos expulsaron demonios en el nombre de Cristo y aun así vivieron mal en otros aspectos, pero no blasfemaron contra Cristo.
Segundo, quienes difieren en su comunión eclesial, pero permanecen unidos contra Satanás bajo la bandera de Cristo, deben considerarse del mismo lado. «El que no está contra nosotros está a favor de nosotros». En la gran cuestión acerca de Cristo y Beelzebú, Jesús había dicho: «El que no está conmigo está contra mí» (Mateo 12:30). En ese caso, rechazar a Cristo era escoger a Satanás.
Pero cuando se trata de personas que reconocen a Cristo, aunque no lo hagan de la misma manera ni bajo el mismo orden externo, debemos considerarlas como personas que no están contra nosotros. Están de nuestro lado, y no debemos impedir lo que puedan hacer para el bien.
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De este capítulo
Marcos 9:1
"Y les dijo: «De cierto les digo que algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venir con poder»."
Marcos 9:2
"Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte, solos, a una montaña alta; y fue transfigurado delante de ellos."
Marcos 9:3
"Y su ropa se volvió resplandeciente, sumamente blanca como la nieve, tanto que ningún lavandero en la tierra puede blanquearla así."
Marcos 9:4
"Y se les aparecieron Elías con Moisés, y hablaban con Jesús."
Marcos 9:5
"Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, es bueno que estemos aquí. Hagamos tres tabernáculos: uno para ti, uno para Moisés y uno para Elías»."
Marcos 9:6
"Pues no sabía qué decir, porque estaban aterrados."
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