Versículo destacado

Marcos 8:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Enseguida entró en una barca con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. "

Marcos 8:10

menu_book El versículo en contexto

8 Así que comieron y quedaron satisfechos; y recogieron siete canastas de los pedazos que sobraron.

9 Los que habían comido eran unos cuatro mil; y él los despidió.

10 Enseguida entró en una barca con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta.

11 Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo para ponerlo a prueba.

12 Él suspiró profundamente en su espíritu y dijo: «¿Por qué busca una señal esta generación? En verdad les digo que no se dará ninguna señal a esta generación».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo seguía avanzando, y ahora visitó la región de Dalmanuta, de modo que ninguna parte de la tierra de Israel pudiera decir que nunca había contado con su presencia. Llegó allí en una barca (Marcos 8:10), pero cuando encontró discusiones y ninguna oportunidad de hacer el bien, volvió a entrar en la barca (Marcos 8:13) y se fue.

Estos versículos muestran, en primer lugar, cómo se negó a satisfacer a los fariseos, quienes lo desafiaron a mostrarles una señal del cielo. Ellos solo habían venido a discutir con él, no a aprender de él. Intentaban tenderle una trampa, no dejarse enseñar por él.

Pidieron una señal del cielo, como si las señales que ya había dado en la tierra no fueran suficientes. Aquellas señales anteriores eran más fáciles de examinar y podían comprobarse cuidadosamente. Ya había habido una señal del cielo en su bautismo, cuando la paloma descendió y se oyó la voz (Mateo 3:16-17). Eso había sido suficientemente público; y si hubieran prestado atención al bautismo de Juan como debían, quizá ellos mismos la habrían visto.

Más tarde, cuando clavaron a Jesús en la cruz, pidieron otra señal diciendo, en esencia, que si bajaba de la cruz creerían en él. La incredulidad obstinada siempre encuentra otra excusa, por irrazonable que sea. Pidieron esa señal como una prueba, no porque esperaran quedar convencidos, sino porque deseaban que él no la diera y así pudieran alegar una razón para su incredulidad.

Jesús rechazó su petición. Suspiró profundamente en su interior, o gimió, porque le dolían la dureza de sus corazones y lo poco que su enseñanza y sus milagros habían influido en ellos. La incredulidad de quienes han tenido durante mucho tiempo la oportunidad de ser convencidos causa gran tristeza al Señor Jesús. Le aflige que los pecadores bloqueen su propio camino y cierren su propia puerta.

Entonces los confrontó con una pregunta: ¿Por qué esta generación sigue buscando una señal? Era una generación indigna de recibir el evangelio o de recibir alguna señal junto con él. Aceptaba con entusiasmo las tradiciones de los ancianos, aun sin ninguna señal. También era una generación que, según el tiempo anunciado en el Antiguo Testamento, podía haber reconocido que ya era el momento de la venida del Mesías. Además, ya había visto muchas señales claras y misericordiosas en la sanidad de los enfermos. Por eso, su exigencia era insensata.

También rechazó su demanda de manera explícita: en verdad, a esta generación no se le daría ninguna señal. Cuando Dios hablaba a personas específicas en situaciones extraordinarias, fuera de su manera habitual de actuar, a veces las animaba a pedir una señal, como ocurrió con Gedeón y Acaz. Pero cuando habla de manera general a todas las personas, como en la ley y el evangelio, y da a cada uno su propia confirmación, es presunción pedir señales diferentes de las que ya ha dado. Nadie debe intentar enseñarle a Dios lo que él debería saber.

Así que los rechazó y se fue, como de personas con las que no valía la pena seguir discutiendo. Si no querían convencerse, no se convencerían. Los dejó entregados a sus propios engaños.

En segundo lugar, advirtió a sus discípulos acerca de la levadura de los fariseos y de Herodes. La advertencia fue: «Tengan cuidado y estén atentos, para que no reciban la levadura de los fariseos». La levadura es el fermento, pero aquí representa una influencia dañina que se extiende por toda la persona. Jesús quería decirles que no adoptaran la tradición de los ancianos, a la que ellos estaban tan apegados, ni se volvieran orgullosos, hipócritas y excesivamente ceremoniales como ellos.

Mateo también menciona a los saduceos, pero Marcos menciona a Herodes. Algunos piensan que esto significa que Herodes y su corte eran generalmente saduceos, es decir, personas que negaban buena parte de la religión. Otros lo entienden así: los fariseos pidieron una señal del cielo, y Herodes también quería ver que Jesús hiciera un milagro que él escogiera (Lucas 23:8). Por tanto, la levadura de ambos era la misma. Nunca estaban satisfechos con las señales que ya habían recibido y querían milagros a su propia manera. La advertencia de Cristo significa: estén contentos con los milagros que ya han visto y no sigan deseando más.

Los discípulos no entendieron esta advertencia. Habían olvidado llevar pan al salir, y solo tenían un pan en la barca (Marcos 8:14). Así que, cuando Jesús les dijo que tuvieran cuidado con la levadura de los fariseos, pensaron que les advertía que no acudieran a los fariseos en busca de ayuda al llegar a la otra orilla. Poco antes, los fariseos se habían ofendido porque los discípulos comían con las manos sin lavar.

Hablaron entre ellos sobre lo que Jesús quería decir y concluyeron que lo decía porque no tenían pan. Pensaron que los estaba culpando por haberse embarcado y viajar entre desconocidos con un solo pan. En efecto, creyeron que les estaba diciendo que tendrían que arreglárselas con muy poco. Discutieron entre sí, y unos culparon a otros por la mala planificación. Eso es lo que hace la desconfianza en Dios: lleva a los discípulos de Cristo a pelear entre ellos.

Entonces Cristo los reprendió por su preocupación, porque demostraba que no confiaban en su poder para proveer, aun después de todo lo que ya habían visto. Habló con cierta severidad porque conocía sus corazones y sabía que necesitaban una corrección firme. Les preguntó si todavía no percibían ni entendían, si su corazón se había endurecido, y cómo era posible que tuvieran ojos y no vieran, oídos y no oyeran. También les preguntó si no recordaban. Les recordó la alimentación de los cinco mil con cinco panes y la de los cuatro mil con siete panes. Incluso podían contar lo que había sobrado: doce canastas llenas después de un milagro y siete después del otro.

Su punto era claro: si podía multiplicar cinco panes y siete panes, ciertamente también podía multiplicar un solo pan. Ellos parecían pensar que un pan era demasiado poco para que él pudiera hacer algo con él, como si no pudiera volver a alimentar a la gente. Pero para el Señor es igual de fácil salvar por medio de muchos recursos que por medio de pocos. Para él es tan sencillo hacer que un pan alimente a cinco mil personas como hacer que cinco panes lo hagan.

Por eso les recordó con razón no solo que las comidas anteriores habían sido suficientes, sino también que habían dejado sobras. Debían haber entendido lo que les estaba enseñando por medio de esos milagros y lo que ellos mismos podían aprender de ellos. La lección es esta: las experiencias que hemos tenido de la bondad de Dios mientras hacemos su voluntad hacen que nuestra desconfianza sea mucho más grave, y esa desconfianza desagrada profundamente al Señor Jesús.

No comprender el verdadero significado de los dones que Dios nos ha dado es casi lo mismo que olvidarlos. Por eso, a menudo nos sentimos abrumados por las preocupaciones presentes y desconfiamos. No aprovechamos lo que ya hemos conocido y visto acerca del poder y la bondad de nuestro Señor Jesucristo.

Nos fortalecería mucho recordar los días pasados. Si no lo hacemos, ofendemos tanto a Dios como a nosotros mismos. Cuando olvidamos las obras de Dios y comenzamos a desconfiar de él, debemos reprendernos con firmeza, tal como Cristo reprendió aquí a sus discípulos: «¿Todavía no entiendo? ¿Por qué se ha endurecido tanto mi corazón?».

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