Versículo destacado
Marcos 14:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El primer día de los Panes sin Levadura, cuando sacrificaban la Pascua, sus discípulos le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la Pascua?». "
Marcos 14:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo.
11 Cuando ellos lo oyeron, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él buscaba cómo entregarlo en una ocasión conveniente.
12 El primer día de los Panes sin Levadura, cuando sacrificaban la Pascua, sus discípulos le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la Pascua?».
13 Entonces envió a dos de sus discípulos y les dijo: Vayan a la ciudad, y allí los encontrará un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo.
14 Dondequiera que él entre, díganle al dueño de la casa: “El Maestro dice: ‘¿Dónde está la habitación para huéspedes donde comeré la Pascua con mis discípulos?’”.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
En estos versículos vemos a Cristo celebrando la Pascua con sus discípulos la noche antes de morir. El consuelo y el gozo de aquella santa comida lo ayudaron a prepararse para el sufrimiento que se acercaba. Aunque tenía la cruz delante de él, no estaba tan afligido como para dejar de participar en aquella ordenanza sagrada. Debemos aprender de esto que el temor a las dificultades, ya sean cercanas o futuras, no debe impedirnos asistir al culto cuando tenemos la oportunidad.
Cristo celebró la Pascua en el momento acostumbrado, junto con los demás judíos, como demostró el Dr. Whitby, y no la noche anterior, como pensaba el Dr. Hammond. Fue el primer día de la fiesta, que, al contar los ocho días, se llamaba la Fiesta de los Panes sin Levadura: el día en que sacrificaban la Pascua (Marcos 14:12). Entonces les indicó a sus discípulos dónde encontrarían el lugar en el que pensaba celebrarla. Esto volvió a mostrar su perfecto conocimiento de las cosas lejanas y de las que aún estaban por suceder, cosas que a nosotros nos parecen inciertas.
Les dijo: «Vayan a la ciudad», porque la Pascua debía celebrarse en Jerusalén. «Allí encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua». Probablemente era un sirviente enviado a buscar agua para limpiar los cuartos de la casa de su amo. Ellos debían seguirlo, preguntar por su amo, el dueño de la casa (Marcos 14:14), y pedirle que les mostrara un cuarto. Es probable que en Jerusalén hubiera habitaciones preparadas para alquilar durante la Pascua, destinadas a los peregrinos que venían del campo. Cristo usó una de esas habitaciones, no la casa de un amigo ni un lugar que hubiera utilizado con frecuencia.
Es posible que haya escogido un lugar donde no lo conocieran, para poder comer tranquilamente con sus discípulos. También es posible que usara aquella señal para ocultarle el lugar a Judas, quien no debía enterarse sino hasta que llegaran. En esa señal también podemos ver un indicio de que Cristo habita en un corazón limpio, lavado como con agua pura. Dondequiera que él se proponga venir, un cántaro de agua debe ir delante de él, como en el llamado a lavarse y limpiarse (Isaías 1:16-18).
Celebró la Pascua en un aposento alto amueblado, o preparado con alfombras, como dice el Dr. Hammond. Parece que era un comedor elegante. En sus comidas ordinarias, Cristo no buscaba ninguna demostración de riqueza. A menudo escogía lugares sencillos y modestos, incluso sentándose sobre la hierba. Pero cuando celebraba una fiesta sagrada, estaba dispuesto a tener el mejor cuarto que pudiera conseguir para ese propósito.
Dios no se fija en el esplendor exterior. Sí se fija en las señales del respeto interior por sus santas ordenanzas. Quienes rechazan incluso arreglos decorosos para el culto solo para ahorrar dinero quizá estén mostrando falta de reverencia. Cristo celebró la Pascua con los doce, que eran como su familia. Esto les recuerda a quienes dirigen un hogar, ya sea con hijos, sirvientes o estudiantes, que deben mantener viva la fe entre quienes están bajo su cuidado y adorar a Dios junto con ellos.
Judas también estaba allí, aunque en ese momento estaba tramando traicionar a su Maestro. El versículo siguiente muestra claramente que estaba presente (Marcos 14:20). No se ausentó, porque eso habría despertado sospechas. Si su lugar hubiera estado vacío, la gente podría haber dicho de él lo que Saúl dijo de David: «No está limpio» (1 Samuel 20:26). Los hipócritas saben que están corriendo un riesgo, pero aun así se apresuran a participar en las reuniones de adoración especiales para proteger su reputación y ocultar su pecado secreto.
Cristo no mantuvo alejado a Judas, aunque conocía la maldad de su corazón, porque Judas todavía no se había vuelto abiertamente malvado y vergonzoso. Cristo se estaba preparando para entregar las llaves del reino de los cielos a hombres que solo pueden juzgar por las apariencias. Por eso estaba enseñándoles y animándolos a admitir en su mesa a quienes hacen una profesión de fe creíble, ya que ellos no pueden ver la raíz de amargura hasta que se manifiesta.
Mientras comían la Pascua, Cristo conversaba con sus discípulos. Probablemente hablaban, como era costumbre en aquella fiesta, acerca de la liberación de Israel de Egipto y de cómo se libró a los primogénitos. Seguramente habían estado disfrutando de la compañía mutua, como solían hacerlo en esa ocasión, hasta que Cristo dijo algo que mezcló el temor con su alegría.
Ellos se alegraban de estar con su Maestro, pero él les dijo que pronto lo perderían. «El Hijo del Hombre será traicionado». Ellos sabían lo que eso significaba, porque él les había contado muchas veces el resto de la historia. Si sería traicionado, la siguiente noticia sería que lo crucificarían y matarían. Dios lo había determinado, y Cristo había aceptado ese propósito. El Hijo del Hombre se va, tal como está escrito acerca de él (Marcos 14:21). Estaba escrito en el propósito de Dios y en las profecías del Antiguo Testamento, y nada de eso puede fallar.
También estaban disfrutando de su comunión unos con otros, pero Cristo ensombreció ese gozo al decirles: «Uno de ustedes, que está comiendo conmigo, me traicionará» (Marcos 14:18). Si era posible, dijo esto para despertar la conciencia de Judas, hacerlo reaccionar y apartarlo del borde de la ruina. Todavía no era demasiado tarde para que se arrepintiera. Sin embargo, por todo lo que podemos observar, aquel que recibió la advertencia más clara fue el menos conmovido por ella.
Los demás quedaron profundamente afectados. Comenzaron a entristecerse. El recuerdo de los pecados pasados y el temor de volver a caer a menudo nos quitan gran parte del gozo de las fiestas espirituales. En ese sentido, había hierbas amargas mezcladas en aquella celebración de la Pascua. También comenzaron a examinarse y a sospechar de sí mismos. Uno tras otro preguntaron: «¿Acaso soy yo?». Merecen reconocimiento por esa actitud caritativa, porque estuvieron más dispuestos a cuestionarse a sí mismos que a cuestionar a los demás.
Eso es lo que hace el amor: espera lo mejor (1 Corintios 13:5-7). Como nos conocemos tan bien, tenemos buenas razones para sospechar que hay más maldad en nosotros mismos que en nuestros hermanos. También merecen elogio porque aceptaron la palabra de Cristo. Confiaron más en él que en su propio corazón. Por eso no dijeron: «Estoy seguro de que no soy yo», sino: «Señor, ¿acaso soy yo?». Querían que él les mostrara si había en ellos algún camino de maldad, alguna raíz de amargura escondida, para arrancarla y detenerse antes de seguir por ese camino.
En respuesta, Cristo dijo algo que consolaría a los inocentes entre ellos: «No eres tú, ni tú, sino el que está mojando el pan conmigo en el plato». El enemigo era Judas, aquel hombre malvado. Pero las palabras de Cristo también debieron haber perturbado profundamente a Judas. Si continuaba con lo que había comenzado, estaba al borde del desastre. «¡Ay de aquel por medio de quien el Hijo del Hombre es traicionado!». Sería arruinado en cuerpo y alma. Su pecado pronto lo alcanzaría. Habría sido mejor que nunca hubiera nacido, que vivir una vida tan miserable y enfrentar un final tan terrible.
Es muy probable que Judas se animara a sí mismo con este pensamiento: su Maestro había dicho muchas veces que debía ser traicionado. «Si tiene que suceder, seguramente Dios no culpará al que lo haga, porque ¿quién ha podido resistirse a su voluntad?». Ese es el tipo de argumento que Pablo responde en Romanos 9:19. Pero Cristo muestra que esto no protegería a Judas ni lo excusaría.
El Hijo del Hombre ciertamente se va, tal como las Escrituras dicen de él, como un cordero llevado al matadero. Sin embargo, ¡ay de aquel por medio de quien es traicionado! El decreto de Dios de permitir el pecado humano y sacar gloria de él no obliga a nadie a pecar, no decide el pecado en lugar de la persona ni lo convierte en una excusa para pecar. Tampoco disminuye el castigo. Cristo fue entregado conforme al plan determinado y al conocimiento previo de Dios, pero aun así fue crucificado y asesinado por manos malvadas (Hechos 2:23).
A continuación viene la institución de la Cena del Señor. Fue dada al final de una comida, después de que todos se habían alimentado por completo con el cordero pascual. Esto muestra que la Cena del Señor no está destinada a ser una comida para el cuerpo. Convertirla en eso sería volver a introducir a Moisés de esa manera. Es alimento únicamente para el alma y, por esa razón, basta una cantidad muy pequeña de aquello que pertenece al cuerpo, siempre que sirva como señal.
Fue instituida al final de la comida de la Pascua, la cual se cumplió en el evangelio y luego quedó atrás. Muchos aspectos de la Cena del Señor se explican mediante la ley de la Pascua (Éxodo 12). Las prácticas del Antiguo Testamento ya no nos obligan, pero todavía nos enseñan cuando las leemos a la luz del evangelio. Como estas dos ordenanzas aparecen aquí tan estrechamente relacionadas, vale la pena compararlas. Podemos ver cuánto más breve y sencilla es la Cena del Señor que la Pascua.
El yugo de Cristo es más ligero que el yugo de la ley ceremonial, y sus ordenanzas son más espirituales. La Cena también fue instituida mediante el propio ejemplo de Cristo. No fue presentada con el lenguaje formal de una ley, como sucedió con el bautismo después de su resurrección (Mateo 28:19), respaldado por la autoridad que le fue dada en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18). Más bien, fue establecida mediante la práctica de nuestro Maestro, porque estaba destinada a quienes ya habían sido hechos sus discípulos y habían entrado en pacto con él. Aun así, tiene fuerza de mandamiento y debía permanecer plenamente vigente hasta su segunda venida.
También fue instituida con bendición y acción de gracias. Los dones comunes de la providencia de Dios deben recibirse de esa manera (1 Timoteo 4:4-5), y cuánto más debemos recibir con gratitud los dones especiales de la gracia. Él bendijo el pan (Marcos 14:22) y dio gracias por la copa (Marcos 14:23). En sus otras comidas, a menudo bendecía y daba gracias de la misma manera (Marcos 6:41; Marcos 8:7), hasta el punto de que la gente lo reconoció por esa costumbre (Lucas 24:30-31). Hizo lo mismo en esta cena.
La cena también fue dada como memorial de su muerte. Por eso partió el pan, mostrando que al Señor le agradó quebrantarlo. Llamó a la copa, que proviene de la sangre de la uva, la sangre del Nuevo Testamento. Cristo murió derramando sangre, por lo que las Escrituras hablan tantas veces de su sangre, su sangre preciosa, como el gran precio de nuestra redención. La sangre es vida, y fue dada para hacer expiación por el alma (Levítico 17:11-14). El derramamiento de su sangre fue la señal más clara del derramamiento de su alma (Isaías 53:12). La sangre también tiene voz (Génesis 4:10), por eso las Escrituras hablan de ella con frecuencia: estaba destinada a hablar (Hebreos 12:24).
Se le llama la sangre del Nuevo Testamento porque el pacto de gracia llegó a funcionar como un testamento, y entró en vigor mediante la muerte de Cristo, quien lo estableció (Hebreos 9:16). Se dice que fue derramada por muchos, para justificar a muchos, es decir, para declararlos justos delante de Dios (Isaías 53:11), y para llevar a muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10). Fue suficiente para muchos porque su valor es infinito, y ya ha sido de provecho para muchos. Leemos acerca de una gran multitud que nadie podía contar, todos lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero (Apocalipsis 7:9-14). Todavía es una fuente abierta. Qué consuelo es esto para los pobres pecadores arrepentidos: la sangre de Cristo fue derramada por muchos. Si fue derramada por muchos, también puede serlo por mí. Si fue derramada por pecadores, incluso por pecadores gentiles y por los peores pecadores, también puede serlo por mí.
La cena también tenía el propósito de sellar el pacto hecho con nosotros en Cristo y mostrar que los beneficios comprados por su muerte realmente nos son dados. Por eso partió el pan y se lo dio, diciendo: «Tomen, coman» (Marcos 14:22). Les dio la copa y les dijo que bebieran de ella (Marcos 14:23). Debemos aplicar a nosotros mismos la enseñanza de Cristo crucificado y dejar que sea alimento y bebida para nuestra alma. Él fortalece, nutre y refresca nuestra vida espiritual, y la sostiene y consuela.
También fue dada con el cielo en mente. Está destinada a ser una promesa y un anticipo de ese gozo, y a apartar nuestro gusto de todos los placeres de los sentidos (Marcos 14:25). «No volveré a beber del fruto de la vid», dijo, refiriéndose a él como alimento y refresco del cuerpo. «He terminado con eso». Quien ha probado los gozos espirituales no anhela rápidamente los placeres físicos, porque dice: «Lo espiritual es mejor» (Lucas 5:39). Pero todo el que ha probado los gozos espirituales pronto anhela los gozos eternos, porque estos son aún mejores. Así que escuchemos sus palabras: «No volveré a beber del fruto de la vid». Para quienes han bebido del río de los deleites de Dios, ese fruto resulta seco e insípido. Sin embargo, también decimos: «Señor, apresura el día en que beberé de nuevo en el reino de Dios», donde será para siempre nuevo y perfecto.
La cena terminó con un himno (Marcos 14:26). Aunque Cristo estaba rodeado de enemigos, no dejó de cumplir este dulce deber de cantar salmos por temor. Pablo y Silas cantaron mientras los presos los escuchaban. Este era un canto del evangelio, y el Antiguo Testamento habla con frecuencia de los tiempos del evangelio como tiempos de gozo y alabanza, expresados mediante el canto. Este fue el canto de despedida de Cristo, entonado justo antes de entrar en su agonía, probablemente uno de los salmos que se cantaban comúnmente, del Salmo 113 al Salmo 118.
Luego viene la conversación de Cristo con sus discípulos mientras regresaban a Betania a la luz de la luna. En cuanto terminaron de cantar el himno, salieron. Ya era casi la hora de dormir, pero nuestro Señor tenía el corazón tan enfocado en su sufrimiento que no quiso acostarse a descansar ni dar sueño a sus ojos mientras aquella obra quedara pendiente (Salmo 132:3-4). A los israelitas se les ordenó no salir de sus casas durante la noche en que comieron la Pascua, por causa de la espada del ángel destructor (Éxodo 12:22-23). Pero Cristo, el gran Pastor, debía ser herido; por eso salió deliberadamente y se expuso a la espada como un campeón. Ellos evitaron al destructor, pero Cristo lo venció y puso fin para siempre a su obra destructora.
Ahora Cristo anuncia de antemano que, durante su sufrimiento, todos sus discípulos lo abandonarían: «Todos ustedes tropezarán por causa de mí esta noche».
«Yo sé que lo harán» (Marcos 14:27), y lo que ahora les digo no es más que lo que las Escrituras ya habían anunciado: «Heriré al pastor, y las ovejas se dispersarán». Cristo sabía de antemano lo que sucedería y aun así los recibió a su mesa. Él ve las caídas y los fracasos de sus discípulos, y aun así no los rechaza.
No debemos mantenernos alejados de la Cena del Señor por temor a que más adelante podamos caer en pecado. Cuanto mayor sea nuestro peligro, más necesitamos fortalecernos mediante el uso cuidadoso y sincero de las prácticas santas. Cristo les dice que tropezarán por causa de él, es decir, que comenzarán a preguntarse si realmente es el Mesías cuando lo vean vencido por sus enemigos. Hasta ese momento, habían permanecido con él en sus pruebas. A veces lo habían ofendido, pero no habían tropezado a causa de él ni se habían apartado.
Ahora la tormenta sería tan fuerte que todos perderían el equilibrio y estarían en peligro de naufragar. Algunas pruebas son personales, como la de Apocalipsis 2:10, donde se dice que «el diablo echará a algunos de ustedes en la cárcel». Otras son generales, como la hora de prueba que vendrá sobre todo el mundo (Apocalipsis 3:10). Cuando el pastor es herido, las ovejas suelen dispersarse. Por eso, cuando los gobernantes, los ministros o los jefes de familia, como pastores de quienes están bajo su cuidado, atraviesan dificultades, todo el rebaño sufre y queda en peligro.
Aun así, Cristo los anima con la promesa de que volverán a reunirse y regresarán tanto al deber como al consuelo (Marcos 14:28). «Después de que resucite, volveré a reunirlos de todos los lugares donde se hayan dispersado», como en Ezequiel 34:12. «Iré delante de ustedes a Galilea», donde volverían a ver a sus amigos y disfrutarían otra vez de su compañía.
También predice que Pedro, el discípulo principal, lo negará de una manera muy personal. Mientras se dirigían al monte de los Olivos, podemos pensar que ya habían perdido a Judas, quien se había apartado de ellos. Entonces los demás quizá comenzaron a tener un concepto demasiado elevado de sí mismos, porque habían permanecido con su Maestro cuando Judas se fue. Pero Cristo les dice que, aunque su gracia los haya guardado de la traición de Judas, todavía no tienen ninguna razón para presumir de su lealtad.
Aun cuando Dios nos guarde de ser tan malos como los peores, debemos seguir siendo humildes al reconocer que no somos mejores de lo que somos. Pedro está seguro de que no fallará tan gravemente como los demás (Marcos 14:29): «Aunque todos estos otros tropiecen, yo no lo haré». Piensa que no solo es más fuerte que los demás, sino tan fuerte que puede enfrentar por sí solo cualquier tentación y mantenerse firme aunque nadie más lo haga.
Esto es común a la naturaleza humana. Tendemos a pensar bien de nosotros mismos y a confiar en nuestro propio corazón. Cristo le dice a Pedro que hará algo peor que cualquiera de los demás. Todos los otros lo abandonarán, pero Pedro lo negará, y no solo una vez, sino tres. Sucederá pronto, antes de que el gallo cante dos veces, cuando Pedro negará siquiera conocer a Cristo, actuando con vergüenza y temor de reconocerlo.
Pedro todavía mantiene su promesa: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Sin duda hablaba con sinceridad. Judas no dijo nada parecido cuando Cristo le anunció que lo traicionaría. Judas pecó con premeditación, mientras que Pedro pecó tomado por sorpresa. Judas planeó el mal (Miqueas 2:1), mientras que Pedro cayó en esta falta, como se describe en Gálatas 6:1.
Estuvo mal que Pedro discutiera con su Maestro. Si, en cambio, hubiera orado con temor y humildad: «Señor, dame la gracia de no negarte. No me lleves a esta tentación. Líbrame de este mal», quizá se habría evitado. Pero todos confiaban demasiado en sí mismos. Los que habían dicho: «Señor, ¿acaso soy yo?», ahora decían: «Yo nunca seré».
Cuando se sintieron seguros de que no traicionarían a Cristo, se volvieron descuidados. Pero quien piensa que está firme debe tener cuidado de no caer. Y quien se pone la armadura no debe presumir como si la batalla ya hubiera terminado.
Cómo puede ayudarte tu IA cristiana
Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana
Estudio bíblico
Orientación para la vida
Apoyo en la oración
Sabiduría diaria
Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes
De este capítulo
Marcos 14:1
"Dos días después era la fiesta de la Pascua y de los Panes sin Levadura; y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderlo con engaño y darle muerte."
Marcos 14:2
"Pero decían: «No durante la fiesta, para que no haya un alboroto del pueblo»."
Marcos 14:3
"Mientras estaba en Betania, en la casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro muy costoso; rompió el frasco y derramó el perfume sobre la cabeza de él."
Marcos 14:4
"Pero algunos se indignaron dentro de sí y dijeron: «¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?»."
Marcos 14:5
"Porque podría haberse vendido por más de trescientos denarios y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella."
Marcos 14:6
"Pero Jesús dijo: Déjenla. ¿Por qué la molestan? Ella ha hecho una buena obra conmigo."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.