Versículo destacado

Hechos 20:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El primer día de la semana, cuando los discípulos se reunieron para partir el pan, Pablo les predicó, pues estaba listo para partir al día siguiente, y prolongó su discurso hasta la medianoche. "

Hechos 20:7

menu_book El versículo en contexto

5 Estos se adelantaron y nos esperaron en Troas.

6 Nosotros zarpamos de Filipos después de los días de los panes sin levadura y llegamos adonde estaban ellos, en Troas, en cinco días; allí permanecimos siete días.

7 El primer día de la semana, cuando los discípulos se reunieron para partir el pan, Pablo les predicó, pues estaba listo para partir al día siguiente, y prolongó su discurso hasta la medianoche.

8 Había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos.

9 Un joven llamado Eutico estaba sentado en una ventana y cayó en un sueño profundo. Como Pablo seguía predicando largamente, el sueño lo venció, cayó desde el tercer piso y lo levantaron muerto.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos un relato de lo que sucedió en Troas el último de los siete días que Pablo permaneció allí.

Allí se celebró una solemne reunión de los cristianos, conforme a su práctica habitual y a la costumbre de todas las iglesias. Los discípulos se reunieron (Hechos 20:7). Por su cuenta, leían, meditaban, oraban y cantaban salmos, y así mantenían su comunión con Dios. Pero eso no era suficiente. También necesitaban reunirse para adorar a Dios como un solo cuerpo, fortalecerse unos a otros y mostrar su comunión compartida con todos los verdaderos cristianos. Los discípulos de Cristo deben tener momentos establecidos para reunirse. Si no pueden reunirse todos en un mismo lugar, deben hacerlo tantos como sea posible.

Se reunieron el primer día de la semana, al que llamaban el Día del Señor (Apocalipsis 1:10), el sábado cristiano. Este día se guarda en honor de Cristo y del Espíritu Santo, recordando la resurrección de Cristo y la venida del Espíritu, acontecimientos que ocurrieron ambos el primer día de la semana. El texto dice que ese era el día en que los discípulos se reunían, lo que indica que era una práctica establecida en todas las iglesias. Todos los discípulos de Cristo deben guardar santo el primer día de la semana. Es una señal entre Cristo y ellos, que muestra que le pertenecen.

Se reunieron en un aposento alto (Hechos 20:8). No tenían templo ni sinagoga donde reunirse, ni una capilla grande y majestuosa. Se reunían en una casa particular, en una habitación del piso superior. Eran pocos, así que no necesitaban un lugar grande, y eran pobres, por lo que no podían construir uno. Aun así, se reunieron en aquel lugar sencillo e incómodo. Nadie puede justificar su ausencia del culto porque el lugar de reunión no sea tan elegante o cómodo como quisiera.

Se reunieron para partir el pan, es decir, para celebrar la Cena del Señor; el pan partido representaba toda la ordenanza. «El pan que partimos» es la participación en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 10:16). Al partir el pan, recordaban no solo el cuerpo de Cristo, entregado por nosotros como sacrificio por el pecado, sino también que Cristo se entrega a nosotros como alimento para nuestra alma. En la iglesia primitiva, muchas congregaciones recibían la Cena del Señor cada Día del Señor, uniendo en una misma reunión solemne el recuerdo de la muerte de Cristo con el recuerdo de su resurrección.

En esa asamblea Pablo les predicó, y fue un largo sermón de despedida (Hechos 20:7). Aunque ya eran creyentes, todavía necesitaban que se les predicara la palabra de Dios para crecer en conocimiento y gracia. La predicación del evangelio debe ir acompañada de los sacramentos, las señales externas del pacto de Dios. Primero Moisés leyó al pueblo el libro del pacto y después roció la sangre del pacto que el Señor había hecho con ellos conforme a aquellas palabras (Éxodo 24:7-8). Un sello no tiene significado si no hay un documento que lo respalde.

También fue un sermón de despedida porque Pablo estaba listo para partir al día siguiente. Después de que se fuera, podrían escuchar el mismo evangelio de labios de otros, pero ya no de él de la misma manera. Por eso necesitaban aprovechar al máximo el tiempo que tenían con él. Los sermones de despedida suelen conmover profundamente tanto al predicador como a quienes lo escuchan.

Fue un sermón muy largo. Pablo siguió hablando hasta la medianoche, porque tenía mucho que decir y no sabía si volvería a tener otra oportunidad de predicarles. Después de que celebraron la Cena del Señor, les enseñó acerca de los deberes que habían asumido y de los consuelos que habían recibido, y habló de todo ello de manera completa y cuidadosa. Los ministros quizá tengan que predicar no solo en el momento oportuno, sino también en momentos inconvenientes. Algunos habrían criticado a Pablo por predicar durante tanto tiempo y dirían que estaba cansando a sus oyentes. Pero ellos estaban dispuestos a escuchar, y Pablo se dio cuenta de ello, así que continuó hablando.

Siguió hasta la medianoche. Es posible que se hayan reunido por la noche para tener privacidad o para seguir el ejemplo de los discípulos que se reunieron por la tarde en aquel primer sábado cristiano. Probablemente Pablo también les había predicado por la mañana, y aun así prolongó este sermón vespertino hasta la medianoche. Nos gustaría conocer los puntos principales de aquel largo sermón, pero seguramente su contenido se parecía mucho al de sus cartas. Como la reunión se prolongó tanto, encendieron muchas lámparas (Hechos 20:8), para que la gente pudiera consultar las Escrituras que Pablo citaba y comprobar que aquellas cosas eran verdaderas. Las luces también respondían a la acusación de los enemigos que decían que los cristianos se reunían de noche para cometer actos malvados.

Un joven de la congregación se quedó dormido durante el sermón, cayó por la ventana y murió, pero después volvió a la vida. Su nombre era Eutico, que significa «afortunado», y estuvo a la altura de su nombre. Probablemente había ido con sus padres, aunque todavía era un muchacho, porque ellos querían que recibiera una buena enseñanza en la verdad de Dios de parte de un predicador como Pablo. Los padres deben llevar a sus hijos a escuchar los sermones tan pronto como puedan entenderlos, incluso a los más pequeños (Nehemías 8:2; Deuteronomio 29:11).

Este joven tuvo la culpa en dos sentidos. Primero, se colocó descuidadamente en la ventana, que quizá estaba abierta y no tenía vidrios, y así se expuso al peligro. Si se hubiera conformado con sentarse en el suelo, habría estado seguro. Los muchachos que disfrutan trepar o ponerse en peligro, para tristeza de sus padres, deben recordar que también ofenden a Dios. Segundo, se durmió y cayó en un sueño profundo mientras Pablo predicaba, lo que demostraba que no estaba prestando la debida atención a palabras tan serias. El hecho de que se mencione especialmente su sueño nos hace pensar que los demás no se durmieron, aunque ya era la hora de dormir y habían cenado. Aun así, el sueño venció al joven y ya no pudo resistirlo.

El resultado fue una gran calamidad. Cayó desde el tercer piso y lo levantaron muerto. Algunos piensan que Satanás intervino en el suceso, con el permiso de Dios, con la intención de interrumpir la reunión y avergonzar a Pablo y a la iglesia.

Algunos creen que Dios permitió este acontecimiento como una advertencia para todos los que escuchan la palabra predicada, y ciertamente debemos tomarlo de esa manera. Debemos considerar seriamente la somnolencia durante el culto, porque muestra una baja estima por la palabra de Dios y perjudica mucho el provecho que recibimos de ella. Debemos estar alerta, hacer lo que podamos para permanecer despiertos y no acomodarnos de tal manera que terminemos durmiendo. Más bien, debemos permitir que la palabra que escuchamos conmueva nuestro corazón con tanta fuerza que aparte el sueño.

Velemos y oremos para no caer en esta tentación y luego en algo peor. La caída de Eutico debe hacernos reverentes y mostrarnos cuán celoso es Dios respecto al culto. No debemos engañarnos: Dios no puede ser burlado. Vemos con qué severidad trató Dios un pecado que parecía pequeño, y además cometido por un joven; esto debería llevarnos a reconocer que nadie puede sostenerse delante del santo Señor Dios. Este relato nos recuerda el lamento de (Jeremías 9:20-21): «Escuchen la palabra del Señor, porque la muerte ha entrado por nuestras ventanas para acabar con los niños que están afuera y con los jóvenes que están en las calles».

Lo siguiente que debemos observar es la misericordia milagrosa mostrada en la recuperación de Eutico y su regreso a la vida (Hechos 20:10). El suceso provocó una conmoción repentina en la reunión e interrumpió la predicación de Pablo, pero también confirmó poderosamente su mensaje y ayudó a grabarlo en el corazón de los presentes. Pablo bajó, se tendió sobre el cuerpo muerto y lo abrazó. De esta manera mostró una profunda compasión por el joven, lejos de decir: «Recibió lo que merecía por prestar tan poca atención a lo que yo decía».

Las personas que tienen un corazón tierno como el de Pablo se conmueven profundamente ante acontecimientos tan tristes y no se apresuran a juzgar a quienes los sufren. Pablo no habría pensado, como algunos pensaban acerca de las personas sobre las que cayó la torre de Siloé, que eran peores pecadores que todos los demás habitantes de Jerusalén. Cristo dijo: «Les digo que no». Pero la acción de Pablo fue más que una muestra de compasión. Al igual que Elías (1 Reyes 17:21) y Eliseo (2 Reyes 4:34), se tendió sobre el cuerpo para ayudar a devolverle la vida, no porque el acto en sí mismo tuviera ese poder, sino porque era una señal del poder divino que venía sobre el cuerpo muerto para restaurarle la vida. Al mismo tiempo, Pablo oraba con fervor y fe por aquel milagro.

Entonces Pablo tranquilizó a todos diciéndoles que el joven había vuelto a la vida y que podrían comprobarlo claramente. Podemos imaginar que el accidente había provocado muchos pensamientos y preguntas en la congregación, pero Pablo puso fin a toda aquella agitación al decir, en esencia: «No se alarmen ni entren en pánico por esto. Su vida está en él. No está muerto, sino dormido. Déjenlo por un momento y se recuperará, porque ahora está vivo». De manera semejante, cuando Cristo resucitó a Lázaro, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado».

Después de esta interrupción, Pablo regresó de inmediato a la reunión (Hechos 20:11). Volvieron a reunirse y partieron el pan en un banquete de amor, una comida que por lo general acompañaba la Cena del Señor y demostraba la comunión y la amistad entre ellos. Luego conversaron durante mucho tiempo, incluso hasta el amanecer. Pablo no continuó con un sermón largo como antes; más bien, él y sus amigos tuvieron una conversación abierta y provechosa, sin duda sobre cosas buenas que los edificaban. La conversación entre cristianos es un excelente medio para crecer en santidad, consuelo y amor.

Como no sabían cuándo volverían a ver a Pablo, aprovecharon al máximo su compañía mientras la tenían, y les pareció que valía la pena pasar una noche sin dormir por ese motivo. Antes de separarse, llevaron al joven vivo de nuevo a la reunión, y todos se alegraron con él porque había sido devuelto a la vida. Todos quedaron muy consolados (Hechos 20:12). Esto produjo gran alegría, no solo en la familia del joven, sino en toda la iglesia. Evitó que cayera vergüenza sobre ellos y añadió mucho honor al evangelio.

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