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Malaquías 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Miren, yo enviaré a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí. El Señor, a quien ustedes buscan, vendrá de repente a su templo, es decir, el mensajero del pacto, en quien ustedes se complacen. Miren, él vendrá, dice el SEÑOR de los ejércitos. "

Malaquías 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Miren, yo enviaré a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí. El Señor, a quien ustedes buscan, vendrá de repente a su templo, es decir, el mensajero del pacto, en quien ustedes se complacen. Miren, él vendrá, dice el SEÑOR de los ejércitos.

2 Pero ¿quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién permanecerá en pie cuando él aparezca? Porque él es como fuego de refinador y como jabón de lavandero.

3 Él se sentará como refinador y purificador de plata; purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y a la plata, para que presenten al SEÑOR una ofrenda en justicia.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Las primeras palabras de este capítulo parecen responder al desafío burlón y sin Dios del final del capítulo anterior: «¿Dónde está el Dios de justicia?». La respuesta es clara: está justo a la puerta. El Mesías esperado por tanto tiempo está a punto de aparecer, y dice: «Para juicio he venido a este mundo», ese juicio que ustedes han desafiado con tanta osadía.

Un escritor rabínico afirma que el significado es que Dios levantará a un rey justo para poner las cosas en orden: el Mesías. Se dice que el comienzo del Evangelio de Marcos cumple esta promesa, la promesa con la que termina el Antiguo Testamento (Marcos 1:1-2). De este modo, los dos Testamentos quedan unidos y se responden mutuamente.

Aquí encontramos una profecía acerca de la venida del precursor de Cristo, Juan el Bautista, a quien Isaías también había anunciado (Isaías 40:3) como el que prepararía el camino del Señor. Los profetas posteriores confirmaron lo que habían dicho los profetas anteriores: «Enviaré a mi mensajero», o «Estoy enviando a mi mensajero». Dios se propone enviarlo. Pronto llegará; y aunque una generación descuidada no lo pida, él no vendrá sin ser enviado.

Observemos, en primer lugar, que es el mensajero de Dios. Esa es su tarea. El propio nombre Malaquías significa «mi ángel» o «mi mensajero». Juan el Bautista recibió su comisión del cielo, no de los seres humanos. Todos consideraban que Juan era profeta porque era el mensajero de Dios, enviado con la misma misión que los profetas anteriores: llamar al pueblo al arrepentimiento y al cambio.

Observemos también que es el heraldo de Cristo. Preparará el camino delante de Cristo al llamar a las personas a cumplir con los deberes que las disponen a recibir el consuelo y la venida del Mesías. Las apartará de confiar en su descendencia de Abraham, como si eso por sí solo pudiera salvarlas, y anunciará que el Mesías está cerca. De esta manera despertará la expectativa y preparará al pueblo para seguir el camino de Cristo al establecer su reino en el mundo.

Dios obra de manera ordenada. Antes de venir, se asegura de que el camino esté preparado. Es como colocar con anticipación una señal de advertencia. Durante mucho tiempo se le había dicho al pueblo de Dios que el Mesías vendría, y ahora se añade que, justo antes de su aparición, habría una señal clara: un gran profeta que anunciaría su llegada y llamaría a abrirle las puertas. Este cumplimiento demuestra que Jesús es el Cristo, el que había de venir, y que no debemos esperar a ningún otro, porque antes de él vino ese mensajero y preparó un pueblo para el Señor (Lucas 1:17).

Algunos escritores judíos han intentado de maneras extrañas evitar esta prueba. Unos dicen que el mensajero es el ángel de la muerte, que quitará a los malvados de esta vida y los enviará al infierno. Otros dicen que es el Mesías hijo de José, que vendrá antes del Mesías hijo de David. Otros afirman que es el propio profeta, o incluso un ángel del cielo. Quienes se niegan a aceptar la verdad suelen caer en una grave confusión.

En segundo lugar, encontramos una profecía acerca del propio Mesías: «El Señor, a quien ustedes buscan, vendrá de repente a su templo; él es el Dios de justicia, de quien ustedes creen que se ha alejado de la tierra y se preguntan qué habrá sido de él». El Mesías había sido llamado desde mucho tiempo atrás «el que ha de venir», y ahora pueden tener la seguridad de que pronto vendrá.

Él es el Señor, Adonai, aquel sobre quien se sostiene y queda firme el mundo. Es el gobernante y soberano de todos, el único Señor sobre todos (Hechos 10:36), a quien se le ha dado toda autoridad (Mateo 28:18) y quien reinará para siempre sobre la casa de Jacob (Lucas 1:33).

También es el Mensajero del pacto, o el ángel del pacto. Esto significa que es el bendito enviado del cielo para hacer la paz y restaurar la comunión entre Dios y la humanidad. Él es el ángel —en realidad, el Señor de los ángeles— que recibió del Padre la misión de llevar a las personas de regreso a Dios mediante un pacto de gracia, después de que se rebelaran al quebrantar el pacto de inocencia.

Cristo es el ángel de este pacto porque lo establece y lo confirma mediante su mediación, así como el pacto de Dios con Israel fue dado por medio de ángeles (Hechos 7:53; Gálatas 3:19). Como profeta, Cristo es el mensajero y mediador del pacto; es decir, aquel que se coloca entre Dios y las personas para reconciliarlas. Más aún, fue dado como el pacto mismo (Isaías 49:8). Ese pacto, del cual proviene toda nuestra salvación, comenzó a ser anunciado por el Señor (Hebreos 2:3). Aunque algunos interpretan esta expresión como «el príncipe del pacto», aun así él se humilló para ser su mensajero, a fin de que pudiéramos tener plena confianza en la buena voluntad de Dios hacia nosotros, basada en su propia palabra.

Él es aquel a quien ustedes buscan, en quien se deleitan; es aquel que los judíos devotos esperaban y anhelaban, y cuya venida recordaban con alegría. Al esperarlo, buscaban la redención de Jerusalén y aguardaban el consuelo de Israel (Lucas 2:25, 38). Cristo habría de ser el deseo de todas las naciones, aquel deseable para todos (Hageo 2:7), pero era especialmente el deseo de la nación judía, porque la promesa de su venida les había sido dada a ellos. Quienes buscan a Jesús encontrarán gozo en él. Si él es el deseo de nuestro corazón, también será nuestro deleite. Tenemos toda razón para recibir con alegría al que es el Mensajero del pacto y vino a nosotros con una misión tan llena de gracia.

Él vendrá de repente. Su venida está cerca, y no la vemos desde una distancia tan lejana como la veían los patriarcas. También puede significar que vendrá poco después de la aparición de Juan el Bautista, justo después de su precursor. Cuando aparece la estrella de la mañana, sabemos que el Sol de justicia no está lejos. O puede venir de repente en el sentido de que muchos no lo estarán esperando, tal como su primera venida ocurrió a medianoche, cuando algunos habían dejado de velar. Porque cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra? (Lucas 18:8). Los judíos contaban al Mesías entre las cosas que llegan inesperadamente. También se dice que la venida del Hijo del Hombre en su día será como un relámpago: sorprendente y repentina (Lucas 17:24).

Vendrá a su templo, el templo de Jerusalén que acababa de ser construido, la casa posterior que él haría gloriosa. Es su templo porque es la casa de su Padre (Juan 2:16). Cuando Cristo tenía cuarenta días de nacido, fue presentado en el templo, y Simeón acudió allí guiado por el Espíritu para verlo, de acuerdo con esta profecía (Lucas 2:27). Cuando tenía doce años, estaba en el templo ocupado en los asuntos de su Padre (Lucas 2:49). Cuando entró triunfalmente en Jerusalén, parece haber ido directamente al templo (Mateo 21:12), y allí acudieron a él los ciegos y los cojos para ser sanados (Mateo 21:14). A menudo enseñaba allí, discutía allí y realizaba milagros allí.

Esto demuestra que el Mesías habría de venir mientras el templo todavía estuviera en pie. Puesto que ese templo fue destruido hace mucho tiempo, debemos concluir que él ya vino y que no debemos esperar a ningún otro. Quienes desean conocer a Cristo y recibir su favor deben encontrarse con él en su templo, porque allí registra su nombre y bendice a su pueblo. Allí debemos recibir su palabra y allí debemos rendirle culto.

La promesa de su venida se repite y se confirma: «Miren, él vendrá», dice el Señor de los ejércitos. Podemos confiar en la palabra de aquel que no puede mentir. Él vendrá y no tardará.

Luego el profeta explica el gran propósito de su venida (Malaquías 3:2). Él es aquel a quien buscan y en quien se deleitan; sin embargo, permanece la pregunta: ¿quién podrá soportar el día de su venida? Debemos considerar esto con profunda seriedad y reverente temor. ¿Quién podrá mantenerse en pie cuando él aparezca, aunque venga no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él?

Esto puede referirse al temor que despertaría su aparición. Incluso durante su vida terrenal, algunas manifestaciones de su gloria y poder fueron tan intensas que nadie podía permanecer indiferente ante ellas. Lo vemos en su transfiguración, en los acontecimientos extraordinarios que ocurrieron al momento de su muerte y en quienes temblaban delante de él, como en Marcos 5:33. También puede señalar los tiempos angustiosos que pronto seguirían. Los maestros judíos hablaban de los «dolores de parto» del Mesías, refiriéndose al gran sufrimiento que vendría sobre Israel en el tiempo de su llegada. Cristo mismo habló de la gran aflicción que se acercaba, una angustia como nunca había habido antes ni volvería a haber (Mateo 24:21).

También señala la prueba que su venida traería para todos. Él sería como el fuego del refinador, que derrite el metal y separa el oro de la escoria, o como el jabón de lavadores, que quita las manchas de la tela. Cristo vino para revelar cómo son realmente las personas, de modo que quedaran al descubierto los pensamientos de muchos corazones (Lucas 2:35). Vino para distinguir a unos de otros y separar lo valioso de lo inútil. Tiene el aventador en la mano (Mateo 3:12). Vino para echar fuego sobre la tierra, no paz, sino división (Lucas 12:49, Lucas 12:51), y para sacudir los cielos y la tierra, de modo que los malvados fueran removidos y permaneciera lo que no puede ser sacudido (Job 38:13; Hebreos 12:27).

Observemos lo que hace el evangelio en esta prueba. A quienes están dispuestos a hacer el bien, les produce bien y se convierte en un mensaje que da vida (Malaquías 3:3). «Se sentará para refinar». Cristo, por medio de su evangelio, purificará y reformará a su iglesia; y, mediante su Espíritu obrando junto con ese evangelio, renovará y limpiará el alma de cada persona. Por eso se entregó por la iglesia: para santificarla y limpiarla mediante el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:26), y para formar para sí un pueblo especial, dispuesto a hacer el bien (Tito 2:14).

Cristo es el gran refinador. Purificará a «los hijos de Leví», es decir, a todos los que están dedicados a alabarlo y servirlo, como lo estuvo en otro tiempo la tribu de Leví, y a quienes se propone convertir en sacerdotes espirituales y en un sacerdocio santo (Apocalipsis 1:6; 1 Pedro 2:5). En este sentido, todos los verdaderos cristianos son hijos de Leví. Han sido apartados para Dios, llamados a servir en su casa y llamados a pelear la buena batalla.

Los purificará limpiándolos como se limpian el oro y la plata. Esto significa que los santificará desde su interior. No solo lavará las manchas externas, sino que quitará la escoria que hay dentro de ellos: la corrupción que todavía permanece. Eliminará lo que vuelve inútiles e improductivas sus capacidades, y los hará como oro refinado, valioso y apto para el uso. Los purificará con fuego, como se purifican el oro y la plata, porque él bautiza con el Espíritu Santo y con fuego (Mateo 3:11), lo que significa que el Espíritu Santo obra como fuego. También los refinará por medio de las aflicciones y muchas pruebas, para que la fe probada resulte en alabanza, gloria y honor (1 Pedro 1:6, 1 Pedro 1:7). De esta manera, los convierte en un pueblo precioso para sí.

El resultado será que ofrecerán al Señor una ofrenda en justicia. Esto significa que verdaderamente se volverán a Dios y serán consagrados para alabarlo. Por eso Pablo habla de los gentiles como una ofrenda presentada a Dios cuando son santificados por el Espíritu Santo (Romanos 15:16). También significa que adorarán a Dios de manera espiritual, conforme a su voluntad, ofreciendo sacrificios de justicia (Salmo 4:5), como la oración, la alabanza y el amor santo. Serán los verdaderos adoradores que adoran al Padre en espíritu y en verdad (Juan 4:23, Juan 4:24).

No podemos ofrecerle a Dios ningún servicio correcto si primero nuestras personas no han sido justificadas, es decir, declaradas justas delante de Dios, y santificadas, es decir, hechas santas. Mientras Dios no nos refine y purifique por su gracia, no podemos hacer nada que le dé gloria. Dios primero aceptó a Abel y después su ofrenda. Así también Dios purifica a su pueblo para que pueda ofrecerle sus dones en justicia (Sofonías 3:9). Él hace bueno el árbol para que el fruto sea bueno.

Después viene la promesa de que la ofrenda de Judá y Jerusalén será agradable al Señor (Malaquías 3:4). Ya no será ofensiva, como lo había sido antes, cuando mezclaban la adoración de otros dioses con la adoración al Dios de Israel, o cuando, en aquel tiempo, llevaban para el sacrificio animales desgarrados, cojos y enfermos. En cambio, será aceptable. Él se agradará tanto de los adoradores como de sus ofrendas, como en los días antiguos y en los primeros años, como en los primeros tiempos de la iglesia, cuando aceptó los sacrificios de Abel y Noé, y cuando respondió al sacrificio de Aarón con fuego del cielo.

Cuando venga el Mesías, primero hará aceptable a su pueblo por medio de su gracia. Una vez que lo haya purificado y refinado, le ofrecerá los sacrificios que Dios exige y recibe. Segundo, hará que sea aceptado por medio de su intercesión, es decir, por su obra sacerdotal de rogar por ellos delante de Dios. Él presenta ante Dios a su pueblo y su servicio, de modo que sus oraciones, perfumadas por su intercesión, sean agradables al Señor. En él somos aceptados, y en él Dios se agrada de todos los que están en él y dan fruto en él (Mateo 3:17).

Pero para quienes están decididos a persistir en su maldad, su venida servirá como testimonio contra ellos (Malaquías 3:5). Esta es la respuesta directa a su desafío: «¿Dónde está el Dios de justicia?». Aprenderán dónde está, y lo aprenderán con terror y confusión, porque él dice: «Me acercaré a ustedes para juzgarlos». Vendrá contra quienes se atreven a desafiar la justicia divina. Para ellos, el evangelio de Cristo será un mensaje que conduce a la destrucción, un testimonio que los deja bajo condenación y los juzgará en el día final (Juan 12:48). Veamos ahora quiénes son estos pecadores que tendrán que comparecer ante el juicio bajo el evangelio de Cristo.

Son los hechiceros, personas que se han entregado al mal espiritual y han abandonado las palabras verdaderas del Dios de verdad para consultar al padre de la mentira. Son los adúlteros, que se entregan a los deseos de la carne; son los mismos adúlteros acusados de traición (Malaquías 2:15). Son los que juran falsamente, quienes deshonran el nombre de Dios e insultan su justicia al ponerlo como testigo de una mentira.

También son los opresores, que lastiman y aplastan cruelmente a quienes están bajo su poder y no pueden defenderse. Les quitan su salario a los trabajadores y se niegan a pagarles lo que les prometieron. Oprimen a las viudas y a los huérfanos, y se niegan a pagarles lo que justamente les deben porque ellos no pueden demostrar su caso o no tienen los medios para presentar una demanda. También privan de sus derechos al extranjero pobre, porque no tiene un amigo que hable por él ni conoce las leyes del país.

La raíz de todo esto es la siguiente: «No me temen», dice el Señor de los ejércitos. El pecado de los malvados muestra claramente que no hay temor de Dios delante de sus ojos. Donde no hay temor de Dios, no se puede esperar nada bueno.

¿Quién testificará contra ellos? Dios dice: «Me acercaré a ustedes y seré un testigo rápido contra ellos». Ellos se justifican a sí mismos y, como sus pecados han quedado hábilmente ocultos, esperan escapar del castigo por falta de pruebas. Pero Dios ve y conoce todas las cosas. Él mismo será testigo contra ellos, y su conocimiento perfecto equivale al testimonio de mil testigos. Hasta sus propias conciencias concordarán con su testimonio, y toda boca quedará callada.

Será un testigo rápido. Aunque lo acusen de ser lento y tardar, y pregunten: «¿Dónde está el Dios de justicia? ¿Dónde está la promesa de su venida?», descubrirán que no es más lento con sus advertencias que con sus promesas. El juicio contra esos pecadores no se retrasará por falta de pruebas, porque él será un testigo rápido. Su juicio los alcanzará y no podrán escapar. El mal persigue a los pecadores.

«Porque yo, el Señor, no cambio; por eso ustedes, hijos de Jacob, no han sido destruidos» (Malaquías 3:6). Aquí Dios declara su naturaleza inmutable y lo deja claro con sus propias palabras: «Yo, el Señor, no cambio», por lo tanto, ninguna de las palabras que ha pronunciado fallará. ¿Es Dios un juez justo contra quienes se rebelan contra él? ¿Es un generoso recompensador de quienes lo buscan fielmente? En ambos casos, él nunca cambia. Aunque la sentencia contra las malas acciones no se ejecute rápidamente (Malaquías 3:5), se cumplirá, porque él es el Señor y no cambia. Él sigue siendo tan enemigo del pecado como siempre lo ha sido, y los pecadores obstinados lo descubrirán.

No hace falta una nueva orden legal para que el juicio de Dios vuelva a entrar en vigor, porque nunca ha perdido su vigencia. Contra quienes siguen pecando, la maldición de su ley permanece con todo su poder. El pueblo de Israel tenía una prueba clara de esto en su propia historia. Podían decir que Dios no cambia porque había permanecido fiel a su pacto con ellos y con sus antepasados. Si no hubiera cumplido ese pacto, los habría destruido hacía mucho tiempo y habría eliminado a la nación.

Ellos habían sido infieles e inconstantes con él, y Dios habría tenido todo el derecho de abandonarlos. Entonces pronto habrían quedado arruinados. Pero, como recordó su pacto y no quiso quebrantarlo ni cambiar lo que había salido de sus labios, los libró de la destrucción y los restauró cuando estaban a punto de caer en ella. Esto fue únicamente porque se propuso cumplir su palabra (Deuteronomio 7:8; Levítico 26:42).

Así como Dios los preservó de la ruina mientras su pacto especial con ellos permanecía vigente, lo hizo únicamente porque seguiría siendo fiel y demostraría que no es un ser humano que miente (Números 23:19). Del mismo modo, cuando ese pacto fuera reemplazado por el Nuevo Pacto, enfrentarían las maldiciones por rechazar sus bendiciones. Entonces demostraría que, tanto en sus juicios como en su misericordia, no es un ser humano que cambia de parecer, sino que sería tan fiel a sus amenazas como lo había sido a sus promesas. Véase 1 Samuel 15:29.

Esto también puede aplicarse profundamente a nuestra propia vida. Como tratamos con un Dios que no cambia, no somos destruidos. Sus misericordias no se acaban; son nuevas cada mañana. ¡Grande es su fidelidad! (Lamentaciones 3:22-23).

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