Versículo destacado

Malaquías 2:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¿Acaso no tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó un solo Dios? ¿Por qué cada uno de nosotros traiciona a su hermano, profanando el pacto de nuestros padres? "

Malaquías 2:10

menu_book El versículo en contexto

8 Pero ustedes se han apartado del camino; han hecho que muchos tropiecen en la ley; han corrompido el pacto de Leví, dice el SEÑOR de los ejércitos.

9 Por eso, yo también los he hecho despreciables y humillados ante todo el pueblo, porque no han guardado mis caminos, sino que han mostrado parcialidad en la ley.

10 ¿Acaso no tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó un solo Dios? ¿Por qué cada uno de nosotros traiciona a su hermano, profanando el pacto de nuestros padres?

11 Judá ha actuado con traición, y se ha cometido una abominación en Israel y en Jerusalén, porque Judá ha profanado la santidad del SEÑOR, la cual él amaba, y se ha casado con la hija de un dios extranjero.

12 El SEÑOR eliminará de las tiendas de Jacob al hombre que haga esto, al maestro y al alumno, y al que presente una ofrenda al SEÑOR de los ejércitos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Las acciones corruptas son el verdadero fruto de las creencias corruptas. El mal que hay en el corazón y en la vida de las personas muchas veces surge de ideas imprecisas e incrédulas que ellas siguen. Eso es lo que vemos aquí. Estas personas se comportaban deshonestamente unas con otras porque tenían una visión equivocada de Dios.

En general, actuaban con traición, es decir, se engañaban y se traicionaban unos a otros (Malaquías 2:10). No debemos esperar que una persona que es falsa con Dios sea fiel a un amigo. Ya habían sido infieles a Dios en el asunto de los diezmos y las ofrendas, y eso había dañado su conciencia. Cuando la conciencia se debilita, se abre la puerta a toda clase de engaño e injusticia. Entonces incluso los lazos familiares y el afecto natural comienzan a quebrarse.

Algunos piensan que esto se refiere a la opresión y la extorsión que se denunciaron ante Nehemías por esa misma época (Nehemías 5:3-7). En ese caso, habían olvidado al Dios de sus antepasados y el pacto que él había hecho con ellos, y sus ofrendas se habían vuelto inaceptables (Isaías 1:11). Sin embargo, parece más probable que el pasaje señale lo que estaba mal en sus matrimonios, algo que también se denuncia en Nehemías 13:23. Eran culpables de dos cosas que ofendían profundamente a Dios: se casaban con mujeres extranjeras de naciones paganas y maltrataban o se divorciaban de las esposas de su propio pueblo.

En primer lugar, quebrantaron el pacto que Dios había hecho con Israel, su pueblo escogido, al casarse con mujeres extranjeras. Eso estaba claramente prohibido en ese pacto (Deuteronomio 7:3). Tenían razones poderosas para permanecer fieles a Dios y unos a otros, y no contraer ese tipo de matrimonios.

Estaban específicamente comprometidos por el pacto a no hacer esto. Dios había prometido hacerles bien si permanecían separados de las naciones que los rodeaban. Ese era el pacto de sus antepasados, el pacto hecho con sus padres, que le daba a esa nación su posición y su identidad. Tenían toda la obligación de guardarlo, pero lo trataron como si no tuviera importancia. Las personas profanan el pacto de sus antepasados cuando viven en desobediencia al mandato del Dios de sus antepasados.

Además, eran un pueblo distinto, unido como un solo cuerpo, y debían esforzarse por proteger ese llamado especial. «¿Acaso no tenemos todos un solo padre?». Si esto se refiere a toda la humanidad, nos recuerda que Dios nos creó a todos, de modo que somos hermanos y no debemos engañarnos unos a otros (Efesios 4:25). Si se refiere a los judíos, entonces señala su ascendencia común en Abraham o Jacob. Ellos afirmaban: «Tenemos a Abraham como padre», pero aquí esa misma afirmación se convierte en parte de su vergüenza, porque estaban deshonrando a su nación al casarse con personas paganas. Dios los había formado como un pueblo apartado, y eso debía impulsarlos a proteger la dignidad de su llamado. De la misma manera, la unidad de la iglesia en Cristo, su fundador y Padre, debe llevarnos a proteger su pureza y a cuidarnos de la corrupción.

También estaban consagrados a Dios y separados de las naciones que los rodeaban. Israel era santo para el Señor (Jeremías 2:3). Dios había hecho un pacto con ellos, los había apartado para su propio nombre y alabanza, y los había amado por esa razón. Su santuario entre ellos era algo que él había llamado su lugar de descanso para siempre. Pero al casarse con mujeres extranjeras, deshonraron esa santidad y desecharon el honor de estar apartados para Dios. Quienes pertenecen a Dios deben preocuparse por conservar su integridad, para no perder el honor ni el propósito de haber sido consagrados a él.

Actuaron con traición precisamente en el asunto que debía preservar su llamado especial: «Judá se ha casado con la hija de un dios extraño». El problema principal no era simplemente que ella perteneciera a otra nación, porque Dios creó a todas las naciones. El problema más profundo era que pertenecía a otro dios, había sido criada en la adoración falsa y había sido formada por ese servicio. Como lo expresaron algunos rabinos, el hombre que se casa con una mujer pagana es como quien se convierte en yerno de un ídolo.

Este tipo de corrupción había aparecido mucho antes, cuando los hijos de Dios se casaron con las hijas de los hombres (Génesis 6:2). Aquí se trata del mismo pecado, expresado de una manera aún más impactante: los hijos de Dios se casaron con las hijas de un dios extraño. Judá había actuado con traición porque había traicionado su propio honor y deshonrado la santidad del Señor, una santidad que debía amar. Era una abominación en Israel y en Jerusalén, algo detestable para Dios y completamente fuera de lugar entre quienes llevaban su nombre. Es algo terrible que las personas que afirman pertenecer al Señor santo profanen esa santidad, especialmente al unirse de manera desigual con quienes no creen.

Dios trataría con severidad este pecado. El Señor eliminaría al hombre que hiciera esto, al que se casara con la hija de un dios extraño (Malaquías 2:12). En cierto sentido, ya se había separado de la nación santa y se había unido a extranjeros y forasteros; por tanto, ese sería su juicio. Dios lo eliminaría junto con todo lo que le perteneciera. Sería separado de Israel y de Jerusalén, y su nombre no permanecería entre los que vivían allí.

El Señor eliminaría tanto al maestro como al discípulo, al que enseña y al que aprende. El guía ciego y el seguidor ciego caerían juntos en el hoyo. El que despierta a otro y el que le responde —en otras palabras, el líder y la persona guiada— serían eliminados juntos de las tiendas de Jacob.

Dios ya no los consideraría parte de su nación. Ni siquiera el sacerdote que presenta una ofrenda al Señor, si se casa con una mujer extranjera, como lo hicieron muchos sacerdotes (Esdras 10:18), escaparía del juicio. Su ofrenda no compensaría su pecado, y sería separado del templo del Señor, así como otros serían separados de las tiendas de Jacob. Nehemías incluso expulsó de sí mismo y del sacerdocio a uno de los hijos del sumo sacerdote, a quien encontró culpable de este pecado (Nehemías 13:28).

En segundo lugar, despreciando el pacto matrimonial que Dios estableció para el bien de todas las personas, maltrataban y abandonaban a las esposas de su propio pueblo. Probablemente hacían esto para dejar espacio a las mujeres extranjeras, pues casarse con ellas se había vuelto una práctica de moda (Malaquías 2:13). Esta es la segunda parte de la acusación. Un pecado conduce a otro, y el camino del pecado siempre va cuesta abajo.

Esto es lo que se les reprocha: no trataban a sus esposas como debían. Eran ásperos, cambiantes y difíciles, y les amargaban la vida. Cuando esas parejas acudían a adorar a Dios durante las fiestas solemnes, que debían ser un tiempo de alegría, los hombres estaban de mal humor. Sus pobres esposas estaban a punto de quebrarse por el dolor y, como no se atrevían a contárselo a nadie más, llevaban su tristeza a Dios. Cubrían el altar del Señor con lágrimas, llanto y gemidos.

Esto se puede ver en Ana, la esposa de Elcaná, quien estaba afligida porque su esposo tenía otra mujer. Aunque Elcaná era bondadoso en otros aspectos, el conflicto que esto causaba hacía que Ana llorara cada vez que subían al templo del Señor para adorar. Ella estaba profundamente angustiada y no quería comer (1 Samuel 1:6-7, 1 Samuel 1:10). Lo mismo ocurría con estas esposas. Eso era lo opuesto de la alegría que Dios pide a quienes lo adoran, y hacía que su adoración fuera inaceptable. Dios es un buen Señor y no quiere que su altar esté cubierto de lágrimas, sino rodeado de cantos.

Esto también condena a quienes abandonaron la adoración de Dios para adorar ídolos, donde se encontraban mujeres llorando por Tamuz (Ezequiel 8:14) y la sangre de los adoradores corría sobre el altar (1 Reyes 18:28). También es una maldad perturbar a otros de tal manera que no puedan adorar a Dios con alegría. Aunque las personas se vuelvan incapaces de cumplir con su deber por sus propias quejas y conflictos, la culpa recae mucho más sobre quienes las provocaron. Por eso los esposos y las esposas deben vivir juntos en amor santo y alegría, para que sus oraciones no sean estorbadas (1 Pedro 3:7).

También actuaban con engaño hacia sus esposas (Malaquías 2:14-16). No cumplían sus promesas, las privaban del sustento o de los bienes matrimoniales que les correspondían, o tomaban concubinas —mujeres que mantenían además de una esposa— para compartir el afecto que pertenecía exclusivamente a sus esposas. Abandonaban a sus esposas, les entregaban documentos de divorcio y las echaban de su casa, quizá incluso sin seguir la ley de Moisés (Malaquías 2:16). En todo esto, escondían la violencia bajo un manto. Herían a sus esposas y las trataban mal, pero en público seguían actuando como si fueran amorosos y amables. Es común que quienes hacen el mal lo cubran con alguna excusa que suena bien.

La acusación queda plenamente comprobada por Dios mismo: «El Señor ha sido testigo entre tú y la esposa de tu juventud» (Malaquías 2:14). Él vio el pacto matrimonial entre ellos, porque habían acudido a él apelando a su honestidad y fidelidad. También vio cada promesa quebrantada y cada acto de traición, y está dispuesto a juzgar entre el esposo y la esposa. Esto debería impulsarnos a ser fieles tanto a Dios como a todas las personas con quienes tratamos, porque Dios mismo es testigo de nuestras promesas y de la manera en que las quebrantamos. Él es un testigo al que nadie puede desafiar.

El pecado se agrava por la identidad de la persona agraviada: «Ella es tu esposa», tu propia carne y sangre, la persona más cercana a ti de entre todos tus familiares. Debes dejar a tu padre y a tu madre y unirte a ella. «Ella es la esposa de tu juventud», aquella que recibió tu amor cuando era más intenso, tu primera elección, y con quien has vivido durante muchos años. No permitas que la amada de tu juventud se convierta en objeto de tu desprecio en la vejez. «Ella es tu compañera», la persona que durante tanto tiempo ha compartido tus preocupaciones, tristezas y alegrías. A una esposa no se la debe tratar como a una sirvienta, sino como a una compañera y amiga, alguien con quien el esposo puede hablar libremente, pedir consejo y disfrutar de la vida. «Ella es la esposa con la que hiciste un pacto», aquella a quien estás unido por una promesa para toda la vida. Las personas casadas deberían recordar con frecuencia sus votos y pensar seriamente en lo que prometieron hacer.

También hay razones poderosas para que el esposo y la esposa permanezcan juntos en amor santo y en paz hasta el final de sus vidas, sin pelear ni separarse. Dios los unió (Malaquías 2:15). ¿Acaso no hizo uno solo: una Eva para un Adán, para que Adán no tomara otra esposa que la afligiera (Levítico 18:18), ni la abandonara para hacer lugar a otra? Es un gran pecado quejarse de que el matrimonio es restrictivo, cuando Adán, aun en su inocencia, honor y en el Edén, el jardín de deleite, estaba limitado a una sola esposa. Sin embargo, Dios tenía suficiente Espíritu para crear otra Eva tan hermosa como la primera. Pero como quería que Adán tuviera una ayuda adecuada para él, le dio una sola esposa. Si hubiera creado más de una, no habrían sido una ayuda adecuada.

¿Por qué Dios hizo una sola mujer para un solo hombre? Lo hizo para que buscara una descendencia piadosa, es decir, hijos que pertenecieran a Dios. Esos hijos debían llevar la imagen de Dios, servirlo y vivir para su gloria y honor. Por eso, según la ley, cada hombre debía tener su propia esposa, y solo una (1 Corintios 7:2). De esa manera, el esposo y la esposa podían vivir en un amor puro y santo bajo la ley de Dios, en vez de vivir como animales dominados por la lujuria.

Esto también significa que los hijos nacerían dentro del matrimonio santo, que es una institución establecida por Dios mismo. En el matrimonio, los deseos naturales se mantienen dentro de los límites del mandamiento de Dios. Entonces los hijos pueden ser criados como un pueblo apartado para él, nacidos bajo su cuidado y formados bajo su autoridad. Uno de los grandes propósitos del matrimonio es criar una descendencia piadosa: una familia que pertenece al Señor. Esa es también una razón poderosa para mantener puro el lecho matrimonial y conservar intacto el vínculo del matrimonio.

Por eso, los esposos y las esposas deben vivir en el temor de Dios si quieren que sus hijos sean piadosos. De lo contrario, son impuros. Pero cuando viven con fidelidad, sus hijos son santos como hijos del pacto, es decir, del pacto matrimonial. Ese pacto señala al pacto de gracia, la promesa salvadora de Dios. Y cuando el esposo y la esposa se mantienen fieles el uno al otro, su unión representa el vínculo entre Cristo y su iglesia, en el que él busca y asegura una descendencia piadosa (Efesios 5:25, Efesios 5:32).

Dios también se disgusta profundamente con quienes intentan separar lo que él ha unido (Malaquías 2:16). El Dios de Israel dice que aborrece el divorcio. Sí permitió el divorcio entre los judíos debido a la dureza de su corazón; o, más bien, lo restringió y lo hizo difícil de llevar a cabo (Mateo 19:8). Aun así, lo aborrecía, especialmente cuando las personas se divorciaban de sus esposas por cualquier motivo (Mateo 19:3).

Que sepan esto las esposas que abandonan a sus esposos y se divorcian de ellos; los esposos que son crueles y hacen que sus esposas dejen de amarlos; los esposos que ponen su amor en otras personas; e incluso los esposos y las esposas que se separan de común acuerdo porque ya no se aman: el Dios de Israel aborrece estas prácticas. No importa con cuánta ligereza hablen las personas de ellas.

De todo esto surge la advertencia repetida dos veces: «Cuídense en su espíritu, y que nadie traicione a la esposa de su juventud» (Malaquías 2:15), y nuevamente en (Malaquías 2:16). Quienes quieran evitar el pecado deben vigilar su espíritu, porque allí comienza el pecado. Deben cuidar atentamente su corazón, observarlo de cerca y detener los primeros movimientos del pecado. Actuamos de acuerdo con el espíritu que tenemos. Por eso, si queremos dirigir nuestras acciones, debemos pensar en qué clase de espíritu estamos mostrando.

También debemos prestar atención a nuestro espíritu en nuestras relaciones. Debemos tener una disposición correcta hacia quienes están cerca de nosotros y mantener una buena actitud hacia ellos; de lo contrario, podríamos traicionarlos. Si nuestro propio corazón puede engañarnos, ¿a quién no engañará? Por eso hay que vigilarlo de cerca.

Ahora vemos cuán corrompidos estaban sus principios, porque esas ideas falsas produjeron esas acciones falsas. Debemos remontar la corriente hasta su fuente (Malaquías 2:17). «Han cansado al Señor con sus palabras». Intentaron escapar de la convicción de la palabra de Dios y justificarse discutiendo contra la manera en que Dios actuaba. Pero su defensa se convirtió en su culpa, y su intento de declararse inocentes solo aumentó su pecado. Insultaron al Señor con sus palabras tan frecuente y obstinadamente que lo cansaron. Veamos también (Isaías 7:13).

En efecto, hicieron que se cansara de hacerles bien, como lo había hecho antes, y obstruyeron el fluir de su favor. O actuaron como si Dios estuviera cansado de gobernar el mundo y listo para apartarse de él. Aun para Dios mismo es agotador escuchar a las personas insistir en justificar su conducta corrupta y perversa mientras usan ideas impías para defenderla.

Preguntaron, como si el profeta de Dios les hubiera hecho una injusticia: «¿En qué lo hemos cansado?». ¿Qué palabras fueron tan ofensivas que lo cansamos? Las palabras pecaminosas ofenden al Dios del cielo más de lo que la gente suele pensar. Pero Dios tenía listas sus pruebas. Habían dicho, al menos en su corazón, dos cosas que lo cansaron, y para Dios los pensamientos cuentan como palabras.

Primero, negaron que él sea un Dios santo. Dijeron algo completamente opuesto a lo que enseña su santidad. Como Dios es santo, aborrece el pecado y es demasiado puro para mirar el mal con aprobación (Habacuc 1:13). Él no se complace en la maldad (Salmo 5:4). Sin embargo, afirmaron descaradamente, contradiciendo esto de manera directa, que todo el que hace lo malo es bueno a los ojos del Señor y que Dios se complace en esas personas.

Sacaron esta idea perversa, sin ningún fundamento, del éxito que los pecadores tenían en sus caminos pecaminosos, como también se señala en (Malaquías 3:15). Actuaron como si el amor o el odio de Dios solo pudieran juzgarse por el éxito visible, y como si los ricos necesariamente fueran buenos a los ojos del Señor. O dijeron esto porque querían que fuera verdad. Estaban decididos a hacer el mal, pero aun así querían pensar que Dios los aprobaba. Con el pretexto de hacer que Dios pareciera menos severo de lo que la gente decía, lo moldearon para que correspondiera a sus propios deseos y pensaron que él era igual que ellos.

Quienes creen que Dios es amigo del pecado lo insultan y se engañan a sí mismos.

Segundo, negaron que Dios sea el gobernante justo del mundo. Aunque no estuvieran dispuestos a creer que él se complace en el pecado y en los pecadores, sí estaban dispuestos a creer que nunca castigaría ni el pecado ni a los pecadores. Por eso dijeron: «¿Dónde está el Dios de justicia?». Es decir: ¿dónde está el Dios que supuestamente nos pedirá cuentas por lo que hemos dicho y hecho? Preguntaron como si él hubiera abandonado la tierra y no prestara atención a lo que sucede en ella. Él había dicho que vendría a juzgar, pero ¿dónde está la promesa de su venida? «Podemos hacer lo que queramos —decían— porque él no nos ve y no le importará».

Esto es un desafío al Juez de toda la tierra. Es un insulto directo a su justicia y, en efecto, una provocación para que haga lo peor. Hubo personas así que se burlaban en los últimos días de la iglesia judía, y también habrá personas así en los últimos días de la iglesia cristiana. Pero su incredulidad no hará que la promesa de Dios fracase. El día del Señor vendrá. El Juez está a la puerta, y el Dios de justicia está cerca.

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