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Malaquías 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y ahora, sacerdotes, este mandamiento es para ustedes. "

Malaquías 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Y ahora, sacerdotes, este mandamiento es para ustedes.

2 Si no escuchan y si no se lo toman a pecho para dar gloria a mi nombre, dice el SEÑOR de los ejércitos, enviaré una maldición sobre ustedes y maldeciré sus bendiciones. Sí, ya las he maldecido, porque no se lo toman a pecho.

3 Miren, corromperé su semilla y esparciré estiércol sobre sus rostros, el estiércol de sus fiestas solemnes, y alguien se los llevará junto con él.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Lo dicho en el capítulo anterior estaba dirigido a los sacerdotes (Malaquías 1:6): «El Señor de los ejércitos les dice a ustedes, sacerdotes, que desprecian mi nombre». Pero los pecados mencionados allí eran pecados que ellos cometían como sacerdotes al ofrecer sacrificios. Tal vez pensaban que eso les daba alguna excusa, pues presentaban lo que el pueblo les entregaba. Quizá culpaban al pueblo y decían que la responsabilidad en realidad no era de ellos.

Por eso, aquí el profeta va más al fondo. Hace remontar esas corrupciones a su origen: el fracaso de los sacerdotes como maestros del pueblo y como intérpretes de la ley y de las palabras vivas de Dios. Esa función de enseñanza todavía corresponde a los ministros del evangelio, pastores y maestros bajo el nuevo pacto, aunque ellos ya no ofrecen sacrificios como lo hacían los sacerdotes antiguos. Por esa razón, ellos deben prestar especial atención a esta advertencia. Si los sacerdotes hubieran enseñado mejor al pueblo, el pueblo habría presentado mejores ofrendas; por lo tanto, la responsabilidad vuelve a recaer sobre los sacerdotes. «Y ahora, sacerdotes, este mandamiento es para ustedes» (Malaquías 2:1). Ellos debían enseñar al pueblo el verdadero conocimiento del Señor y la manera correcta de adorarlo.

Esto nos recuerda que los líderes de la iglesia están bajo el gobierno de Dios y que deben rendirle cuentas. Incluso quienes dan mandamientos están sujetos a los mandamientos de Dios. De hecho, más adelante Dios dice: «Entonces sabrán que yo les envié este mandamiento» (Malaquías 2:4). Ellos llegarían a saberlo ya fuera porque el Espíritu obraría por medio de la Palabra para convencerlos y reformarlos, o porque se cumplirían las advertencias pronunciadas contra ellos. Cuando la Palabra de Dios, al obrar en nosotros, produce la obra de Dios en nosotros, sabemos que él nos la envió.

Ahora el profeta explica en qué consiste este mandamiento dirigido a los sacerdotes. Primero, recuerda el pacto que Dios hizo con aquella tribu consagrada, pacto que era tanto la autoridad que les permitía servir como el honor que habían recibido. El Señor de los ejércitos envió este mandamiento para sostener ese pacto (Malaquías 2:4), porque su pacto es llamado la palabra que él ordenó (Salmo 105:8). Por medio del profeta, Dios envió este mandamiento para restaurar ese pacto, de modo que no fuera quebrantado por su desobediencia repetida.

Los hijos de Leví, especialmente los hijos de Aarón, debían recordar el honor que Dios había concedido a su familia y la responsabilidad que había depositado en ellos (Malaquías 2:5). «Mi pacto con él era de vida y paz». Además del pacto especial que Dios había hecho con todo Israel, también había un pacto sacerdotal con una sola familia. Ellos debían cumplir las responsabilidades del sacerdocio y, si lo hacían, disfrutarían de sus privilegios. Israel debía ser una nación especial, un reino de sacerdotes, y la familia de Aarón debía ser una familia sacerdotal apartada para el servicio de Dios. Ellos debían honrar el nombre de Dios dentro de aquella nación, así como Israel debía honrar su nombre entre las naciones; ambos debían dar gloria al nombre de Dios (Malaquías 2:2).

Dios hizo este pacto con ellos como sus siervos. Los comprometió a realizar su obra y prometió reconocerlos y aceptarlos en ella. Se le llama un pacto de vida y paz porque tenía como propósito sostener la verdadera religión, que da vida y paz al alma. Da vida a quienes están muertos espiritualmente y paz a quienes están atribulados. También se le llama así porque la vida y la paz fueron prometidas a los sacerdotes que cumplieran fiel y cuidadosamente con su deber. Tendrían paz, es decir, protección contra el mal, y vida, es decir, la plenitud de todo bien.

Lo que aquí se dice sobre el pacto sacerdotal también es cierto del pacto de gracia hecho con todos los creyentes como sacerdotes espirituales. Ese pacto también es un pacto de vida y paz. Les promete a los creyentes vida y paz, paz duradera y vida eterna; les promete toda felicidad en este mundo y en el venidero. Este pacto fue dado primero a toda la tribu de Leví cuando fue apartada de las demás tribus y designada para cuidar del tabernáculo del testimonio (Números 1:49-50). Entonces Dios dijo: «Los levitas serán míos» (Números 3:12). También fue hecho con Aarón cuando él y sus hijos fueron escogidos para servir al Señor como sacerdotes (Éxodo 28:1). Por eso Aarón es llamado «el santo del Señor» (Salmo 106:16). También fue hecho con Finees, descendiente de Aarón, en una ocasión especial (Números 25:12-13). Allí el pacto sacerdotal también es llamado un pacto de paz, porque por medio de él se estableció y se mantuvo la paz entre Dios e Israel.

Estas grandes bendiciones de vida y paz fueron dadas a Leví, Aarón y Finees. Dios prometió vida y paz para ellos y sus descendientes, y les confió esas bendiciones para el bien de Israel. Ellos recibieron para dar, tal como lo hizo Cristo mismo (Salmo 68:18).

Para comprender mejor este pacto, primero hay que observar el motivo en que se fundamentaba: «Fue porque él me temió y tuvo reverencia ante mi nombre». La tribu de Leví mostró un temor santo de Dios cuando se levantó con firmeza contra los adoradores del becerro de oro (Éxodo 32:26). Por ese celo, Dios le dio esta bendición y la llamó a entregarse a él. Finees también mostró celo por el temor y la justicia de Dios cuando mató a Zimri y Cozbi para detener la plaga (Salmo 106:30-31). Solo quienes temen el nombre de Dios pueden esperar los beneficios del pacto de vida y paz. Quienes muestran celo por Dios ciertamente recibirán la recompensa de los ricos privilegios del sacerdocio cristiano.

Algunos interpretan estas palabras no como la razón del pacto, sino como su condición: «Se las di con la condición de que él me temiera». Si Dios nos da vida y paz, espera que vivamos con temor reverente delante de él.

En segundo lugar, hay que observar la responsabilidad que este pacto les confiaba a los sacerdotes (Malaquías 2:7). Ellos fueron hechos mensajeros del Señor de los ejércitos, mensajeros de ese pacto de vida y paz. No eran mediadores, sino mensajeros o embajadores enviados para hablar de las condiciones de paz entre Dios e Israel. Los sacerdotes eran la boca de Dios para su pueblo, y de ellos el pueblo debía recibir instrucción basada en las palabras vivas de Dios. Esta era la función a la que Leví había sido elevado. Como había mostrado celo por Dios y no había puesto a su propia familia por encima de Dios, debía enseñar sus decretos a Jacob (Deuteronomio 33:9-10).

Es un honor para los siervos de Dios que él los use como sus mensajeros y los envíe a cumplir sus encargos. De ahí proviene también el nombre de los ángeles. A Hageo se le llamó mensajero del Señor. Puesto que esta es la función de los ministros, conviene observar tanto lo que se les exige a ellos como lo que se exige al pueblo.

El deber de los ministros es este: «Los labios del sacerdote deben conservar el conocimiento». No deben esconder el conocimiento del pueblo, sino guardarlo para él y estar listos para compartirlo. Los ministros deben ser personas de conocimiento. ¿Cómo pueden enseñarles las cosas de Dios a otros si ellos mismos no las conocen bien? Deben conservar el conocimiento en su mente, estudiarlo cuidadosamente y recordarlo bien. Así podrán ser como el buen dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.

Su conocimiento debe estar listo en sus labios, no solo almacenado en su mente. Deben tener la verdad a la mano, preparada para compartirla cuando sea necesario. Las Escrituras hablan de la sabiduría en los labios de quien tiene entendimiento, sabiduría que alimenta a muchos (Proverbios 10:13, 10:21). Un ministro no solo debe poseer la verdad, sino también ser capaz de expresarla con claridad y prontitud.

El deber del pueblo es buscar la ley de labios del sacerdote. Deben acudir a los sacerdotes como mensajeros de Dios y no solo escuchar el mensaje, sino también pedir explicaciones. Eso les ayuda a comprenderlo mejor y evita que los errores se propaguen. Todos necesitamos conocer con claridad cuál es la voluntad del Señor. Debemos desear conocerla y preguntar acerca de ella: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

No debemos consultar únicamente la Palabra escrita, «la ley y el testimonio», sino también buscar instrucción de los mensajeros de Dios en los asuntos que conciernen a nuestra alma. Acudimos a médicos y abogados en asuntos relacionados con el cuerpo y las propiedades; de la misma manera, los ministros deben enseñar incluso a quienes no piden instrucción y no la desean, pues deben corregir con mansedumbre a quienes se oponen a la verdad (2 Timoteo 2:25). Pero también es deber del pueblo acercarse y pedir orientación, no solo escuchar, sino preguntar. «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?». Si se va a preguntar, hay que hacerlo con seriedad (Isaías 21:8, 21:11-12).

El pueblo no debe buscar únicamente consuelo en sus ministros, sino también buscar allí la ley. Si encontramos el camino del deber, también encontraremos que es el camino del consuelo.

Luego, el texto recuerda la fidelidad y el celo de muchos sacerdotes anteriores. Se les menciona para hacer más grave el pecado de los sacerdotes de aquel tiempo, porque ellos se apartaron de antepasados tan honorables y de ejemplos tan brillantes. También ayudan a mostrar que Dios es justo cuando retira de la generación presente las señales de su presencia que había dado a quienes permanecieron cerca de él.

Miremos cómo era un sacerdote piadoso y el bien que hacía por la gracia de Dios. La ley de la verdad estaba en su boca, porque el pueblo acudía a él para consultarla. Todo lo que decía estaba gobernado por esa verdad. Hablaba con autoridad, sabiduría y honestidad. Sus palabras eran firmes y confiables, de modo que la gente podía confiar en su criterio al enfrentar preguntas difíciles. No torcía la Palabra de Dios para agradar a la gente, beneficiarse a sí mismo o ganarse su favor. Les decía lo que realmente enseñaba la ley, les gustara o no.

Su vida correspondía a su enseñanza. Dios da este firme testimonio acerca de él: «Caminó conmigo en paz y justicia». No se limitaba a hablar de Dios; caminaba con Dios. Su vida interior y su conducta diaria concordaban con su doctrina y con su profesión de fe. Vivía en comunión con Dios y hacía de agradarlo su objetivo constante. Vivía como un sacerdote llamado a caminar delante de Dios (1 Samuel 2:30).

También caminaba en paz. Era amable y bondadoso con los demás. Fomentaba el amor y hacía todo lo posible por promover la paz. Él mismo era pacífico y trabajaba como pacificador. Al mismo tiempo, caminaba en justicia, es decir, con equidad e integridad. No hacía mal a nadie y se esforzaba por darle a cada persona lo que le correspondía. Nunca debemos quebrantar las normas de la justicia solo para mantener una paz externa. «La sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; luego es pacífica».

Sobre todo, los ministros deben caminar con Dios en paz y justicia, para que sean ejemplos para el rebaño. También cumplía el propósito de su oficio: «Apartó a muchos de la maldad». Se dedicaba a hacer el bien, y Dios bendecía su trabajo con gran éxito. Ayudó a rescatar de la muerte a muchas almas, y ahora muchos en el cielo alaban a Dios por haberlo conocido.

Los ministros deben entregarse por completo a la conversión de los pecadores. Incluso entre quienes llevan el nombre de israelitas sigue existiendo la necesidad de convertirse, porque muchos deben apartarse del pecado. Deben considerar un honor y una gran recompensa que Dios los use en esa obra. Solo Dios, por su gracia, hace que las personas se aparten del pecado; sin embargo, se dice que este ministro fiel hizo que muchos se apartaran porque trabajó junto con Dios como instrumento suyo. Quienes guían a muchos por el camino de la justicia brillarán como las estrellas (Daniel 12:3).

Solo los ministros que enseñan una doctrina sana y viven de manera recta tienen probabilidades de apartar a las personas del pecado, y ambas cosas deben concordar con la Escritura. Como observó uno de los rabinos al comentar este pasaje, cuando el sacerdote es íntegro, muchos también serán íntegros.

Ahora el profeta presenta una acusación seria contra los sacerdotes de su propio tiempo. Ellos quebrantaron el pacto del sacerdocio y actuaron directamente en contra de las normas y los ejemplos que se les habían dado. Muchos de sus pecados ya habían sido mencionados en el capítulo anterior, y Nehemías 13 muestra que en ese tiempo habían entrado muchas prácticas corruptas en la comunidad judía, entre ellas los matrimonios mixtos, permitir que extranjeros entraran en la casa de Dios y profanar el día de reposo. Todo esto era consecuencia del descuido y la infidelidad de los sacerdotes.

La acusación se presenta primero de manera general: se habían apartado del camino, del buen camino que Dios les había señalado y por el que habían caminado sus antepasados piadosos.

Es una mala señal para un pueblo cuando quienes deberían guiarlo por el camino correcto se han apartado de él. Dios les dice: «No han guardado mis caminos», es decir, no habían permanecido en ellos ni habían cumplido su responsabilidad de ayudar a otros a permanecer en ellos (Malaquías 2:9). También traicionaron la confianza que se les había otorgado. «Corrompieron el pacto de Leví»; es decir, torcieron el pacto hecho con Leví, la tribu sacerdotal, y convirtieron su oficio en un medio para mantenerse a sí mismos y darse importancia, en lugar de honrar a Dios y ayudar a las almas.

Esto fue un grave abuso de su llamado. Hicieron que su trabajo sirviera a objetivos egoístas y mundanos, cuando debía gobernar esos deseos. Al hacerlo, perdieron el bien que ese pacto tenía la intención de proporcionarles. No debemos esperar que Dios cumpla su parte del pacto si nosotros no tomamos en serio la nuestra.

Otra manera en que traicionaron su responsabilidad fue mostrando parcialidad en la ley (Malaquías 2:9). A veces escogían cuáles deberes obedecer y cuáles no, y hacían solo lo que les convenía. Esa es la costumbre de los hipócritas, mientras que una persona sincera respeta todos los mandamientos de Dios. Lo más probable es que aquí se haga referencia a la ley que ellos enseñaban al pueblo. Mostraban favoritismo, se dejaban influir por las personas y torcían la ley para agradar a unos y oponerse a otros.

Disculpaban ciertos pecados en una persona y condenaban esos mismos pecados en otra, según sus propios gustos, disgustos o conveniencias. Pero Dios no muestra parcialidad al dar su ley, ni la mostrará al juzgar su incumplimiento. Si los ministros muestran favoritismo al enseñar o al ejercer disciplina, deshonran gravemente a Dios. Véase 1 Timoteo 5:21.

También causaron un gran daño a las almas de las personas, cuando debían estar ayudando a salvarlas. Dios dice: «Han hecho tropezar a muchos en la ley». Esto significa que no solo llevaron a la gente a quebrantar la ley, sino que también hicieron que desconfiara de la ley misma. Sus vidas perversas hicieron que otros tuvieran prejuicios contra la Palabra de Dios, como si esta favoreciera el pecado en vez de oponerse a él.

Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí, hicieron que la gente aborreciera los sacrificios del Señor por causa de su conducta perversa (1 Samuel 2:17). De la misma manera, muchas personas se vuelven contra la ley de Dios, el evangelio de Cristo y Cristo mismo debido a la vida pecaminosa de quienes dicen seguir la religión. Su mal ejemplo hace que la gente piense que todo es una burla. Esto es un verdadero escándalo, una auténtica piedra de tropiezo, y ¡ay de quien lo provoca!

Cuando Dios reprendía a los sacerdotes por medio de su Palabra y de sus providencias, ellos no escuchaban; es decir, no prestaban atención ni tomaban esas cosas en serio. No se avergonzaban de su pecado ni se conmovían ante las señales del desagrado de Dios. Escuchar no nos sirve de nada si no permitimos que la verdad penetre en nosotros y nos transforme. Se les pedía que tomaran estas cosas en serio para que dieran gloria al nombre de Dios mediante el arrepentimiento y la reforma de su conducta.

Debemos tomar en serio las cosas de Dios para honrar su nombre y alabarlo por todo lo que nos ha revelado acerca de sí mismo. Es malo que cualquier persona le robe a Dios el honor que le corresponde, pero es peor cuando lo hacen los ministros, cuyo llamado consiste en sostener su nombre y darle la gloria que merece.

Luego el profeta registra los juicios que Dios ya había traído sobre estos sacerdotes por tratar de manera profana las cosas santas. Primero, habían perdido su consuelo (Malaquías 2:2). Dios dice: «Ya he maldecido sus bendiciones». Ya no tenían el consuelo de hacer el bien, porque las bendiciones que pronunciaban sobre el pueblo se habían convertido en maldiciones. Dios no aprobaba sus bendiciones y las volvió contra ellos, así como convirtió en bendición la maldición de Balaam.

No debían esperar disfrutar del favor de impartir las bendiciones de Dios mientras vivían bajo su ira. Tampoco tenían consuelo en sus ingresos o beneficios, porque las bendiciones que Dios les había dado se convirtieron en maldición por el mal uso que hicieron de ellas. No podían recibirlas correctamente como señales del favor de Dios mientras ignoraran sus advertencias y reprensiones.

Segundo, perdieron su reputación (Malaquías 2:9). Dios dice: «Por eso también los he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo». Mientras honraban a Dios, él les daba dignidad y conservaba su buena posición ante la gente. Cuando caminaban en paz y justicia, las personas los valoraban y respetaban. Pero cuando abandonaron los caminos de Dios y corrompieron el pacto de Leví, se volvieron despreciables ante los ojos del pueblo.

Este fue un juicio apropiado. Ellos habían deshonrado a Dios y habían hecho despreciable su mesa (Malaquías 1:12), así que Dios justamente puso deshonra sobre ellos. Se habían expuesto a sí mismos, y Dios los dejó expuestos. El pecado trae vergüenza sobre cualquier pueblo, pero es especialmente vergonzoso en los sacerdotes. Hay pocas cosas tan despreciadas como un ministro malvado y escandaloso.

La advertencia de la ira es seria, pero todavía era condicional (Malaquías 2:2, 3). Dios dice: «Si no lo toman en serio», dando a entender que, si se arrepentían, su ira todavía podía apartarse. Pero si continuaban en el mal, tendrían que escuchar su sentencia: su pecado los arruinaría. Caerían bajo la maldición de Dios. Su ira vendría sobre ellos conforme a las advertencias ya escritas en su ley.

Quienes quebrantan los mandamientos de Dios se colocan bajo las maldiciones de la ley. Su trabajo y sus recompensas como sacerdotes no les serían limpios ni benditos. Dios dice: «Maldeciré sus bendiciones», de modo que no solo dejarían de bendecir a otros, sino que incluso su propia abundancia se volvería perjudicial para ellos. En vez de traer vida, su prosperidad se convertiría en una plaga.

Los cultivos de los que recibían los diezmos no les traerían ningún consuelo. Dios dice: «Corromperé su semilla». El grano que sembraran se pudriría en la tierra y no brotaría, lo que provocaría hambre y escasez de alimentos. Entonces no se llevaría ninguna ofrenda de grano al altar, y los sacerdotes sentirían rápidamente esa pérdida.

Esto también podría referirse a la semilla de la palabra que predicaban. Dios amenaza con retirar su bendición de la enseñanza que daban al pueblo, de modo que su trabajo no produciría ningún resultado, así como se desperdicia el trabajo del agricultor cuando la semilla se pudre. Esto concuerda con la advertencia de Jeremías 23:32, donde Dios dice que ellos no ayudarían en absoluto al pueblo.

Dios también dice que tanto ellos como sus servicios serían rechazados. No se agradaría de ellos en lo más mínimo; los aborrecería y despreciaría. «Esparciré estiércol sobre sus rostros, el estiércol de sus fiestas solemnes». Se refiere a los sacrificios ofrecidos en esas fiestas. En vez de disfrutar de la grasa de sus ofrendas, mostraría su repugnancia arrojándoles en el rostro el estiércol de esos sacrificios. Eso es, en efecto, lo que hace cuando dice: «No traigan más ofrendas inútiles; su incienso me resulta abominable».

Quienes dependen de actos externos de religión, que deberían considerar como nada en comparación con conocer a Cristo, no serán aceptados por Dios por causa de esas prácticas. También quedarán llenos de vergüenza y confusión debido a su necedad.

Al final, todo esto conduciría a su completa ruina. «Uno se los llevará junto con eso». Estarían tan cubiertos del estiércol de sus sacrificios que serían llevados con él al basurero, como parte de los desechos. Cualquiera podría encargarse de quitarlos, incluso el recolector común de basura. La gente los consideraría plata sin valor y los trataría como tal, porque el Señor los había rechazado.

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