Versículo destacado
Lucas 7:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Aconteció al día siguiente que fue a una ciudad llamada Naín; muchos de sus discípulos iban con él, junto con una gran multitud. "
Lucas 7:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Cuando Jesús oyó estas cosas, se maravilló de él; luego se volvió y dijo al pueblo que lo seguía: «Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande».
10 Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron sano al siervo que había estado enfermo.
11 Aconteció al día siguiente que fue a una ciudad llamada Naín; muchos de sus discípulos iban con él, junto con una gran multitud.
12 Cuando se acercó a la puerta de la ciudad, sucedió que llevaban fuera a un muerto, el único hijo de su madre, y ella era viuda. Una gran multitud de la ciudad estaba con ella.
13 Cuando el Señor la vio, tuvo compasión de ella y le dijo: «No llores».
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Aquí encontramos el relato de cómo Cristo resucitó al hijo de una viuda en Naín. Mateo y Marcos no mencionan este acontecimiento, aunque Mateo sí registra, en la respuesta de Jesús a los discípulos de Juan, que «los muertos son resucitados» (Mateo 11:5). Este milagro ocurrió al día siguiente de que Jesús sanara al siervo del centurión. Cristo hacía el bien cada día y nunca desperdiciaba uno solo.
Sucedió en la entrada de una pequeña ciudad llamada Naín, no muy lejos de Capernaúm. El milagro tuvo muchos testigos, lo que lo hizo aún más convincente. Allí se encontraron dos multitudes: una seguía a Jesús y a sus discípulos, y la otra acompañaba el cortejo fúnebre del joven muerto. Así hubo suficiente evidencia pública de este milagro, que mostró la autoridad divina de Cristo aún más claramente que sus sanidades. El poder humano, ni ningún medio natural, puede resucitar a los muertos.
El hombre que fue resucitado era un joven, arrebatado en la primera etapa de la vida, algo común en este mundo caído. Estaba verdaderamente muerto, y nadie podía afirmar que todo había sido preparado de antemano. Jesús apenas estaba entrando en la ciudad y no lo había visto hasta que el cortejo fúnebre se acercó. Al joven lo sacaban de la ciudad, porque los judíos sepultaban a sus muertos fuera de las murallas. Era el único hijo de su madre, y ella era viuda. Ella se había apoyado en él para recibir ayuda durante su vejez, pero él le había sido quitado. La ayuda humana, aun en su mejor estado, es frágil. Cuántos sufrimientos llenan la vida de las personas afligidas en este mundo. Verdaderamente es un valle de lágrimas.
El dolor de la madre era profundo, porque había perdido a su único hijo y ya era viuda, quebrantada por una pérdida tras otra. Muchas personas de la ciudad la acompañaban, compartían su dolor y trataban de consolarla. Cristo mostró tanto su compasión como su poder al devolverle la vida al joven. En esto vemos un destello de ambas cualidades, que resplandecen con tanta fuerza en la obra de redimir a las personas.
Cuando el Señor vio a la pobre viuda siguiendo a su hijo hacia la tumba, tuvo compasión de ella (Lucas 7:13). Nadie le había pedido que la ayudara. Lo movió enteramente su propia bondad. La situación era triste, y él la contempló con compasión. Lo que vio tocó su corazón, y le dijo: «No llores». Cristo se preocupa por quienes están de duelo y por quienes sufren, y muchas veces se acerca a ellos con su bondad antes de que se lo pidan. Él llevó a cabo nuestra redención por amor y compasión (Isaías 63:9). Esta es una imagen conmovedora del Señor Jesús, lleno de tierna misericordia. Puede consolarnos cuando estamos afligidos. Las viudas que sufren pueden cobrar ánimo con esto, porque Cristo se compadece de ellas y conoce sus problemas, aunque otros ignoren su dolor.
Cuando Jesús dijo «No llores», podía darle una razón que nadie más podía darle: su hijo muerto pronto volvería a vivir. Esa razón correspondía a su caso particular. Pero también hay una verdad que se aplica a todos los que duermen en Jesús y que debe impedir que el dolor se vuelva amargo o desesperanzado: resucitarán, y resucitarán en gloria. Por eso no debemos entristecernos como los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13). Como Raquel que lloraba por sus hijos, debemos recordar que hay esperanza para el futuro y que los hijos volverán (Jeremías 31:17). En momentos así, la compasión de Cristo debe afirmar nuestro corazón.
Entonces Jesús mostró su autoridad incluso sobre la muerte misma. Se acercó y tocó el féretro, o ataúd, en el que yacía el cuerpo. Para él, tocarlo no podía hacerlo impuro. Al tocarlo, indicó a los que lo llevaban que se detuvieran. Tenía algo que decirle al joven muerto. Fue como si dijera: «Líbralo de descender al sepulcro; he hallado un rescate» (Job 33:24). Así que los que llevaban el féretro se detuvieron y probablemente lo colocaron en el suelo. Entonces Jesús dijo con plena autoridad: «Joven, a ti te digo: levántate».
El joven estaba muerto y no podía levantarse por ningún poder propio. Lo mismo ocurre con las personas que están espiritualmente muertas en sus pecados. Sin embargo, no fue un error que Cristo le ordenara levantarse, porque el poder acompañó a la palabra y le dio vida. El llamado del evangelio a los jóvenes y a todas las personas es: «Levántate de los muertos, y Cristo te dará luz y vida». El dominio de Cristo sobre la muerte se manifestó de inmediato: el muerto se incorporó (Lucas 7:15). Si hemos recibido la gracia de Cristo, mostrémosla. Otra señal de vida fue que comenzó a hablar. De la misma manera, cuando Cristo da vida espiritual, abre los labios para la oración y la alabanza.
Jesús no se quedó con el joven como si fuera su siervo, aunque este le debía incluso su propia vida. Tampoco lo usó como un espectáculo para obtener honra para sí mismo. En cambio, se lo devolvió a su madre, para que pudiera cuidarla como un hijo responsable. Los milagros de Cristo eran actos de misericordia, y este fue un gran acto de misericordia para la viuda. Ahora ella recibía consuelo conforme a los años de dolor que había soportado, y aun más. Podía pensar en su hijo como alguien especialmente favorecido por el cielo, y eso le dio más alegría que si él nunca hubiera muerto.
Este milagro conmovió profundamente a la gente. Un sentimiento de temor se apoderó de todos (Lucas 7:16). Se quedaron impactados al ver que un muerto se incorporaba y volvía a vivir en plena calle por mandato de un solo hombre. Se llenaron de asombro y glorificaron a Dios. Debemos temer al Señor y su bondad, no solo su grandeza. A partir de este milagro concluyeron: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros». Creyeron que él era el profeta esperado desde hacía mucho tiempo, uno enviado por Dios, porque podía dar vida a los muertos. También dijeron que Dios había visitado a su pueblo para redimirlo, tal como se había esperado (Lucas 1:68). Para quienes aguardaban el consuelo de Israel, esto era verdaderamente vida de entre los muertos.
Cuando las personas espiritualmente muertas son levantadas a una vida nueva por el poder de Dios que obra mediante el evangelio, debemos darle la gloria a Dios. Debemos verlo como una visita llena de gracia a su pueblo.
Las noticias de este milagro se difundieron de dos maneras. Primero, recorrieron toda la región (Lucas 7:17). Los informes sobre Jesús, de que era el gran profeta, se extendieron rápidamente por toda Judea, aunque estaba lejos, y por toda Galilea, la región cercana. Muchas personas oyeron hablar de él, pero pocas creyeron en él o se entregaron verdaderamente a él. Muchos escuchan el mensaje del evangelio de Cristo, pero nunca llegan a experimentar su dulzura en el corazón.
Segundo, la noticia fue llevada cuidadosamente a Juan el Bautista, que en ese momento estaba en prisión (Lucas 7:18). Sus discípulos fueron y le contaron todas estas cosas, para que supiera que, aunque él estaba atado, la palabra del Señor no estaba encadenada. La obra de Dios seguía avanzando, aun cuando el propio Juan había sido apartado.
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De este capítulo
Lucas 7:1
"Cuando terminó de decir todas estas cosas en presencia del pueblo, entró en Capernaúm."
Lucas 7:2
"El siervo de cierto centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir."
Lucas 7:3
"Cuando oyó hablar de Jesús, envió a él a los ancianos de los judíos para rogarle que viniera y sanara a su siervo."
Lucas 7:4
"Cuando ellos llegaron a Jesús, le rogaron con insistencia, diciendo que aquel era digno de que le concediera esto,"
Lucas 7:5
"porque ama a nuestra nación y nos ha construido una sinagoga."
Lucas 7:6
"Entonces Jesús fue con ellos. Cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos para decirle: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo."
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