Versículo destacado
Lucas 23:32 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También llevaban con él a otros dos, malhechores, para darles muerte. "
Lucas 23:32
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
30 Entonces comenzarán a decir a las montañas: “Caigan sobre nosotros”, y a las colinas: “Cúbrannos”.
31 Porque si hacen estas cosas con el árbol verde, ¿qué se hará con el seco?.
32 También llevaban con él a otros dos, malhechores, para darles muerte.
33 Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, allí lo crucificaron junto con los malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda.
34 Entonces Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y repartieron sus ropas y echaron suertes.
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En estos versículos encontramos varios detalles que ya se habían mencionado en Mateo y Marcos acerca del sufrimiento de Cristo. Junto con él llevaron al lugar de ejecución a otros dos hombres, unos criminales. Es probable que ya hubieran sido condenados a muerte y que ese día se hubiera escogido para ejecutarlos. Tal vez esa fue la razón por la que apresuraron el proceso de Jesús, para ejecutarlo al mismo tiempo que ellos.
Fue crucificado en un lugar llamado Calvario o Gólgota, que significa «el lugar de la calavera». Era un sitio vergonzoso, lo cual aumentaba la humillación de su sufrimiento, pero también tenía un significado. Allí triunfó sobre la muerte, como si lo hubiera hecho en el propio territorio de la muerte. La crucifixión era una muerte cruel. Le clavaron las manos y los pies a la cruz mientras esta estaba tendida en el suelo; después la levantaron y la fijaron en su lugar.
Lo crucificaron entre dos ladrones, como si fuera el peor de los tres. De ese modo, no solo lo trataron como un pecador, sino como el peor tipo de pecador. Los soldados tomaron sus ropas como parte de su pago y las repartieron echando suertes. Sus prendas valían tan poco que, al dividirlas, casi nada le habría tocado a cada soldado.
Cuando lo levantaron en la cruz, la gente se burló de él y le mostró todo el desprecio que pudo. Es impactante cuánta crueldad puede haber en el corazón humano. La gente estaba allí mirando, sin preocuparse en lo más mínimo, y los gobernantes, que debían tener más sensatez y honor, también se unieron a las burlas y animaron a los demás a hacer lo mismo. Decían: «Salvó a otros; que se salve a sí mismo». Se burlaban de él por el bien que había hecho, como si esa fuera precisamente la razón por la que lo habían crucificado.
Se burlaban de él como si lo hubieran derrotado, aunque en ese momento era más que un vencedor. Lo desafiaban a salvarse de la cruz, mientras él estaba salvando a otros por medio de la cruz. También decían: «Si él es el Cristo, el escogido de Dios, que se salve a sí mismo». Entendían que el Cristo era aquel a quien Dios había escogido y amado. En su mente, si era el Mesías, debía liberar a la nación del dominio romano; por eso se burlaban de él porque no se liberaba de las manos de Roma.
Los soldados romanos también se burlaban de él como el Rey de los judíos. Lo trataban como si los judíos fueran dignos de tener un rey así y como si un rey así fuera suficiente para ellos. Se burlaban de su sufrimiento y, mientras bebían vino agrio, le preguntaban si él también quería un poco. Decían: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Los judíos lo habían acusado como un falso Mesías, y los romanos, como un falso rey.
El letrero colocado sobre su cabeza, que indicaba el delito del que lo acusaban, decía: «Este es el Rey de los judíos» (Lucas 23:38). Ellos lo pusieron como una acusación contra él, pero Dios quiso que fuera una declaración de quién era realmente, aun en medio de su vergüenza. Él es el Rey de los judíos y el Rey de la iglesia; su cruz conduce a su corona. El mensaje estaba escrito en griego, latín y hebreo, los tres idiomas más conocidos de aquella época, para que toda clase de personas pudiera leerlo. Dios también mostraba así que el evangelio de Cristo sería anunciado a todas las naciones, comenzando en Jerusalén, y que sería leído en todos los idiomas. Los estudiantes jóvenes, especialmente quienes se esfuerzan por aprender estos tres idiomas, deben procurar usarlos para conocer mejor a Cristo.
Aquí también encontramos dos detalles importantes que no se habían mencionado antes. El primero es la oración de Cristo por sus enemigos: «Padre, perdónalos» (Lucas 23:34). Antes de morir pronunció desde la cruz siete declaraciones notables, y esta fue la primera. Una razón por la que murió en una cruz fue para poder hablar hasta el final, dando gloria a su Padre y ayudando a quienes estaban a su alrededor. Tan pronto como lo sujetaron a la cruz, o mientras lo clavaban en ella, hizo esta oración.
Lo que pidió fue perdón. Podríamos haber esperado que pidiera juicio contra ellos, porque su pecado era muy grave y parecía merecer un castigo que no admitiera perdón. Pero él oró especialmente por ellos. De esta manera intercedió por los pecadores, tal como Isaías lo había anunciado (Isaías 53:12). Sus palabras desde la cruz también explican el significado de su muerte. En efecto, estaba diciendo: «Padre, perdónalos a ellos y a todos los que se arrepientan y crean en el evangelio». No quiso decir que alguien pudiera recibir perdón bajo otros términos. Lo principal que Cristo murió para obtener por nosotros es el perdón de los pecados. Eso mismo pide por todos los que se arrepienten y creen en el valor de su sacrificio. Su sangre expresa esta petición: «Padre, perdónalos». Aun los pecadores más grandes pueden esperar recibir misericordia por medio de Cristo si se arrepienten. Aunque aquellos hombres eran sus perseguidores y asesinos, él oró: «Padre, perdónalos».
También dio la razón de esta petición: «Porque no saben lo que hacen». Si hubieran comprendido verdaderamente quién era Jesús, no lo habrían crucificado (1 Corintios 2:8). Había un velo sobre su gloria y otro sobre la mente de ellos; con ambos velos puestos, no podían ver con claridad. Deseaban que su sangre cayera sobre ellos y sobre sus hijos, pero si hubieran sabido lo que estaban haciendo, habrían retirado esas palabras. Quienes hablan mal de la religión a menudo lo hacen porque no saben contra qué están hablando y tampoco quieren saberlo.
Existe una clase de ignorancia que excusa parcialmente el pecado. Es la ignorancia que surge de no tener los medios para aprender, de no contar con la capacidad para recibir instrucción, de una educación deficiente o de un simple descuido. Los hombres que crucificaron a Cristo habían sido engañados por sus gobernantes, quienes habían sembrado en su mente ideas falsas acerca de él. Por eso, al actuar contra Cristo y contra su enseñanza, pensaban que estaban sirviendo a Dios (Juan 16:2). A personas así se les debe tener compasión y se debe orar por ellas.
La oración de Cristo fue respondida poco tiempo después, cuando muchos de los que habían participado en su muerte se convirtieron por medio de la predicación de Pedro. Esto también se presenta como un ejemplo para nosotros. Primero, al orar debemos llamar Padre a Dios y acercarnos a él con reverencia y confianza, como hijos que acuden a su padre. Segundo, lo principal que debemos pedirle a Dios, tanto por nosotros mismos como por los demás, es el perdón de los pecados. Tercero, debemos orar por nuestros enemigos y por quienes nos odian y nos persiguen. Debemos disminuir sus faltas y no hacerlas parecer peores, tal como solemos hacer con nuestros propios pecados. Debemos rogarle a Dios que perdone sus pecados, especialmente los que han cometido contra nosotros. Este es el ejemplo que Cristo nos dio bajo su mandato: «Amen a sus enemigos» (Mateo 5:44, Mateo 5:45). Su ejemplo confirma firmemente ese mandato, porque si Cristo amó y oró por enemigos como aquellos, entonces estamos obligados a amar y orar por cualquier enemigo que tengamos.
La conversión del ladrón en la cruz es un ejemplo impactante del triunfo de Cristo sobre los gobernantes y las autoridades, aun cuando parecía que ellos lo habían vencido. Cristo fue crucificado entre dos ladrones, y en ellos vemos los diferentes efectos que su cruz tendría en las personas cuando se acercara a ellas por medio de la predicación del evangelio. Ambos eran criminales y ambos eran culpables delante de Dios. La cruz de Cristo es señal de vida para algunos y señal de muerte para otros. Para quienes se pierden es una necedad, pero para quienes están siendo salvados es la sabiduría y el poder de Dios.
Uno de estos criminales permaneció endurecido hasta el final. Aun estando cerca de la cruz de Cristo, se burlaba de él, como lo hacían los demás (Lucas 23:39). Decía: «Si eres el Cristo, como dicen, sálvate a ti mismo y a nosotros». Aunque sufría y enfrentaba la muerte, eso no humilló su espíritu orgulloso ni siquiera le enseñó a hablar con bondad al hombre que sufría junto a él. Aun si se machaca a un necio en un mortero, su necedad no se apartará de él. Los problemas por sí solos no cambian un corazón malvado. A veces solo hacen surgir el mal que ya está dentro, en lugar de eliminarlo. Este hombre se atrevió a burlarse de Cristo y, aun así, esperaba que Cristo lo salvara. Peor todavía, parecía pensar que, si Cristo no lo salvaba, entonces no podía ser verdaderamente el Salvador.
El otro criminal se ablandó al final. Mateo y Marcos dicen que los ladrones crucificados con Jesús lo insultaban. Algunos entienden que esta expresión se refiere solo a uno de ellos, mientras que otros piensan que ambos lo insultaron al principio, hasta que el corazón de uno cambió de manera extraordinaria y sus palabras cambiaron con él. Cuando estaba a punto de caer en manos de Satanás, fue arrebatado como un tizón del fuego, convertido en una muestra de la misericordia y la gracia divinas, y dejó a Satanás frustrado. Esto no da ninguna excusa para posponer el arrepentimiento hasta el lecho de muerte ni para pensar que la misericordia seguramente llegará en ese momento. El arrepentimiento verdadero nunca llega demasiado tarde, pero el arrepentimiento tardío rara vez es verdadero. Nadie puede tener la seguridad de que contará con tiempo para arrepentirse al morir. Además, este ladrón tuvo privilegios con los que nadie más puede contar: nunca antes le habían ofrecido a Cristo y nunca antes había tenido un día de gracia como ese. Fue convertido en una manifestación especial del poder y la gracia de Cristo mientras Cristo sufría en debilidad.
Podemos ver lo extraordinario de esto al observar las señales de la gracia de Dios en lo que dijo. En muy poco tiempo, dio tanta evidencia de un corazón transformado que difícilmente podría haberse mostrado más en tan pocas palabras. Primero, notemos lo que le dijo al otro criminal (Lucas 23:40-41). Lo reprendió por burlarse de Cristo, como un hombre sin temor de Dios y sin ningún sentido de la religión: «¿No tienes temor de Dios?». Esto significa que el temor de Dios fue lo que le impidió unirse a la multitud en aquella maldad. En otras palabras: «Yo temo a Dios, y por eso no me atrevo a hacer algo así. ¿Por qué tú sí?». Todos aquellos a quienes Dios les ha abierto los ojos pueden ver que esta es la raíz de la maldad: que las personas no tienen el temor de Dios delante de sus ojos. «Si tuvieras algo de humanidad, no insultarías a un hombre que está sufriendo contigo. Estás en la misma condición. Tú también estás muriendo; por eso, no importa lo que hagan estas personas malvadas, es vergonzoso que maltrates a un hombre moribundo».
También reconoció que merecía su castigo: «Nosotros, a la verdad, justamente». Es probable que ambos estuvieran sufriendo por el mismo delito, así que habló con aún más seguridad: «Estamos recibiendo lo que merecen nuestros hechos». Esto engrandece la gracia de Dios, porque obra de distintas maneras en diferentes personas. Estos dos habían sido compañeros en el pecado y en el sufrimiento; sin embargo, uno fue salvo y el otro se perdió. Habían recorrido juntos todo el camino, pero ahora uno fue tomado y el otro quedó atrás. Él no dijo: «Tú, en verdad, justamente», sino: «Nosotros». Las personas verdaderamente arrepentidas reconocen que Dios tiene la razón en todos los castigos que su pecado trae. Dios ha hecho lo correcto, y nosotros hemos hecho lo malo.
También creyó que Cristo estaba sufriendo injustamente. Aunque Cristo había sido condenado en dos tribunales y tratado como si fuera el peor de los criminales, este malhechor arrepentido estaba convencido, por la manera en que Cristo sufría, de que no había hecho nada malo, nada impropio ni nada indigno de él. Los principales sacerdotes querían que lo crucificaran entre los criminales, como si fuera uno de ellos; pero este hombre vio con más claridad que ellos y declaró que Cristo no era como ellos. No está claro si antes había oído hablar de Cristo y de sus grandes obras, pero el Espíritu de gracia le dio este conocimiento y lo capacitó para decir: «Este hombre no ha hecho nada malo».
Después le habló a nuestro Señor Jesús: «Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42). Esta es la oración de un pecador moribundo dirigida a un Salvador moribundo. Fue un honor para Cristo recibir una oración así, aun mientras lo ridiculizaban e insultaban en la cruz.
Fue una gran bendición para este malhechor poder orar de esa manera. Tal vez nunca había orado antes, pero ahora fue escuchado y salvado en el mismo borde de la muerte. Mientras haya vida, hay esperanza; y mientras haya esperanza, hay lugar para la oración.
Observemos la fe que mostró en esta oración. Al confesar su pecado (Lucas 23:41), mostró arrepentimiento delante de Dios. En esta petición, mostró fe en nuestro Señor Jesucristo. Llamó Señor a Jesús, afirmó que tenía un reino, supo que Jesús iba hacia ese reino y creyó que allí tenía autoridad para hacer felices a quienes recibiera con favor. Creer y confesar todo esto en aquel momento fue un acto extraordinario de fe.
Cristo estaba entonces sumido en una profunda vergüenza. Sus propios discípulos lo habían abandonado, su propio pueblo se burlaba de él y sufría como si fuera un falso aspirante al poder. Su Padre aún no lo había rescatado. El malhechor hizo esta confesión antes de que ocurrieran las señales que más tarde darían honor al sufrimiento de Cristo y dejarían asombrado al centurión. Aun así, no habíamos visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel. Creyó en la vida después de la muerte y deseó recibir bendición en esa vida. A diferencia del otro malhechor, no pidió que lo bajaran de la cruz. Pidió que Cristo cuidara de él después de que la cruz hubiera hecho lo peor.
Observemos también la humildad de esta oración. Lo único que pidió fue: «Señor, acuérdate de mí». No dijo: «Señor, dame el mejor lugar», como lo habían hecho en otra ocasión Jacobo y Juan (Mateo 20:21). Aunque recibió el honor de sufrir junto a Cristo, mientras los propios seguidores de Cristo lo habían abandonado, podría haber intentado pedir un lugar elevado en el reino. El sufrimiento compartido a veces les ha conseguido a algunas personas tales favores (Jeremías 52:31-32), pero él estaba muy lejos de pensar así. Solo pidió que Cristo lo recordara, dejando en sus manos la forma en que ese recuerdo se manifestaría. Es semejante a la súplica de José al jefe de los coperos: «Acuérdate de mí» (Génesis 40:14), pero esta petición tuvo un resultado mejor. El jefe de los coperos se olvidó de José, pero Cristo se acordó de este malhechor.
También hay una profunda sinceridad y urgencia en esta oración. Parece derramar en ella toda su alma, como si dijera: «Señor, acuérdate de mí, y con eso estoy satisfecho». No pide nada más y pone todo su caso en las manos de Cristo. Ahora que Cristo está en su reino, debemos desear fervientemente y orar para que se acuerde de nosotros, porque eso basta para asegurar nuestro bien en la vida y en la muerte.
Cristo está en su reino intercediendo por su pueblo. Por eso podemos orar: «Señor, acuérdate de mí y ruega por mí». También reina allí, así que podemos orar: «Señor, acuérdate de mí y reina en mí por medio de tu Espíritu». Está preparando lugares para quienes le pertenecen, por lo que podemos orar: «Señor, acuérdate de mí y prepárame un lugar». Podemos pedirle que se acuerde de nosotros en la muerte y que se acuerde de nosotros en la resurrección (Job 14:13).
Después viene la respuesta asombrosa de Cristo: «Jesús le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”» (Lucas 23:43). Estas palabras fueron dirigidas al malhechor arrepentido, no a su compañero. Cristo en la cruz es como Cristo en el trono, porque en ese momento el juicio del mundo se muestra en una respuesta dividida: un hombre se marcha bajo condenación y el otro bajo bendición. Aunque Cristo mismo estaba sufriendo un dolor intenso, todavía tenía una palabra de consuelo para un pobre pecador que confiaba en él.
Esto muestra que incluso los grandes pecadores, si se arrepienten de verdad, recibirán por medio de Cristo no solo el perdón, sino también un lugar en el paraíso de Dios (Hebreos 9:15). Esto revela las riquezas de la gracia gratuita. Los rebeldes y traidores no solo son perdonados; también son elevados.
Estas fueron también palabras mediadoras, es decir, palabras que Cristo pronunció como aquel que se coloca entre Dios y las personas. Aunque fueron dichas en un momento especial, mostraron el verdadero propósito de su sufrimiento. Así como murió para obtener perdón para nosotros (Lucas 23:34), también murió para obtener vida eterna para nosotros. Estas palabras nos ayudan a ver que Jesús murió para abrir el cielo a todos los creyentes arrepentidos y obedientes.
Cristo primero nos dice que él mismo iba al paraíso, que aquí significa el hades, el mundo invisible. Su alma humana iba al lugar de las almas de los difuntos, no al lugar de los perdidos, sino al paraíso, el lugar de los bienaventurados. Esto muestra que su sacrificio había sido aceptado y que el Padre estaba complacido con él. De otro modo, no habría ido al paraíso. Ese fue el comienzo del gozo que le esperaba y que lo ayudó a soportar la cruz. Pasó por la cruz para llegar a la corona, y nosotros no debemos esperar otro camino ni esperar ser perfeccionados sino por medio del sufrimiento.
También les hace saber a todos los creyentes arrepentidos que, cuando mueran, irán a estar con él allí. En ese momento, como sacerdote, estaba comprando esta bendición para ellos; y está dispuesto, como rey, a concedérsela cuando estén preparados para recibirla. Aquí el cielo se describe de tres maneras. Es el paraíso, un jardín de deleite, el paraíso de Dios (Apocalipsis 2:7), que nos hace mirar nuevamente al Edén, donde nuestros primeros padres vivían en inocencia. En el segundo Adán, Cristo, somos restaurados a todo lo que perdimos en el primer Adán, y recibimos aún más. Recibimos un paraíso celestial en lugar de uno terrenal.
El cielo también consiste en estar con Cristo. Ese es el gozo del cielo: ver a Cristo, sentarnos con él y compartir su gloria (Juan 17:24). Y es una realidad inmediata después de la muerte: «Hoy estarás conmigo». Eso significa esta misma noche, antes de mañana. Cuando las almas de los fieles son liberadas de la carga del cuerpo, entran de inmediato en el gozo. Los espíritus de los justos son perfeccionados en ese mismo momento. Lázaro muere y enseguida recibe consuelo, y Pablo muere y enseguida está con Cristo (Filipenses 1:23).
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De este capítulo
Lucas 23:1
"Entonces toda la multitud se levantó y lo llevó ante Pilato."
Lucas 23:2
"Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Encontramos a este hombre pervirtiendo a la nación, prohibiendo pagar tributo al César y diciendo que él mismo es Cristo, un Rey»."
Lucas 23:3
"Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Él le respondió: «Tú lo dices»."
Lucas 23:4
"Entonces Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y al pueblo: «No encuentro ninguna culpa en este hombre»."
Lucas 23:5
"Pero ellos insistían con más vehemencia: «Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta este lugar»."
Lucas 23:6
"Cuando Pilato oyó hablar de Galilea, preguntó si el hombre era galileo."
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