Versículo destacado
Levítico 20:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El SEÑOR habló a Moisés y dijo: "
Levítico 20:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El SEÑOR habló a Moisés y dijo:
2 También dirás a los hijos de Israel: Cualquiera de los hijos de Israel, o de los extranjeros que residan en Israel, que entregue a alguno de su descendencia a Moloc, será ejecutado. El pueblo de la tierra lo apedreará con piedras.
3 Yo pondré mi rostro contra ese hombre y lo cortaré de entre su pueblo, porque entregó a uno de sus descendientes a Moloc para contaminar mi santuario y profanar mi santo nombre.
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Aquí se le dice a Moisés que repita, en esencia, lo que ya les había dicho antes a los israelitas (Levítico 20:2). No era una repetición inútil. Ellos necesitaban prestar más atención y entender que estos asuntos eran muy serios, porque Dios insistía en enseñárselos. Dios habla una vez y también dos veces; cuando manda que algo se diga de nuevo, debemos estar dispuestos a escucharlo otra vez, porque hacerlo es para nuestro bien (Filipenses 3:1).
En estos versículos se amenaza con la muerte a quienes cometieran tres pecados. El primero consistía en que los padres abusaran de sus hijos al sacrificarlos a Moloc, un dios falso (Levítico 20:2, 20:3). Entre todas las formas de idolatría, esta era una de las más vergonzosas, porque pisoteaba todo sentimiento natural y todo respeto por la vida humana. Mostraba que esos dioses eran en realidad demonios que buscaban la ruina de las personas, y que sus adoradores habían perdido tanto la razón como el amor natural.
La ofrenda de Isaac por parte de Abraham nunca podría respaldar esta práctica cruel, mucho menos iniciarla, porque el acto de Abraham fue ordenado por Dios y luego detenido de inmediato. Sin embargo, el poder del diablo sobre las personas desobedientes era tan grande que esta crueldad monstruosa llegó a ser común. Incluso los israelitas corrían el peligro de dejarse arrastrar por ella, por lo que esta ley severa era necesaria. No bastaba con decirles que podían perdonarles la vida a sus hijos, aunque el fruto de su cuerpo jamás debía ofrecerse por el pecado de su alma. También tenían que saber que el culpable debía morir como un asesino, y que el pueblo de la tierra debía apedrearlo (Levítico 20:2). Entre los judíos, esta era considerada una de las penas de muerte más severas.
Si los hijos eran sacrificados a la crueldad del diablo, entonces los padres debían quedar bajo la justicia de Dios. Y si el acto no podía probarse, o si los magistrados se negaban a cumplir con su deber, Dios mismo se ocuparía del asunto: «Yo pondré mi rostro contra ese hombre» (Levítico 20:3). Quienes escapen del castigo humano no escaparán del justo juicio de Dios. Se engañan a sí mismos si creen que el pecado quedará sin castigo. Nadie puede escapar cuando Dios pone su rostro contra alguien; esto significa que se opone a esa persona como un enemigo y lucha contra ella.
La gravedad de este crimen también se demuestra por el daño especial que causaba en Israel. Profanaba el santuario y deshonraba el santo nombre de Dios, porque Dios tiene celo por ambos. Entre las naciones, el sacrificio de niños era asesinato e idolatría. Pero si los israelitas lo practicaban, añadían la culpa de profanar el santuario al que todavía acudían, como si el templo de Dios y los ídolos pudieran unirse. También profanaban el nombre por el que eran llamados, como si Dios aprobara esa conducta (Romanos 2:23, 2:24).
Quienes ayudaran o alentaran este pecado también debían ser eliminados por la justa mano de Dios. Si los vecinos escondían al culpable y se negaban a declarar contra él, o si los magistrados ignoraban el crimen y se negaban a juzgarlo, sintiendo más compasión por el pecador que rechazo por el mal, Dios también se ocuparía de ellos (Levítico 20:4, 20:5). Ignorar la idolatría es en sí mismo un pecado conocido en el cielo, y no quedará sin castigo. Dios dice: «Yo pondré mi rostro contra ese hombre», e incluso contra su familia. La maldad de un jefe de familia a menudo trae ruina sobre todo el hogar, y quien debería proteger la casa se convierte en quien la destruye. Si los gobernantes no castigan a los culpables, Dios castigará a los gobernantes, porque muchas otras personas pueden seguir el pecado cuando los líderes simplemente lo permiten. Cuando los pecados de los líderes hacen que otros pequen, sus castigos deben ser públicos y servir de advertencia.
El segundo pecado consiste en que los hijos abusen de sus padres al maldecirlos (Levítico 20:9). Si los hijos hablaban mal de sus padres, les deseaban algún daño o los trataban con desprecio y resentimiento, los jueces debían castigarlos. Esto atentaba tanto contra el honor de Dios como contra la paz de la sociedad, y los jueces eran responsables de proteger ambas cosas. Proverbios dice: «El ojo que se burla de su padre será sacado por los cuervos del valle» (Proverbios 30:17), lo que sugiere que esos hijos malvados se encaminaban no solo hacia la muerte, sino hacia una muerte vergonzosa. Cristo cita y confirma esta ley (Mateo 15:4), porque quebrantarla viola el quinto mandamiento, así como el asesinato viola el sexto. La misma ley que llama a los padres a cuidar tiernamente de sus hijos también llama a los hijos a respetar a sus padres. Quien insulta a sus padres, instrumentos de su propia vida, ataca al mismo Dios, creador de esa vida; y él no permitirá que la autoridad de los padres sea ridiculizada y pisoteada.
El tercer pecado consiste en que las personas se dañen a sí mismas al consultar a médiums, es decir, a quienes afirman tener espíritus familiares (Levítico 20:6). De esta manera, una persona se rebaja, se deshonra y se engaña a sí misma más que con casi cualquier otro pecado. ¿Qué mayor insensatez hay que acudir a un mentiroso en busca de la verdad y a un enemigo en busca de consejo? Eso es lo que hacen quienes recurren a personas que usan poderes ocultos y conocen las profundidades de Satanás. Esto es adulterio espiritual, al igual que la idolatría, porque da al diablo el honor que pertenece únicamente a Dios. El Dios celoso rechazará a quienes lo siguen de esta manera y los eliminará, pues ellos ya se han apartado de él.
En medio de estas leyes específicas aparece un mandato general (Levítico 20:7, 20:8). El primer deber es la santidad. «Santifíquense y sean santos» significa que debemos limpiarnos del pecado, entregarnos al servicio y al honor de Dios, y formar nuestra vida de acuerdo con su voluntad e imagen santas. El segundo deber es la obediencia. «Cumplan mis estatutos» significa que toda nuestra conducta debe demostrar que somos santos, porque el árbol se conoce por su fruto. Sin embargo, no podemos cumplir los estatutos de Dios como debemos a menos que primero seamos santificados. Si el árbol es bueno, el fruto será bueno.
Las razones que se dan para este llamado a la santidad también son contundentes. Primero: «Yo soy el SEÑOR su Dios»; por eso debemos ser santos para reflejar a aquel cuyo pueblo somos y agradarle. La santidad corresponde a su casa y a su familia. Segundo: «Yo soy el SEÑOR, que los santifica»; es decir, él es quien hace santo a su pueblo.
Dios los apartó mediante privilegios, leyes y favores especiales que los distinguían de todas las demás naciones. De esta manera, los honró como un pueblo dedicado a él. Les dio su palabra y sus mandamientos como medios para hacerlos santos, y les dio su buen Espíritu para enseñarles. Por eso tenían el claro deber de ser santos; de lo contrario, recibirían la gracia de Dios en vano.
El pueblo de Dios es, y debe ser, un pueblo apartado. Dios lo ha distinguido por medio de su santo pacto, y esa diferencia debe verse en la manera en que vive. El hecho de que él nos haga santos es una razón poderosa para que nosotros también busquemos la santidad, de modo que sigamos el propósito de su gracia y no trabajemos en contra de ella. Si el Señor es quien nos hace santos, podemos confiar en que completará la obra, aunque sea difícil. Este pensamiento se parece al de (2 Corintios 5:5): «Dios es quien nos ha preparado para esto mismo». La gracia de Dios no elimina nuestro cuidado ni nuestro esfuerzo; les da el apoyo y el estímulo más firmes. «Ocúpense en su propia salvación», porque Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer.
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De este capítulo
Levítico 20:2
"También dirás a los hijos de Israel: Cualquiera de los hijos de Israel, o de los extranjeros que residan en Israel, que entregue a alguno de su descendencia a Moloc, será ejecutado. El pueblo de la tierra lo apedreará con piedras."
Levítico 20:3
"Yo pondré mi rostro contra ese hombre y lo cortaré de entre su pueblo, porque entregó a uno de sus descendientes a Moloc para contaminar mi santuario y profanar mi santo nombre."
Levítico 20:4
"Y si el pueblo de la tierra de alguna manera esconde sus ojos de aquel hombre cuando este entrega a uno de sus descendientes a Moloc, y no lo mata,"
Levítico 20:5
"entonces pondré mi rostro contra ese hombre y contra su familia, y lo cortaré de entre su pueblo, junto con todos los que se prostituyen tras él, prostituyéndose con Moloc."
Levítico 20:6
"Y al alma que se vuelva tras los que tienen espíritus familiares y tras los hechiceros, para prostituirse tras ellos, yo pondré mi rostro contra esa alma y la cortaré de entre su pueblo."
Levítico 20:7
"Por tanto, santifíquense y sean santos, porque yo soy el SEÑOR su Dios."
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