Versículo destacado

Lamentaciones 4:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por los pecados de sus profetas y las iniquidades de sus sacerdotes, que derramaron la sangre de los justos en medio de ella, "

Lamentaciones 4:13

menu_book El versículo en contexto

11 El SEÑOR ha consumado su furor; ha derramado el ardor de su ira, ha encendido un fuego en Sion, y este ha devorado sus cimientos.

12 Los reyes de la tierra y todos los habitantes del mundo no habrían creído que el adversario y el enemigo entrarían por las puertas de Jerusalén.

13 Por los pecados de sus profetas y las iniquidades de sus sacerdotes, que derramaron la sangre de los justos en medio de ella,

14 anduvieron errantes como ciegos por las calles; se contaminaron con sangre, de modo que los hombres no podían tocar sus ropas.

15 Les gritaban: «¡Apártense! ¡Es impuro! ¡Apártense, apártense! ¡No toquen!». Cuando huyeron y anduvieron errantes, dijeron entre las naciones: «Ya no residirán allí».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos dice, en primer lugar, qué pecados provocaron esta destrucción y hicieron justo el juicio de Dios. Fue por los pecados de sus profetas y las maldades de sus sacerdotes. El pueblo no era inocente, porque amaba que las cosas fueran así (Jeremías 5:31) y ellos complacían al pueblo actuando de la misma manera. Pero la mayor culpa recaía sobre quienes debían haberles enseñado mejor, advertido y mostrado lo que les esperaba al final. La sangre de los centinelas que no dieron la voz de alarma sería demandada de sus manos.

Nada prepara más a un pueblo para la ruina ni hace que su culpa llegue más rápido a su colmo que los pecados de sus sacerdotes y profetas. Su pecado particular fue la persecución. Los falsos profetas y los sacerdotes corruptos unieron su poder e influencia para derramar la sangre de los justos en medio de la ciudad, incluida la sangre de los profetas de Dios y de quienes permanecían fieles a ellos. No solo derramaron la sangre de niños inocentes, a quienes sacrificaban a Moloc, un dios falso. También derramaron la sangre de personas justas, a quienes sacrificaron ante un ídolo todavía más cruel: el odio a la verdad y a la verdadera religión.

Este era el pecado que el Señor no perdonaría (2 Reyes 24:4), y ayudó a provocar la destrucción final de Jerusalén (Santiago 5:6): «Condenaron y mataron al justo». Los sacerdotes y los profetas encabezaron la persecución, tal como en los días de Cristo los principales sacerdotes y los escribas incitaron al pueblo contra él, cuando de otro modo quizá habrían seguido clamando: «¡Hosana!». Ahora esas mismas personas son descritas como si vagaran por las calles, semejantes a ciegos (Lamentaciones 4:14). Se habían apartado del camino de la justicia y estaban ciegos ante todo lo bueno. Pero para hacer el mal tenían la vista muy aguda. Dios dice acerca de los jueces corruptos: «No saben nada ni entienden nada; caminan en oscuridad» (Salmo 82:5). Cristo dice acerca de los maestros corruptos: «Son guías ciegos de ciegos» (Mateo 15:14).

Se habían manchado tanto con sangre inocente, con la sangre de los santos, que la gente ni siquiera quería tocar sus ropas. Se habían vuelto detestables para todos los que los rodeaban, de modo que las personas buenas tenían tanto cuidado de evitarlos como lo tendrían alrededor de un cadáver, que causaba impureza ceremonial, o de las ropas ensangrentadas de alguien que había sido asesinado. Nada hace que los profetas y los sacerdotes sean tan despreciables como un espíritu de persecución.

En segundo lugar, se presenta el testimonio de sus vecinos en contra de ellos, tanto para demostrar su pecado como para mostrar que Dios los trató justamente. Algunas personas se vuelven tan atrevidas en el pecado que dicen que no les importa lo que los demás piensen de ellas. Pero aquí Dios, por medio del profeta, quiere que los judíos se fijen en lo que decían los pueblos a su alrededor, especialmente en lo que pensaban las naciones vecinas acerca de los sacerdotes y profetas corruptos (Lamentaciones 4:15-16).

Las naciones se burlaban de la pureza que ellos afirmaban tener mientras vivían en pecado abierto. Les gritaban: «¡Aléjense! ¡Están impuros!». Estas personas habían sido tan estrictas que ni siquiera tocaban a un gentil y decían: «¡Aléjate, aléjate; no te acerques a mí, porque soy más santo que tú!» (Isaías 65:5). Los hombres que acusaron a Cristo ni siquiera quisieron entrar en la residencia del gobernador, para no quedar impuros. Pero ahora que Dios los había entregado en manos de los gentiles, ¿podían impedir que los gentiles los tocaran? Cuando huían y vagaban, les decían a las naciones que se alejaran porque estaban impuros. Pero de nada les servía. Aquellos enemigos no se dejarían impresionar ni ablandar. No mostrarían respeto por los sacerdotes ni favorecerían a los ancianos. Hasta las personas más honradas llegarían a ser despreciadas ante sus ojos.

Las naciones también se burlaban de ellos por sus pecados y por la ira de Dios contra esos pecados. Les gritaban: «¡Aléjense! ¡Están impuros!». Los avergonzaban públicamente y podían ver con facilidad que Dios no permitiría por mucho tiempo que un pueblo tan provocador siguiera viviendo en una tierra tan buena. Sabían que las leyes de Dios eran justas y esperaban que Israel fuera un pueblo sabio y entendido (Deuteronomio 4:6). Pero al ver lo contrario, gritaban: «¡Aléjense, aléjense!». Entendían rápidamente la sentencia contra ellos: la tierra los expulsaría, tal como había expulsado antes a las naciones que la habitaban. Cuando veían al pueblo disperso de Jacob huir y vagar, lo señalaban. Decían que la ira del Señor los había dividido y dispersado por todas las tierras porque no respetaban a los sacerdotes, ni siquiera a los sacerdotes fieles que había entre ellos, como Zacarías hijo de Joiada, Jeremías y otros. Tampoco honraban a los ancianos, sino que despreciaban su autoridad cuando trataban de detener sus prácticas pecaminosas. Hasta las naciones paganas podían ver que esto los llevaría a la ruina.

Las naciones también se burlaban de su ruina, como si fuera definitiva e irreparable. Al ver que eran expulsados de su propia tierra, decían: «Ahora nunca volverán a vivir allí. Se han despedido de ella para siempre y nunca regresarán, porque Dios ya no se ocupará de ellos. ¿Cómo podrán ayudarse a sí mismos?». Se equivocaban, porque Dios no los había rechazado para siempre. Aun así, esto muestra que todos los que los rodeaban podían ver hasta qué punto habían provocado a Dios, y nadie tenía razones para esperar otra cosa que un abandono total.

En tercer lugar, escuchamos la desesperación que casi se apoderó del propio pueblo en medio de su sufrimiento. Después de oír lo que las naciones paganas decían acerca de ellos, ahora escuchamos lo que ellos mismos decían (Lamentaciones 4:17). «En cuanto a nosotros —decían—, nuestro caso está casi perdido. Nuestro fin está cerca» (Lamentaciones 4:18). Se referían al fin tanto de la comunidad del pueblo de Dios como del Estado. Pensaban que estaban justo al borde de la ruina de ambos, o incluso que el fin ya había llegado. Se sentían completamente deshechos, como si hubieran puesto un punto final y fatal a toda su felicidad. Los días de su prosperidad habían terminado; estaban completamente contados y acabados.

Así, sus temores coincidían con las esperanzas de sus enemigos: que el Señor ya no se fijaría en ellos. Los refugios a los que acudían los decepcionaban. Buscaban ayuda de un aliado poderoso tras otro, pero todo era inútil. La ayuda que esperaban no llegaba, o llegaba sin producir el éxito que deseaban. Sus ojos se cansaban de esperar lo que nunca llegaba (Lamentaciones 4:17). Seguían mirando, una y otra vez, con gran ansiedad e impaciencia, esperando a una nación que había prometido apoyarlos; pero esa nación les falló y dejó sus esperanzas vacías. No podía salvarlos, porque era demasiado débil para enfrentarse al ejército caldeo. La ayuda humana es una ayuda inútil (Salmo 60:11), y podemos esperarla hasta que se nos cansen los ojos y se debilite el corazón, solo para terminar sin recibirla.

Los enemigos de quienes huían los alcanzaron y los vencieron (Lamentaciones 4:18). «Siguen nuestros pasos —decía el pueblo—, así que no podemos caminar por nuestras calles». Cuando los caldeos sitiaron la ciudad, construyeron sus defensas tan altas por encima de las murallas que podían controlar la ciudad y dispararles a las personas mientras se movían por las calles.

Los perseguían con sus flechas de un lugar a otro. Cuando la ciudad fue derribada y todos los soldados huyeron, quienes los perseguían eran más veloces que las águilas del cielo cuando se lanzan sobre su presa (Lamentaciones 4:19). No había manera de escapar. Los perseguían hasta las montañas y, cuando pensaban que estaban a salvo, caían en manos de enemigos que habían tendido trampas en el desierto para cortarles la retirada y capturar a los rezagados.

Ni siquiera el rey pudo escapar, aunque quizá recibió toda la ayuda que las circunstancias de aquel momento permitían. El juicio divino también lo alcanzó y, como dice el texto, «el aliento de nuestra vida, el ungido del Señor, fue capturado en sus trampas» (Lamentaciones 4:20). Algunos creen que esto se refiere a Josías, quien murió en batalla a manos del rey de Egipto, pero es más probable que se refiera a Sedequías, el último rey de la descendencia de David. Los babilonios lo persiguieron y lo capturaron en las llanuras de Jericó (Jeremías 39:5). Era el ungido del Señor porque pertenecía a la familia que Dios había escogido para gobernar.

El pueblo judío confiaba profundamente en él. Decían: «Bajo su sombra viviremos entre las naciones». Esperaban que los pocos sobrevivientes que habían quedado después de la deportación de Joaquín volvieran a fortalecerse y a dar fruto bajo su gobierno. Ya no podían esperar gobernar sobre otras naciones como antes, pero al menos esperaban sobrevivir entre ellas sin ser objeto de burlas ni ser destruidos.

Cuando una causa está fracasando, las personas suelen aferrarse rápidamente a cualquier pequeña esperanza. Jerusalén era como una persona que agoniza a causa de una enfermedad prolongada. Incluso cuando estaba cerca de la muerte, seguía encontrando señales que la animaran y edificaba su esperanza sobre ellas. Pero ¿qué ocurrió? El refugio en el que confiaba resultó ser tan débil como la calabacera de Jonás, que se marchitó en una sola noche.

El ungido del Señor cayó en sus trampas, como si fuera simplemente un animal perseguido. Esto demuestra cuánto despreciaban a una persona a la que debían haber tratado como consagrada e intocable. Cuando hacemos de cualquier criatura el aliento de nuestras narices y pensamos que viviremos por ella, es justo que Dios quite ese aliento y nos despoje de la vida que esperábamos recibir de ella. Dios tendrá el honor de ser nuestra vida y la prolongación de nuestros días.

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