Versículo destacado
Jueces 9:50 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después Abimelec fue a Tebes, acampó contra Tebes y la tomó. "
Jueces 9:50
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
48 Abimelec subió al monte Zalmón con todo el pueblo que estaba con él. Tomó un hacha en la mano, cortó una rama de los árboles, la tomó y se la puso sobre el hombro. Luego dijo al pueblo que estaba con él: «Lo que me han visto hacer, apresúrense a hacerlo como yo lo he hecho».
49 Asimismo, cada uno de los del pueblo cortó su rama, siguieron a Abimelec, pusieron las ramas contra la fortaleza y prendieron fuego a la fortaleza sobre ellos. Así murieron también todos los hombres de la torre de Siquem, unos mil hombres y mujeres.
50 Después Abimelec fue a Tebes, acampó contra Tebes y la tomó.
51 Pero dentro de la ciudad había una torre fortificada. Hacia allí huyeron todos los hombres y las mujeres, y todos los de la ciudad; cerraron tras ellos y subieron a la parte superior de la torre.
52 Abimelec llegó a la torre, luchó contra ella y se acercó hasta la puerta de la torre para quemarla con fuego.
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Ya hemos visto la ruina de los habitantes de Siquem provocada por Abimelec, y ahora le toca a él ser juzgado por haberlos guiado al mal. Tebes era una ciudad pequeña, probablemente no muy lejos de Siquem, y es posible que dependiera de ella y se hubiera unido a su causa. Ahora, el mismo hombre que había destruido a otros es llevado a la ruina.
Abimelec intentó destruir esta ciudad (Jueces 9:50). Obligó a todos sus habitantes a refugiarse en la torre fortificada (Jueces 9:51). Una vez que quedaron atrapados allí, esperaba causar el mismo daño que había provocado en la fortaleza del templo de Baal-berit. No consideró que una torre relacionada con un templo idolátrico estaba más expuesta al juicio de Dios que cualquier otra torre. Intentó incendiarla, o al menos quemar su puerta para abrirse paso al interior (Jueces 9:52).
Las personas que escapan de una acción temeraria y peligrosa a menudo creen que pueden intentarlo de nuevo sin consecuencias. Más adelante, este acontecimiento se usaría para mostrar lo peligroso que es acercarse demasiado a una ciudad sitiada (2 Samuel 11:20). Pero Dios frustra los planes de aquellos a quienes se propone derribar.
En el intento, Abimelec fue destruido. Un pedazo de una piedra de molino le golpeó la cabeza y le aplastó el cráneo (Jueces 9:57). Sin duda era un asesino, y aunque había escapado de los peligros de la guerra contra Siquem, la justicia no le permitiría seguir viviendo (Hechos 28:4). El mal persigue a los pecadores y, en ocasiones, los alcanza cuando se sienten más seguros y victoriosos.
Tebes probablemente era un lugar débil y poco importante en comparación con Siquem. Abimelec había conquistado la ciudad más grande, así que pensó que la más pequeña sería fácil de vencer, especialmente porque ya había tomado la ciudad y solo quedaba la torre. Sin embargo, allí perdió la vida, y toda su gloria quedó sepultada con él. De esta manera, las cosas poderosas del mundo a menudo son derribadas por lo más débil y por aquello que la gente considera insignificante.
Observemos cómo la providencia divina suele dar una reprensión adecuada a quienes exigen una venganza desmedida por las ofensas recibidas. Abimelec tenía algún motivo para castigar a los habitantes de Siquem, y los castigó con severidad. Pero cuando llevó su venganza más lejos y no quiso detenerse hasta entregar también a Tebes a su furia, no solo fue frustrado, sino destruido. Verdaderamente, hay un Dios que juzga en la tierra.
Tres cosas se destacan en la muerte de Abimelec. Primero, murió a causa de una piedra, pues él había matado a sus hermanos sobre una misma piedra. Segundo, su cráneo fue quebrado: el juicio alcanzó aquella cabeza culpable que había llevado una corona robada. Tercero, la piedra fue lanzada por una mujer (Jueces 9:53). Él vio venir la piedra, así que resulta extraño que no lograra esquivarla. Pero debió aumentar su humillación saber de qué mano provenía.
Sísara murió a manos de una mujer sin saberlo, pero Abimelec no solo cayó por la mano de una mujer, sino que lo supo. Cuando estaba cerca de la muerte, nada parecía angustiarlo tanto como la vergüenza de que se dijera: «Una mujer lo mató».
Esto muestra lo necio que era su orgullo. Le importaba profundamente aquella pequeña mancha en su reputación. No pensó en su alma ni mostró preocupación por lo que le sucedería. No pidió la misericordia de Dios. En cambio, se preocupó por reparar su nombre dañado, aunque su cráneo quebrado no podía ser reparado. «Que nunca se diga que un hombre tan importante como Abimelec murió a manos de una mujer». El hombre estaba muriendo, pero su orgullo seguía vivo. La misma vanidad jactanciosa que lo había dominado durante toda su vida se manifestó al final. Tal como había vivido, así murió. Dios castigó su crueldad mediante la manera en que murió y castigó su orgullo por medio de aquello que causó su muerte.
Su siguiente paso necio fue tratar de evitar aquella vergüenza. Le ordenó a su escudero que lo matara, no para poner fin más pronto a su dolor, sino para que la gente no dijera que una mujer lo había matado. ¿De verdad pensaba que así ocultaría lo que la mujer había hecho? Solo lograría hacerlo más público. De hecho, aumentó la deshonra, porque se convirtió en responsable de su propia muerte. Habría sido mejor que dijeran que una mujer lo mató, en vez de decir que su escudero lo mató por orden suya. Sin embargo, ahora ambas cosas se dirían de él, y eso le traería una vergüenza duradera.
Vale la pena notar que precisamente aquello que Abimelec intentó ocultar con tanto empeño parece haber sido recordado por las generaciones posteriores más que muchos otros aspectos de su historia. Joab lo menciona como la clase de reproche que temía que David usara contra él por haberse acercado demasiado al muro (2 Samuel 11:21). La vergüenza que tratamos de evitar mediante el pecado solo mantiene vivo su recuerdo.
Cuando Abimelec murió, sucedieron dos cosas. Primero, la paz de Israel fue restaurada y esta guerra civil llegó a su fin. Todos los que habían seguido a Abimelec regresaron a sus hogares (Jueces 9:55). Segundo, la justicia de Dios fue reconocida (Jueces 9:56-57). Dios castigó la maldad de Abimelec y de los hombres de Siquem, y cumplió la maldición de Jotam, pues no había sido pronunciada sin motivo.
De esta manera, Dios sostuvo el honor de su gobierno y advirtió a todas las generaciones que la sangre derramada exige cuentas. El Señor se da a conocer por medio de los juicios que ejecuta, cuando el malvado queda atrapado en la obra de sus propias manos. Aunque la maldad prospere por un tiempo, no prosperará para siempre.
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De este capítulo
Jueces 9:1
"Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su madre, y habló con ellos y con toda la familia de la casa del padre de su madre, diciendo:"
Jueces 9:2
"«Les ruego que les digan a todos los hombres de Siquem: “¿Qué es mejor para ustedes: que todos los hijos de Jerobaal, que son setenta personas, reinen sobre ustedes, o que uno solo reine sobre ustedes?”. Recuerden también que yo soy hueso de ustedes y carne de ustedes»."
Jueces 9:3
"Los hermanos de su madre hablaron de él a oídos de todos los hombres de Siquem, diciéndoles todas estas palabras. Y sus corazones se inclinaron a seguir a Abimelec, porque dijeron: «Es nuestro hermano»."
Jueces 9:4
"Le dieron setenta piezas de plata de la casa de Baal-berit, con las cuales Abimelec contrató a hombres vanos y temerarios que lo siguieron."
Jueces 9:5
"Fue a la casa de su padre en Ofra y mató sobre una misma piedra a sus hermanos, los hijos de Jerobaal, que eran setenta personas. Sin embargo, quedó Jotam, el hijo menor de Jerobaal, porque se escondió."
Jueces 9:6
"Todos los hombres de Siquem y toda la casa de Milo se reunieron, fueron e hicieron rey a Abimelec junto a la llanura del pilar que estaba en Siquem."
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