Versículo destacado
Jueces 9:22 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando Abimelec había reinado tres años sobre Israel, "
Jueces 9:22
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
20 Pero, si no, que salga fuego de Abimelec y devore a los hombres de Siquem y a la casa de Milo; y que salga fuego de los hombres de Siquem y de la casa de Milo, y devore a Abimelec.
21 Jotam huyó corriendo, fue a Beer y vivió allí por temor a su hermano Abimelec.
22 Cuando Abimelec había reinado tres años sobre Israel,
23 Dios envió un espíritu maligno entre Abimelec y los hombres de Siquem, y los hombres de Siquem traicionaron a Abimelec,
24 para que la crueldad cometida contra los setenta hijos de Jerobaal y la sangre de ellos recayeran sobre Abimelec, su hermano, que los mató, y sobre los hombres de Siquem, que lo ayudaron a matar a sus hermanos.
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Abimélec reinó durante tres años sin enfrentar mayores problemas. El texto no dice que gobernara a Israel con justicia ni que hiciera algún bien por su país; solo dice que conservó el título y el honor de rey. No solo los habitantes de Siquem, sino también personas de otros lugares, le mostraban respeto. Debieron de desear tanto tener un rey que se conformaron con un gobernante como este.
Pero el triunfo de los malvados es breve. En apenas tres años, toda aquella gloria sería derribada y tratada con desprecio, como la breve temporada de trabajo de un jornalero (Isaías 16:14). La ruina de estos aliados en la maldad vino de la mano justa de Dios, quien tiene autoridad para castigar el pecado. Él envió un espíritu maligno entre Abimélec y los habitantes de Siquem (Jueces 9:23); es decir, hizo que desconfiaran unos de otros y se volvieran en contra de los demás.
Es probable que Abimélec tratara con desprecio a quienes lo habían puesto en el poder y que favoreciera a otras ciudades que ahora le resultaban más útiles. Entonces ellos se disgustaron con su gobierno, lo culparon por su manera de actuar y se quejaron de lo que les exigía. Esto venía de Dios. Él permitió que el diablo, el gran instigador de problemas, provocara conflictos entre ellos; es un espíritu maligno al que Dios refrena y que a veces usa para llevar a cabo sus propósitos. Sus propios deseos pecaminosos también eran como espíritus malignos dentro de ellos. De esa maldad interior surgen las peleas y las discusiones.
Cuando Dios entrega a las personas a su propio pecado, ese mismo pecado se convierte en parte de su castigo. Dios no es el autor del pecado, pero el castigo sigue viniendo de él. La disputa entre Dios, Abimélec y los habitantes de Siquem ocurrió a causa del asesinato de los hijos de Gedeón (Jueces 9:24). Dios se propuso hacer que la violencia cometida contra ellos recayera sobre Abimélec, quien los había matado, y sobre los hombres de Siquem, que lo habían ayudado.
Dios siempre hará que las personas rindan cuentas por la sangre inocente, tarde o temprano. Él les dará su merecido a quienes la derramen, y tendrán que beber sangre, porque eso es lo que merecen. También considera culpables a los cómplices junto con los principales responsables. Los hombres de Siquem apoyaron la pretensión de Abimélec, lo ayudaron en su plan sangriento y demostraron su aprobación al hacerlo rey después del asesinato. Por eso caerían con él, por medio de él y delante de él. Quienes se unen para hacer el mal a menudo terminan destruyéndose unos a otros. El derramamiento de sangre no puede mantener unida una alianza duradera.
Los habitantes de Siquem comenzaron a volverse contra Abimélec, quizá sin una razón clara, excepto que eran inconstantes y siempre estaban dispuestos a cambiar. Actuaron traicioneramente contra él (Jueces 9:23). No se dice que se arrepintieran de su pecado por haberlo hecho rey. Si se hubieran arrepentido de verdad, entonces habría sido correcto negarse a seguirlo. Pero se volvieron contra él solo porque el orgullo o la envidia habían provocado un resentimiento personal. Las mismas personas que lo habían exaltado fueron las primeras en abandonarlo e intentar derribarlo.
No sorprende que quienes habían sido infieles a Gedeón también fueran infieles a Abimélec. ¿Qué puede mantener firmes a quienes no se dejan guiar por la gratitud, ni siquiera hacia alguien como Gedeón? Es justo delante de Dios que quienes enseñan a otros a actuar con falsedad después sean traicionados por las mismas personas a las que enseñaron a ser falsas. Intentaron capturar a Abimélec cuando estaba en Arumá, su lugar de residencia (Jueces 9:41). Esperando que entrara en la ciudad, pusieron hombres en una emboscada para atacarlo (Jueces 9:25), con la esperanza de capturar al hombre al que poco antes habían hecho su príncipe.
Como él no llegó, los hombres de la emboscada aprovecharon la oportunidad para robar a los viajeros. Esto solo hizo que el pueblo se disgustara más con Abimélec, pues podía ver que él no podía, o no quería, protegerlo de los asaltantes de los caminos. También trajeron a Gaal y lo hicieron su líder contra Abimélec (Jueces 9:26). Gaal es llamado hijo de Ebed, que significa «siervo», y esto quizá señala lo humilde que era su origen. Así como Abimélec era hijo de una sierva por parte de su madre, Gaal también era hijo de una sierva por parte de su padre. Allí estaba un espino enfrentándose a otro.
Hay razones para pensar que Gaal era cananeo, pues trató de ganarse a los habitantes de Siquem para que apoyaran a los descendientes de Hamor, el antiguo gobernante de esa ciudad en los días de Jacob. Era un hombre atrevido y ambicioso, y encajaba bien con el propósito de ellos cuando querían enfrentarse a Abimélec. Ellos también servían a sus propósitos, así que Gaal se unió a ellos para provocar problemas, y ellos confiaron en él.
También hicieron todo lo posible por avergonzar el nombre de Abimélec (Jueces 9:27). Se divirtieron mucho durante su ausencia, felices de que estuviera fuera del camino y esperando librarse de él ahora que tenían otro líder. Incluso entraron en el templo de su dios para celebrar allí la fiesta de la cosecha. Comieron, bebieron y maldijeron a Abimélec; no solo hablaron mal de él en la mesa y en sus canciones de borrachos, sino que también le desearon el mal en sus oraciones a su ídolo. Brindaron por su caída y gritaron por su ruina con tanta fuerza como antes habían gritado por su éxito.
El mismo templo del que habían sacado dinero para apoyarlo era ahora el lugar donde se reunían para maldecirlo y planear su destrucción. Si se hubieran apartado de su dios ídolo junto con su rey ídolo, quizá habrían tenido esperanza de triunfar. Pero mientras siguieran aferrados al dios falso, el rey falso permanecería unido a ellos y los llevaría a la ruina. ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?
Les agradó el desafío atrevido de Gaal contra Abimélec (Jueces 9:28, 29). Disfrutaban al oír que aquel advenedizo arrogante hablara con desprecio de Abimélec, de Gedeón y de Zebul, el funcionario de Abimélec que gobernaba la ciudad. Gaal habló de Abimélec de una manera que también insultaba a su propia ciudad. Llamó a Gedeón por el nombre de Jerobaal y trató ese nombre con desprecio, aunque provenía del acto de Gedeón de derribar el altar de Baal. También habló contra Zebul, diciendo que no tenían razón para temerles a esos hombres ni para servirles.
Las personas inquietas y ambiciosas suelen despreciar la autoridad y hablar mal de quienes ocupan posiciones más altas. Gaal no intentaba conseguir verdadera libertad para Siquem; solo quería cambiar un tirano por otro. En esencia, estaba diciendo: «Si este pueblo estuviera bajo mi mando, yo les mostraría qué hacer. Yo desafiaría a Abimélec por la corona». Parece que quería que sus partidarios le avisaran cuando Abimélec estuviera listo para pelear: «Aumenta tu ejército y sal. Haz lo peor que puedas. Que la espada decida». A los habitantes de Siquem les gustaba oír esto, porque ya estaban tan cansados de Abimélec como antes habían estado deseosos de tenerlo. Las personas sin conciencia generalmente también carecen de constancia.
Entonces Abimélec concentró todo su poder contra ellos y, en poco tiempo, los destruyó por completo. El primer paso hacia su caída fue que Zebul, el hombre de confianza de Abimélec y gobernante de la ciudad, permaneció leal a él y le comunicó los planes de los habitantes de Siquem.
Su enojo se encendió, y aumentó aún más porque Gaal había hablado de él con tanta ligereza (Jueces 9:28). Si Gaal hubiera intentado halagarlo en aquel momento tenso, quizá se lo habría ganado. Pero como lo ofendió, Zebul le envió un mensaje a Abimélec contándole todo lo que se decía y se hacía contra él en Siquem (Jueces 9:31).
A menudo, los traidores son traicionados por alguien de su propio círculo. Incluso la maldición de un rey puede ser llevada, de manera sorprendente, en las alas de un ave. Zebul, quien en realidad estaba del lado de Abimélec, sabiamente le aconsejó atacar de inmediato y no perder tiempo (Jueces 9:32-33). Le recomendó acercar sus fuerzas durante la noche, sorprender a la ciudad al amanecer y aprovechar rápidamente la ventaja. Los habitantes de Siquem no tenían razón para esperar el éxito cuando el gobernante de su ciudad era secretamente leal a su enemigo; sin embargo, no tomaron ninguna precaución para asegurarse de que estuviera de su lado.
Entonces Gaal, quien dirigía su facción, fue traicionado por Zebul, el confidente de Abimélec, y quedó expuesto de manera humillante. Abimélec siguió el consejo de Zebul y llevó a todos sus hombres cerca de Siquem durante la noche (Jueces 9:34). Por la mañana, Gaal salió a la puerta de la ciudad para ver qué estaba pasando y pedir noticias (Jueces 9:35). Zebul, actuando como funcionario de la ciudad y aparentando saludarlo como amigo, estaba allí con él. Cuando las tropas de Abimélec comenzaron a avanzar hacia la ciudad, Gaal las vio y se las señaló a Zebul, sin darse cuenta de que Zebul las había llamado y las estaba esperando (Jueces 9:36).
«Mira —dijo—, veo hombres que bajan de las montañas hacia nosotros». Pero Zebul respondió: «Lo que ves son sombras de las montañas». Con esto, Zebul quería burlarse de Gaal, tratándolo como un hombre necio y débil, sin discernimiento ni valor. También quería mantenerlo hablando hasta que los hombres de Abimelec se acercaran, para que pudieran atacarlo con ventaja. Gaal estuvo dispuesto a creer que el primer grupo era solamente una sombra, quizá proyectada por los montes Ebal y Gerizim, que estaban cerca de la ciudad. Pero luego vio otros dos grupos que avanzaban rápidamente hacia la ciudad, y Zebul cambió de tono. Le recordó a Gaal las palabras orgullosas que había dicho apenas uno o dos días antes, cuando había despreciado a Abimelec (Jueces 9:38). «¿Dónde está ahora tu boca, esa boca insolente con la que dijiste: “¿Quién es Abimelec?”?». A menudo, las personas orgullosas se ven obligadas a cambiar muy pronto de actitud y a temer a quienes antes despreciaban. Gaal se había jactado de que Abimelec debía salir con más tropas, pero ahora Zebul, hablando en nombre de Abimelec, lo desafió a salir y pelear si se atrevía. Es justo que los insolentes reciban burlas a cambio.
Entonces Abimelec derrotó a las fuerzas de Gaal cuando salieron de la ciudad (Jueces 9:39-40). Sacudido por las burlas de Zebul y al ver lo débil que era realmente su apoyo, Gaal salió con la poca fuerza que tenía. Pronto fue derrotado y tuvo que correr de regreso a la ciudad con gran apuro. Muchos murieron y quedaron heridos en esa batalla, algo común en los disturbios populares, donde la multitud suele ser conducida a la ruina por hombres que prometen el éxito.
Esa misma noche, Zebul expulsó de Siquem a Gaal y a la gente que él había llevado consigo, y lo envió de regreso al lugar de donde había venido (Jueces 9:41). La mayoría de los habitantes de la ciudad todavía detestaba a Abimelec, como lo muestra el resto de la historia. Pero estuvieron dispuestos a dejar ir a Gaal, pues sus palabras audaces se habían derrumbado cuando llegó el peligro real. A menudo, la gente juzga si un hombre está capacitado para una tarea según si tiene éxito; cuando fracasa, supone que no es apto. Así que la influencia de Gaal en Siquem terminó rápidamente. El hombre que había hablado de quitar a Abimelec fue quitado él mismo, y no volvemos a saber nada de él.
Al día siguiente, Abimelec atacó la ciudad y la destruyó por completo debido a la traición de sus habitantes. Es posible que se hubiera enterado de que los habitantes de Siquem habían expulsado a Gaal, el hombre que había encabezado su rebelión, y quizá pensaron que eso bastaría para satisfacerlo. Pero su culpa era demasiado grave para pagarla con una acción tan pequeña, y su ira era demasiado profunda para apaciguarla con semejante muestra de sumisión. Además, aquello se debía más a la intervención de Zebul que a la de ellos, y los había dejado más débiles. Por eso Abimelec decidió continuar el ataque y castigar por completo su traición.
Le informaron que los habitantes de Siquem habían salido al campo (Jueces 9:42). Algunos piensan que habían salido a trabajar la tierra, pues ya habían recogido la cosecha, excepto las uvas que acababan de vendimiar (Jueces 9:27). Si fue así, esto muestra cuán seguros se sentían. Como Abimelec se había retirado (Jueces 9:41), pensaron que estaban a salvo. Es otro ejemplo de cómo la ruina repentina sobreviene a quienes dicen: «Paz y seguridad». Otros piensan que habían salido preparados para pelear. Aunque Gaal había sido expulsado, no estaban dispuestos a deponer las armas. Todavía esperaban otra batalla en la que pudieran recuperar lo que habían perdido el día anterior.
Entonces Abimelec tomó un destacamento fuerte y cortó el camino entre el campo y la ciudad. Se colocó junto a la entrada de la ciudad (Jueces 9:44), de modo que ellos no pudieran regresar a Siquem ni recibir ayuda desde allí. Luego envió dos grupos de hombres, que fueron demasiado fuertes para los habitantes que estaban en el campo, y los atacaron con la espada. Cuando salimos a hacer nuestro trabajo, no sabemos si regresaremos a casa. La muerte puede encontrarnos en la ciudad o en el campo abierto.
Después de eso, atacó la ciudad misma. Con una furia que llegó hasta el cielo, aunque aquel era el lugar donde había nacido, la destruyó por completo. Mató a sus habitantes, derribó sus edificios y, para mostrar que quería que permaneciera como una ruina duradera, esparció sal sobre ella, como señal de desolación permanente. Sin embargo, Abimelec no logró que su destrucción durara para siempre, pues Siquem fue reconstruida más tarde y llegó a ser lo suficientemente importante como para que todo Israel acudiera allí a proclamar rey a Roboam (1 Reyes 12:1). Aun así, el lugar terminó siendo un mal presagio. Abimelec pretendía castigar a los habitantes de Siquem por haber ayudado en el asesinato de los hijos de Gedeón. En esto, como siempre, Dios utilizó a los hombres como instrumentos para llevar a cabo su propia obra, aunque ellos tuvieran intenciones completamente distintas (Isaías 10:6-7).
Ellos pretendían proteger su propio honor, pero Dios estaba defendiendo el suyo. Todos los que huyeron a la fortaleza del templo de su ídolo fueron destruidos allí. Se les llama los habitantes de la torre de Siquem (Jueces 9:46-47), probablemente una fortaleza relacionada con la ciudad, pero ubicada a cierta distancia. Cuando se enteraron de que la ciudad había sido destruida, se refugiaron en la fortaleza del templo, confiando, al parecer, no tanto en su resistencia como en su supuesta santidad. Se pusieron bajo la protección de su ídolo, así como muchos suelen vivir invocando el nombre de su dios. ¿No deberíamos nosotros escoger vivir en la casa del Señor todos nuestros días? Porque en tiempos de angustia él nos esconderá bajo su protección (Salmo 27:5). El nombre del Señor es una torre fuerte (Proverbios 18:10).
Pero aquello que esperaban que los ayudara se convirtió en una trampa. Los que corren hacia los ídolos en busca de refugio siempre encontrarán una protección falsa. Cuando Abimelec logró que todos quedaran encerrados en aquella fortaleza, no necesitaba nada más. De inmediato se le ocurrió el cruel plan de incendiarla y, en efecto, quemarlos a todos juntos como pájaros dentro de un nido. Guardó el plan para sí mismo, pero puso a todos sus hombres a trabajar para que el ataque se llevara a cabo rápidamente (Jueces 9:48-49). Les dijo que lo siguieran y que hicieran lo mismo que él, tal como su padre les había dicho a sus hombres: «Mírenme y hagan lo mismo que yo» (Jueces 7:17). Así habló a sus propios soldados, como debe hacerlo un comandante, dándoles instrucciones claras y el mayor ánimo posible: «Lo que me han visto hacer, háganlo pronto ustedes también».
Los oficiales del ejército de Cristo deben enseñar de esta manera mediante su ejemplo (Filipenses 4:9). Abimelec y sus hombres tomaron cada uno una rama de un bosque cercano, juntaron las ramas contra el muro de la torre y les prendieron fuego. Probablemente la torre estaba hecha de madera, así que incendiaron la fortaleza y a todos los que estaban dentro. Algunos murieron entre las llamas y otros se asfixiaron con el humo. ¡Qué ingenio demuestra la gente para destruirse unos a otros! ¿De dónde vienen estas guerras y peleas crueles, sino de sus deseos pecaminosos?
Algunos piensan que los habitantes de la torre de Siquem eran los mismos que formaban la casa de Milo. Si es así, la advertencia justa de Jotam se cumplió exactamente: «Salga fuego de Abimelec y consuma» no solo a los habitantes de Siquem en general, sino especialmente a la casa de Milo (Jueces 9:20). Cerca de mil hombres y mujeres murieron en las llamas. Es probable que muchos de ellos no tuvieran nada que ver con el conflicto entre Abimelec y los habitantes de Siquem. No se habían puesto del lado de ninguna de las dos partes, pero quedaron atrapados en aquella guerra civil y murieron de manera terrible. Las personas con un espíritu divisivo e inquieto no perecen solas a causa de su propia maldad. Arrastran a muchos otros, que las siguen por inocencia o ingenuidad, hacia la misma ruina.
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De este capítulo
Jueces 9:1
"Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su madre, y habló con ellos y con toda la familia de la casa del padre de su madre, diciendo:"
Jueces 9:2
"«Les ruego que les digan a todos los hombres de Siquem: “¿Qué es mejor para ustedes: que todos los hijos de Jerobaal, que son setenta personas, reinen sobre ustedes, o que uno solo reine sobre ustedes?”. Recuerden también que yo soy hueso de ustedes y carne de ustedes»."
Jueces 9:3
"Los hermanos de su madre hablaron de él a oídos de todos los hombres de Siquem, diciéndoles todas estas palabras. Y sus corazones se inclinaron a seguir a Abimelec, porque dijeron: «Es nuestro hermano»."
Jueces 9:4
"Le dieron setenta piezas de plata de la casa de Baal-berit, con las cuales Abimelec contrató a hombres vanos y temerarios que lo siguieron."
Jueces 9:5
"Fue a la casa de su padre en Ofra y mató sobre una misma piedra a sus hermanos, los hijos de Jerobaal, que eran setenta personas. Sin embargo, quedó Jotam, el hijo menor de Jerobaal, porque se escondió."
Jueces 9:6
"Todos los hombres de Siquem y toda la casa de Milo se reunieron, fueron e hicieron rey a Abimelec junto a la llanura del pilar que estaba en Siquem."
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