Versículo destacado

Jueces 7:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Dividió a los trescientos hombres en tres compañías y puso una trompeta en la mano de cada uno, junto con cántaros vacíos y lámparas dentro de los cántaros. "

Jueces 7:16

menu_book El versículo en contexto

14 Su compañero respondió: «Esto no es otra cosa que la espada de Gedeón hijo de Joás, un hombre de Israel. Dios ha entregado en su mano a Madián y a todo el ejército».

15 Cuando Gedeón oyó el relato del sueño y su interpretación, adoró. Luego regresó al campamento de Israel y dijo: «Levántense, porque el SEÑOR ha entregado en manos de ustedes al ejército de Madián».

16 Dividió a los trescientos hombres en tres compañías y puso una trompeta en la mano de cada uno, junto con cántaros vacíos y lámparas dentro de los cántaros.

17 Y les dijo: Mírenme y hagan lo mismo. Cuando yo llegue a las afueras del campamento, ustedes harán lo que yo haga.

18 Cuando yo toque la trompeta, yo y todos los que están conmigo, ustedes también tocarán las trompetas alrededor de todo el campamento y dirán: “¡La espada del SEÑOR y de Gedeón!”.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta fue la alarma que Gedeón hizo sonar en el campamento madianita en plena noche. El objetivo estaba claro: aquellos que durante tanto tiempo habían aterrorizado a Israel serían derrotados y destruidos por el miedo. Antes, Abraham había realizado un ataque parecido cuando rescató a Lot con 318 hombres. Gedeón tenía 300, y ambos dividieron sus fuerzas, atacaron de noche y vencieron a pesar de la enorme desventaja (Génesis 14:14-15). Gedeón no solo era descendiente de Abraham, como también lo eran los madianitas por medio de Cetura, sino que además era heredero de la fe de Abraham.

Gedeón dividió su pequeño ejército en tres grupos (Jueces 7:16). Él mismo tomó el mando de uno de ellos (Jueces 7:19), ya que los ejércitos grandes solían organizarse en un ala derecha, un ala izquierda y un centro. También les dijo a todos sus hombres que siguieran su ejemplo (Jueces 7:17). Probablemente les explicó el plan antes de avanzar, porque era tan inusual que no habrían sabido de inmediato qué hacer. Al ir delante de ellos, les dio la señal, como un oficial que entrena a sus soldados mediante una orden o un toque de tambor. En esto, Gedeón representa al Señor Jesucristo, el capitán de nuestra salvación, quien nos dejó ejemplo y llama a sus seguidores a hacer lo mismo que él.

Gedeón también atacó de noche, cuando los madianitas se sentían seguros y menos esperaban el peligro. En la oscuridad, el miedo es más intenso, especialmente en medio de la noche, poco después de la medianoche, cuando comenzaba la guardia intermedia y la alarma los despertaría. La Escritura habla del «terror nocturno» como algo especialmente aterrador (Salmos 91:5), y también del temor durante la noche (Cantar de los Cantares 3:8). Gedeón no quería simplemente derrotar a aquel enorme ejército, sino avergonzarlo y aterrorizarlo.

Equipó a cada hombre con una trompeta en la mano derecha y con un cántaro de barro que tenía una antorcha dentro, en la mano izquierda. Él mismo no consideró una vergüenza dirigirlos de aquella manera tan extraña. Trató a la enorme fuerza enemiga casi como si fuera a enfrentarse a niños y no a soldados. Como su ejército era tan pequeño, podían moverse con mayor sigilo y rapidez, sin ser descubiertos hasta acercarse mucho. Gedeón hizo sonar la alarma justo cuando los guardias acababan de ocupar sus puestos (Jueces 7:19). Así, los centinelas, que estaban despiertos, pudieron extender rápidamente el pánico por todo el campamento.

Gedeón utilizó tres cosas para sumir a los madianitas en la confusión. Primero, produjo un gran estruendo. Cada hombre sopló su trompeta con toda su fuerza y, al mismo tiempo, rompió su cántaro. El estrépito habría sido fuerte y repentino, y también representaba lo que pronto ocurriría entre los madianitas: se volverían unos contra otros. Segundo, produjo un gran resplandor. Las antorchas habían estado ocultas dentro de los cántaros, como una vela debajo de una canasta; pero cuando los cántaros se rompieron, las luces aparecieron de repente e iluminaron todo el campamento. Tercero, lanzó un gran grito. El grito fue: «Por el Señor y por Gedeón» o, en su forma más completa, como aparece en Jueces 7:20: «La espada del Señor y de Gedeón». Gedeón estaba usando su nombre, que ya atemorizaba a los madianitas, pero puso primero el nombre del Señor, porque sin el Señor su propio nombre no significaba nada.

Esto fortalecería a los hombres de Gedeón, porque tenían al Señor y a Gedeón luchando a su favor. También aterrorizaría al enemigo, que había oído hablar del gran nombre del Señor y ahora temía a Gedeón. La espada del Señor era el verdadero poder detrás de la espada de Gedeón, pero Gedeón aun así tenía que actuar. Los seres humanos son instrumentos, y Dios es el agente principal; sin embargo, las personas, incluso las mejores, siempre sirven bajo el gobierno de Dios. Aquel ejército fue derrotado por el miedo, y el miedo es especialmente una espada del Señor. Los hombres no tenían espadas en las manos, sino únicamente el grito de «la espada», y aun así vencieron. De la misma manera, los enemigos de la iglesia son derribados por una espada que sale de la boca (Apocalipsis 19:21).

Este acontecimiento también apunta hacia el futuro de dos maneras. Representa la caída del reino del diablo mediante la predicación del evangelio eterno, semejante al sonido de una trompeta y al resplandor de una luz que sale de vasijas de barro, como ministros en quienes ha sido puesta esa luz (2 Corintios 4:6-7). Dios suele escoger medios débiles e improbables para avergonzar el orgullo humano. Así también usó una torta de cebada para derribar las tiendas de Madián, de modo que quedara claro que el poder pertenecía solamente a él. El evangelio es una espada, pero no se sostiene en la mano. Se proclama con la boca: es la espada del Señor y de Gedeón, de Dios y de Jesucristo.

También apunta a los terrores del día final. El obispo Hall lo aplica de esta manera: si los cántaros, las trompetas y las antorchas pudieron aterrorizar de tal modo a Madián y Amalec en su orgullo, nadie podrá permanecer en pie cuando suene la trompeta del arcángel, los elementos sean incendiados, los cielos desaparezcan con un gran estruendo y el Señor mismo descienda con un grito. La escena de la victoria de Gedeón es una pequeña imagen de un juicio mucho mayor.

El resultado fue maravilloso. Los madianitas fueron expulsados a gritos, así como los muros de Jericó habían caído al sonido de los gritos. Entonces Gedeón vio las mismas maravillas que sus antepasados le habían contado y que en otro tiempo casi había dejado de esperar. Sus hombres obedecieron sus órdenes, permanecieron en sus posiciones alrededor del campamento (Jueces 7:21), tocaron sus trompetas para provocar que el enemigo peleara entre sí y mantuvieron en alto sus antorchas, iluminando el camino hacia su propia destrucción.

No se apresuraron a entrar en el campamento madianita como si estuvieran ansiosos por derramar sangre o apoderarse del botín. Más bien, esperaron tranquilamente para ver la liberación del Señor, un rescate que provino por completo de la obra de Dios. El plan comenzó a cumplirse de la siguiente manera.

Primero, los madianitas fueron dominados por el miedo. Todo su ejército se alarmó de inmediato. El pánico se extendió por cada parte del campamento, y ellos corrieron, gritaron y huyeron (Jueces 7:21). Este miedo fue en parte natural. Es posible imaginar que no habían oído cuánto se había reducido el ejército de Gedeón. Tal vez supusieron que había crecido cada vez más desde el último informe. Al saber cuánto habían provocado la ira de Israel y al ver que Israel se les oponía abiertamente, pudieron haber pensado que un ejército muy grande venía contra ellos, anunciado por trompetas y antorchas.

Pero este miedo también fue enviado por Dios. Él lo provocó para mostrar cómo se habría cumplido su promesa si los madianitas no la hubieran perdido por causa de su pecado: «Uno de ustedes perseguirá a mil». El poder de la imaginación se ve aquí con claridad. A veces produce alegría, y otras veces llena a las personas de terror.

Segundo, volvieron sus espadas unos contra otros. «El Señor hizo que cada hombre atacara con su espada a su compañero» (Jueces 7:22). En medio de la confusión, vieron a los que tocaban las trompetas y llevaban las antorchas permaneciendo quietos fuera del campamento. Supusieron que la fuerza principal de Israel ya había entrado y se encontraba entre ellos. Entonces cada hombre atacó a la primera persona que encontró, aunque fuera un amigo, porque pensaba que era un enemigo. Un solo error de ese tipo pronto conduciría a muchos más, porque al hombre que daba el golpe también lo verían como enemigo y lo matarían de inmediato.

Es sabio mantener bajo control nuestro propio espíritu para no dejarnos llevar por el pánico cuando sentimos miedo. No podemos saber cuánto daño podríamos causarnos cuando el temor toma el control. También vemos aquí cómo Dios suele usar a los enemigos de su iglesia para destruirse unos a otros. Es lamentable cuando los amigos de la iglesia llegan a confundirse de esa manera.

Tercero, huyeron para salvar la vida. Cuando amaneció, quizá se dieron cuenta de que habían estado peleando entre sí. Entonces vieron que aquel terrible error los había debilitado tanto que ya no podían resistir a Israel. Por eso escaparon lo mejor que pudieron hacia su propia tierra, mientras que los 300 hombres, según lo que muestra el pasaje, mantuvieron sus posiciones. «El malvado huye aunque nadie lo persiga» (Proverbios 28:1). «Lo aterroriza el miedo por todas partes y lo hace huir de su lugar» (Job 18:11).

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