Versículo destacado

Jueces 21:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Los hombres de Israel habían jurado en Mizpa: «Ninguno de nosotros dará su hija como esposa a un benjaminita». "

Jueces 21:1

menu_book El versículo en contexto

1 Los hombres de Israel habían jurado en Mizpa: «Ninguno de nosotros dará su hija como esposa a un benjaminita».

2 El pueblo fue a la casa de Dios y permaneció allí delante de Dios hasta la tarde. Alzaron la voz y lloraron amargamente.

3 Y dijeron: «Oh Señor, Dios de Israel, ¿por qué ha sucedido esto en Israel, que hoy le falte una tribu?».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos muestran el fuerte celo que los israelitas sentían por el mal cometido en Guibeá, al que la tribu de Benjamín había dado apoyo. Mientras las tribus se reunían para la asamblea pública, se comprometieron bajo una severa maldición, llamada anatema o *cherem*, a destruir cualquier ciudad que se negara a enviar a sus hombres y representantes (Jueces 21:5). Lo hicieron porque tal negativa demostraría que no había indignación por el crimen, ni interés en evitar que Dios juzgara a la nación, ni respeto por el llamado común a reunirse.

Después de reunirse y escuchar el caso, hicieron otro juramento solemne: ninguno de los israelitas presentes, ni aquellos a quienes representaban, daría a sus hijas en matrimonio a un benjaminita, si estaba en sus manos evitarlo (Jueces 21:1). Esto formaba parte de la guerra, no porque quisieran borrar por completo a la tribu, sino porque trataron a los hombres culpables de Benjamín de manera semejante a las naciones dedicadas al exterminio en Canaán. Esas naciones debían ser destruidas, e Israel tenía prohibido casarse con ellas. También juzgaron que los hombres que habían actuado con tanta crueldad y desvergüenza contra una mujer indefensa no eran dignos de casarse con una israelita.

Es probable que el acto del levita de enviar por todo Israel los pedazos del cuerpo de su esposa asesinada hubiera encendido profundamente la indignación del pueblo. Una imagen ante los ojos suele conmover el corazón más que un informe hablado, aun cuando ese informe sea verdadero y esté bien comprobado.

También vemos el profundo dolor de los israelitas cuando Benjamín quedó casi destruido. Su enojo contra el pecado de Benjamín había sido fuerte, pero su tristeza después de la ruina de Benjamín fue igual de intensa. «Se arrepintieron por su hermano Benjamín» (Jueces 21:6, 15). No se arrepintieron de haberse opuesto al pecado. Existe una indignación santa contra el mal, nacida de una tristeza conforme a la voluntad de Dios y que conduce a la salvación (2 Corintios 7:10-11). Pero sí lamentaron haber llevado las cosas más lejos de lo que exigía la justicia.

Habría bastado con destruir a quienes encontraron armados. No era necesario matar a los agricultores, pastores, mujeres y niños. Incluso al hacer lo correcto podemos excedernos. Debemos gobernar cuidadosamente nuestro celo, para que lo que comienza con buenos motivos no termine causando daño. Además, aun la justicia necesaria debe llevarse a cabo con misericordia. Dios no castiga con placer, y las personas tampoco deberían hacerlo. Las emociones intensas también crean motivos para arrepentirse, porque con frecuencia después deseamos deshacer lo que dijimos o hicimos en medio de la ira.

En una guerra civil, ningún bando debería presumir como si realmente hubiera obtenido una victoria. Toda la comunidad pierde cuando una parte aplasta a otra. Aquí fue eliminada una tribu de Israel, y por eso la nación entera quedó herida.

Los israelitas expresaron su tristeza de varias maneras. Primero, acudieron a la casa de Dios, porque allí llevaban todas sus dudas, planes, preocupaciones y dolores. En aquella ocasión no debía haber alegría ni cantos, sino tristeza, lamento y gritos de dolor. «Alzaron la voz y lloraron amargamente» (Jueces 21:2). No estaban lamentando principalmente a los cuarenta mil hombres que habían perdido, pues las once tribus podían prescindir de ellos. Lamentaban que una tribu entera estuviera casi desaparecida. Su queja delante de Dios era: «Falta una tribu» (Jueces 21:3).

Dios había cuidado de cada tribu. Israel era conocido por estar formado por doce tribus. Cada una tenía su lugar en el campamento y su propia piedra en el pectoral del sumo sacerdote. Cada una había recibido bendiciones de Jacob y de Moisés. Habría sido una profunda vergüenza perder a una de las doce, especialmente a Benjamín, el menor, a quien su antepasado Jacob había amado de manera especial. Benjamín había desaparecido, y con él parecía estar en peligro el futuro de Jacob. El hijo de la mano derecha se había convertido en un hijo de dolor.

En medio de esta angustia construyeron un altar, no para competir con el altar del tabernáculo, sino para unirse a él. El altar establecido a la entrada del tabernáculo no era suficientemente grande para todos los sacrificios que pensaban ofrecer. Presentaron holocaustos y ofrendas de paz: dieron gracias por su victoria, pidieron perdón por la insensatez con la que la habían conseguido y buscaron el favor de Dios en su situación presente. Todo lo que nos causa dolor debería llevarnos a Dios.

También hicieron un acuerdo amistoso con los refugiados benjaminitas que se escondían en la peña de Rimón. Les enviaron una declaración pública de que ya no los tratarían como enemigos, sino que los recibirían como hermanos (Jueces 21:13). Cuando los amigos se distancian, el desenlace debería ser la restauración de la amistad. Incluso quienes han pecado, si verdaderamente se arrepienten, deben ser perdonados y consolados (2 Corintios 2:7).

Después se ocuparon de conseguir esposas para los benjaminitas, a fin de que la tribu pudiera reconstruirse y sus ruinas fueran reparadas. Si los hombres de Israel hubieran sido egoístas, podrían haberse alegrado de ver desaparecer a Benjamín, porque entonces la tierra asignada a esa tribu habría podido pasar a las demás por falta de herederos. Pero los verdaderos israelitas no procuran elevarse sobre las ruinas de sus vecinos. Por el contrario, todos estaban concentrados en encontrar una manera de reconstruir a Benjamín.

Todas las mujeres y los niños de Benjamín habían sido asesinados, y los israelitas habían jurado no dar sus hijas en matrimonio a ninguno de ellos. Además, la ley de Dios prohibía que Israel se casara con los cananeos. Obligar a esta tribu a contraer matrimonios con ellos equivaldría, en la práctica, a enviarla a servir a otros dioses.

Entonces surgió la cuestión de cómo conseguir esposas para los benjaminitas. Mientras los pobres hombres de Benjamín se escondían en la peña, temiendo que sus hermanos estuvieran planeando su destrucción, al mismo tiempo se estaban tomando medidas para ayudarlos. El plan fue el siguiente.

Primero, debía ejecutarse un acto de justicia contra la ciudad de Jabes de Galaad, una población de la tribu de Gad situada al este del Jordán. Cuando revisaron el registro de la asamblea tomado anteriormente en Jueces 20:2, descubrieron que nadie de esa ciudad había respondido al llamado público (Jueces 21:8, 9). Antes de saber con claridad quiénes se habían ausentado, ya habían acordado que cualquier ciudad de Israel que mostrara tal desprecio por la autoridad pública y por el bien común quedaría bajo maldición. Por eso Jabes de Galaad quedó bajo aquella sentencia severa, que no podía revocarse. Los mismos que en muchos lugares habían dejado con vida a los cananeos, aunque Dios había ordenado su destrucción, no se decidieron a perdonar a sus propios hermanos, quienes estaban bajo su propio juramento y maldición.

Tampoco enviaron ahora hombres para expulsar de Jerusalén a los jebuseos, de quienes el pobre levita había tenido que alejarse para ir a Guibeá (Jueces 19:11, 12). Con frecuencia, las personas muestran más interés en defender su propia autoridad que la autoridad de Dios. Por eso enviaron un destacamento de doce mil hombres para ejecutar el juicio contra Jabes de Galaad. Como antes se había considerado que todo el ejército era demasiado grande para que Dios entregara Guibeá en sus manos, esta vez enviaron solamente una fuerza pequeña (Jueces 21:10). Sus órdenes eran matar a todos: hombres, mujeres y niños (Jueces 21:11), conforme a la ley según la cual todo lo consagrado al exterminio por quienes tenían autoridad sobre ello debía morir (Levítico 27:29).

De esta manera encontraron una forma de proporcionar esposas a los benjaminitas. Cuando Moisés envió el mismo número de hombres para castigar a Madián en nombre del Señor, les dio la misma orden: debían matar a las mujeres casadas junto con sus esposos, pues eran una sola carne, pero debían dejar con vida a las vírgenes (Números 31:17, 18). Aquel caso anterior les pareció suficiente para justificar aquí la misma distinción entre una mujer casada y una virgen (Jueces 21:11, 12). Encontraron cuatrocientas vírgenes en Jabes de Galaad, y las entregaron en matrimonio a cuatrocientos benjaminitas sobrevivientes (Jueces 21:14). Sus padres no habían estado presentes cuando se hizo el juramento de no dar sus hijas a los benjaminitas, así que no estaban claramente obligados por él. Además, como aquellas mujeres habían sido tomadas como botín de guerra, ahora estaban a disposición de los vencedores.

Es posible que esta nueva alianza entre Benjamín y Jabes de Galaad haya influido más tarde en Saúl, que era benjaminita, para preocuparse por ese lugar (1 Samuel 11:4), aunque para entonces estuviera habitado por nuevas familias.

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