Versículo destacado

Jueces 19:22 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Mientras alegraban sus corazones, los hombres de la ciudad, ciertos hijos de Belial, rodearon la casa, golpearon la puerta y dijeron al anciano, dueño de la casa: «Saca al hombre que entró en tu casa para que lo conozcamos». "

Jueces 19:22

menu_book El versículo en contexto

20 El anciano dijo: «La paz sea contigo. De todos modos, todo lo que te falte corra por mi cuenta; solo no te hospedes en la calle».

21 Así que lo llevó a su casa y dio alimento a los asnos. Ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron.

22 Mientras alegraban sus corazones, los hombres de la ciudad, ciertos hijos de Belial, rodearon la casa, golpearon la puerta y dijeron al anciano, dueño de la casa: «Saca al hombre que entró en tu casa para que lo conozcamos».

23 El hombre, dueño de la casa, salió hacia ellos y les dijo: No, hermanos míos; les ruego que no actúen con tanta maldad. Puesto que este hombre ha entrado en mi casa, no cometan esta insensatez.

24 Miren, aquí están mi hija, que es virgen, y su concubina. Yo las sacaré ahora; humíllenlas y hagan con ellas lo que les parezca bien, pero no cometan contra este hombre una vileza semejante.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, la gran maldad de los hombres de Guibeá. Parece difícil imaginar que una maldad tan grande pudiera surgir en el corazón de personas dotadas de razón, y mucho menos en israelitas que tenían la ley y la luz de Dios. Las palabras de David vienen muy bien aquí: «Señor, ¿qué es el ser humano?». ¡Qué criatura tan débil es! También podemos decir: «Señor, ¿qué es el ser humano?», cuando vemos hasta qué punto puede degradarse si se entrega a sus propios deseos pecaminosos.

A estos pecadores se les llama hijos de Belial, es decir, hombres sin ley, hombres que no toleraban ninguna restricción. Belial es otro nombre del diablo; por eso, ellos eran como hijos del diablo, rebeldes contra Dios y contra su autoridad. Eran hijos de Benjamín, la tribu de la que Moisés había hablado con bendición al decir: «El amado del Señor vivirá seguro junto a él» (Deuteronomio 33:12). Sin embargo, se habían corrompido tanto que un hombre honrado ya no podía estar seguro entre ellos. Las víctimas eran un levita, un hombre apartado para el servicio religioso; su esposa, y el buen anfitrión que los había recibido. Somos extranjeros en la tierra y debemos esperar recibir un trato extraño.

Se dice que estaban alegrando sus corazones cuando les sobrevino este problema (Jueces 19:22). Si su alegría era inocente, esto nos recuerda cuán inciertas son todas las comodidades terrenales. Cuando disfrutamos de la compañía de nuestros amigos, no sabemos cuán cerca pueden estar nuestros enemigos. Si las cosas marchan bien en este momento, no podemos estar seguros de que seguirán así al siguiente. Pero si su alegría era pecaminosa y despreocupada, esto nos advierte que debemos vigilarnos con cuidado, para no volvernos descuidados aun en los placeres permitidos. Dios puede convertir rápidamente la risa en lamento y la alegría en tristeza.

Miremos la maldad de estos hombres de Benjamín. Primero, atacaron de manera violenta y arrogante, durante la noche, la casa de un hombre honrado. Él no solo vivía pacíficamente entre ellos, sino que también mantenía una casa abierta y generosa, y era un honor para su ciudad. Rodearon la casa y golpearon con fuerza la puerta, atemorizando a todos los que estaban dentro (Jueces 19:22). La casa de una persona debería ser su fortaleza, un lugar de seguridad y paz, y la ley debería protegerla. Pero no había rey en Israel que mantuviera el orden y protegiera a la gente honrada de los hombres violentos.

Segundo, mostraron un odio especial hacia los extranjeros que estaban dentro de la casa, hombres que solo buscaban un lugar donde pasar la noche. Esto violaba la ley de la hospitalidad, que todos los pueblos civilizados han considerado generalmente sagrada. El dueño de la casa les suplicó apelando a ese deber, diciendo: «Ya que este hombre ha venido a mi casa» (Jueces 19:23). Es una actitud baja y vergonzosa pisotear a los indefensos y tratar peor a una persona simplemente porque es extranjera.

Tercero, planearon el abuso más repugnante y perverso contra el levita, que quizá era joven y atractivo. Dijeron: «Sáquenlo para que lo conozcamos». No querían saber quién era, sino cometer el pecado contra la naturaleza que la ley de Moisés prohíbe y llama una abominación (Levítico 18:22). En el Nuevo Testamento, quienes son culpables de esto aparecen entre los peores pecadores (1 Timoteo 1:10), y se afirma que tales personas no heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9).

Este era el pecado de Sodoma, y de allí recibe su nombre. El mar Muerto, que permanecía como una señal de advertencia del juicio de Dios sobre Sodoma por su inmoralidad, formaba parte de una de las fronteras de Canaán y no estaba lejos de Guibeá. Es posible que los hombres de Guibeá lo vieran con frecuencia, pero se negaron a aprender de esa advertencia. Hicieron cosas peores que Sodoma (Ezequiel 16:48) y pecaron de la misma manera. Como dice el obispo Hall, ¡qué escandaloso es que una abominación tan profunda surgiera de la familia de Jacob! Hasta los peores paganos parecían mejores que estos hombres. ¿De qué servía que el arca de Dios estuviera en Silo, si tenían a Sodoma en sus calles, la ley de Dios en sus vestiduras, pero al diablo en el corazón? Nada, excepto el infierno, puede producir una criatura peor que un israelita corrompido.

Esto también era el castigo por su idolatría, el pecado que más amaban. Como no quisieron tener presente a Dios en su conocimiento, él los entregó a pasiones vergonzosas; así se deshonraron a sí mismos, tal como antes lo habían deshonrado a él con su idolatría y habían convertido su gloria en vergüenza (Romanos 1:24, Romanos 1:28). Debemos admirar la paciencia de Dios en este caso. ¿Por qué estos hijos de Belial no quedaron ciegos, como los hombres de Sodoma? ¿Por qué no cayó fuego y azufre del cielo sobre su ciudad? Fue porque Dios dejaría su castigo en manos de la espada de Israel y reservaría su juicio final para la vida futura, donde quienes practican tales pecados sufrirán el castigo del fuego eterno (Judas 1:7).

Cuarto, no quisieron escuchar las advertencias amables del buen hombre de la casa. Es probable que él conociera la historia de Lot y de los hombres de Sodoma, y tratara de actuar como Lot (Jueces 19:23, Jueces 19:24). Compárese con Génesis 19:6-8. Salió a hablar con ellos, se dirigió a ellos amablemente, los llamó hermanos, les rogó que se detuvieran y les recordó que sus huéspedes estaban bajo su protección. Dijo claramente que su plan era muy perverso. También lo llamó una insensatez y una vileza. Sin embargo, en un aspecto llevó demasiado lejos su imitación de Lot, como suele suceder cuando imitamos a personas buenas incluso en sus errores: les ofreció a su hija. No tenía derecho a hacerlo y no debió hacer el mal para que resultara algún bien. Aun así, su extraña propuesta puede excusarse parcialmente por el miedo y la conmoción que sufría, por su preocupación por sus huéspedes y por el hecho de que tenía presente el ejemplo de Lot. Tal vez también esperaba que, al ofrecerles una salida más natural para su lujuria, ellos volvieran a las prostitutas que acostumbraban visitar. Pero no quisieron escuchar (Jueces 19:25). La lujuria obstinada es como la víbora sorda que se tapa los oídos. Endurece la conciencia y la vuelve insensible.

Quinto, tomaron por la fuerza a la esposa del levita y la abusaron hasta que murió (Jueces 19:25). Ignoraron la oferta que el anciano había hecho de entregarles a su hija, ya fuera porque ella no era hermosa o porque sabían que era una mujer modesta y seria. Pero cuando el levita sacó a su concubina, la llevaron por la fuerza al lugar donde pensaban cometer su maldad.

Josefo, al volver a contar este episodio, dice que la turba quería atacar a la mujer y no al levita. Afirma que la habían visto en la calle cuando llegaron a la ciudad y que su belleza los había impresionado. También es posible que, aunque ella se había reconciliado con su esposo, su conducta no hubiera demostrado mucha modestia. Muchas personas provocan este tipo de problemas por su comportamiento indecoroso. Una pequeña chispa puede iniciar un gran incendio.

Uno pensaría que el levita debió seguirlos para ver qué sucedía con su esposa. Sin embargo, es probable que no se atreviera, porque ellos también podían haberle hecho daño. En este triste final de la mujer podemos ver la mano justa de Dios castigándola por su infidelidad anterior, cuando había actuado como una prostituta contra su esposo (Jueces 19:2). Su padre la había respaldado y su esposo la había perdonado. El asunto había quedado atrás una vez resuelta la disputa; sin embargo, Dios todavía lo tenía presente cuando permitió que aquellos hombres malvados abusaran de ella con tanta crueldad.

Los hombres de Guibeá seguían siendo completamente culpables, aunque Dios también actuó con justicia al permitir que esto sucediera. El trato que le dieron fue terriblemente malvado y bárbaro. Su castigo correspondió a su pecado, como dice el antiguo refrán: la lujuria fue tanto su pecado como su castigo. Según la ley de Moisés, ella debía morir por adulterio. Escapó de esa pena a manos de los seres humanos, pero el juicio la alcanzó de todos modos. Aunque no había rey en Israel, sí había un Dios en Israel, y él juzga la tierra. No debemos pensar que basta con hacer las paces con las personas a quienes hemos ofendido con nuestros pecados. También necesitamos reconciliarnos con Dios mediante el arrepentimiento y la fe, porque él ve con mayor claridad que las personas y no toma el pecado a la ligera.

La mujer abusada regresó al lugar donde se hospedaba su esposo en cuanto la luz del día hizo que los hijos de Belial —es decir, hombres inútiles y malvados— la dejaran ir, pues las malas obras aborrecen la luz (Jueces 19:25). Cayó a la puerta con las manos sobre el umbral, como si estuviera pidiendo perdón por su pecado anterior, y murió en la postura de una penitente, con el rostro en el polvo. Cuando el levita la encontró (Jueces 19:26, Jueces 19:27), al principio pensó que quizá estaba dormida o abrumada por la vergüenza y el dolor, pero pronto se dio cuenta de que había muerto (Jueces 19:28). Entonces cargó con su cuerpo, que seguramente estaba cubierto de golpes y de las marcas del abuso que había sufrido.

En ese momento terrible abandonó su plan de ir a Silo y se dirigió directamente a su casa. Había salido con la esperanza de regresar lleno de alegría, pero volvió afligido y destrozado. Se sentó y se preguntó si podía simplemente ignorar aquella injusticia. No podía hacer descender fuego del cielo para destruir a los hombres de Guibeá, como después hicieron los ángeles con los hombres de Sodoma cuando fueron insultados de una manera semejante.

No había rey en Israel, y parece que tampoco había un sanedrín, o gran consejo, al que pudiera apelar para pedir justicia. Finees, el sumo sacerdote, estaba ocupado con el servicio del santuario y no actuaría como juez ni mediador, es decir, como quien se coloca entre dos partes para resolver un asunto. Por eso, al levita no le quedó más recurso que apelar al pueblo: que toda la comunidad juzgara el caso.

Aunque no había una asamblea nacional formal de todas las tribus, probablemente cada tribu tenía su propia reunión de líderes. A esas reuniones envió mensajeros con un relato completo del mal que le habían hecho, incluyendo todos sus detalles más terribles. También envió un pedazo del cuerpo muerto de su esposa (Jueces 19:29) para demostrar lo sucedido y despertar la indignación del pueblo. Lo dividió en doce partes, según las articulaciones, para que cada tribu recibiera una, incluso Benjamín. Esperaba que algunos se sintieran impulsados a castigar un crimen tan grave, especialmente porque lo habían cometido hombres de su propia tribu.

Esto puede parecer muy cruel, pues el cuerpo de una persona muerta debía tratarse con honor y recibir una sepultura digna. Pero con ese acto el levita quería mostrar cuán bárbaramente habían tratado a su esposa. Pensaba que, en cierto sentido, habría sido preferible que le hubieran cortado el cuerpo antes que usarla como lo hicieron. También quería mostrar cuánto le dolía aquella injusticia, para que los demás sintieran ese mismo dolor. Y el efecto fue el que esperaba.

Todos los que vieron los pedazos del cuerpo y escucharon lo sucedido estuvieron de acuerdo en dos cosas. Primero, los hombres de Guibeá habían cometido un pecado terriblemente grave, algo que nunca antes se había conocido en Israel (Jueces 19:30). Era un crimen colectivo y abominable, agravado por cada uno de sus detalles. No fueron tan insensatos como para reírse de aquel pecado o tomar el relato como una broma.

Segundo, estuvieron de acuerdo en que todo Israel debía reunirse para decidir qué debía hacerse con aquella maldad. Querían detener esa creciente inundación de inmoralidad antes de que siguiera extendiéndose, y no querían que la ira de Dios cayera sobre toda la nación por causa de ella. No era un asunto común, así que se exhortaron unos a otros a reunirse y analizarlo con seriedad: considerarlo, pedir consejo y expresar sus opiniones. Aquí encontramos tres reglas importantes para cualquiera que participe en un consejo durante un asunto grave. Primero, cada persona debe pensar con cuidado y justicia en el problema antes de hablar. Después, deben conversar abiertamente sobre el asunto y conocer las opiniones y las razones de los demás. Finalmente, cada uno debe expresar su propio parecer y votar conforme a su conciencia. Cuando hay muchos consejeros, hay seguridad.

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