Versículo destacado
Jueces 13:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Manoa suplicó al SEÑOR: «Oh, Señor mío, permite que el hombre de Dios que enviaste venga de nuevo a nosotros y nos enseñe qué debemos hacer con el niño que nacerá». "
Jueces 13:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Entonces la mujer fue y se lo contó a su esposo, diciendo: Un hombre de Dios vino a mí. Su aspecto era como el aspecto de un ángel de Dios, muy temible. No le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre.
7 Pero me dijo: “Concebirás y darás a luz un hijo. Ahora no bebas vino ni bebida fuerte, ni comas nada impuro, porque el niño será nazareo para Dios desde el vientre hasta el día de su muerte”.
8 Entonces Manoa suplicó al SEÑOR: «Oh, Señor mío, permite que el hombre de Dios que enviaste venga de nuevo a nosotros y nos enseñe qué debemos hacer con el niño que nacerá».
9 Dios escuchó la voz de Manoa, y el ángel de Dios volvió a presentarse ante la mujer mientras ella estaba sentada en el campo; pero Manoa, su esposo, no estaba con ella.
10 La mujer se apresuró, corrió a avisar a su esposo y le dijo: «Mira, se me ha aparecido el hombre que vino a mí el otro día».
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Aquí encontramos el relato de la segunda visita que el ángel de Dios hizo a Manoa y a su esposa.
Manoa había orado fervientemente por esa visita, y Dios le respondió (Jueces 13:8). No dudó de lo que su esposa le había contado. Sabía que ella era una mujer buena y confiaba en ella. También sabía que no tenía sentido sospechar que hubiera inventado una historia acerca de aquel desconocido. Más bien, creyó que, a su debido tiempo, recibirían al niño prometido. Su fe era sencilla y firme. De esa manera se parecía a las personas pobres y humildes a quienes Dios suele revelar lo que otros no alcanzan a ver. Bienaventurados son los que, aun sin haber visto, creen.
Su principal preocupación era saber qué debían hacer por el niño que iba a nacer. Así piensan las personas piadosas. Se interesan más en aprender cuál es su deber que en saber qué les sucederá. El deber nos corresponde a nosotros, pero los acontecimientos pertenecen a Dios. Por eso Manoa pidió que el mensajero bendito regresara y les diera más instrucciones sobre cómo cuidar a aquel nazareo, una persona apartada para Dios. Quería asegurarse de no haber pasado nada por alto. Anhelaba conocer más de parte del cielo.
Observemos que no envió sirvientes a buscar al hombre de Dios. Oró y le pidió a Dios que lo enviara. Esa es la manera correcta de buscar a los mensajeros de Dios. Si queremos que los ministros del evangelio nos den una palabra apropiada para nuestras necesidades y nos enseñen bien, debemos pedirle al Señor que los envíe a nosotros.
Dios respondió bondadosamente a la oración de Manoa (Jueces 13:9). El Señor no deja de guiar a quienes desean sinceramente conocer su deber y le piden que les enseñe.
El ángel se apareció por segunda vez a la esposa, mientras ella estaba sola. Probablemente se encontraba trabajando en el campo, ocupada en sus tareas cotidianas. La soledad suele ser un buen momento para tener comunión con Dios. Muchas veces el pueblo de Dios ha descubierto que nunca está menos solo que cuando Dios está con él.
Ella se apresuró a llamar a su esposo (Jueces 13:10, 11). Probablemente le pidió al mensajero que esperara hasta que regresara con Manoa. No le dijo que fuera con ella; en cambio, llevó a su esposo hasta él. Quienes desean encontrarse con Dios deben ir al lugar donde él decide darse a conocer. Su alegría era evidente cuando dijo, en esencia, que su oración había sido respondida y que el hombre de Dios había regresado. Algunos piensan que ambas visitas ocurrieron el mismo día, pues el pasaje permite esa posibilidad.
El hombre de Dios estuvo dispuesto a que ella llamara a su esposo. De la misma manera, quienes conocen los caminos de Dios deben invitar a otros a conocerlos también. Manoa no se molestó porque esta vez el ángel no se le apareciera primero a él. Siguió con gusto a su esposa hasta el hombre de Dios. Esto corrige de manera hermosa la triste historia del primer pecado, cuando Eva impulsó a Adán hacia el mal y él la escuchó con demasiada facilidad. Que los esposos y las esposas se animen más bien unos a otros al amor y a las buenas obras. Si la esposa toma la iniciativa en lo bueno, el esposo no debe considerar indigno seguirla.
Cuando Manoa llegó ante el ángel y comprendió que era el mismo que se había aparecido a su esposa, respondió con humildad. Primero recibió la promesa diciendo, en esencia: «Que se cumplan tus palabras» (Jueces 13:12). Era una expresión de fe, semejante a las palabras de María: «Que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lucas 1:38). Manoa estaba diciendo que confiaba en lo que Dios había hablado y deseaba que se cumpliera.
Después pidió que le repitieran las instrucciones: «¿Cómo debemos criar al niño?». Las indicaciones se le habían dado a su esposa, pero él entendía que también tenía una responsabilidad en el cuidado de aquel niño prometido. Ambos padres debían ser cuidadosos y estar unidos al criar a un hijo dedicado a Dios. Uno de los padres no debe dejar todo el cuidado en manos del otro. Ambos deben hacer todo lo que puedan.
De la pregunta de Manoa aprendemos algo general. Cada vez que Dios nos concede una bendición, debemos preguntarle cómo usarla correctamente. Una bendición solo es verdaderamente una bendición cuando se administra bien. Dios nos ha dado cuerpo, alma y posesiones. Debemos preguntarle cómo ordenarlos para honrar al Dador y rendirle cuentas de manera fiel. También aprendemos algo específico. Los padres que reciben hijos de parte de Dios deben ser muy cuidadosos con la manera en que los crían. Deben esforzarse por apartar la necedad que naturalmente hay en el corazón de un niño, formar desde temprano su mente y su conducta, y enseñarle el camino correcto. Los padres piadosos pedirán la ayuda de Dios para hacerlo. Orarán: «Señor, enséñanos a guiar a nuestros hijos, para que sean apartados para ti y se conviertan en sacrificios vivos».
Entonces el ángel repitió las mismas instrucciones que había dado antes (Jueces 13:13, 14). Les indicó nuevamente que evitaran con cuidado todo lo que había prohibido y que cumplieran todo lo que había mandado. Esto muestra que necesitamos ser cuidadosos y atentos tanto en nuestra propia vida como en la formación de nuestros hijos. No solo debían mantenerse alejados del vino y las bebidas fuertes, sino de todo lo que procediera de la vid. Si las personas quieren conservarse puras, deben mantenerse lejos de aquello que las conduce hacia el pecado. Como este niño pertenecería a Dios, también se le indicó a la madre que no comiera nada impuro. De la misma manera, quienes tienen a Cristo formándose en ellos deben limpiarse de toda mancha del cuerpo y del espíritu, y no hacer nada que dañe esa nueva vida que Dios está produciendo en ellos.
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De este capítulo
Jueces 13:1
"Los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos del SEÑOR, y el SEÑOR los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años."
Jueces 13:2
"Había un hombre de Zora, de la familia de los danitas, que se llamaba Manoa. Su esposa era estéril y no había dado a luz."
Jueces 13:3
"El ángel del SEÑOR se apareció a la mujer y le dijo: Mira, eres estéril y no has dado a luz; pero concebirás y darás a luz un hijo."
Jueces 13:4
"Ahora, por favor, cuídate de no beber vino ni bebida fuerte, y no comas nada impuro."
Jueces 13:5
"Porque concebirás y darás a luz un hijo, y ninguna navaja pasará sobre su cabeza, porque el niño será nazareo para Dios desde el vientre. Él comenzará a librar a Israel de manos de los filisteos."
Jueces 13:6
"Entonces la mujer fue y se lo contó a su esposo, diciendo: Un hombre de Dios vino a mí. Su aspecto era como el aspecto de un ángel de Dios, muy temible. No le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre."
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