Versículo destacado

Judas 1:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Estos son murmuradores y quejumbrosos, que andan según sus propios deseos; su boca habla palabras muy arrogantes, y admiran a las personas para sacar provecho. "

Judas 1:16

menu_book El versículo en contexto

14 También Enoc, el séptimo desde Adán, profetizó acerca de estos, diciendo: Miren, el Señor viene con decenas de millares de sus santos,

15 para ejecutar juicio contra todos y declarar culpables a todos los impíos que hay entre ellos por todas sus obras impías que han cometido impíamente, y por todas las palabras duras que los pecadores impíos han pronunciado contra él.

16 Estos son murmuradores y quejumbrosos, que andan según sus propios deseos; su boca habla palabras muy arrogantes, y admiran a las personas para sacar provecho.

17 Pero ustedes, amados, recuerden las palabras dichas anteriormente por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo;

18 ellos les dijeron que en el último tiempo habría burladores que andarían según sus propios deseos impíos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol dice más acerca del carácter de estos hombres malvados y engañadores. Son murmuradores y quejumbrosos (Judas 1:16). Un espíritu de queja, cuando se alimenta y se manifiesta abiertamente, da muy mala reputación. Como mínimo, revela debilidad y, en la mayoría de los casos, revela una verdadera maldad. Estas personas se quejan contra Dios y su providencia, y contra los demás y su manera de actuar. Se enojan por todo lo que sucede y nunca están satisfechas con su situación en la vida.

También siguen sus propios deseos. Su voluntad, su apetito y su imaginación son su única regla. Quienes se entregan a los deseos pecaminosos suelen ser los más dispuestos a seguir pasiones descontroladas. Cuando una persona permite que los deseos pecaminosos la guíen, otros pecados más graves no tardan en aparecer.

Luego el apóstol pasa a advertir y animar a aquellos a quienes escribe (Judas 1:17-23). Primero les dice que recuerden que ya habían sido advertidos. «Amados, recuerden», dice (Judas 1:17). No deben considerar extraño, como si su fe tuviera que tambalearse, que surgieran personas así, incluso desde los primeros tiempos de la iglesia cristiana. Los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo ya lo habían anunciado, de modo que su cumplimiento debía fortalecer la fe de ellos, no desestabilizarla.

Quienes desean persuadir a otros deben demostrarles un amor verdadero. Las palabras ásperas y el trato amargo nunca han ganado a las personas, ni lo harán. Además, las palabras pronunciadas o escritas por personas inspiradas por Dios, cuando se recuerdan y se consideran cuidadosamente, son la mejor protección contra el error peligroso. Esto seguirá siendo cierto hasta que las personas aprendan a hablar mejor que Dios mismo. No debemos sorprendernos cuando surjan el error y la persecución en la iglesia cristiana. Esto fue anunciado de antemano, así que no debemos pensar menos de la persona de Cristo, de su enseñanza o de su cruz cuando lo veamos suceder. Véanse 1 Timoteo 4:1; 2 Timoteo 3:1; y 2 Pedro 3:3. No debemos considerarlo extraño, sino encontrar consuelo en esto: Cristo seguirá cuidando de su iglesia y cumplirá su promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mateo 16:18). Cuanto más se burlen de la fe y la ataquen, con mayor firmeza debemos aferrarnos a ella. Como fuimos advertidos de antemano, debemos demostrar que estamos preparados. En medio de pruebas así, debemos mantenernos firmes y no dejarnos sacudir fácilmente en nuestra manera de pensar (2 Tesalonicenses 2:2).

Después los protege de los engañadores al describir con más detalle su carácter detestable. «Estos son los que causan divisiones» (Judas 1:19). Las personas sensuales, es decir, las que se dejan gobernar por los deseos del cuerpo, son la peor clase de separatistas. Se separan de Dios, de Cristo y de su iglesia por su manera impía de vivir y sus hábitos perversos. Esto es mucho peor que separarse de alguna parte visible de la iglesia por opiniones, formas o detalles relacionados con el gobierno o la adoración de la iglesia, aunque muchos pueden tolerar lo primero mientras critican constantemente lo segundo, como si ningún pecado fuera mortal excepto el que ellos deciden llamar cisma. Las personas sensuales no tienen el Espíritu, es decir, el Espíritu de Dios y de Cristo, el Espíritu de santidad. Cualquiera que no tenga ese Espíritu no pertenece a Cristo (Romanos 8:9).

Cuanto peor se comporten los demás, con más cuidado debemos vivir correctamente. Cuanto más Satanás y sus colaboradores intenten desviar a otros en sus creencias o en su conducta, con más firmeza debemos aferrarnos a la enseñanza sana y a una vida recta. Debemos mantenernos firmes en la palabra fiel, tal como Dios nos la ha enseñado, y conservar el misterio de la fe con una conciencia limpia (Tito 1:9; 1 Timoteo 3:9).

Luego los anima a continuar en la verdad y la santidad. Deben edificarse sobre su santísima fe (Judas 1:20). La manera de mantenernos firmes en la fe es seguir creciendo en ella. Una vez que hemos puesto un buen fundamento de creencias sanas y un corazón sincero, debemos seguir edificando sobre él. Debemos tener cuidado con los materiales que usamos en esa construcción: oro, plata y piedras preciosas, no madera, heno y paja (1 Corintios 3:12). Las creencias correctas y una vida fiel resistirán la prueba, incluso en medio de grandes dificultades. Pero si mezclamos en ellas lo vil y sin valor, aunque seamos sinceros en lo esencial, sufriremos pérdida. Si nosotros mismos somos salvos, esa parte de nuestra obra aun así será quemada, y apenas escaparemos, como quien sale de una casa en llamas por todos lados.

También deben orar en el Espíritu Santo. La oración alimenta la fe. La manera de edificarnos sobre nuestra santísima fe es seguir orando (Romanos 12:12). Nuestras oraciones tienen más probabilidades de dar fruto cuando oramos en el Espíritu Santo, es decir, bajo su guía e influencia, de acuerdo con la norma de su Palabra, con fe, fervor y perseverancia constante. Esto es orar en el Espíritu Santo, ya sea que se haga con una forma establecida o sin ella.

Deben mantenerse en el amor de Dios (Judas 1:21). Esto significa mantener activa, viva y fuerte en el alma la gracia del amor hacia Dios. También significa tener cuidado de no colocarse fuera del consuelo y la bendición que se experimentan en el amor de Dios. Deben permanecer en el camino de Dios si quieren continuar en su amor.

También deben esperar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, que conduce a la vida eterna. La vida eterna solo puede esperarse por misericordia. La misericordia es nuestro único argumento, no nuestro propio mérito. Si existe algún mérito, no es nuestro, sino de otro: de aquel que obtuvo para nosotros lo que jamás podríamos reclamar ni esperar por cuenta propia. Aquí no se habla solamente de la misericordia de Dios como nuestro Creador, sino también de la misericordia de nuestro Señor Jesucristo como Redentor. Todos los que lleguen al cielo deben hacerlo por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los seres humanos, por el cual podamos ser salvos; solo el nombre del Señor Jesús (Hechos 4:12; compárese con Hechos 4:10). Una esperanza viva de la vida eterna nos protegerá de las trampas del pecado (2 Pedro 3:14). Una fe firme en la esperanza bienaventurada nos ayuda a dar muerte a los deseos pecaminosos.

Por último, les muestra cómo tratar a los hermanos y hermanas que se han descarriado (Judas 1:22-23). Debemos hacer todo lo posible por rescatar a otros de las trampas del diablo, para que sean salvados del error peligroso o restaurados cuando hayan caído en prácticas dañinas. Bajo la autoridad de Dios, no solo debemos cuidar de nosotros mismos, sino que cada persona también debe cuidar de su hermano hasta donde le sea posible. Solo el malvado Caín argumentaría en contra de esto (Génesis 4:9). Debemos velar unos por otros, corregirnos con fidelidad y sabiduría, y dar un buen ejemplo a todos los que nos rodean.

Esto debe hacerse con compasión y con discernimiento. Debemos distinguir entre quienes son débiles y quienes actúan deliberadamente.

A algunas personas debemos tratarlas con compasión. Debemos acercarnos a ellas con gentileza, restaurarlas con un espíritu humilde y no ser innecesariamente duros al criticarlas ni al hablar de sus acciones. No debemos actuar con orgullo o frialdad hacia ellas, ni ser obstinados o negarnos a reconciliarnos cuando muestren señales claras de arrepentimiento sincero. Si Dios las ha perdonado, ¿por qué nosotros nos negaríamos a hacerlo? Necesitamos mucho más su perdón nosotros que ellas el nuestro, aunque ni ellas ni nosotros lo comprendamos por completo.

A otras debemos salvarlas con temor, haciéndoles sentir el temor del Señor. Esto significa que debemos tratar de sacudirlas de sus pecados y advertirles seriamente acerca del juicio. Sin embargo, aquí también puede haber algo más que debemos considerar con cuidado: incluso las reprensiones fuertes deben usarse con sabiduría y precaución. Debemos tener cuidado de que nuestras buenas intenciones no se arruinen por un trato precipitado, de modo que endurezcamos a las personas en vez de ayudarlas, aun cuando en el segundo caso se necesite una disciplina más firme que en el primero.

A menudo nos excedemos cuando sabemos que tenemos buenas intenciones y creemos tener, en general, la razón. Aun así, no debemos provocar innecesariamente ni de manera impulsiva ni siquiera a las peores personas, ni llevarlas al límite. Si lo hacemos, podríamos contribuir a endurecerlas por nuestra propia culpa. Debemos aborrecer aun la ropa contaminada por la carne, es decir, mantenernos tan lejos como sea posible de lo que es malo o parece malo, y ayudar a otros a hacer lo mismo (1 Tesalonicenses 5:22). Evitemos todo lo que conduce al pecado o que da la apariencia de pecado.

El apóstol termina esta carta con una solemne alabanza al gran Dios (Judas 1:24-25). No importa cuál haya sido el tema tratado, la mejor manera de terminar es dando gloria a Dios. Él puede, y está tan dispuesto como es capaz, guardarnos de caer y presentarnos sin culpa ante su gloriosa presencia. Esto no significa que nunca fuimos culpables, porque lo que ya se hizo no puede deshacerse, ni siquiera por parte de Dios, pues eso sería una contradicción. Significa que nuestros pecados no serán tomados en cuenta para nuestra ruina, lo cual habría sido justo si no fuera por la misericordia de Dios y los méritos del Salvador.

Estar ante la presencia de su gloria significa que la gloria del Señor pronto será revelada abiertamente. Ahora pensamos en ella como algo lejano, y muchos incluso la consideran incierta, pero llegará. Será clara e inconfundible, y todo ojo lo verá (Apocalipsis 1:7). En el presente, esto es asunto de fe; pero un día, seguramente no dentro de mucho, será asunto de vista. Aquel en quien ahora creemos pronto lo veremos, y su venida traerá gran gozo y consuelo, o un temor y espanto terribles (1 Pedro 1:8).

Todos los creyentes verdaderos y sinceros serán presentados ante el Padre por el Señor Redentor, su gloriosa Cabeza, para recibir su aprobación, su bienvenida y su recompensa. El Padre se los dio a Cristo, y Cristo no ha perdido a ninguno de ellos ni perderá a uno solo. Ni una sola persona faltará cuando él los presente a todos perfectamente santos y felices. Entonces entregará su reino mediador —su función como aquel que gobierna y lleva a las personas ante Dios— a su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre (Juan 6:39; Juan 17:12; 1 Corintios 15:24).

Cuando los creyentes sean presentados sin culpa, será con gran gozo. Ahora nuestros pecados nos llenan de temor, duda y tristeza. Pero esto debe darnos ánimo: si somos sinceros, seremos presentados sin culpa. Nuestro querido Redentor lo ha prometido. Donde no haya pecado, no habrá tristeza. Donde la santidad sea completa, también lo será el gozo. Sin duda, el Dios que puede hacer esto y que lo hará merece la gloria, la majestad, el dominio y el poder, ahora y para siempre. A esto podemos añadir con toda razón nuestro pleno amén.

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