Versículo destacado
Juan 5:31 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. "
Juan 5:31
¿Qué significa Juan 5:31?
Juan 5:31 no significa que Jesús estuviera mintiendo. Explica que, según las normas legales de su tiempo, una persona no podía validar sola su propio testimonio. Por eso, Jesús señala el respaldo de Dios Padre, sus obras y las Escrituras. En situaciones de duda o acusación, la verdad se confirma con evidencia confiable.
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El versículo en contexto
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29 y saldrán: los que hicieron el bien, a la resurrección de vida; y los que hicieron el mal, a la resurrección de condenación.
30 Yo no puedo hacer nada por mí mismo. Según oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi propia voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió.
31 Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.
32 Hay otro que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da acerca de mí es verdadero.
33 Ustedes enviaron mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad.
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En estos versículos, nuestro Señor Jesucristo demuestra y confirma la autoridad que ya había declarado tener, mostrando que Dios lo envió como el Mesías. Primero deja a un lado su propio testimonio acerca de sí mismo (Juan 5:31): «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, aunque lo que digo es completamente verdadero (Juan 8:14), ustedes no lo aceptarían como una prueba válida según la manera acostumbrada de juzgar entre las personas».
Esto revela algo triste acerca de la honestidad humana. Si somos sinceros, debemos admitir que el amor propio suele ser más fuerte que el amor por la verdad. Por eso, el testimonio que una persona da acerca de sí misma suele recibirse con sospecha. Sin embargo, esto también honra al Hijo de Dios. Aunque él es el testigo fiel, la verdad misma, y podría pedir legítimamente que creyeran en su palabra, bondadosamente presenta otras pruebas para fortalecer nuestra fe.
Después presenta a otros testigos que muestran que Dios lo envió. Primero, el Padre mismo dio testimonio acerca de él (Juan 5:32). Cristo dice: «Hay otro que da testimonio». Se refiere a Dios el Padre, porque Cristo habla de su propio testimonio junto con el testimonio del Padre (Juan 8:18). El Padre confirmó la misión de Cristo de más de una manera, incluso mediante la voz del cielo, y todavía sigue dando testimonio por medio de las señales de su presencia y su favor hacia Jesús.
Esto muestra a quiénes está dispuesto Dios a respaldar. Él da testimonio de aquellos a quienes envía y usa, porque toda verdadera misión de parte de Dios viene acompañada de pruebas. También honra a quienes dan testimonio de él, como lo hizo Cristo. Y brinda ayuda especial a quienes no buscan su propia gloria, como Cristo no la buscó. Jesús estaba completamente seguro de que el testimonio del Padre acerca de él era verdadero. No tenía ninguna duda sobre su misión divina, y el diablo nunca logró hacerle cuestionar que él era el Hijo de Dios.
Luego Cristo señala a Juan el Bautista, quien dio testimonio acerca de él (Juan 5:33). Juan vino para dar testimonio de la luz (Juan 1:7). Su misión era preparar el camino para Jesús y dirigir a las personas hacia él, diciendo: «Miren, el Cordero de Dios». El testimonio de Juan fue público y formal. Los líderes judíos habían enviado sacerdotes y levitas para interrogarlo, así que tuvo una oportunidad clara de hablar abiertamente. También fue un testimonio verdadero. Dio testimonio de la verdad, diciendo toda la verdad y nada más que la verdad.
Cristo no necesita el testimonio de Juan para sí mismo, pero lo usa para nuestro beneficio. Dice: «Yo no recibo testimonio de parte de ningún hombre», es decir, no depende de la aprobación ni de las pruebas humanas. Aun así, menciona estas cosas para que las personas sean salvas. Su propósito al hablar de esta manera no era defender su propia vida, sino rescatar a otros. Usa el testimonio de Juan porque Juan era uno de ellos y ellos tenían razones para respetarlo. Cristo quiere que incluso sus enemigos sean salvos. Su palabra es el medio habitual por el que llega la salvación, y por medio de ella obra bondadosamente dentro de nuestra debilidad y de nuestra limitada comprensión.
El testimonio de Juan también era especialmente apropiado para las personas a quienes hablaba, porque respetaban a Juan el Bautista, el precursor de Jesús (Juan 5:35). Cristo dice: «Él era una lámpara entre ustedes». Juan era una luz que ardía y resplandecía. Cristo habló bien de Juan en varias ocasiones, y aquí lo hace aunque Juan estaba en prisión y atravesaba una situación oscura. Debemos estar dispuestos a honrar a todos los que sirven fielmente a Dios.
Juan era una luz, no la fuente de la luz como Cristo, sino una luz menor dada para guiar a otros. Su tarea era llevar luz a un mundo oscuro anunciando que el Mesías venía. Era como la estrella de la mañana que anuncia la salida del sol. Era una luz ardiente, lo cual muestra su sinceridad. El fuego falso puede brillar, pero solo el fuego verdadero arde. Esto también muestra su fervor y su actividad, porque estaba lleno de amor por Dios y de preocupación por las personas. El fuego siempre está activo, y lo mismo sucede con un ministro fiel.
También era una luz resplandeciente. Esto puede referirse a su buen ejemplo, pues nuestra luz debe brillar delante de los demás (Mateo 5:16), o a la amplia influencia que tuvo sobre muchas personas. Aunque quería vivir apartado y permanecía en el desierto, su enseñanza, su bautismo y su manera de vivir lo hicieron conocido. Llegó a ser una figura notable para toda la nación.
Por un tiempo, la gente se entusiasmó con él. Estaban dispuestos a alegrarse en su luz. Cuando Juan apareció, despertó al pueblo y le produjo entusiasmo. Se alegraban de tener entre ellos a un hombre así, alguien que daba honor a su nación. Estaban ansiosos por celebrarlo, casi como niños que hacen mucho alboroto alrededor de una fogata nueva.
Pero su interés no duró. Solo fue por un tiempo, por un breve período. Les agradó Juan durante poco tiempo, pero pronto se cansaron de él y de su mensaje. Más adelante dijeron que tenía un demonio, y para entonces ya lo tenían en prisión. Muchas personas parecen profundamente conmovidas por el evangelio al principio, pero después lo desprecian y lo rechazan. Es común que quienes al comienzo hacen una gran demostración de religión se enfríen y se aparten. Estas personas se alegraron con la luz de Juan, pero nunca caminaron en ella; por eso no permanecieron. Eran como el terreno pedregoso.
Cuando Herodes trataba bien a Juan el Bautista, la gente lo elogiaba. Pero cuando Juan cayó bajo la ira de Herodes, perdió el favor del pueblo. Algunos entienden esta frase como una señal de que estaban dispuestos a apoyar a Juan por razones mundanas. Les alegraba tenerlo entre ellos porque esperaban usarlo como instrumento. Mediante su influencia y bajo la protección de su nombre, quizá esperaban sacudirse el dominio romano y recuperar la libertad y el honor civil de su nación.
Cristo menciona el respeto que tenían por Juan para condenarlos por oponerse ahora a él, aun cuando Juan había dado testimonio acerca de Jesús. Si hubieran seguido honrando a Juan como debían, habrían aceptado a Cristo. También señala lo rápido que se desvaneció su respeto para mostrar que Dios tuvo razón al quitarles el ministerio de Juan y esconder de ellos aquella luz.
Las obras de Cristo daban un testimonio aún mayor acerca de él (Juan 5:36). Él dice: «Tengo un testimonio mayor que el de Juan», porque si creemos el testimonio de hombres enviados por Dios, como Juan, entonces el testimonio directo de Dios es mayor (1 Juan 5:9). El testimonio de Juan era menos contundente y de menor autoridad, pero Jesús aun así decidió usarlo. Debemos recibir toda ayuda que fortalezca la fe, aunque por sí sola no lo pruebe todo. No debemos desechar un apoyo solo porque existe otro más fuerte. Los necesitamos todos.
Este testimonio mayor era la obra que el Padre le había dado para que la terminara. En un sentido amplio, se trataba de todo el curso de la vida y el ministerio de Jesús. Él reveló a Dios y su voluntad, estableció su reino entre las personas, reformó el mundo, quebrantó el poder de Satanás, restauró a la humanidad caída hacia su pureza y felicidad originales, y derramó el amor de Dios y el amor fraternal en los corazones humanos. Toda esta obra, que resumió al morir cuando dijo: «Todo está terminado», fue de principio a fin una obra digna de Dios. Todo lo que dijo e hizo era santo y celestial, y su pureza, poder y gracia divinos resplandecían a través de ello. Eso demostró sin lugar a dudas que Dios lo había enviado.
Más específicamente, los milagros que realizó demostraban su misión divina. El Padre le había dado estas obras, lo que significa que lo había designado y capacitado para realizarlas. Como Mediador, es decir, como aquel que representa a Dios ante las personas y a las personas ante Dios, recibió de su Padre tanto la misión como el poder. Le fueron dadas para que las terminara, lo que significa que debía realizar todas las maravillas que el plan de Dios ya había determinado. Al completarlas, demostró el poder divino, porque la obra de Dios es perfecta. Estas obras daban testimonio acerca de él y demostraban que Dios lo había enviado, y que lo que decía acerca de sí mismo era verdadero (Hebreos 2:4; Hechos 2:22).
El Padre lo envió como un padre envía a su hijo para que tome posesión en su nombre, no simplemente como un amo envía a un siervo a cumplir un encargo. Si Dios no lo hubiera enviado, no lo habría respaldado ni confirmado mediante las obras que le dio para realizar. El que hizo el mundo jamás engañará al mundo.
Entonces Jesús presenta un respaldo más completo basado en el propio testimonio de su Padre (Juan 5:37). «El Padre que me envió ha dado testimonio acerca de mí». Por lo general, un gobernante no sigue personalmente a su embajador para confirmar su autoridad. Pero Dios quiso dar testimonio de su Hijo personalmente mediante una voz del cielo en su bautismo: «Este es mi Hijo amado» (Mateo 3:17). Los judíos hablaban de la bat qol, la «hija de una voz», refiriéndose a una voz celestial como una de las maneras en que Dios daba a conocer su voluntad. De ese modo, Dios reconoció pública y solemnemente a Cristo, y repitió nuevamente ese testimonio (Mateo 17:5).
A quienes Dios envía, él mismo les dará testimonio. Dondequiera que encomienda una misión, también la confirmará. El Dios que nunca se ha dejado sin testimonio (Hechos 14:17) tampoco dejará sin testimonio a sus siervos cuando vayan a cumplir su encargo. Cuando Dios pide que creamos, no dejará de darnos pruebas suficientes, como lo hizo con respecto a Cristo. El testimonio que debía darse acerca de Cristo consistía principalmente en esto: que el Dios a quien habíamos ofendido estaba dispuesto a recibirlo como Mediador. Dios mismo nos ha dado plena seguridad de ello, y él era el más indicado para hacerlo al declarar que se complacía en Cristo. Si estamos satisfechos con él, el asunto queda resuelto.
Alguien podría preguntar: si Dios mismo dio testimonio acerca de Cristo, ¿por qué no lo recibió la nación judía ni sus líderes? Cristo responde que esto no debería parecernos extraño, y que su incredulidad no podía debilitar la verdad, por dos razones. Primero, no estaban familiarizados con las revelaciones directas de Dios y de su voluntad. «Nunca han oído su voz ni han visto su apariencia». Aunque afirmaban tener una relación con Dios, en realidad no lo conocían, como tampoco conocemos a una persona a la que nunca hemos visto ni oído. En efecto, Jesús les dice: «¿Por qué les hablaría del testimonio que Dios da acerca de mí? Ustedes no saben nada de él ni tienen una verdadera comunión con él». La ignorancia de Dios es la verdadera razón por la que las personas rechazan el mensaje que Dios ha dado acerca de su Hijo.
Una comprensión correcta de la religión natural —el conocimiento de Dios disponible por medio de la creación y la conciencia— mostraría una armonía tan fuerte con el cristianismo que nos prepararía en gran medida para recibirlo. Algunos entienden esto de otra manera: el Padre dio testimonio de Cristo mediante una voz y el descenso de una paloma, algo tan extraordinario que ellos nunca habían visto ni oído. Sin embargo, esa voz y esa manifestación fueron dadas por causa de Cristo. Ellos podrían haberlas oído y visto, como las oyeron y vieron otros, si hubieran prestado mucha atención al ministerio de Juan; pero, al ignorarlo, se perdieron ese testimonio.
Segundo, ni siquiera los conmovieron las maneras habituales en que Dios se les había revelado. «No tienen su palabra viviendo en ustedes» (Juan 5:38). Tenían las Escrituras del Antiguo Testamento. ¿Acaso no deberían haber estado preparados para recibir a Cristo por medio de ellas? Sí, si las Escrituras realmente los hubieran formado. Pero la palabra de Dios no estaba en ellos. Estaba entre ellos, en su tierra y en sus manos, pero no dentro de ellos, en su corazón. No gobernaba su alma; solo llegaba a sus ojos y oídos. ¿De qué les servía tener confiadas las palabras de Dios (Romanos 3:2) si esas palabras no gobernaban en su interior? Si lo hubieran hecho, habrían recibido a Cristo con alegría.
La palabra tampoco permanecía en ellos. Muchas personas dejan que la palabra de Dios entre en su interior y produzca cierta impresión durante un tiempo, pero no permanece. No está siempre dentro de ellas, como alguien que está en su propia casa. Entra y sale como un viajero que pasa por un lugar. Si la palabra permanece en nosotros, si meditamos en ella con frecuencia, acudimos a ella en cada situación y guiamos nuestra conducta por ella, entonces recibiremos con facilidad el testimonio del Padre acerca de Cristo (Juan 7:17).
Pero ¿cómo se demostraba que la palabra de Dios no vivía en ellos? Se veía en esto: «No creen en aquel a quien él envió». El Antiguo Testamento hablaba tanto acerca de Cristo y daba señales tan claras de cuándo y dónde buscarlo que, si ellos realmente hubieran reflexionado en ello, no habrían podido evitar la conclusión de que Cristo había sido enviado por Dios. Su falta de fe en Cristo era una prueba contundente de que la palabra de Dios no vivía en ellos.
Observemos que la presencia de la palabra, del Espíritu y de la gracia de Dios en nosotros se comprueba mejor por sus resultados. Una de las pruebas más claras es si recibimos lo que Dios envía: sus mandamientos, sus mensajeros, sus providencias y, sobre todo, a Cristo, a quien él ha enviado.
El último testimonio que presenta Jesús es el del Antiguo Testamento, que hablaba de él. A esas Escrituras apela cuando dice: «Escudriñen las Escrituras» (Juan 5:39). Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, podría significar: «Ustedes sí escudriñan las Escrituras, y eso está bien. Las leen diariamente en sus sinagogas, y tienen rabinos, maestros y escribas que se dedican a estudiarlas y explicarlas». Los judíos celebraban el crecimiento del estudio de las Escrituras en los días de Hillel, quien murió unos doce años después del nacimiento de Cristo. Consideraban que algunos miembros del Sanedrín eran el orgullo de su sabiduría y la gloria de su ley. Cristo reconoce que escudriñaban las Escrituras, pero lo hacían para obtener honor para sí mismos. En efecto, les dice: «Ustedes escudriñan las Escrituras y, si no fueran deliberadamente ciegos, creerían en mí». Es posible estudiar cuidadosamente las palabras de las Escrituras y aun así permanecer ajenos a su poder.
O, como solemos entenderlo, «Escudriñen las Escrituras». Entonces Cristo les está haciendo un llamado: «Ustedes dicen que reciben y creen las Escrituras; resolvamos entonces este asunto por medio de ellas, si están dispuestos a ir más allá de las palabras externas y examinarlas a fondo». Cuando apelamos a las Escrituras, debemos escudriñarlas. Debemos examinar toda la Biblia, comparar un pasaje con otro y permitir que un pasaje explique otro. También debemos estudiar cada pasaje con atención, sin detenernos en lo que parece decir a primera vista, sino preguntando qué significa realmente.
Este también es un consejo, incluso un mandato, para todos los cristianos: escudriñen las Escrituras. Todos los que desean encontrar a Cristo deben examinarlas, no solo leerlas o escucharlas, sino escudriñarlas. Esto implica diligencia, esfuerzo, mucha atención y un deseo sincero de encontrar algo. Debemos leer la Biblia buscando beneficio espiritual y preguntarnos con frecuencia: «¿Qué estoy buscando aquí?». Debemos escudriñarla como quienes buscan un tesoro escondido (Proverbios 2:4), o como quienes excavan en busca de oro, plata o perlas (Job 28:1-11). Esto fue lo que distinguió a los bereanos (Hechos 17:11).
Hay dos cosas que debemos tener presentes cuando escudriñamos las Escrituras: el cielo como nuestra meta y a Cristo como el camino. Debemos buscar en las Escrituras el cielo como nuestro gran fin. «En ellas piensan que tienen la vida eterna». La Escritura nos habla de un futuro eterno y nos ofrece la vida eterna en ese futuro. Nos da el mapa de esa vida, la promesa que la asegura, el camino que conduce a ella y el fundamento de la esperanza en ella. Vale la pena buscar todo esto, porque tenemos la seguridad de encontrarlo allí.
Pero Cristo les dice a los judíos: «Ustedes piensan que tienen la vida eterna en las Escrituras», porque estaban equivocados en este punto. Sí creían en la vida eterna y basaban esa esperanza en las Escrituras, pero no entendían la verdad, pues pensaban que leer y estudiar las Escrituras por sí solo era suficiente. Entre ellos circulaba este dicho común, pero falso: «El que tiene las palabras de la ley tiene la vida eterna». Pensaban que el cielo estaba garantizado si podían recitar de memoria ciertos pasajes, especialmente tal como los habían recibido por tradición. Así como creían que la gente común estaba bajo maldición porque no conocía la ley de esa manera (Juan 7:49), suponían que los instruidos seguramente eran bendecidos.
También debemos escudriñar las Escrituras para encontrar a Cristo, quien es el camino nuevo y vivo hacia esa meta. «Ellas son las que dan testimonio de mí». Las Escrituras del Antiguo Testamento dan testimonio de Cristo, y por medio de ellas Dios da testimonio acerca de él. El Espíritu de Cristo que estaba en los profetas habló de antemano acerca de él (1 Pedro 1:11), junto con los planes y las promesas de Dios acerca de él y las señales anteriores que apuntaban hacia él. Los judíos sabían muy bien que el Antiguo Testamento señalaba al Mesías y tomaban nota cuidadosamente de los pasajes que parecían hacerlo; sin embargo, fracasaron gravemente al aplicarlos.
Por eso debemos escudriñar las Escrituras y podemos esperar encontrar la vida eterna en esa búsqueda, porque ellas dan testimonio de Cristo. La vida eterna consiste en conocerlo (Juan 17:3). Cristo es el tesoro escondido en el campo de las Escrituras, el agua de sus pozos y la leche de sus pechos.
A este testimonio, Jesús añade una reprensión por su incredulidad y su pecado, demostrados de cuatro maneras. Primero, lo ignoraron a él y a su enseñanza: «Ustedes no quieren venir a mí para que tengan vida» (Juan 5:40). Escudriñaban las Escrituras y creían en los profetas, quienes claramente señalaban a Cristo, pero aun así se negaban a acudir a él. Su distancia de Cristo no se debía tanto a una falta de entendimiento como a una voluntad obstinada.
Estas palabras expresan una queja. Cristo les ofrecía la vida, pero ellos no querían aceptarla. En Jesucristo hay vida para las almas necesitadas: vida de perdón, de gracia, de consuelo y de gloria. La vida es el bien más completo de nuestro ser e incluye toda felicidad. Cristo es nuestra vida. Quienes desean esta vida deben acudir a Jesucristo para recibirla. Acudir a él incluye que la mente esté de acuerdo con la enseñanza de Cristo y con el testimonio dado acerca de él; que la voluntad acepte su gobierno y su gracia; y que el corazón corresponda con confianza y obediencia.
La única razón por la que los pecadores mueren es que se niegan a acudir a Cristo para recibir vida y felicidad. No es que no puedan hacerlo, sino que no quieren. No aceptan la vida que se les ofrece porque es espiritual y viene de Dios. Tampoco aceptan las condiciones en que se ofrece ni usan los medios establecidos para recibirla. No quieren ser sanados porque no están dispuestos a seguir el camino de la sanidad. Y la obstinada negativa de los pecadores a aceptar la gracia causa un profundo dolor al Señor Jesús, quien se lamenta por ello.
Las palabras «yo no recibo gloria de los hombres» (Juan 5:41) se añaden para responder a una objeción. Algunos podrían pensar que Jesús buscaba su propia gloria y que quería convertirse en el centro de un grupo al exigir que todos acudieran a él y lo alabaran. Pero no buscaba los aplausos humanos. No deseaba la apariencia ni el esplendor del mundo, la clase de grandeza que el pueblo judío esperaba de su Mesías.
Incluso les había dicho a las personas que sanaba que no difundieran la noticia, y se retiró cuando algunos quisieron hacerlo rey. De todos modos, no recibió aplausos de la gente; gran parte de lo que recibió de ellos fue vergüenza y deshonra, porque se humilló a sí mismo. No necesitaba la alabanza humana. Esta no añadía nada a su gloria, pues todos los ángeles de Dios lo adoran.
Luego Jesús señala la falta de amor a Dios que había en ellos (Juan 5:42). «Yo los conozco —dice Jesús—: ustedes no tienen el amor de Dios en su corazón». ¿Por qué habría de sorprenderle que no quisieran acudir a él, si carecían de la primera señal esencial de la verdadera religión: el amor a Dios? Una de las principales razones por las que las personas rechazan a Cristo es que no aman a Dios. Si de verdad amáramos a Dios, amaríamos a aquel que muestra perfectamente cómo es Dios y acudiríamos con prontitud al único que puede reconciliarnos con él.
Jesús ya los había acusado de no conocer a Dios (Juan 5:37), y aquí dice que tampoco lo aman. Esto muestra que las personas no aman a Dios porque no quieren conocerlo. La acusación contra ellos es clara: «Ustedes no tienen el amor de Dios en su corazón». Afirmaban amar profundamente a Dios y creían demostrarlo con su celo por la ley, el templo y el sábado. Sin embargo, en realidad estaban desprovistos del amor a Dios. Muchos hacen una gran demostración de religión, pero su desprecio por Cristo y por sus mandamientos demuestra que no aman a Dios. Aborrecen su santidad y toman a la ligera su bondad.
Lo que Dios acepta es el amor a Dios que habita en nosotros, arraigado en el corazón como un poder vivo y activo. Ese es el amor que él derrama en el corazón de los creyentes (Romanos 5:5). Cristo demuestra esta acusación basándose en su propio conocimiento. Él escudriña el corazón y sabe lo que hay en cada persona. Ve detrás de toda máscara y puede decirle a cada uno: «Yo te conozco». Conoce a las personas mejor que sus vecinos. Las multitudes quizá pensaban que los escribas y los fariseos eran muy devotos, pero Cristo sabía que no había amor de Dios en ellos.
También conoce a las personas mejor de lo que ellas se conocen a sí mismas. Aquellos judíos tenían un concepto muy elevado de sí mismos, pero Cristo sabía cuán corruptos eran por dentro, sin importar cuán bien se vieran por fuera. Podemos engañarnos a nosotros mismos, pero no podemos engañarlo a él. Él conoce incluso a quienes no lo conocen y no quieren conocerlo. Mira a quienes apartan la vista de él y los llama por su verdadero nombre.
Otra acusación contra ellos es que estaban dispuestos a recibir a falsos cristos y falsos profetas, mientras se oponían obstinadamente al verdadero Mesías (Juan 5:43). «Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me reciben; pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo recibirán». Esto es asombroso. El pueblo de Dios había cometido dos grandes males, como se describe en Jeremías 2:12-13. Primero, abandonaron la fuente de aguas vivas al negarse a recibir a Cristo, quien vino con la autoridad de su Padre y obró para la gloria de su Padre. Segundo, cavaron cisternas rotas al escuchar a cualquiera que se presentara por su propia cuenta.
Son falsos profetas quienes vienen en su propio nombre, quienes nunca fueron enviados y trabajan únicamente para sí mismos. Es justo que Dios permita que quienes no reciben la verdad con amor sean engañados por falsos maestros (2 Tesalonicenses 2:10-11). Los errores del anticristo son un juicio apropiado sobre quienes no obedecen la enseñanza de Cristo. A quienes cierran los ojos a la luz verdadera, con frecuencia se les entrega a perseguir luces falsas y a dejarse extraviar por cualquier resplandor inútil.
Esto también es una triste muestra de la necedad humana. Muchos rechazan la verdad antigua, pero aman el error novedoso. Desprecian el maná y se alimentan de cenizas. Después de que los judíos rechazaron a Cristo y su evangelio, fueron constantemente perturbados por falsos cristos y falsos profetas (Mateo 24:24). Su disposición a seguir a esas personas contribuyó a la confusión y al desorden que finalmente condujeron a su ruina.
En Juan 5:44, Jesús también los acusa de orgullo, vanagloria y la incredulidad que nace de ellos. Después de reprender severamente su incredulidad, ahora va a la raíz del problema. Menospreciaban a Cristo porque se admiraban demasiado a sí mismos. Él no tenía nada que ganar con el honor humano, pero ellos habían puesto su corazón en recibirlo. «Ustedes reciben gloria unos de otros» significa que esperaban un Mesías que se manifestara con una grandeza externa y que, por medio de él, pudieran obtener honor mundano.
Recibían honor de varias maneras. Lo deseaban y dirigían todo lo que hacían a conseguirlo. También honraban a otros únicamente para que esos otros les devolvieran el honor. Se esforzaban por mantener el honor dentro de su propio círculo, como si les perteneciera. Y cualquier respeto que recibían lo guardaban para sí mismos en vez de atribuírselo a Dios, como hizo Herodes. Convertir a las personas y sus opiniones en ídolos, y desear que ellas también nos conviertan en objeto de admiración mediante sus elogios, es una forma de idolatría tan contraria al cristianismo como cualquier otra.
También descuidaban el honor que viene únicamente de Dios. No lo buscaban ni les importaba. El verdadero honor es el que viene de Dios, el honor real y duradero. Son verdaderamente honorables aquellos a quienes Dios incorpora a su pacto y a su comunión. Todos los creyentes en Cristo comparten ese honor, porque por medio de él reciben lo que viene de Dios. Él nunca es injusto. Donde concede gracia, también concede gloria.
Este honor de Dios es lo que debemos buscar. Debemos aspirar a él, vivir para él y no conformarnos con nada menos. Debemos considerarlo nuestra recompensa, así como los fariseos consideraban recompensa la alabanza de la gente. Quienes no quieren acudir a Cristo y quienes persiguen el honor mundano demuestran claramente que no están buscando el honor que viene de Dios. Esa es su necedad, y los conduce a la ruina.
Por eso tampoco creían. ¿Cómo pueden creer —pregunta Jesús— si están tan aferrados a esta manera de vivir?
La dificultad para creer nace de nuestra propia corrupción. Nosotros mismos hacemos difícil la fe y después nos quejamos de que no se puede creer. Un gran obstáculo para la fe en Cristo es el deseo de recibir honor mundano. ¿Cómo pueden creer quienes convierten en ídolo la aprobación de los demás? Cuando la piedad sincera no está de moda y es ampliamente rechazada, cuando a Cristo y a sus seguidores se les considera extraños y ser cristiano casi equivale a sobresalir como un ave rara, ¿cómo pueden creer aquellos cuyo mayor objetivo es verse bien ante los ojos de los demás?
El último testigo que Cristo presenta es Moisés (Juan 5:45). Los judíos respetaban mucho a Moisés y afirmaban ser sus discípulos, aun mientras se oponían a Cristo. Pero Jesús les muestra que, en realidad, Moisés era un testigo contra los judíos incrédulos y presentaba su caso delante de Dios. Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, Moisés —es decir, la ley— los acusa porque la ley muestra qué es el pecado. Los condena y, para quienes confían en ella, se convierte en un ministerio de muerte y condenación. Pero el evangelio de Cristo no tiene el propósito de acusarnos. Jesús no vino como alguien que busca faltas o intenta descubrir delitos. Vino como abogado, no como acusador, para reconciliar a Dios con la humanidad, no para alejarlos aún más. ¡Qué necios eran, entonces, quienes se aferraban a Moisés en contra de Cristo y querían vivir bajo la ley (Gálatas 4:21)!
Segundo, Cristo muestra cuán irrazonable era su incredulidad. No está diciendo que necesita apelar contra ellos ante Dios, como si tuviera que llevar su caso a un tribunal superior. No; ellos ya estaban acusados y condenados en el tribunal del cielo, y el propio Moisés había presentado pruebas suficientes para declararlos culpables de incredulidad. Estaban equivocados con respecto a Cristo, porque él no usó su posición en el cielo para pedir que cayera juicio sobre quienes se le oponían. Vino a salvar, no a castigar. También estaban equivocados con respecto a Moisés, como si él los apoyara en su rechazo de Cristo. En realidad, Moisés era quien los acusaba, precisamente aquel en quien ellos habían puesto su confianza.
La lección es clara. Con frecuencia, las personas se apoyan en privilegios y ventajas externos mientras rechazan a Cristo y su gracia. Los judíos confiaban en Moisés y pensaban que tener su ley y sus ceremonias los salvaría. Pero cualquiera que dependa de esas cosas sin obedecerlas descubrirá que esos mismos privilegios se levantarán contra él. Aquello en lo que confiaba para estar seguro se convertirá en un testimonio en su contra.
Moisés también dio testimonio de Cristo y de su enseñanza, porque escribió acerca de él (Juan 5:46-47). Moisés habló de Cristo como la Simiente prometida de la mujer, la Simiente de Abraham, Silo y el gran Profeta. Las ceremonias de la ley de Moisés también eran representaciones de aquel que habría de venir. Los judíos intentaron usar a Moisés como apoyo para rechazar a Cristo, pero Jesús muestra que Moisés escribió acerca de Cristo, no en contra de él.
Cristo también acusa a los judíos de no creer verdaderamente en Moisés. Había dicho que confiaban en Moisés, pero ahora muestra que en realidad no le creían. Confiaban en el nombre de Moisés, pero no recibían su enseñanza en su verdadero sentido. No entendían ni creían correctamente lo que Moisés escribió acerca del Mesías. Cristo demuestra esto por medio de su incredulidad en él. Si realmente hubieran creído en Moisés, habrían creído en Cristo.
La prueba más segura de la fe es lo que produce. Muchos dicen que creen, pero sus acciones demuestran lo contrario. Si hubieran creído en las Escrituras, habrían actuado de otra manera. Y cualquiera que verdaderamente cree una parte de las Escrituras recibirá la totalidad de ellas. Las promesas del Antiguo Testamento se cumplieron tan plenamente en Cristo que rechazar a Cristo era, en realidad, rechazar también esas promesas.
Perspectivas de IA cristiana
Jesús no está diciendo que su palabra sea falsa ni que carezca de autoridad. Está hablando dentro de la forma en que se confirmaba un testimonio: una persona no debía presentarse como su propia y … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Jesús no está diciendo que su palabra sea falsa ni que carezca de autoridad. Está hablando dentro de la forma en que se confirmaba un testimonio: una persona no debía presentarse como su propia y única prueba. Su identidad y su misión no descansan en la autopromoción, sino en el testimonio del Padre, en las obras que realiza, en Juan y en las Escrituras. Hay algo profundamente humano en esta enseñanza. Cuando una persona herida siente que debe defenderse todo el tiempo, explicar cada intención o convencer a todos de su valor, el corazón termina agotado. Jesús muestra otro camino: la verdad no necesita gritar para ser verdad. Puede sostenerse en una vida coherente, en obras que dan vida y en relaciones que confirman lo que las palabras anuncian. El versículo también revela la humildad de Jesús. Aunque tiene autoridad divina, no la usa como una exigencia aislada, sino que invita a reconocer las señales de Dios a su alrededor. La fe bíblica no se construye sobre una voz solitaria, sino sobre una verdad que se hace visible, que encuentra testigos y que permanece aun cuando otros se niegan a verla.
En Juan 5:31, Jesús afirma: «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero». La distinción clave es que no está confesando que su identidad o sus palabras sean falsas. Está … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Juan 5:31, Jesús afirma: «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero». La distinción clave es que no está confesando que su identidad o sus palabras sean falsas. Está hablando dentro del marco jurídico de su tiempo: una declaración personal, sin testigos que la corroboren, no bastaba para establecer un caso. En ese sentido, su testimonio no sería válido como evidencia independiente. El contexto confirma esta lectura. Jesús presenta otros testimonios: Juan el Bautista, sus propias obras, el Padre y las Escrituras. La cuestión no es que Jesús carezca de autoridad, sino que sus opositores exigen pruebas y, aun teniendo múltiples testigos, se niegan a reconocer lo que esas pruebas señalan. Hay aquí una ironía profunda: quienes dicen defender la verdad bíblica no perciben que las Escrituras mismas dan testimonio de Jesús. El versículo también muestra que la fe cristiana no se sostiene únicamente en una afirmación aislada de Jesús sobre sí mismo, sino en el testimonio convergente de sus palabras, obras, del Padre y de la revelación bíblica. La autoridad de Cristo es absoluta; el punto de este versículo es la suficiencia pública de la evidencia, no una limitación real de su identidad divina.
En Juan 5:31, Jesús afirma: «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero». No está diciendo que Él sea mentiroso ni que su identidad dependa de la opinión humana. Está … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Juan 5:31, Jesús afirma: «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero». No está diciendo que Él sea mentiroso ni que su identidad dependa de la opinión humana. Está respondiendo dentro del marco legal de su tiempo: una declaración personal, sin testigos que la confirmen, no bastaba para establecer un caso. Por eso, Jesús señala al Padre, a Juan el Bautista, a sus obras y a las Escrituras como testimonios que respaldan quién es y qué ha venido a hacer. La enseñanza toca una realidad muy cotidiana: la credibilidad no se construye solamente con afirmaciones sobre uno mismo. Un título, una promesa o una explicación pueden llamar la atención, pero el carácter se reconoce por la evidencia sostenida: hechos, frutos, coherencia y testigos confiables. La humildad bíblica no consiste en negar los dones ni en esconder la verdad, sino en no convertir la autopromoción en la principal prueba del valor personal. En resumen, la vida fiel busca que las palabras y las obras coincidan. La verdad no necesita manipulación para sostenerse; puede ser examinada, confirmada y reconocida con el tiempo.
En Juan 5:31, Jesús no está confesando que su palabra sea falsa. Está reconociendo un principio de testimonio: una afirmación sobre uno mismo, por sí sola, no establece plenamente su verdad. En el contexto de … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Juan 5:31, Jesús no está confesando que su palabra sea falsa. Está reconociendo un principio de testimonio: una afirmación sobre uno mismo, por sí sola, no establece plenamente su verdad. En el contexto de la ley y de la vida comunitaria de Israel, una declaración necesitaba confirmación. Por eso Jesús dirige la atención más allá de su propia voz: al testimonio de Juan, a las obras que realiza, al Padre que lo envió y a las Escrituras que hablan de él. Hay aquí una humildad santa. Jesús no construye su identidad mediante autopromoción ni exige que la verdad descanse únicamente en su propia afirmación. Su autoridad procede de su relación con el Padre y se manifiesta en obras que dan vida. La verdad eterna no necesita publicidad; puede sostenerse ante el examen, el tiempo y el juicio de Dios. Este versículo también revela una diferencia entre autenticidad y autosuficiencia. Ser fiel a la propia identidad no significa proclamarse como fuente final de significado. En Cristo, la identidad se recibe, se confirma y se entrega al bien de otros. La eternidad cambia el peso del presente: lo verdadero no depende de cuánto se afirma, sino de quién lo respalda y de los frutos que produce.
Aplicación para la restauración de la salud
Juan 5:31 recuerda que un testimonio aislado necesita confirmación. En el contexto del Evangelio, Jesús no está negando su identidad, sino señalando que su misión cuenta con el respaldo de otras evidencias y testigos. Aplicado a la salud mental, este principio invita a no tratar cada pensamiento interno como una verdad definitiva. La ansiedad, la depresión o el trauma pueden producir interpretaciones dolorosas como “no valgo”, “nadie me quiere” o “nunca voy a mejorar”. Esas afirmaciones se sienten reales, pero requieren evaluación, no obediencia automática.
La psicología cognitivo-conductual ayuda a examinar la evidencia, identificar distorsiones y considerar perspectivas más equilibradas. También es saludable buscar confirmación en relaciones seguras, en la comunidad de fe y en profesionales de salud mental capacitados. La identidad y el valor de una persona no deben depender exclusivamente de su estado de ánimo ni de la crítica interna.
Este pasaje tampoco justifica ignorar el propio sufrimiento o invalidar la experiencia personal. Las emociones comunican necesidades, aunque no siempre describan toda la realidad. Cuando hay síntomas persistentes, trauma o pensamientos de hacerse daño, buscar apoyo clínico y de emergencia es un acto de sabiduría, no de falta de fe.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Un uso dañino de Juan 5:31 es interpretarlo como si Jesús estuviera admitiendo que su palabra era falsa, o como una regla para negar todo testimonio personal. En su contexto, habla del valor legal de un testimonio sin corroboración; los versículos siguientes señalan otros testigos, incluido el Padre. Por eso, no debe emplearse para silenciar a sobrevivientes de abuso, exigir que una persona “pruebe” su dolor ante terceros ni tratar la duda como falta de fe. También es una señal de alerta cuando líderes usan el texto para controlar, desacreditar, justificar maltrato o reemplazar la evaluación profesional con frases de positividad tóxica como “solo hay que confiar más”. El dolor emocional persistente, el trauma, la depresión, la ansiedad, el riesgo de autolesión o la violencia requieren apoyo de un profesional de salud mental calificado. La fe puede acompañar ese proceso, pero no sustituye atención clínica, médica ni servicios de emergencia.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Juan 5:31?
¿Qué significa Juan 5:31?
¿Cuál es el contexto de Juan 5:31?
¿Cómo se relaciona Juan 5:31 con la identidad de Jesús?
¿Cómo puedo aplicar Juan 5:31 a mi vida?
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De este capítulo
Juan 5:1
"Después de esto hubo una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén."
Juan 5:2
"En Jerusalén, junto al mercado de las ovejas, hay un estanque llamado Betesda en hebreo, que tiene cinco pórticos."
Juan 5:3
"En estos yacía una gran multitud de enfermos, ciegos, cojos y atrofiados, que esperaban el movimiento del agua."
Juan 5:4
"Porque un ángel descendía en cierto tiempo al estanque y agitaba el agua; entonces, el primero que entraba después de que el agua era agitada quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera."
Juan 5:5
"Allí había cierto hombre que llevaba treinta y ocho años con una enfermedad."
Juan 5:6
"Cuando Jesús lo vio tendido y supo que ya llevaba mucho tiempo en aquel estado, le dijo: ¿Quieres quedar sano?"
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