Versículo destacado
Joel 2:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" «Por eso, aun ahora —dice el SEÑOR—, vuélvanse a mí con todo su corazón, con ayuno, llanto y lamento». "
Joel 2:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Ante ellos temblará la tierra y se estremecerán los cielos. El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retirarán su resplandor.
11 El SEÑOR hará oír su voz delante de su ejército, porque su campamento es muy grande y es fuerte el que ejecuta su palabra. Porque grande y muy terrible es el día del SEÑOR; ¿quién podrá soportarlo?
12 «Por eso, aun ahora —dice el SEÑOR—, vuélvanse a mí con todo su corazón, con ayuno, llanto y lamento».
13 Rasguen su corazón y no sus vestidos, y vuélvanse al SEÑOR su Dios, porque él es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en bondad, y se arrepiente del mal.
14 ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá, y dejará tras de sí una bendición: una ofrenda de cereal y una ofrenda de bebida para el SEÑOR su Dios?
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Aquí encontramos un firme llamado al arrepentimiento, surgido de la ruina y el juicio descritos anteriormente: «Por eso, aun ahora —dice el SEÑOR—, vuélvanse a mí». Dios había enviado ese juicio con un propósito: poner el pecado al descubierto, humillar al pueblo y hacerlo volver a él. Dios usa las circunstancias difíciles para despertarnos, a fin de restaurarnos a sí mismo.
Este llamado también ofrece la esperanza de que el arrepentimiento pueda detener o incluso evitar que el juicio empeore. Se les dice a las personas que respondan de manera personal, participando cada familia y cada individuo en el dolor y la oración. Como todos habían participado en la culpa, cada uno debía participar también en volver a Dios. Si cada persona corregía su conducta y lamentaba su propio pecado, toda la comunidad podía recibir ayuda.
Lo primero que esto nos enseña acerca del arrepentimiento es que debemos humillarnos verdaderamente por nuestros pecados. Debemos lamentar haber ofendido a Dios y sentir vergüenza por habernos hecho daño a nosotros mismos mediante el pecado, tanto en nuestra manera de pensar como en aquello que más nos conviene. Debe haber expresiones externas de dolor, como ayunar, llorar y lamentarse, pero esas expresiones significan poco si el corazón no ha cambiado.
Por eso viene el mandato: «Rasguen su corazón y no sus vestidos». En aquella época, rasgarse la ropa era una señal común de profundo dolor, y podía ser una expresión apropiada. Pero el punto es que la manifestación externa no es suficiente. Dios quiere un cambio interior, un corazón quebrantado y humilde, y eso es algo que él no desprecia (Salmo 51:17). Cuando el pecado nos hiere profundamente, hace que lo aborrezcamos y nos mueve a apartarnos de él de manera definitiva, entonces estamos arrepintiéndonos de verdad.
El arrepentimiento también significa volver a Dios mismo. «Vuélvanse incluso a mí», dice el Señor, y nuevamente: «Vuélvanse al SEÑOR su Dios». Nuestro ayuno y nuestras lágrimas no sirven de nada si no nos conducen de regreso a él. Debemos comprender que permanecer cerca de Dios es tanto nuestro deber como nuestro bien. Entonces, con una decisión firme, debemos hacer de su gloria nuestra meta, de su voluntad nuestra norma y de su favor nuestro mayor gozo.
Se anima al pueblo a hacerlo al considerar qué clase de Dios es él. Es clemente y compasivo, lento para la ira y lleno de gran bondad. No se complace en que los pecadores mueran, sino que quiere que se vuelvan a él y vivan. Estas palabras hacen eco del propio nombre de Dios, revelado a Moisés cuando mostró su bondad y su gloria (Éxodo 34:6-7). Cuando cambia el corazón del pecador, también cambia la manera en que Dios trata con él, y la sentencia de juicio es levantada.
Este es el arrepentimiento verdadero y sincero, el que nace de confiar en la misericordia de Dios aun después de haber pecado. No hemos llegado al arrepentimiento genuino si pensamos que la bondad de Dios nos da permiso para seguir pecando. En realidad, su bondad debe impulsarnos con mayor fuerza a volver a él. La esperanza de recibir misericordia es lo que atrae a los pecadores de regreso a casa, mientras que una amenaza por sí sola solo los aleja.
También hay razones para esperar que Dios vuelva y muestre misericordia después del arrepentimiento. El pueblo había perdido los bienes que debía haber disfrutado a causa del pecado, pero se le anima a buscarlos nuevamente al volver al Señor. La pregunta «¿Quién sabe si él lo hará?» tiene el propósito de humillarlos y moverlos a arrepentirse con sinceridad. Es una expresión apropiada al pedir alivio de un juicio temporal, porque no podemos tener la misma certeza acerca de la eliminación de una aflicción particular que la que tenemos acerca de la misericordia general de Dios.
Aun así, hay toda razón para arrepentirse. Si verdaderamente nos apartamos de nuestros pecados, Dios nos perdonará y se reconciliará con nosotros. Que también quite una dificultad específica está en sus manos, pero su misericordia nos da una esperanza real. Por eso los habitantes de Nínive se arrepintieron cuando escucharon una esperanza de misericordia semejante (Jonás 3:9).
Ellos esperan que Dios vuelva, retire su juicio y deje una bendición tras de sí. Esto no significa que se conformen con cualquier regalo en lugar de su presencia. Significa: «Después de haber terminado su disputa con nosotros, nos dará una bendición». ¿Y qué bendición tienen en mente? Las ofrendas de grano y las ofrendas líquidas para el SEÑOR su Dios.
Los frutos de la tierra son llamados una bendición (Isaías 45:8) porque dependen de la bendición de Dios y son bendiciones necesarias para nosotros. El pueblo había sido privado de esos productos, y lo que más le dolía era que el altar de Dios no tenía ofrendas y los sacerdotes de Dios no tenían sustento. Por eso, el consuelo que esperaban con el regreso de la abundancia no consistía principalmente en tener mesas llenas en sus hogares. Consistía en ver que se llevaban en abundancia ofrendas de grano y ofrendas líquidas al altar de Dios.
Valoraban esto más que la abundancia común para sí mismos. De la misma manera, cuando Ezequías esperaba recuperarse de su enfermedad, pidió como señal que podría subir, no a un tribunal de juicio ni a la sala del consejo, sino a la casa del Señor (Isaías 38:22). La mejor señal de la prosperidad de una nación es el uso pleno y correcto de las ordenanzas de Dios, es decir, de los actos de adoración establecidos por él, realizados con poder y pureza. Si Dios concede la bendición de las ofrendas de grano y de las ofrendas líquidas, también traerá consigo otras bendiciones, y hará que esas bendiciones sean provechosas, dulces y seguras.
También se les llama a un arrepentimiento público y nacional, llevado a cabo en una asamblea solemne. Debía ser un acto nacional, para la gloria de Dios, para animarse unos a otros y para que las naciones vecinas vieran qué los había hecho aptos para que Dios regresara con misericordia. Aquí podemos ver cómo debía reunirse el pueblo.
Antes se había tocado la trompeta para dar la alarma de guerra (Joel 2:1). Ahora debía tocarse para convocar a la paz. Dios está dispuesto a mostrar misericordia a su pueblo si lo encuentra preparado para recibirla. Por eso se les dice que reúnan a todos y aparten un ayuno. Bajo la ley se habían establecido muchas fiestas anuales, pero solo un día al año había sido apartado como día de ayuno: el Día de la Expiación, un día para humillar el alma. Si el pueblo hubiera permanecido cerca de Dios y fiel a su deber, no habría sido necesario nada más. Pero ahora que sus pecados habían traído sobre ellos los juicios de Dios, se les llamaba con frecuencia a ayunar.
Lo dicho en Joel 1:14 se repite aquí. Debían convocar una asamblea solemne y reunir al pueblo, insistiendo en que todos acudieran con ese propósito. Debían apartar a la congregación, fijar con anticipación un tiempo para prepararse cuidadosamente y recordarles a las personas que debían disponerse para la ocasión. Los más importantes no debían ser excusados; por eso debían reunirse los ancianos, los jueces y los magistrados. Tampoco debían quedar fuera los más pequeños: debían reunirse incluso los niños que todavía estaban siendo amamantados.
Es bueno llevar a los niños pequeños a las reuniones religiosas tan pronto como puedan comprender algo, para que desde temprano sean instruidos en el camino correcto. Pero aquí incluso se reunía a los bebés lactantes y se les hacía ayunar, para que sus llantos pidiendo leche movieran a los padres al arrepentimiento. Dios podía traer justamente una aflicción así sobre sus hijos, hasta hacer que la lengua del niño de pecho se pegara al paladar (Lamentaciones 4:4). Sin embargo, también podía tener compasión de ellos, como la tuvo de los niños pequeños de Nínive (Jonás 4:11).
Tampoco debían ser excusados los recién casados. «Que el novio salga de su habitación y la novia de su alcoba». No debían actuar con la comodidad acostumbrada, ponerse sus adornos ni disfrutar de su alegría normal. En cambio, debían unirse al ayuno público con tanta seriedad y dolor como cualquier otra persona. La alegría privada siempre debe ceder ante el dolor público, ya sea que ese dolor se deba a una aflicción o al pecado.
También vemos cómo debía llevarse a cabo la jornada (Joel 2:17). Los sacerdotes, los ministros del Señor, debían dirigir la asamblea. Debían hablar en nombre de Dios ante el pueblo y en nombre del pueblo ante Dios. ¿Quiénes estaban mejor preparados para interceder y apartar la ira de Dios que aquellos cuyo trabajo habitual consistía en rogar por los demás?
Debían ministrar entre el pórtico y el altar. Ese era el lugar donde normalmente atendían los sacrificios. Ahora, como no tenían sacrificios, o casi ninguno, que ofrecer, debían presentar allí sacrificios espirituales. El pueblo debía verlos llorar y luchar en oración, como Jacob, su antepasado, y así ser guiado hacia ese mismo espíritu de oración. Los ministros deben sentir profundamente aquello que quieren despertar en los demás. Entre el pórtico y el altar fue asesinado Zacarías, hijo de Joiada, por haber sido fiel. Dios les pediría cuentas por aquella sangre preciosa, y por eso debían llorar allí para apartar el juicio que los amenazaba.
También debían orar. Aquí se les dan las palabras, aunque podían extenderse en sus propias oraciones. Su petición debía ser: «Perdona a tu pueblo, SEÑOR». Cuando el pueblo de Dios está afligido, puede esperar alivio de la misericordia de Dios, no reclamar algo basándose en su justicia. No puede decir correctamente: «SEÑOR, danos lo que merecemos», sino más bien: «SEÑOR, perdónanos». Merecemos la corrección y la necesitamos, pero le pedimos que la haga más ligera. La oración del pecador es: «Buen Señor, perdónanos».
Su clamor debe basarse en la relación que tienen con Dios: «Son tu pueblo y tu heredad; por eso, ten compasión de ellos». Pero, sobre todo, debe basarse en el honor de Dios en medio de su aflicción: «Señor, no entregues tu heredad a la vergüenza, a la vergüenza del hambre. No permitas que la tierra de Canaán, conocida desde hace mucho como la gloria de todas las tierras, se convierta en el objeto de desprecio de todas ellas. No permitas que los paganos los dominen, como fácilmente sucedería si tu heredad fuera demasiado pobre para sobrevivir. No permitas que los paganos hagan de ellos un proverbio o una burla». Es una bendición, y algo que vale la pena pedir en oración, que una nación conserve su buen nombre entre sus vecinos.
Pero la vergüenza que cae sobre la iglesia es mucho más grave cuando afecta al propio Dios. «No permitas que digan entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”». Ese es el Dios que prometió ayudarlos, el Dios del que tanto se han jactado y en quien tanto han confiado. Si la heredad de Dios es destruida, sus vecinos dirán que Dios era demasiado débil para ayudarlos o que no quiso hacerlo. Esto se parece a la burla de Deuteronomio 32:37: «¿Dónde están ahora sus dioses?». Senaquerib también se burló de ellos de esta manera cuando dijo: «¿Dónde están los dioses de Hamat y Arpad?». Pero nunca se debe permitir que digan de Israel: «¿Dónde está su Dios?». Porque estamos seguros de que nuestro Dios está en los cielos (Salmo 115:2, Salmo 115:3) y en su templo (Salmo 11:4).
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De este capítulo
Joel 2:1
"Toquen la trompeta en Sion y den la alarma en mi monte santo. Que tiemblen todos los habitantes de la tierra, porque viene el día del SEÑOR, pues está cerca."
Joel 2:2
"Día de oscuridad y tinieblas, día de nubes y densa oscuridad, como la aurora extendida sobre los montes: un pueblo grande y fuerte; nunca ha habido otro semejante ni lo habrá después de él, ni siquiera en los años de muchas generaciones."
Joel 2:3
"Delante de ellos devora el fuego, y detrás de ellos arde una llama. Delante de ellos la tierra es como el jardín de Edén, y detrás de ellos queda como un desierto desolado. Sí, nada escapará de ellos."
Joel 2:4
"Su apariencia es como la de caballos, y correrán como jinetes."
Joel 2:5
"Saltarán sobre las cumbres de los montes con estruendo de carros, con el estruendo de una llama de fuego que devora el rastrojo, como un pueblo fuerte dispuesto para la batalla."
Joel 2:6
"Ante su rostro, el pueblo sufrirá mucho; todos los rostros se oscurecerán."
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