Versículo destacado
Job 33:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Pues Dios habla una vez, y aun dos, pero el hombre no lo percibe. "
Job 33:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Mira, en esto no eres justo. Te responderé que Dios es mayor que el hombre.
13 ¿Por qué contiendes contra él? Porque él no da cuenta de ninguno de sus asuntos.
14 Pues Dios habla una vez, y aun dos, pero el hombre no lo percibe.
15 En un sueño, en una visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, mientras duermen en la cama;
16 entonces abre los oídos de los hombres y sella su instrucción,
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Job se había quejado de que Dios lo mantenía en la oscuridad respecto a lo que estaba haciendo con él, y por eso concluyó que Dios lo trataba como a un enemigo. Eliú responde: «No; Dios te está hablando, pero tú no lo percibes. La culpa es tuya, no de él, y aun en las cosas que estás tomando con tanta dureza, Dios busca tu bien».
En general, Eliú muestra dos cosas. Primero, Dios es un verdadero amigo de nuestro bienestar: «Pues Dios habla una vez, y aun dos» (Job 33:14). Es una señal de su favor que, aunque haya distancia y conflicto entre nosotros y él, todavía nos hable. También demuestra su bondad al hablarnos de nuestras propias necesidades: nos dice cuál es nuestro deber y qué es bueno para nosotros, qué nos pide y qué podemos esperar de él, nos advierte acerca de nuestras faltas y peligros, y nos muestra el camino. Lo hace una vez, y aun dos; es decir, una y otra vez. Cuando ignoramos una advertencia, nos da otra, porque no quiere que nadie perezca.
Segundo, con frecuencia somos enemigos de nuestro propio bienestar. «El hombre no lo percibe»; es decir, no presta atención ni entiende. No reconoce la voz de Dios ni recibe con agrado lo que se le muestra, porque le parece absurdo. Se tapa los oídos, se interpone ante la luz, rechaza el consejo de Dios para su propio perjuicio y, por eso, no aprende nada, ni siquiera de la sabiduría misma. Dios nos habla por medio de la conciencia, de su providencia —es decir, de los acontecimientos de la vida— y de sus ministros, de lo cual Eliú hablará más adelante. Así le muestra a Job que Dios le estaba dando a conocer lo que pensaba y obrando para su bien, aun cuando Job se sentía excluido, tratado como un extraño, mantenido en el dolor y tratado como un enemigo. En aquellos días, hasta donde sabemos, no existía una revelación divina escrita; por eso no se menciona aquí como una de las maneras en que Dios habla, aunque ahora es la principal.
Luego Eliú muestra cómo Dios enseña y advierte a las personas por medio de su propia conciencia. El momento apropiado para estas advertencias es «en un sueño, en visiones nocturnas, sobre la cama» (Job 33:15), cuando la persona se encuentra lejos del ruido del mundo. Es un buen momento para volver la mirada hacia el interior, pensar con honestidad y hablar con el propio corazón, cuando uno está solo y en quietud sobre su cama (Salmos 4:4). También es el momento que Dios suele usar para tratar directamente con las personas. Cuando enviaba ángeles, sus mensajeros especiales, a menudo escogía el tiempo en que el sueño profundo había caído sobre ellas, para que sus sentidos corporales estuvieran tranquilos y la mente más abierta a recibir la luz de Dios. De esa manera dio a conocer su voluntad por medio de visiones y sueños a los profetas (Números 12:6), advirtió a Abimelec (Génesis 20:3), a Labán (Génesis 31:24) y a José (Mateo 1:20), y permitió que el faraón y Nabucodonosor conocieran acontecimientos futuros.
Cuando mueve la conciencia, su representante habitual en el alma, Dios también suele escoger ese mismo tiempo de quietud. Puede hacerlo durante el sueño profundo, pues algunos sueños pueden surgir de la conciencia tanto como de la imaginación. También puede hacerlo durante el adormecimiento, cuando la persona está entre dormida y despierta, pensando por la noche en el día que terminó o planeando el día que comienza. Ese es un momento apropiado para que el corazón reprenda lo que se hizo mal y advierta sobre lo que debe hacerse después. Véase Isaías 30:21.
Estas advertencias también vienen acompañadas de poder. Cuando Dios quiere hacerles bien a las personas por medio de las convicciones e impulsos de su propia conciencia, primero les abre el oído. «Él abre los oídos de los hombres», que habían estado cerrados a la voz que habría podido despertarlos (Salmos 58:5). Abre el corazón, como abrió el corazón de Lidia, y así también abre el oído. Quita lo que estaba bloqueándolo, de modo que la convicción pueda entrar. Además, lleva al alma a someterse a la conciencia y a obedecer su dirección, pues eso sucede cuando Dios abre el oído: «El Señor Dios me ha abierto el oído, y yo no fui rebelde» (Isaías 50:5).
También hace que esas advertencias permanezcan en el corazón. «Él sella sus instrucciones», es decir, la enseñanza destinada a cada persona y adecuada para ella. La imprime en el alma, como la cera recibe la marca de un sello. Cuando el corazón queda formado por la instrucción divina, así como un material blando recibe la forma de un molde, la obra está hecha.
El propósito de estas advertencias es apartar a las personas del pecado, especialmente del orgullo (Job 33:17). Dios lo hace para apartarlas de su propósito, es decir, de sus planes perversos. Puede cambiar la dirección de su mente y de su vida, y detener algún pecado que está a punto de cometerse. También puede apartarlas de su trabajo, es decir, de la actividad constante de servir al mundo y a la carne, para ponerlas al servicio de Dios. Muchas personas han sido detenidas, cuando avanzaban a toda velocidad por un camino pecaminoso, por las oportunas reprensiones de la conciencia, que les decían: «No hagas esto malo que el Señor aborrece».
De manera especial, Dios usa esto para ocultarle al ser humano su orgullo; es decir, para apartar de sus pensamientos las cosas que alimentan su orgullo y mostrarle cuántas razones tiene para ser humilde. Algunos entienden la frase como «quitarle el orgullo al ser humano», es decir, arrancar la raíz del mal que causa tanto pecado. A todo aquel a quien Dios se propone bendecir, primero lo humilla y lo despoja de su orgullo. El orgullo hace que las personas sean tercas y decididas a seguir impulsando sus propios planes. Por eso Dios las aparta de esos planes al derribar su orgullo.
Dios también hace esto para librar a las personas de la ruina (Job 33:18). Mientras los pecadores siguen persiguiendo sus planes perversos y alimentando su orgullo, sus almas se precipitan hacia el abismo, hacia la espada y hacia la destrucción, tanto en este mundo como en el venidero. Pero cuando Dios usa la conciencia para hacerlos volver del pecado, libra sus almas del abismo, incluso del abismo más profundo, y las salva de perecer bajo la espada del juicio divino. Entonces «la iniquidad no será su ruina». Lo que aparta a las personas del pecado las salva del infierno y libra un alma de la muerte (Santiago 5:20). Qué misericordia es vivir bajo la restricción de una conciencia despierta. Sus heridas son fieles y sus ataduras son bondadosas, porque por medio de ellas el alma queda protegida de la ruina eterna.
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De este capítulo
Job 33:1
"Por tanto, Job, te ruego que escuches mis discursos y prestes atención a todas mis palabras."
Job 33:2
"Mira, ahora he abierto mi boca; mi lengua ha hablado dentro de mi boca."
Job 33:3
"Mis palabras expresarán la rectitud de mi corazón, y mis labios declararán claramente lo que sé."
Job 33:4
"El Espíritu de Dios me hizo, y el aliento del Todopoderoso me dio vida."
Job 33:5
"Si puedes responderme, ordena tus palabras delante de mí y ponte de pie."
Job 33:6
"Mira, conforme a tu deseo, yo estoy en lugar de Dios; también yo fui formado del barro."
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