Versículo destacado
Job 3:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" ¿Por qué se da luz al que está en la miseria, y vida a los amargados de alma, "
Job 3:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 Allí los prisioneros descansan juntos; no oyen la voz del opresor.
19 Allí están el pequeño y el grande, y el siervo queda libre de su amo.
20 ¿Por qué se da luz al que está en la miseria, y vida a los amargados de alma,
21 que anhelan la muerte, pero esta no llega, y cavan buscándola más que los tesoros escondidos;
22 que se alegran muchísimo y se llenan de gozo cuando encuentran la tumba?
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Job ve que de nada sirve desear no haber nacido o haber muerto al nacer. Por eso pasa a otra queja: se le ha permitido seguir viviendo en vez de que su vida terminara. Cuando alguien se empeña en discutir, parece que nunca se le acaban las palabras, y un corazón pecaminoso sigue alimentando su propia amargura. Job había maldecido el día de su nacimiento, y ahora anhela el día de su muerte. Este tipo de conflicto e impaciencia comienza como una corriente de agua que rompe de repente sus límites.
En general, le parece difícil que se prolonguen las vidas miserables. ¿Por qué se da luz a los que tienen el alma amargada? La amargura del alma, causada por una profunda angustia interior, hace que la vida misma resulte dolorosa. Job pregunta por qué se les da luz; se refiere a Dios, aunque no lo menciona. Satanás había dicho: «Te maldecirá en tu misma cara», pero Job todavía habla solo de manera indirecta contra la providencia de Dios, como si fuera injusto y poco compasivo mantener la vida cuando sus consuelos han desaparecido.
A la vida se le llama luz porque es agradable y útil para desplazarse y trabajar. Es como la luz de una vela, que se va consumiendo mientras arde y se acerca cada vez más a su final. Se dice que esta luz nos es dada porque, si Dios no la renovara cada día como un regalo suyo, desaparecería. Sin embargo, Job considera que, cuando la vida solo sirve para mostrarle a alguien su miseria, sería mejor no recibirla.
Habla de quienes anhelan la muerte después de haber sobrevivido a la época en que tenían consuelo y podían ser útiles; están agobiados por la edad, la enfermedad, la pobreza o la vergüenza, pero la muerte no llega. Al mismo tiempo, la muerte llega a muchos que le tienen miedo y desean mantenerla lejos. La duración y el final de la vida deben estar bajo el orden de Dios, no bajo el nuestro. No nos corresponde decidir cuánto queremos vivir ni cuándo queremos morir, porque nuestros tiempos están en mejores manos que las nuestras.
También habla de quienes buscan la muerte como si fuera un tesoro escondido; es decir, pagarían cualquier precio por ser liberados de este mundo. Esto también muestra que, en aquel tiempo, las personas no pensaban en quitarse la vida, pues, si lo hubieran hecho, quienes anhelaban morir no habrían tenido que buscar la muerte con tanta desesperación. Algunos incluso reciben la muerte con agrado y se alegran cuando encuentran la tumba y comienzan a entrar en ella. Si las aflicciones de esta vida pueden hacer que la muerte misma parezca deseable, contra lo que dicta la naturaleza, cuánto más deberían las esperanzas de una vida mejor, donde la muerte solo es nuestro paso, hacer que la temamos mucho menos. Puede ser pecaminoso desear la muerte, pero no es pecaminoso anhelar el cielo.
Job también piensa que, en su propio caso, ha sido tratado injustamente, porque no puede encontrar alivio a su dolor muriendo, ya que tampoco puede encontrar alivio de ninguna otra manera. Impacientarse con la vida a causa del sufrimiento no solo va contra la naturaleza, sino que también es una falta de gratitud hacia quien da la vida. Revela que cedemos pecaminosamente a nuestros sentimientos y olvidamos pecaminosamente la vida venidera. Nuestro cuidado principal y constante debería ser estar preparados para el mundo que viene, y luego dejar que Dios decida el momento y la manera en que saldremos de este mundo, diciendo: «Señor, cuando y como quieras». Debemos decirlo con tanta serenidad que, aun si Dios nos pidiera escoger, dejaríamos la decisión en sus manos. La gracia nos enseña, en medio de los mayores consuelos de la vida, a estar dispuestos a morir, y en medio de sus mayores aflicciones, a estar dispuestos a vivir. Job intenta justificar su intenso deseo de morir señalando lo poco que encuentra de consuelo en la vida.
En su sufrimiento presente, la angustia se siente todo el tiempo y parece que va a quedarse así. Cree tener razones suficientes para cansarse de vivir, porque no encuentra consuelo en la vida. Sus suspiros llegan antes que la comida. Los dolores de la vida se presentan antes que los recursos que la sostienen, e incluso le quitan el apetito por el alimento necesario. Su tristeza vuelve con la misma regularidad que sus comidas, y el sufrimiento es su pan de cada día. Su dolor es tan intenso que no solo suspira: ruge, y sus gemidos brotan como un flujo constante de agua. Nuestro Señor Jesucristo conoció de cerca el sufrimiento, y debemos esperar encontrarlo también en este mundo.
Job tampoco ve ninguna esperanza de que las cosas mejoren. Su camino está oculto y Dios lo ha cercado. No puede ver ninguna salida ni sabe qué hacer después. Su camino está bloqueado con espinos, de modo que no puede encontrar la ruta. Véanse Job 23:8 y Lamentaciones 3:7.
Incluso en sus días anteriores de prosperidad, los problemas siempre estaban presentes en sus pensamientos, por lo que nunca vivió completamente tranquilo. Conocía lo suficiente acerca de la vanidad del mundo y de las dificultades propias de la vida humana como para no vivir entonces sin cuidado ni preocupación. Lo que ahora hace más profunda su aflicción es que no recuerda ninguna negligencia grave ni ningún apego despreocupado a la comodidad y al bienestar durante sus días mejores que hubiera merecido un castigo tan severo de parte de Dios.
No había sido descuidado ni había olvidado sus deberes; mantenía un temor apropiado de las dificultades, y por eso permanecía alerta. Se preocupaba por sus hijos mientras celebraban sus banquetes, porque temía que ofendieran a Dios (Job 1:5). También cuidaba de sus siervos, para que no ofendieran a sus vecinos. Hizo todo lo posible por cuidar su salud y actuó consigo mismo y con sus asuntos con toda la prudencia razonable. Sin embargo, nada de eso lo libró de la aflicción.
Tampoco había sido descuidado en su corazón ni se había entregado a la comodidad y al bienestar. No confiaba en sus riquezas ni se engañaba pensando que su alegría duraría para siempre. Aun así, la aflicción llegó para enseñarle de nuevo cuán vacío es el mundo, aunque no había olvidado esa verdad mientras vivía cómodamente. De esta manera, su camino estaba oculto, porque no podía entender por qué Dios contendía con él.
Sin embargo, este pensamiento debería aliviar su dolor en vez de hacerlo más intenso. Pocas cosas hacen que la aflicción sea más fácil de soportar que una conciencia limpia y la certeza de haber cumplido con nuestro deber durante los días de prosperidad. Además, cuando esperamos las dificultades de antemano, pesan menos cuando llegan. Cuanto menos nos sorprenden, menos nos atemorizan.
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De este capítulo
Job 3:1
"Después de esto, Job abrió la boca y maldijo su día."
Job 3:2
"Job habló y dijo:"
Job 3:3
"Que perezca el día en que nací, y la noche en que se dijo: Ha sido concebido un varón."
Job 3:4
"Que aquel día sea oscuridad; que Dios no lo tenga en cuenta desde lo alto, ni resplandezca la luz sobre él."
Job 3:5
"Que la oscuridad y la sombra de muerte lo manchen; que una nube habite sobre él; que la negrura del día lo aterrorice."
Job 3:6
"En cuanto a aquella noche, que la oscuridad se apodere de ella; que no se una a los días del año ni entre en el número de los meses."
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