Versículo destacado

Job 28:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces, ¿de dónde viene la sabiduría? ¿Y dónde está el lugar del entendimiento? "

Job 28:20

menu_book El versículo en contexto

18 No se hará mención del coral ni de las perlas, porque el precio de la sabiduría supera al de los rubíes.

19 El topacio de Etiopía no puede igualarla, ni puede tasarse con oro puro.

20 Entonces, ¿de dónde viene la sabiduría? ¿Y dónde está el lugar del entendimiento?

21 Pues está escondida de los ojos de todo ser viviente y oculta de las aves del cielo.

22 La destrucción y la muerte dicen: «Con nuestros oídos hemos oído hablar de ella».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Job ya había hecho esta pregunta, y aquí la vuelve a hacer (Job 28:12). Es demasiado importante como para dejarla de lado. Debemos seguir buscando hasta recibir una respuesta clara.

La respuesta de Job es que la sabiduría tiene dos dimensiones. Una está escondida en Dios: es secreta y está fuera de nuestro alcance. La otra Dios se la ha revelado a la humanidad, y nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos. La sabiduría escondida es la voluntad secreta de Dios, la manera en que ordena su providencia, es decir, su gobierno sabio sobre todas las cosas. No podemos saber de antemano lo que Dios hará ni explicar por completo por qué está haciendo lo que hace ahora.

Esta sabiduría está fuera de nuestro alcance. Es demasiado elevada para que podamos llegar a ella (Job 28:21, Job 28:22). Está escondida de todo ser viviente, incluidos los filósofos, los gobernantes e incluso los santos. Ni siquiera las aves del cielo pueden descubrirla. Pueden volar muy alto por el cielo abierto, pero aun así no pueden entrar en los planes de Dios. La razón humana, aun en su mejor estado, no puede medir los profundos propósitos de Dios.

Job y sus amigos habían estado discutiendo acerca de la manera en que Dios gobierna el mundo. El punto de Job es que estaban peleando a oscuras. Somos insensatos cuando discutimos con firmeza sobre asuntos que no entendemos. El razonamiento humano no puede sondear las profundidades del consejo divino. Debemos conformarnos con no conocer los acontecimientos futuros hasta que el tiempo los revele (Hechos 1:7), y con no conocer las razones secretas de la providencia hasta que la eternidad las revele. Dios sigue siendo un Dios que se oculta (Isaías 45:15), y las nubes y la oscuridad lo rodean.

Sin embargo, aunque esta sabiduría está escondida de todo ser viviente, la muerte y la destrucción dicen haber oído hablar de ella. No pueden explicarla, porque en la tumba no hay sabiduría, planes ni conocimiento. Aun así, más allá de la muerte y de la tumba existe otro mundo, y esos lugares oscuros conducen hacia él. Allí veremos con claridad lo que ahora está escondido de nosotros. La muerte, por así decirlo, le dice al alma curiosa: «Ten paciencia un poco más. Pronto te llevaré a un lugar donde incluso esta sabiduría será conocida». Cuando el misterio de Dios llegue a su cumplimiento, será revelado. Entonces conoceremos plenamente, así como somos plenamente conocidos. Cuando se quite el velo de la carne y se despejen las nubes, entenderemos lo que Dios hace, aunque ahora no lo entendamos (Juan 13:7).

Esta sabiduría está escondida en Dios, como dice el apóstol (Efesios 3:9). Dios conoce todas sus obras, aun cuando nosotros no las conozcamos (Hechos 15:18). Siempre tiene buenas razones para lo que hace, aunque no podamos explicarlas (Job 28:23). Dios entiende el camino de la sabiduría. Las personas a menudo actúan sin saber lo que hacen. Los acontecimientos nuevos las llevan a hacer nuevos planes y las obligan a cambiar de dirección. Pero Dios hace todo conforme al propósito que estableció en sí mismo, y nunca lo cambia. Las personas pueden hacer cosas que no logran justificar, pero cada acto de Dios contiene sabiduría. Él sabe tanto qué hace como por qué lo hace; conoce toda la cadena de acontecimientos y el lugar que ocupa cada uno dentro de ella.

Job presenta dos razones por las que Dios debe entender su propio camino y por las que solo él puede hacerlo. En primer lugar, todos los acontecimientos están dirigidos por una providencia que todo lo ve y todo lo puede (Job 28:24, Job 28:25). Dios mira hasta los confines de la tierra, tanto en la distancia como en el tiempo. Las épocas y los lugares más lejanos están abiertos delante de él. Nosotros no entendemos nuestro propio camino, y mucho menos podemos entender el camino de Dios, porque nuestra visión es limitada. Sabemos muy poco de lo que ocurre en el mundo, y mucho menos de lo que ocurrirá. Pero los ojos del Señor están en todo lugar. Nada puede esconderse de él. Por eso, las razones por las que algunos malvados prosperan de manera sorprendente, mientras que otros reciben en este mundo un castigo igualmente sorprendente, están ocultas para nosotros, pero son conocidas por él. A menudo, los acontecimientos de un día y la vida de una persona dependen de los de otra; por eso, solo Dios, que ve todo al mismo tiempo y con claridad, está capacitado para juzgar cada parte.

Dios también es todopoderoso. Puede hacerlo todo y hace todo con perfecto cuidado. Para demostrarlo, Job menciona los vientos y las aguas (Job 28:25). ¿Qué hay más ligero que el viento? Sin embargo, Dios sabe cómo pesarlo. Lo hace salir de sus depósitos (Salmo 135:7), llevando una cuenta exacta de lo que envía. No lo esparce descuidadamente. El viento es una de las cosas más misteriosas para nosotros. Lo escuchamos, pero no podemos decir de dónde viene ni adónde va. Sin embargo, Dios lo distribuye con medida, decidiendo sabiamente tanto dónde soplará como con qué fuerza.

También pesa y mide las aguas del mar y la lluvia. Determina la cantidad de cada marea y de cada aguacero. Existe un movimiento constante entre las nubes y los mares, entre las aguas de arriba y las aguas de abajo. El agua sube en forma de vapor y cae como lluvia; el aire se convierte en agua, y el agua se convierte en aire. Pero Dios lleva una cuenta exacta de todo lo que se transporta en este gran intercambio para el bien del mundo. Si la providencia es tan precisa en estas cosas, debe ser mucho más precisa al dar favor o enojo, recompensa o castigo, a los seres humanos conforme a lo justo.

La segunda razón es que todos los acontecimientos fueron planeados desde la eternidad por el conocimiento cierto de Dios y por su decreto inmutable, es decir, por su decisión eterna (Job 28:26, Job 28:27). Cuando estableció el orden de la naturaleza, también planeó cada aspecto de su gobierno sobre el mundo. Él fijó el curso de la naturaleza. Job menciona especialmente una ley para la lluvia y un camino para el trueno y el relámpago. Sus causas, efectos, usos y resultados fueron establecidos por el propósito de Dios. Por eso la Escritura dice que él prepara los relámpagos para la lluvia (Salmo 135:7; Jeremías 10:13). Cuando hizo esto, también determinó las medidas de su providencia y trazó un plan completo de toda la obra, desde el principio hasta el fin.

Desde la eternidad, Dios vio en sí mismo y se declaró a sí mismo el plan de lo que haría. Lo preparó, lo fijó y lo estableció. Dispuso todo con anticipación para cada una de sus obras, de modo que, cuando hubiera que hacer algo, nada faltara y nada inesperado pudiera desviarlo de su curso o hacerlo ocurrir fuera de tiempo. Todo quedó ordenado con tanta precisión como si lo hubiera estudiado y examinado a fondo, de manera que, en todo lo que Dios hace, nada puede añadirse ni quitarse; por eso permanecerá para siempre (Eclesiastés 3:14).

Algunos entienden que Job habla aquí de la sabiduría como una persona y traducen las palabras: «Entonces la vio y la mostró», y así sucesivamente. Si ese es el sentido, encaja con la enseñanza de Salomón sobre la sabiduría eterna del Padre, la Palabra eterna (Proverbios 8:22 y siguientes). Antes de que existiera la tierra, él estaba con Dios (Juan 1:1, Juan 1:2).

La segunda clase de sabiduría es el conocimiento de la voluntad revelada de Dios, es decir, la voluntad expresada en sus mandamientos. Esta sí está a nuestro alcance. Se adapta a nuestra capacidad y nos hace bien (Job 28:28): «Al ser humano le dijo: “Mira, el temor del Señor es la sabiduría”». No debemos pensar que, cuando Dios escondió sus propósitos de la humanidad y le prohibió comer del árbol del conocimiento, lo hizo porque le negaba algo que pudiera conducirla a la verdadera felicidad. No. Dios permitió que el ser humano supiera todo lo necesario para cumplir con su deber y vivir feliz. Le confiaría tanto de su mente soberana como fuera apropiado para un súbdito, pero no tanto como para que creyera estar capacitado para sentarse en el consejo de Dios.

Algunos piensan que Dios dijo esto a Adán, el primer hombre, el día en que fue creado. Dios le dejó claro que no le correspondía agotarse buscando con curiosidad los secretos de la creación ni pretender explicar todo el funcionamiento de la naturaleza. Descubriría que eso era imposible y que no le aprovecharía. El arzobispo Tillotson dijo que solo la sabiduría que hizo el mundo puede comprender plenamente su filosofía. Pero que el ser humano considere su sabiduría esto: temer al Señor y apartarse del mal. Si aprende eso, ha aprendido suficiente. Ese conocimiento cumple el propósito que necesita.

Cuando Dios le prohibió al ser humano el árbol del conocimiento, le permitió comer del árbol de la vida, que representa a Cristo y la vida que él da (Proverbios 3:18). No podemos alcanzar la verdadera sabiduría sino por medio de la revelación divina. El Señor es quien da la sabiduría (Proverbios 2:6). Y esa sabiduría no se encuentra en los secretos de la naturaleza o de la providencia, sino en las normas para nuestra propia conducta. Dios no le dijo al ser humano: «Sube al cielo y baja la felicidad», ni: «Desciende a las profundidades y tráela de allí». No; «la palabra está muy cerca de ti» (Deuteronomio 30:14). Dios te ha mostrado, ser humano, no lo que es grandioso, sino lo que es bueno; no lo que el Señor tu Dios planea hacer contigo, sino lo que exige de ti (Miqueas 6:8). «A ustedes, seres humanos, los llamo» (Proverbios 8:4). Señor, ¿qué es el ser humano para que le prestes tanta atención y te ocupes de él?

«Miren» significa: presten atención a esto. Que todo el que tenga oídos escuche lo que el Dios del cielo dice a los seres humanos: el temor del Señor es sabiduría. Aquí se describe la verdadera religión, pura y sin contaminación: temer al Señor y apartarse del mal, tal como Dios describió a Job (Job 1:1). El temor del Señor es la raíz y el resumen de toda religión. Existe un temor servil de Dios, que nace de pensamientos hostiles acerca de él, y eso va en contra de la religión (Mateo 25:24). También existe un temor de autoprotección, que nace de pensamientos atemorizantes acerca de Dios, y que puede ser un buen primer paso hacia la religión (Hechos 9:5). Pero existe asimismo un temor filial de Dios, que nace de pensamientos grandes y honorables acerca de él; ese temor es la vida y el corazón de toda religión.

Dondequiera que este temor gobierne el corazón, se manifestará en un cuidado constante por apartarse del mal (Proverbios 16:6). Eso es esencial para la religión. Primero debemos dejar de hacer el mal; de otro modo, nunca aprenderemos a hacer el bien. Incluso hay virtud en huir del vicio. Aquí también se elogia la religión como sabiduría y entendimiento. Ser verdaderamente religioso es ser verdaderamente sabio. Así como la sabiduría de Dios se revela en la manera en que ordena la religión, la sabiduría humana se revela al practicarla y obedecerla. Es entendimiento porque constituye el mejor conocimiento de la verdad; es sabiduría porque es la mejor manera de dirigir nuestra vida. Nada guía nuestro camino con mayor certeza ni nos ayuda mejor a alcanzar nuestra meta que vivir en reverencia a Dios.

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