Versículo destacado
Job 2:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Satanás salió de la presencia del SEÑOR e hirió a Job con llagas dolorosas desde la planta del pie hasta la coronilla. "
Job 2:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Pero extiende ahora tu mano, toca sus huesos y su carne, y te maldecirá en tu propia cara.
6 Y el SEÑOR le dijo a Satanás: Mira, él está en tu mano; pero salva su vida.
7 Entonces Satanás salió de la presencia del SEÑOR e hirió a Job con llagas dolorosas desde la planta del pie hasta la coronilla.
8 Y él tomó un pedazo de vasija para rascarse con él, y se sentó entre las cenizas.
9 Entonces su esposa le dijo: ¿Todavía mantienes firme tu integridad? Maldice a Dios y muere.
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Una vez que recibió permiso para atormentar al pobre Job, el diablo se puso manos a la obra. Primero actuó como atormentador y después como tentador. Primero tienta a sus propios hijos, llevándolos al pecado, y luego los atormenta después de haberlos arruinado. Pero con este hijo de Dios, primero provocó el sufrimiento y después intentó hacer que lo enfrentara de manera pecaminosa.
Su objetivo era hacer que Job maldijera a Dios. Aquí se nos muestran los pasos que siguió, tanto para despertar ese pecado como para presionar a Job a cometerlo. Actuó con la misma astucia y engaño de la antigua serpiente, el diablo, que empleó ese mismo tipo de ataque contra nuestros primeros padres (Gén. 3). Quería apartar a Job de su fidelidad a Dios y quitarle su integridad.
Primero, Satanás intentó provocar a Job a maldecir a Dios, hiriéndolo con llagas dolorosas y convirtiéndolo en una carga para sí mismo (Job 2:7-8). El ataque anterior había sido muy severo, pero Job se había mantenido firme y había ganado esa batalla. Sin embargo, apenas se estaba poniendo la armadura, y algo peor estaba por venir. Después de la lluvia vuelven las nubes. Con el permiso de Dios, Satanás continuó su ataque; ahora un abismo llamaba a otro abismo.
La enfermedad que sufrió Job fue terrible. Satanás lo hirió con llagas dolorosas por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, acompañadas de una inflamación ardiente, quizá parecida a una enfermedad grave de la piel. Una sola llaga, cuando comienza a inflamarse, ya es bastante dolorosa y causa mucha incomodidad. ¡En qué condición se encontraba Job, con llagas por todas partes, sin dejar ninguna zona de su cuerpo libre, y con esas heridas ardiendo por el calor que el diablo podía intensificar, como si estuvieran encendidas con fuego del infierno! Incluso la viruela es una enfermedad dolorosa, aunque suele causar menos temor porque normalmente dura solo unos días. ¡Cuánto peor debió ser el sufrimiento de Job, con úlceras graves que cubrían su cuerpo, le provocaban náuseas, le causaban un dolor intenso y se extendían tanto que no podía acostarse cómodamente en ningún lugar!
Si alguna vez nos vemos agobiados por enfermedades dolorosas, no debemos pensar que Dios nos está tratando de manera distinta a algunos de sus mejores siervos. No sabemos hasta qué punto Satanás puede intervenir, con el permiso de Dios, en las enfermedades que afligen a las personas, especialmente a los hijos de Dios. No sabemos qué infecciones puede propagar ese príncipe del aire ni qué fuegos pueden venir de esa serpiente ardiente. La Escritura habla de una mujer que había estado atada por Satanás durante muchos años (Lucas 13:16). Si Dios permitiera que ese león rugiente hiciera lo que quisiera con cualquiera de nosotros, pronto nos haría desdichados.
La respuesta de Job ante esta enfermedad fue muy particular (Job 2:8). En vez de usar ungüentos curativos, tomó un pedazo de vasija rota para rascarse. Era una situación lamentable. Cuando alguien está enfermo y cubierto de llagas, ayuda mucho que otros lo atiendan con bondad. Muchas personas ricas han mostrado misericordia a los pobres en situaciones semejantes. Incluso Lázaro encontró algo de alivio cuando los perros fueron a lamerle las llagas. Pero el pobre Job no tenía quien lo ayudara. Como nadie hacía nada por sus heridas, tuvo que atenderlas con sus propias manos. Sus hijos y sus siervos habían muerto, y su esposa no lo apoyaba (Job 19:17).
No tenía dinero para contratar a un médico o a un cirujano. Peor aún, ninguno de aquellos a quienes había ayudado antes tuvo la suficiente gratitud o dignidad para cuidarlo en su sufrimiento. No quisieron vendarle ni limpiarle las heridas que supuraban, quizá porque la enfermedad era repulsiva y desagradable, o porque temían que se contagiara. Era como en los tiempos posteriores descritos en la Escritura, cuando las personas son amantes de sí mismas, ingratas y sin afecto natural. Lo único que Job podía hacer era rascarse las llagas. No se las cubrieron con tela, ni les aplicaron ungüento, ni las lavaron, ni les pusieron vendas curativas. No le dieron ninguna medicina para aliviar el dolor o ayudarlo a descansar. Tampoco le ofrecieron una bebida reconfortante que lo fortaleciera. El único tratamiento consistía en rascar las úlceras, que, al secarse y comenzar a morir, dejaron su cuerpo cubierto de costras, como suele suceder al final de la viruela.
Habría sido una tarea interminable tratar sus llagas una por una, así que escogió una especie de remedio general, aunque parece casi tan doloroso como la misma enfermedad. No tenía con qué rascarse, excepto un pedazo de vasija rota; no era una herramienta apropiada, sino algo que probablemente rasguñaba sus heridas y aumentaba su dolor en vez de aliviarlo. Las personas enfermas y adoloridas a menudo necesitan que otros las orienten, porque no siempre pueden manejar sabiamente su propia situación.
En vez de descansar en una cama suave y caliente, Job se sentó entre las cenizas. Tal vez aún tenía una cama, pues no parece que su casa hubiera sido quemada o saqueada, aunque sus campos habían sido destruidos. Aun así, escogió las cenizas, ya fuera porque estaba cansado de su cama o porque quería adoptar la postura de un penitente, alguien que se sienta en polvo y ceniza para expresar aborrecimiento de sí mismo y dolor por el pecado (Job 42:6; Isa. 58:5; Jon. 3:6). De esta manera se humilló bajo la poderosa mano de Dios y llevó su mente a reconocer la humildad y la pobreza de su condición.
Job dice en Job 7:5 que su carne estaba cubierta de gusanos y terrones de polvo. Así que, polvo al polvo y ceniza a la ceniza. Si Dios lo había puesto entre las cenizas, Job estaba dispuesto a sentarse allí. Un espíritu humilde corresponde a circunstancias humildes y nos ayuda a aceptarlas. La Septuaginta dice que se sentó sobre un montón de estiércol fuera de la ciudad, algo que suele mencionarse al contar esta historia. Pero el texto original solo dice que se sentó en medio de las cenizas, lo cual pudo haber hecho dentro de su propia casa.
En segundo lugar, Satanás lo presionó por medio de su propia esposa (Job 2:9). Los judíos, que a menudo quieren saber más de lo que la Escritura nos revela, dicen que la esposa de Job era Dina, la hija de Jacob, como también parece sugerirlo el parafraseo caldeo. Eso no parece probable, pero, fuera quien fuera, se convirtió para Job en lo que Mical fue para David: alguien que se burló de su devoción a Dios. Ella fue preservada cuando le fueron quitados todos los demás consuelos, y parece que fue con este propósito: afligirlo y tentarlo. Si Satanás deja algo después de recibir permiso para quitar otras cosas, lo hace con la intención de causar daño.
Su estrategia consiste en enviar tentaciones por medio de las personas que amamos, así como tentó a Adán por medio de Eva y a Cristo por medio de Pedro. Por eso debemos tener cuidado de no dejarnos llevar a decir o hacer algo malo por la influencia, la presión o las súplicas de nadie, ni siquiera de aquellos cuya aprobación más nos importa. Observemos cuán fuerte fue esta tentación.
Ella se burló de Job por seguir siendo fiel a su fe. En efecto, le estaba diciendo: «¿Todavía te aferras a tu integridad? ¿Eres tan terco que nada puede hacerte cambiar de opinión? ¿Eres tan neciamente devoto de un Dios que no te recompensa, sino que parece disfrutar haciéndote miserable, despojándote de todo y castigándote sin motivo? ¿Vale la pena amar, bendecir y servir a un Dios así?». Intentaba hacer que Job pensara que su devoción no servía de nada y que sus oraciones solo le habían traído dolor.
Este es uno de los trucos más comunes de Satanás. Intenta alejar a las personas de Dios sembrando pensamientos duros acerca de él, como si Dios envidiara la felicidad humana y disfrutara del sufrimiento de las personas. Nada podría estar más lejos de la verdad. Satanás también intenta apartar a las personas de la fe llenándolas de burlas y vergüenza por mantenerse firmes en ella. Debemos esperar que nos traten así, pero seríamos insensatos si permitiéramos que eso nos hiciera vacilar. Nuestro Maestro, Jesús, soportó ese mismo tipo de desprecio, y recibiremos una gran recompensa por perseverar.
Ella también instó a Job a renunciar a su fe, blasfemar contra Dios y desafiarlo a hacer lo peor que pudiera. En efecto, le dijo: «Maldice a Dios y muere». «Deja de depender de Dios para recibir ayuda. Acaba con tu sufrimiento acabando con tu vida». Estas son dos de las tentaciones más oscuras de Satanás, y aun algunas personas buenas han sido atacadas con mucha fuerza por ellas. Nada contradice más una conciencia limpia que maldecir a Dios, y nada contradice más el sentido común que el suicidio. Por eso, si alguno de esos pensamientos llega a nosotros, debemos sospechar que viene directamente de Satanás. Señor, no nos dejes caer en tentación, mucho menos en una tentación tan maligna. Líbranos del maligno.
Job le respondió de inmediato, porque Satanás había dejado intacta su lengua, con la esperanza de que la usara para maldecir a Dios. La respuesta de Job mostró que todavía estaba firmemente comprometido con Dios, que seguía pensando bien de él y que aún se aferraba a su integridad. Le indignó profundamente que alguien siquiera pronunciara una idea semejante. En efecto, dijo: «¿Qué? ¿Maldecir a Dios? ¡Odio siquiera pensarlo!». En otros asuntos, Job había hablado con suavidad a su esposa, aun cuando ella lo trataba mal. Pero cuando ella intentó persuadirlo de maldecir a Dios, Job reaccionó con firmeza. Le dijo que estaba hablando como una de las mujeres insensatas.
Job no la llamó necia ni incrédula, ni arremetió contra ella con palabras duras, como suelen hacer las personas enfermas y heridas, intentando luego justificarlo. En vez de eso, le mostró la maldad de lo que había dicho. Sus palabras sonaban como las de los incrédulos y los idólatras que, cuando quedan aplastados por la adversidad, maldicen a su rey y a su Dios (Isaías 8:21). Es posible que la esposa de Job hubiera sido antes una mujer devota, pero ahora ya no podía soportar sus pérdidas con el mismo espíritu firme que Job. Aun así, fue una ofensa grave que intentara contagiarle su manera quebrantada de pensar.
Aquí encontramos algunas lecciones importantes. Tenemos razón para enojarnos cuando nuestro enojo está dirigido únicamente contra el pecado, y debemos tratar la tentación como una ofensa grave. No debemos tolerar el mal en quienes nos rodean (Apocalipsis 2:2). Cuando Pedro se convirtió en una tentación para Cristo, Jesús le dijo claramente: «Eres una piedra de tropiezo para mí». Si personas que consideramos sabias o buenas dicen algo necio o pecaminoso, debemos corregirlas con honestidad y mostrarles el error de sus palabras, para no participar en su pecado. Y las tentaciones de maldecir a Dios deben rechazarse con el mayor repudio. Ni siquiera deberíamos darles espacio en nuestra conversación. Quien nos impulsa hacia eso es nuestro enemigo, y ceder sería peligroso.
Job no maldijo a Dios para luego tratar de excusarse como Adán, diciendo: «La mujer que me diste me persuadió» (Génesis 3:12). Esa clase de excusa también termina culpando al regalo y a la providencia de Dios. No; Job no tomaría ese camino. Si una persona decide pecar, solo ella debe cargar con la culpa.
Job también razonó contra la tentación: «Si recibimos de Dios el bien, ¿no recibiremos también la adversidad?». Quienes corrigen a otros también deben procurar convencer su corazón. No es difícil explicar por qué debemos conservar nuestra integridad aun cuando nos quiten todo lo demás. Job entendía que el bien y el mal son opuestos, pero no proceden de fuentes opuestas. Ambos están bajo la mano de Dios (Isaías 45:7; Lamentaciones 3:38). Por eso, en toda clase de providencia debemos mirar hacia Él: agradecerle por el bien y no amargarnos bajo la adversidad.
Su argumento tiene verdadera fuerza. En primer lugar, no solo debemos soportar las dificultades, sino recibirlas de la manera correcta. El sufrimiento no debería sorprendernos. Si Dios nos concede muchas cosas buenas, no deberíamos escandalizarnos cuando a veces permite que pasemos por aflicción, especialmente porque nos ha dicho que la prosperidad y la adversidad se suceden una a otra (1 Pedro 4:12). También debemos recibir la dificultad como algo que viene de su mano. La palabra contiene la idea de recibir un regalo, lo cual apunta a una actitud humilde y piadosa bajo la aflicción. No debemos despreciarla ni derrumbarnos bajo su peso. Debemos aceptarla como una corrección por nuestro pecado, someternos a la voluntad de Dios en medio de ella y adaptarnos a sus propósitos. Cuando la providencia de Dios nos humilla y nos enseña a estar contentos, entonces realmente recibimos la corrección y tomamos nuestra cruz (Sofonías 3:2).
En segundo lugar, Job señala todo el bien que ya habían recibido. Si habían disfrutado tantas bendiciones de Dios durante todos los años de paz y prosperidad, no debían negarse ahora a aceptar la dificultad cuando Dios considerara conveniente permitirla. El recuerdo de las misericordias pasadas y presentes debe moldear la manera en que soportamos la aflicción. Si recibimos nuestra porción de bienes comunes durante los años de abundancia, también debemos estar dispuestos a recibir nuestra porción de dificultades comunes durante los años de hambre. Quien disfruta de un privilegio también debe estar preparado para perderlo.
Si recibimos tantas cosas que nos producen placer, debemos conformarnos también con lo que agrada a Dios. Si recibimos tantas comodidades, debemos estar dispuestos a recibir algunas aflicciones. Estas pruebas contrastan con nuestras comodidades y hacen que las valoremos más. Aprendemos el valor de las bendiciones cuando, por un tiempo, tenemos que vivir sin ellas. Además, las pruebas impiden que nuestras comodidades se vuelvan peligrosas, nos mantienen equilibrados y evitan que nos llenemos de orgullo (2 Corintios 12:7).
Si recibimos tanto bien para el cuerpo, también debemos recibir algo que contribuya al bien del alma. La aflicción forma parte de ese bien, porque nos ayuda a participar de la santidad de Dios, es decir, de su carácter puro y fiel (Hebreos 12:10). Puede entristecer el rostro, pero hacer mejor el corazón. Por eso, tanto la queja como la jactancia deben quedar excluidas para siempre.
De esta manera, Job conservó en buena medida su integridad, y el plan de Satanás contra él fracasó. «En todo esto Job no pecó con sus labios». No solo habló correctamente en ese momento; todo lo que dijo permaneció bajo el gobierno de la verdadera fe y del buen juicio. En medio de todos aquellos dolores, no dijo nada malo. Tampoco hay razón para pensar que perdió su calma interior. Es posible que el pecado se agitara en su corazón, pero la gracia tuvo la victoria.
Job se aseguró de que no brotara en él ninguna raíz de amargura que lo perturbara (Hebreos 12:15). Lo que llenaba su corazón salió en palabras dirigidas a Dios y produjo palabras buenas, mientras contenía el mal que había dentro de él. Si surgía un pensamiento malo, se llevaba la mano a la boca (Proverbios 30:32), lo detenía allí y no permitía que fuera más lejos. Esto mostró no solo que tenía una gracia verdadera, sino también que esa gracia era fuerte y victoriosa. En resumen, no había perdido la marca de un hombre íntegro y recto, porque esa clase de persona, aun bajo una gran tentación, no peca con la lengua (Santiago 3:2; Salmo 17:3).
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De este capítulo
Job 2:1
"De nuevo llegó un día en que los hijos de Dios fueron a presentarse ante el SEÑOR, y Satanás también fue entre ellos a presentarse ante el SEÑOR."
Job 2:2
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: ¿De dónde vienes? Satanás respondió al SEÑOR y dijo: De recorrer la tierra de un lado a otro y de andar por ella."
Job 2:3
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: ¿Has considerado a mi siervo Job, que no hay nadie como él en la tierra, un hombre perfecto y recto, que teme a Dios y se aparta del mal? Todavía se mantiene firme en su integridad, aunque tú me incitaste contra él para destruirlo sin causa."
Job 2:4
"Y Satanás respondió al SEÑOR y dijo: Piel por piel; sí, todo lo que un hombre tiene lo dará por su vida."
Job 2:5
"Pero extiende ahora tu mano, toca sus huesos y su carne, y te maldecirá en tu propia cara."
Job 2:6
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: Mira, él está en tu mano; pero salva su vida."
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