Versículo destacado
Job 19:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Él ha cercado mi camino para que no pueda pasar y ha puesto oscuridad en mis sendas. "
Job 19:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 sepan ahora que Dios me ha derribado y me ha rodeado con su red.
7 Miren, clamo a causa del agravio, pero no soy escuchado; grito, pero no hay juicio.
8 Él ha cercado mi camino para que no pueda pasar y ha puesto oscuridad en mis sendas.
9 Me ha despojado de mi gloria y ha quitado la corona de mi cabeza.
10 Me ha destruido por todos lados, y he desaparecido; ha quitado mi esperanza como a un árbol.
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Bildad había tergiversado de manera muy injusta las quejas de Job, haciendo que parecieran la descripción de la miseria de un hombre malvado. Aquí Job repite esas quejas para despertar la compasión de sus amigos y provocar cualquier muestra de bondad que aún les quedara. Primero habla de las señales del desagrado de Dios que, según él, hacían todavía más pesada toda su aflicción. Sus palabras están llenas de dolor: «Ha encendido su ira contra mí» (Job 19:11).
Después de todo, ¿qué es el fuego del infierno sino la ira de Dios? Una conciencia endurecida quizá no tema esa ira ahora, pero la sentirá después. Una conciencia sensible la teme ahora, pero no la sufrirá después. Job pensaba que Dios lo trataba como a un enemigo, aunque Dios lo amaba y lo consideraba su siervo fiel. Es un error común y grave pensar que, si Dios aflige a alguien, necesariamente lo aborrece. En realidad, «el Señor disciplina al que ama» y lo reprende como a un hijo.
Dondequiera que Job miraba, creía ver pruebas de que Dios estaba en su contra. Al recordar sus días anteriores de tranquilidad, veía que Dios les había puesto fin. «Me ha despojado de mi gloria», dice, refiriéndose a su riqueza, honor, poder, hijos y todas las ventajas que tenía para hacer el bien (Job 19:9). Sus hijos habían sido su gloria, y ahora habían desaparecido. Todo lo que antes coronaba su cabeza le había sido quitado, y todo su honor yacía en el polvo.
Esto muestra lo vacío que es el esplendor del mundo. Puede ser quitado de nosotros muy rápidamente, y debemos reconocer la mano de Dios cuando eso sucede. También debemos aceptar que Dios tiene un propósito sabio al quitarlo. Luego Job miró sus problemas presentes y vio a Dios como quien los había enviado contra él. Eran, por así decirlo, las tropas de Dios, marchando bajo su mando y rodeándolo (Job 19:12). Lo que más le dolía no era solamente que los problemas hubieran llegado como ejércitos, sino que parecían ser los ejércitos de Dios, como si Dios mismo estuviera luchando contra él y quisiera destruirlo.
Las tropas de Dios habían acampado alrededor de su tienda, como soldados que sitian una ciudad y cortan todos sus suministros. Job se sentía rodeado por todas partes. Sin embargo, hubo un tiempo en que el ejército de Dios había acampado a su alrededor para protegerlo. Ahora, según la manera en que Job lo veía, ese mismo poder divino lo oprimía con terror (Job 19:10).
Cuando Job miraba hacia adelante en busca de alivio, no veía ninguna salida. «Él ha cercado mi camino para que no pueda pasar» (Job 19:8). Se sentía atrapado, incapaz de ayudarse a sí mismo o de aliviar su sufrimiento. Si intentaba avanzar hacia la liberación, todos los caminos estaban bloqueados. Incluso la posibilidad de un alivio futuro estaba oculta para él, porque Dios había puesto oscuridad en su camino, y nadie podía decirle cuánto duraría (Salmo 74:9). Por eso concluye que está acabado en este mundo y que su esperanza le ha sido quitada como un árbol cortado y arrancado de raíz (Job 19:10).
La esperanza en esta vida no dura. Pero la esperanza de las personas piadosas, cuando queda separada de este mundo, simplemente es trasladada, como un árbol que se trasplanta de un vivero al jardín del Señor. No tenemos razón para quejarnos si Dios mueve nuestra esperanza de la arena a la roca, de las cosas temporales a las eternas.
Job también se queja de la frialdad de sus familiares y antiguos amigos. Todavía ve la mano de Dios en ello, pues dice que Dios había alejado de él a sus hermanos (Job 19:13). Con esto quiere decir que Dios había permitido esas aflicciones, las cuales los asustaron y les impidieron acercarse a sus llagas. Dios no fue el autor de su pecado, porque Satanás es quien vuelve a las personas contra sus amigos que sufren. Pero Dios ordenó incluso esta parte de la prueba de Job. Debemos recordar la mano de Dios no solamente en las ofensas de los enemigos, como hizo David cuando Simei lo maldijo, sino también en el abandono y la falta de bondad que recibimos de nuestros amigos. Eso nos ayuda a soportarlo con más paciencia.
Aun así, esto no excusa la terrible ingratitud y la injusticia de los familiares y amigos de Job. Job tenía muchas razones para quejarse. Primero habla de sus parientes y conocidos: los vecinos y antiguos compañeros que debieron mostrar interés por él, visitarlo, preguntar por su estado y ayudarlo de todas las maneras posibles. En cambio, se mantuvieron alejados como si fuera un extraño a quien nunca hubieran conocido (Job 19:13). Sus parientes, que lo habían reconocido cuando tenía éxito, ahora le fallaban. Sus amigos cercanos, a quienes él había tenido presentes, habían olvidado tanto la bondad que les había mostrado como el sufrimiento que ahora padecía. Se habían enterado de su problema y pensaban visitarlo, pero lo olvidaron; su dolor los conmovió muy poco.
Peor aún, sus amigos más íntimos, los hombres en quienes confiaba, también se apartaron de él. Eran personas en quienes antes había depositado una profunda confianza. No solo lo olvidaron, sino que incluso no soportaban verlo. Se mantenían tan lejos como podían porque él era pobre y ya no podía recibirlos como antes, y porque sus llagas lo hacían desagradable a la vista. Aquellos a quienes había amado y que debieron amarlo a cambio hicieron más que evitarlo. Actuaron contra él e intentaron hacer que pareciera repulsivo, como si eso justificara su frialdad hacia él (Job 19:19). La amistad humana es muy inestable. Pero si Dios es nuestro amigo, no nos abandonará en nuestra necesidad. Nadie que diga ser compasivo o cristiano debería tratar jamás a sus amigos como los amigos de Job lo trataron a él. Los tiempos difíciles muestran el verdadero valor de una amistad.
Job también se queja de su casa y de su familia. A veces, contra toda expectativa, hay un amigo que permanece más unido que un hermano. Pero normalmente el jefe de una casa espera recibir cuidado de los que viven en su hogar, aun cuando la debilidad haya hecho que otros lo respeten menos. El pobre Job fue maltratado por su propia familia, y algunos de sus peores enemigos eran personas de su propia casa. No menciona a sus hijos porque todos habían muerto. Podemos imaginar que la crueldad de los familiares que aún quedaban hacía que llorara todavía más a los hijos que había perdido. Quizá pensaba: «Si ellos estuvieran vivos, tendría consuelo en ellos». En cuanto a los que todavía estaban a su alrededor, sus propios sirvientes lo trataban con desprecio.
Sus criadas no se preocupaban por él durante su enfermedad. Lo trataban como a un extraño y un forastero, como dice Job 19:15. Los demás sirvientes tampoco le prestaban atención. Si los llamaba, no acudían. Si les hacía una pregunta, ni siquiera le respondían, como dice Job 19:16.
Job había sido un buen amo para ellos. No los menospreciaba cuando tenían alguna queja, como afirma en Job 31:13. Sin embargo, ahora eran groseros con él e ignoraban su propia queja. No debemos sorprendernos si recibimos un mal trato de personas a quienes hemos procurado hacerles bien. Job estaba enfermo, pero no trataba con dureza a sus sirvientes. No actuaba con orgullo ni como un tirano, como muchas personas lo harían. Al contrario, les hablaba con amabilidad, aunque tenía autoridad para darles órdenes. Aun así, ellos no quisieron tratarlo con cortesía, bondad ni justicia.
Las personas enfermas y heridas suelen tomar muy a pecho las pequeñas ofensas. Pueden volverse muy sensibles al abandono. Cuando Job se encontraba en una aflicción tan profunda, incluso la falta de cuidado de sus sirvientes le causaba dolor.
Y si todos los demás lo habían abandonado, era de esperar que su propia esposa se mostrara tierna con él. Sin embargo, como Job no quiso maldecir a Dios y morir, tal como ella le había aconsejado, hasta su aliento le resultaba extraño a ella. No quería acercarse a él ni prestar atención a lo que decía (Job 19:17). Job le habló no con la dureza autoritaria de un esposo, sino con la ternura de un marido. No le daba órdenes. Apelaba al amor matrimonial que compartían, al amor que se había manifestado en los hijos que habían tenido juntos, pero aun así ella lo ignoraba.
Algunos entienden esas palabras con el sentido de «aunque lamenté a los hijos», es decir, el dolor por la muerte de los hijos nacidos de su propio cuerpo, un duelo que ella compartía con él. De esta manera, parecía que el diablo la había dejado con vida, no para que consolara a Job, sino para atormentarlo. Desde sus primeras palabras, «Maldice a Dios y muere», era evidente que tenía poca verdadera religión. ¿Qué ayuda buena y bondadosa puede esperarse de quienes no temen a Dios ni se dejan gobernar por la conciencia?
Hasta los niños pequeños nacidos en su casa, los hijos de sus sirvientes, lo despreciaban y hablaban contra él (Job 19:18). Aunque Job se levantara, ya fuera por cortesía para hablarles con bondad o con autoridad para corregirlos, ellos dejaban claro que no le temían ni lo amaban.
Luego Job se queja de cómo su cuerpo se estaba consumiendo. Toda su fuerza y su belleza habían desaparecido. Si quienes lo rodeaban lo hubieran tratado con honor, quizá habría encontrado algún consuelo en sí mismo aun estando enfermo. Pero podía sentir tan poco agrado por sí mismo como el que otros sentían por él (Job 19:20). Sus huesos se pegaban a su piel. Se había convertido en piel y huesos. Incluso su piel casi había desaparecido. Apenas quedaba la piel de sus dientes, es decir, sus encías y quizá sus labios, mientras que el resto de su piel había quedado destruido por sus dolorosas llagas.
Esto debe recordarnos cuán pocas razones tenemos para consentir demasiado al cuerpo. A pesar de todos nuestros cuidados, la enfermedad todavía puede consumirlo, porque las semillas del mal ya están dentro de él.
Entonces Job les pide compasión a sus amigos y, con razón, reprocha su dureza. Por la manera en que describió su miserable condición, era evidente que debían tenerle lástima (Job 19:21). Pide misericordia con palabras profundamente conmovedoras: «Tengan compasión de mí, amigos míos». Si no podían hacer nada más por él, al menos debían sentir tristeza por su situación y mostrar interés. Explica claramente la razón: «La mano de Dios me ha tocado». Su sufrimiento era intenso porque había caído en las manos del Dios viviente, y su espíritu sentía el peso de la ira de Dios. De todas las aflicciones, esta es una de las más difíciles de soportar.
Los amigos deben compadecerse unos de otros en los momentos de aflicción, no cerrar el corazón a la compasión.
Job también dice que, aunque no quisieran aliviar su dolor con compasión, no debían empeorarlo con ataques y acusaciones (Job 19:22). En esencia, les pregunta: «¿Por qué me persiguen como lo hace Dios? Sus reprensiones ya son suficientes para un solo hombre. No necesitan añadir su amargura a la copa de sufrimiento que él me ha dado. Ya es bastante amarga. Dios tiene autoridad soberana sobre mí y puede hacer lo que quiera. Pero ¿acaso ustedes creen que también pueden actuar así?».
Debemos procurar parecernos al Santísimo y al Misericordiosísimo, pero no ocupar el lugar del Altísimo y Todopoderoso. Dios no tiene que explicarnos sus caminos, pero nosotros tendremos que responder por nuestras propias acciones. Si ellos se complacían en su sufrimiento, debían conformarse con ver su cuerpo arruinado. No debían ir más lejos para herir su espíritu o dañar su buen nombre. Las personas afligidas merecen mucha ternura, especialmente quienes están atribulados en su mente.
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De este capítulo
Job 19:1
"Entonces Job respondió y dijo:"
Job 19:2
"¿Hasta cuándo afligirán mi alma y me quebrantarán con palabras?"
Job 19:3
"Ya diez veces me han reprochado; no se avergüenzan de mostrarse extraños conmigo."
Job 19:4
"Y aun si en verdad he errado, mi error queda conmigo."
Job 19:5
"Si en verdad quieren engrandecerse contra mí y usar mi reproche como argumento contra mí,"
Job 19:6
"sepan ahora que Dios me ha derribado y me ha rodeado con su red."
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