Versículo destacado

Jeremías 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¡Oh, si mi cabeza fuera aguas y mis ojos una fuente de lágrimas, para que yo llorara día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo! "

Jeremías 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 ¡Oh, si mi cabeza fuera aguas y mis ojos una fuente de lágrimas, para que yo llorara día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo!

2 ¡Oh, si tuviera en el desierto un lugar donde se hospedan los viajeros, para que pudiera dejar a mi pueblo y alejarme de ellos! Porque todos son adúlteros, una asamblea de hombres traicioneros.

3 Tensan la lengua como su arco para lanzar mentiras; pero no son valientes por la verdad en la tierra, pues avanzan de mal en mal y no me conocen, dice el SEÑOR.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Al profeta se le había encomendado una doble tarea: advertir a Judá y Jerusalén de la ruina que se acercaba y mostrarles el pecado que la había provocado. Habla de ambas cosas con profunda emoción. Sus palabras vienen del corazón, y uno pensaría que deberían haber llegado al corazón del pueblo.

Primero se entrega al dolor por la condición miserable de su pueblo y la lamenta de una manera conmovedora. Jeremías amaba a Jerusalén más que su propia alegría, y los sufrimientos de ella le dolían más que sus propias penas. Clama: «¡Oh, si mi cabeza fuera aguas y mis ojos una fuente de lágrimas!», para poder llorar todo el tiempo por los muertos (Jeremías 9:1). En hebreo, la palabra para «ojo» también puede significar «fuente», como si, en un mundo tan lleno de dolor, los ojos hubieran sido hechos más para llorar que para ver.

Jeremías lloraba mucho, pero deseaba poder llorar aún más. Quería que sus lágrimas conmovieran a un pueblo obstinado y lo despertaran ante el juicio de Dios. Mientras vivimos en este «valle de lágrimas», debemos esperar el dolor y aprender a «sembrar con lágrimas». Bienaventurados los que lloran, porque después serán consolados. Pero mientras estemos aquí, el dolor a menudo volverá una y otra vez.

El dolor de Jeremías es público, no privado. Lloraría día y noche, no principalmente por su propia familia, sino por los muertos de la hija de su pueblo: sus muchos compatriotas que habían caído a espada. Cuando escuchamos que enormes cantidades de personas han muerto en batallas y asedios, debemos conmovernos profundamente y no tomarlo a la ligera. Aunque no sean de nuestro propio pueblo, comparten nuestra naturaleza humana, y se han perdido muchas vidas y almas preciosas.

También lamenta la ruina de la tierra misma. Dice que llorará y se lamentará por los montes, las colinas y los pastizales, que antes eran fértiles y estaban llenos de rebaños y grano. Ahora el ejército caldeo los había quemado, como suelen hacerlo los ejércitos, destruyendo los alimentos y llevándose el ganado. Nadie se atreve, ni siquiera desea, atravesarlos, porque todo parece desolado y aterrador. Ya no se escucha el mugido del ganado, y hasta las aves y los animales salvajes han huido, ya sea por miedo o porque no queda nada que comer.

Dios tiene muchas maneras de convertir una tierra fértil en un lugar estéril a causa de la maldad de su pueblo. La destrucción que la guerra trae a un país debe conmover todo corazón sensible, porque la guerra es como una tragedia que destruye el escenario donde se representa.

Jeremías también se entrega a la soledad por la conducta vergonzosa de su pueblo. Aunque vive en Judá, donde Dios es conocido, se siente tentado a clamar como el salmista: «¡Ay de mí, que moro en Mesec!» (Salmo 120:5). Mientras los demás corren hacia las ciudades fortificadas, especialmente Jerusalén, él quisiera retirarse al desierto, lejos del pecado de su pueblo (Jeremías 9:2). Anhela encontrar un alojamiento para viajeros en un lugar desierto y vacío, lejos de ellos.

Esto no significa que realmente tuviera la intención de abandonar su labor. Dios le había dado una tarea entre ellos, y no debía renunciar a ella por buscar su propia comodidad. No debemos dejar el mundo antes de nuestro tiempo, por terrible que sea. Si no podía reformarlos, todavía podía dar testimonio contra ellos. Si no podía hacerles bien a muchos, quizá aún podía ayudar a algunos. Sin embargo, sus palabras muestran la tentación que sentía de apartarse y advierten que el pueblo podía quedar privado de su ministerio.

Sobre todo, muestran su santa indignación ante la maldad de ellos, que continuaba aun después de todos sus esfuerzos por hacerlos volver. El pecado de ellos le hizo desear alejarse de la vida, porque deshonraban a Dios y se destruían a sí mismos. Hubo un tiempo en que el lugar que Dios había escogido para poner allí su nombre era el deleite de las personas piadosas. David anhelaba volver a la casa de Dios desde el desierto. Pero ahora Jeremías, estando en la casa de Dios cuando dice esto, quisiera estar en el desierto.

Se hacen muy desdichados quienes logran que el pueblo de Dios y sus ministros se cansen de ellos y deseen alejarse. Para explicar por qué quería irse, Jeremías cuenta lo que había observado entre ellos. No se iría porque fueran pobres o estuvieran en dificultades, sino porque eran malvados. Eran impuros, pues muchos de ellos eran adúlteros: practicaban ese pecado o, por lo menos, lo aprobaban. La inmoralidad sexual hace que las personas sean aborrecibles ante Dios y ante toda persona buena.

También eran falsos. Este es el pecado que Jeremías destaca especialmente aquí. Quienes habían sido infieles a Dios también eran infieles unos con otros, y esto formaba parte tanto de su castigo como de su pecado, porque hasta los que engañan detestan que los engañen. Cuando uno entraba en sus reuniones públicas, ya fueran para adorar, administrar justicia o hacer negocios, encontraba una asamblea de personas traicioneras. Estaban unidas en el engaño y se fortalecían mutuamente para hacer lo falso.

Engañaban con plena intención y gran esfuerzo, con un plan malicioso, pues tensaban la lengua como un arco para disparar mentiras, usando mucha habilidad. Tenían la lengua entrenada para mentir, tal como un arco tensado está listo para disparar, y la usaban así todo el tiempo. Pero no eran valientes para defender la verdad en la tierra. Debían emplear esa misma habilidad y valor para defender lo verdadero, pero se negaban a hacerlo. No defendían las verdades de Dios que los profetas les habían comunicado. Incluso quienes no podían negarlas se conformaban con ver cómo las hacían a un lado.

En la administración de justicia, no tenían el valor de apoyar una causa honesta cuando el poder y la posición social estaban en su contra. Quien quiera ser fiel a la verdad debe ser valiente para defenderla. No debe dejarse intimidar por la oposición ni por las apariencias humanas. Ellos no eran valientes para defender la verdad en la tierra, la tierra que debió ser conocida por su verdad y honor. La verdad había caído en la tierra, y ellos no levantaban la mano para ayudarla a ponerse de pie otra vez (Isaías 59:14-15). Un día tendremos que responder no solo por oponernos a la verdad, sino también por haber tenido demasiado miedo para defenderla.

Al entrar en sus familias, se encontraba que engañaban incluso a sus propios hermanos. Cada hermano suplantaba por completo al otro; es decir, se tendían trampas y se obstaculizaban siempre que podían. Buscaban la manera de aprovecharse precisamente de las personas en quienes debían confiar. Jacob tenía un nombre que significaba «suplantador», y aquí se usa esa misma palabra. Estas personas seguían a Jacob en el nombre, pero no en el verdadero carácter que debió distinguirlo: un carácter sin engaño. Eran tan falsas que ni siquiera se podía confiar en un hermano. Había que cuidarse de ellos como si se tratara de un extraño, de un cananeo o de un comerciante deshonesto con una balanza adulterada en la mano. Las cosas habían llegado a un estado lamentable cuando alguien no podía confiar ni en su propio hermano.

Al entrar en su círculo y observar sus tratos y conversaciones, no se encontraba verdadera sinceridad ni honestidad común entre ellos. Tanto el anfitrión como el huésped estaban en peligro por causa del otro. Lo más prudente era cuidarse de todo vecino, incluso de un amigo o, como algunos interpretan, de quien había mostrado amistad y fingía preocuparse por uno. Nadie se sentía obligado a ser agradecido ni sincero. En sus conversaciones, cada vecino andaba difundiendo calumnias. No les importaba que lo que dijeran fuera falso. Seguían el camino de la calumnia adondequiera que los llevara. También iban de casa en casa llevando calumnias, repitiendo todo rumor malicioso que pudieran recoger o inventar para provocar problemas. En el comercio y las negociaciones, engañaban cada uno a su vecino. Decían cualquier cosa, aun sabiendo que era falsa, si eso los beneficiaba. Incluso mentían por el simple gusto de mentir, para mantenerse en práctica. No hablaban la verdad, sino que decían una mentira premeditada y se reían después de hacerlo.

Lo que hacía aún peor el pecado de este pueblo falso y mentiroso era que se habían vuelto hábiles para pecar. Habían enseñado a su lengua a hablar mentiras, lo cual muestra que al principio su conciencia natural se resistía. Su lengua habría hablado la verdad, pero la entrenaron para mentir. Poco a poco se volvieron expertos en la mentira, y la costumbre hizo que les pareciera natural. Lo aprendieron desde jóvenes, pues los malvados se apartan desde el nacimiento y hablan mentiras (Salmo 58:3). Ahora se habían convertido en verdaderos especialistas en mentir.

También eran diligentes en el pecado. Se cansaban trabajando para cometer iniquidad. Forzaban su conciencia a aceptar el mal y seguían presionando contra sus convicciones hasta desgastarlas. Se esforzaban enormemente, hasta casi agotarse, para llevar a cabo sus planes maliciosos. Se cansaban de perseguir sus propósitos pecaminosos, pero no se cansaban del pecado mismo. El servicio del pecado es duro: las personas llegan a trabajar hasta el agotamiento en él y se esfuerzan con empeño para arruinar sus propias almas.

También van de mal en peor. Pasan de un pecado a otro y de un nivel de pecado a otro. Comenzaron con pecados más pequeños. Nadie se vuelve completamente corrupto de una sola vez. Empezaron con medias verdades y engaños disfrazados de bromas, pero finalmente llegaron a mentir abiertamente. Ahora avanzan hacia pecados todavía mayores, porque no me conocen, dice el Señor. Cuando las personas no tienen un verdadero conocimiento de Dios, o no toman en cuenta lo que alguna vez supieron de él, ¿qué se puede esperar de ellas? Su ignorancia de Dios está detrás de toda su conducta injusta hacia los demás.

Dios le había mostrado al profeta su maldad y también lo que había decidido hacer con respecto a ella. Podía decirle al profeta, y habla con compasión, con qué clase de personas estaba tratando: «Yo conozco tus obras y dónde vives» (Apocalipsis 2:13). Aquí, entonces, tu hogar está en medio del engaño, y todos los que te rodean están entregados a él. Por eso, mantente alerta. Si todos son mentirosos, debemos cuidarnos de las personas y ser prudentes como serpientes. Son personas engañosas, así que hay poca esperanza de hacer mucho bien entre ellas; no importa cuán claramente se les explique algo, siempre encuentran alguna manera de evadir la convicción.

Esta acusación se desarrolla aún más. Su lengua era como un arco torcido, que planeaba y preparaba el daño. Aquí es como una flecha disparada, que lleva a cabo lo que habían planeado. Según algunas interpretaciones, es como una flecha mortal, porque su lengua había sido instrumento de muerte para muchos. Les hablan de paz a sus vecinos mientras esperan el momento de atacarlos. Joab, comandante del ejército del rey David, besó a Abner cuando estaba a punto de matarlo, y Caín conversó libremente con su hermano para que nadie sospechara de él. Las palabras amables son vacías cuando no van acompañadas de buenas intenciones. Cuando se usan para encubrir planes malvados, resultan detestables.

Mientras se hacían todo este daño unos a otros, demostraban un profundo desprecio por Dios. No se limitaron a dejar de conocerlo; como dice Jeremías 9:6, se negaron a conocerlo por causa del engaño y de las mentiras de los falsos profetas. Habían sido engañados hasta el punto de pensar bien de sus propios caminos, y amaban las sendas que su propio corazón había escogido. No querían aprender los caminos de Dios, porque eso habría corregido sus pecados.

Esta es la ruina de los pecadores. Podrían aprender el verdadero conocimiento del Señor, pero no quieren hacerlo. Cuando no hay conocimiento de Dios, ¿qué bien se puede esperar? (Oseas 4:1).

Dios los había señalado para el juicio, como muestran Jeremías 9:7, Jeremías 9:9 y Jeremías 9:11. Quienes no quieren conocer a Dios como su legislador tendrán que conocerlo como su juez. Aquí Dios decide traer sus juicios, tanto para refinar a algunos como para destruir a los demás.

Algunos serán refinados, como dice Jeremías 9:7. Debido a que están tan corrompidos, Dios dice: «Los fundiré y los probaré». Los llevará a la aflicción y verá qué efecto tiene en ellos. ¿Quemará el horno del sufrimiento la escoria, los residuos pecaminosos? Cuando sean fundidos, ¿volverán a ser formados de una manera mejor?

Primero probará con dificultades más leves antes de traer la destrucción total, porque no desea la muerte de los pecadores. No los desechará como plata inútil hasta que el refinador los haya fundido en vano (Jeremías 6:29-30). Cuando Dios dice: «¿Qué más puedo hacer por la hija de mi pueblo?», habla como alguien que está considerando qué es lo mejor. No se apresura a rechazarlos ni a entregarlos a la ruina hasta haber probado todos los medios razonables para guiarlos al arrepentimiento.

O el significado puede ser este: «¿De qué otra manera puedo tratar con ellos? Se han corrompido tanto que el horno es el único camino que queda. ¿Qué otra opción tengo?» (Isaías 5:4-5). Son la hija de mi pueblo, así que debo hacer algo para defender mi propio honor, que queda deshonrado si paso por alto su maldad. Debo actuar para humillarlos y hacerlos volver. Un padre corrige a sus propios hijos porque le pertenecen. Cuando Dios aflige a su pueblo, lo hace con un propósito bondadoso: ablandarlo y reformarlo. Solo lo hace cuando es necesario y cuando sabe que es el mejor camino.

Los demás serán arruinados, como dice Jeremías 9:9. Dios aborrece el fraude y las mentiras, y hará que las personas rindan cuentas por ellos. «¿No los castigaré por estas cosas? ¿No tomaré venganza de una nación así?», de un pueblo tan abiertamente corrupto que parece incluso desafiar el juicio de Dios. La sentencia está establecida y el decreto ha sido emitido en Jeremías 9:11: «Convertiré a Jerusalén en un montón de ruinas, en un lugar donde solo vivan los chacales, y convertiré las ciudades de Judá en una desolación». Dios hace esto al darles a los enemigos permiso y poder para llevarlo a cabo. Pero ¿por qué la ciudad santa se convierte en un montón de ruinas? La respuesta es clara: porque se ha vuelto impía.

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