Versículo destacado
Jeremías 14:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, les dirás esta palabra: «Que mis ojos derramen lágrimas noche y día, y que no cesen, porque la hija virgen de mi pueblo ha sido quebrantada con un gran quebranto, con un golpe muy doloroso». "
Jeremías 14:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Por tanto, así dice el SEÑOR acerca de los profetas que profetizan en mi nombre, aunque yo no los envié, y que dicen: «No habrá espada ni hambre en esta tierra»: «Por la espada y el hambre serán consumidos esos profetas».
16 Y el pueblo al que ellos profetizan será arrojado en las calles de Jerusalén a causa del hambre y de la espada. No habrá quien los entierre: ni a ellos, ni a sus esposas, ni a sus hijos, ni a sus hijas, porque derramaré sobre ellos su maldad.
17 Por tanto, les dirás esta palabra: «Que mis ojos derramen lágrimas noche y día, y que no cesen, porque la hija virgen de mi pueblo ha sido quebrantada con un gran quebranto, con un golpe muy doloroso».
18 Si salgo al campo, ¡allí están los muertos por la espada! Y si entro en la ciudad, ¡allí están los enfermos por el hambre! Sí, tanto el profeta como el sacerdote andan por una tierra que no conocen.
19 ¿Has rechazado por completo a Judá? ¿Ha aborrecido tu alma a Sion? ¿Por qué nos has herido, sin que haya sanidad para nosotros? Esperábamos paz, pero no hay bien; esperábamos un tiempo de sanidad, ¡y hay angustia!
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La triste condición de Judá y Jerusalén se convierte aquí en el dolor del profeta, y también lo lleva a orar por ellos (Jeremías 14:17, Jeremías 14:18, Jeremías 14:19). Me inclino a pensar que tanto esta oración como este lamento fueron dados por dirección de Dios. Si es así, las palabras «Por tanto, les dirás esta palabra» podrían referirse tanto a su llanto como a su intercesión. En ese caso, serían una especie de suspensión de la advertencia anterior de no orar por ellos en Jeremías 14:11. Aun así, las oraciones de estos versículos muestran que Jeremías no entendió aquella palabra como una prohibición absoluta, sino como una fuerte advertencia, semejante a la idea expresada en 1 Juan 5:16.
Primero, el profeta llora por las ruinas de su país. Dios le manda hacerlo para que, al mostrar un dolor verdadero, mueva al pueblo a reconocer el peligro que se acerca. Jeremías debe decir esto no solo para sí mismo, sino también para ellos: «Que mis ojos derramen lágrimas» (Jeremías 14:17). Les muestra que ve claramente venir la espada, junto con otra hambre, aún peor que la que ya padecen. La primera hambre está en el campo, porque no ha llovido; la otra llegará dentro de la ciudad, a causa del sitio.
Habla como si ya contemplara la miseria que sobrevendrá con los caldeos, es decir, los babilonios, cuando ataquen. «La hija virgen de mi pueblo», querida por él como una hija por su padre, «ha sido quebrantada con un gran quebranto»: ha recibido un golpe terrible, mucho peor que cualquier cosa que haya enfrentado hasta entonces. En el campo, muchos yacen muertos por la espada, y en la ciudad muchos mueren de hambre (Jeremías 14:18). Es una escena desgarradora. «Los profetas y los sacerdotes», es decir, los falsos profetas que alimentaban al pueblo con mentiras y los sacerdotes perversos que se oponían a los verdaderos profetas, son expulsados de la tierra. Van como prisioneros adonde los llevan sus conquistadores o como fugitivos que vagan de un lugar a otro, buscando refugio en una tierra desconocida. Algunos entienden que esto se refiere a los verdaderos profetas, Ezequiel y Daniel, quienes también fueron llevados a Babilonia junto con los demás.
Los ojos de Jeremías deben derramar lágrimas día y noche al pensar en todo esto, para que el pueblo entienda dos cosas. Primero, que ese día espantoso llegará con toda seguridad y será verdaderamente terrible. Segundo, que él no lo desea ni se alegra por su llegada. Si Dios le hubiera autorizado a hacerlo, habría preferido llevarles mensajes de paz, como lo hacían sus falsos profetas. Puesto que Dios mismo no se complace en la muerte de los pecadores, es apropiado que sus ministros, aun cuando deban anunciar juicio en su nombre, se aflijan por ese juicio.
Segundo, Jeremías se presenta ante Dios para suplicar por ellos, porque quizá Dios todavía se vuelva hacia ellos y tenga misericordia. Mientras hay vida, hay esperanza, y todavía hay lugar para la oración. Aunque muchos del pueblo no oraban ni se interesaban por las oraciones del profeta, algunos tenían una mejor disposición y se unirían a él. Ellos dirían amén a lo que llevara delante de Dios.
Primero le habla a Dios con franqueza acerca de lo desesperada que es su condición (Jeremías 14:19). Todo era muy triste porque parecía que su esperanza en Dios había fracasado. Habían pensado que él había escogido a Judá como su pueblo, pero ahora parecía que la había rechazado por completo y la había abandonado. Habían pensado que Sion era para siempre el lugar amado de su morada, pero ahora parecía que el alma de Dios aborrecía a Sion, incluso su adoración, por causa de los pecados cometidos allí. Por eso no sorprende que también hubieran fracasado todas sus demás esperanzas. Habían sido golpeados una y otra vez; se habían añadido heridas sobre heridas, y no había sanidad para ellos. Habían esperado paz, porque después de una tormenta suele llegar la calma, pero no vino ningún bien. Las cosas solo empeoraron. Esperaban un tiempo de sanidad, pero ni siquiera encontraban un breve alivio. Era como si la angustia estuviera en la puerta misma por donde esperaban que entrara la paz.
Sin embargo, la oración termina con esperanza: «¿De verdad has rechazado a Judá? Podrías hacerlo justamente. ¿De verdad has aborrecido a Sion? Lo merecemos. Pero ¿no recordarás finalmente la misericordia en medio de tu enojo?».
Después confiesa abiertamente el pecado del pueblo, hablando en nombre de la nación, aunque pocos lo estuvieran haciendo (Jeremías 14:20). «Reconocemos nuestra maldad», dice, refiriéndose al gran pecado de la tierra y a los pecados de sus antepasados, que ellos mismos habían imitado y por los cuales ahora sufrían. «Sabemos y admitimos que hemos pecado contra ti; por eso tienes razón en todo lo que nos ha sucedido». Aun así, confían en que la confesión abre la puerta a la misericordia. Al confesar sus pecados, todavía pueden esperar que Dios, quien es fiel y justo, los perdone.
También le piden a Dios que no se vuelva contra ellos con enojo, y apelan a su honor y a su promesa (Jeremías 14:21). Su súplica es: «No nos aborrezcas, aunque nos aflijas. No apartes tu corazón de nosotros, aunque tu mano esté contra nosotros». Reconocen que Dios tendría razón en rechazarlos, porque se habían hecho detestables ante sus ojos. Pero cuando oran: «No nos aborrezcas», quieren decir: «Vuélvenos a recibir en tu favor. No permitas que tu alma aborrezca a Sion. No permitas que nuestra adoración llegue a ser repugnante para ti».
Apelan primero al honor de Dios, especialmente al honor de su palabra, por medio de la cual se ha dado a conocer y que ha exaltado sobre todo su nombre. «No nos aborrezcas, por amor de tu nombre», dicen, refiriéndose al nombre que ellos llevan y al que invocan. También apelan al honor del santuario: «Señor, no nos aborrezcas, porque eso traería vergüenza sobre el trono de tu gloria», es decir, sobre el templo, llamado desde el principio un trono glorioso y sublime (Jeremías 17:12). Que el lugar que había sido el gozo de toda la tierra no se convirtiera en objeto de burla y espanto. Ellos merecían la vergüenza, pero no de una manera que trajera deshonra sobre Dios mismo. No querían que las ruinas del templo dieran a las naciones ocasión de burlarse del Dios que había sido adorado allí, como si no hubiera podido o no hubiera querido defenderlo, o como si los dioses de los caldeos fueran más fuertes que él.
Esta es una oración poderosa. Las personas piadosas se preocupan profundamente por el honor de la religión y por su testimonio público, a menudo incluso más que por sus propios asuntos. Las súplicas basadas en ese honor tienen gran fuerza en la oración y afirman el corazón en la fe. Podemos estar seguros de que Dios no permitirá que el trono de su gloria en la tierra sufra una vergüenza permanente. Puede permitir que sea humillado por un tiempo, pero pronto hará que su gloria vuelva a resplandecer, muchas veces con más intensidad que antes. Al final, Dios no perderá su honor.
También apelan a la promesa de Dios: «Recuerda tu pacto con nosotros y no lo quebrantes». Esto no significa que dudaran de la fidelidad de Dios o pensaran que él necesitaba que le recordaran algo. Más bien, toman lo que Dios ha dicho y se lo presentan nuevamente en oración. Se atreven a poner delante de él sus propias palabras.
Entonces recuerdan la promesa del pacto de Dios, como en (Levítico 26:42). También dependen de él para recibir la misericordia de la lluvia, que ahora necesitan con urgencia, como en (Jeremías 14:22). Aunque hayan perdido el derecho a reclamarlo como su Dios del pacto, todavía no dejarán de acudir a él como el Dios que gobierna toda la naturaleza.
No acudirán a los ídolos de las naciones, porque eso sería insensato e inútil. Ninguno de los ídolos vacíos de las naciones puede traer la lluvia. En un tiempo de sequía severa en Israel, Baal no pudo ayudarlos, ni siquiera cuando todo Israel oró a él en los días de Acab. El Dios que respondió con fuego es el mismo Dios que también puede responder con agua.
Tampoco se detendrán en las causas naturales ni buscarán ayuda únicamente en los cielos. El cielo no puede producir lluvias por sí mismo, a menos que el Dios del cielo lo ordene. Él tiene la llave de las nubes, abre las ventanas de los cielos y riega la tierra desde sus depósitos. Por eso toda su esperanza descansa en él, y solo en él está su confianza.
Pueden decir: «¿Acaso no eres tú el Señor nuestro Dios, aquel de quien debemos esperar ayuda y a quien debemos acudir? ¿No eres tú quien produce la lluvia y da los aguaceros? Tú hiciste todas estas cosas. Les diste existencia, y también estableciste su orden y las mantienes bajo tu mandato. Creaste la humedad de la naturaleza, que se mueve en un ciclo constante para cumplir tu propósito sabio; tú la diriges y la usas como quieres. Por eso esperaremos en ti, y solo en ti. Le pediremos al Señor la lluvia, como en (Zacarías 10:1). Confiaremos en que la darás a tu tiempo y estaremos dispuestos a esperar». Es correcto que esperemos, y no esperaremos en vano.
El gobierno de Dios sobre todas las cosas debe llevarnos a depender de él, y su completa suficiencia debe animarnos a seguir mirando hacia él en todo momento.
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De este capítulo
Jeremías 14:1
"La palabra del SEÑOR que vino a Jeremías acerca de la sequía."
Jeremías 14:2
"Judá está de duelo, y sus puertas languidecen; están ennegrecidas hasta el suelo, y el clamor de Jerusalén ha subido."
Jeremías 14:3
"Sus nobles enviaron a sus pequeños a buscar agua. Ellos llegaron a las cisternas, pero no encontraron agua; regresaron con sus vasijas vacías. Quedaron avergonzados y confundidos, y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:4
"Como el suelo está agrietado porque no hubo lluvia en la tierra, los labradores quedaron avergonzados y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:5
"Aun la cierva parió en el campo y abandonó a su cría porque no había hierba."
Jeremías 14:6
"Los asnos salvajes se detenían en los lugares altos y aspiraban el viento como dragones; sus ojos desfallecían porque no había hierba."
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