Versículo destacado
Jeremías 7:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, tú no ores por este pueblo, ni eleves clamor ni oración por ellos, ni intercedas ante mí, porque no te escucharé. "
Jeremías 7:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 por eso haré con esta casa, que es llamada por mi nombre y en la cual ustedes confían, y con el lugar que les di a ustedes y a sus padres, lo mismo que hice con Silo.
15 Los expulsaré de mi presencia, así como expulsé a todos sus hermanos, a toda la descendencia de Efraín.
16 Por tanto, tú no ores por este pueblo, ni eleves clamor ni oración por ellos, ni intercedas ante mí, porque no te escucharé.
17 ¿No ves lo que hacen en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén?
18 Los hijos recogen leña, los padres encienden el fuego y las mujeres amasan la masa para hacer tortas a la reina del cielo y derramar ofrendas líquidas a otros dioses, a fin de provocarme a ira.
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Dios ya había mostrado, en los versículos anteriores, que el templo y su culto —de los cuales el pueblo se jactaba y en los que confiaba— no los librarían del juicio que había anunciado. Pero había otro apoyo en el que podían haber contado: la oración del profeta por ellos. Las oraciones de Jeremías les habrían hecho más bien que sus propias excusas, pero tampoco valoraron ese recurso. Ahora también se les quita ese apoyo, y es una situación triste cuando las personas pierden toda participación en las oraciones de los ministros y del pueblo de Dios.
Primero, Dios le prohíbe al profeta orar por ellos (Jeremías 7:16). El decreto ya había sido pronunciado y su ruina estaba decidida. Por eso Dios le dice: «No ores por este pueblo», es decir, no ores para que se evite la llegada de este juicio. Habían pecado de una manera que conducía a la muerte, y por eso Jeremías no debía orar por su seguridad física, sino por la vida de sus almas (1 Juan 5:16). Esto muestra, en primer lugar, que los profetas de Dios son hombres de oración. Jeremías anunció la destrucción de Judá y Jerusalén, pero aun así oraba por su seguridad, pues no sabía si el decreto era definitivo. Dios todavía quiere que oremos por la paz de Jerusalén. Aun cuando advertimos a los pecadores acerca de la condenación, debemos seguir orando por su salvación, para que se vuelvan de su pecado y vivan.
También muestra que los profetas de Dios que oran tienen gran autoridad en el cielo, aunque tengan muy poca importancia en la tierra. Cuando Dios ha decidido destruir a un pueblo, puede decirle a su profeta que no ore, porque no quiere que esas oraciones queden sin respuesta. Algo parecido le dijo a Moisés: «Déjame» (Éxodo 32:10). Es una mala señal para un pueblo cuando Dios impide que sus ministros y su pueblo oren por él, y les permite ver una desesperanza tan grande que ni siquiera pueden decir una palabra buena en su favor. Quienes no quieren escuchar la buena predicación no pueden esperar recibir beneficio de la oración. Si no nos escuchan cuando les hablamos de parte de Dios, Dios tampoco nos escuchará cuando hablemos con él a favor de ustedes.
Luego Dios da la razón de este mandato. La oración es demasiado valiosa para desperdiciarla en un pueblo endurecido en su pecado y destinado a la ruina. Ellos estaban decididos a seguir rebelándose contra Dios, y la predicación del profeta no los haría volver. Dios dirige la atención de Jeremías a lo que él mismo podía ver abierta y públicamente en Judá y Jerusalén (Jeremías 7:17). El pecado era evidente e innegable, y los pecadores actuaban sin vergüenza. Hacían estas cosas delante de los ojos del profeta, como si desafiaran tanto su oficio como al Dios que lo había enviado.
El pecado que aquí se menciona es la idolatría (Jeremías 7:18). Ellos rendían honor a la reina del cielo, probablemente la luna, ya fuera mediante una imagen, mediante el astro mismo o de ambas maneras. Es posible que la adoraran bajo el nombre de Astoret o de alguna otra diosa, atraídos por el brillo de la luna y por la falsa idea de que su influencia podía beneficiarlos o perjudicarlos (Job 31:26). La adoración de la luna era común entre las naciones paganas (Jeremías 44:17, Jeremías 44:19). Algunos entienden la expresión como una referencia a toda la creación celestial: el cielo estrellado con toda su belleza y poder. En ese caso, adoraban al ejército del cielo (Hechos 7:42).
Daban a las criaturas el honor que debía corresponderle a su Creador. Adoraban los adornos del palacio del rey en lugar del rey mismo, a los siervos en lugar del señor y los regalos en lugar del que los daba. Junto con la reina del cielo, adoraban a otros dioses y a imágenes de cosas que están en el cielo, en la tierra y en las aguas debajo de la tierra. Cuando las personas abandonan al Dios verdadero, siguen vagando detrás de dioses falsos. A esos ídolos les ofrecían tortas como ofrendas de cereal y derramaban ofrendas líquidas, como si de ellos provinieran sus alimentos y bebidas y como si les debieran dar las gracias.
El pasaje también muestra lo ocupados que estaban en el servicio de los ídolos. Todas las manos estaban involucradas. Los hijos recogían la leña, los padres encendían el fuego y las mujeres amasaban la masa. Algunos eran pobres y no podían contratar sirvientes, pero estaban dispuestos a hacer el trabajo ellos mismos para que la idolatría no dejara de practicarse. Es posible que las mujeres incluso se sintieran orgullosas de mostrar su fervor al hacerlo con sus propias manos.
Aun de este mal ejemplo podemos aprender cómo servir a nuestro Dios. Debemos honrarlo con nuestros bienes, pues de él recibimos nuestro sustento y debemos comer y beber para su gloria. No debemos evitar el trabajo arduo ni pensar que las tareas humildes están por debajo de nosotros si mediante ellas Dios es honrado. Nadie debería considerar demasiado esfuerzo encender gratuitamente un fuego sobre el altar de Dios. También debemos criar a nuestros hijos en la devoción, permitiéndoles participar, según sus capacidades, en el servicio de adoración.
Este pecado tenía como propósito provocar la ira de Dios, y eso era lo único que podía lograr. Sin embargo, Dios les hace ver que en realidad no podían causarle daño (Jeremías 7:19). Él no es difícil de agradar ni se irrita con facilidad, y tampoco es responsable del resentimiento de ellos. La culpa era completamente de ellos, y ellos tendrían que cargar con ella. Su rebelión no le causa un daño real a Dios. Está dirigida contra él en su intención, pero no puede perjudicarlo. De hecho, es una ira insensata, porque solo les trae daño a ellos mismos. Muestran su desprecio hacia Dios, pero terminan destruyendo sus propias almas y su propia vida. Un pueblo tan decidido a arruinarse difícilmente puede esperar que se le perdone.
Dios también está decidido a ejecutar sus juicios contra ellos, y las oraciones del profeta no harán que cambie de parecer (Jeremías 7:20). Basta con que el Señor Dios haya dicho: «Así dice el Señor Dios». Lo que él declara, no lo revoca, y nadie puede oponerse con éxito. Por eso el pueblo debe escucharlo y temblar.
El Señor dice: «Miren cómo mi ira y mi furor serán derramados sobre este lugar», como el diluvio en los días de Noé o como el fuego y el azufre encendidos que cayeron sobre Sodoma. Como lo han provocado a ira, verán las consecuencias de sus acciones.
Pronto aprenderán que nadie puede escapar de este diluvio de juicio. Nadie podrá huir de él ni construir una defensa contra él. Será derramado sobre este lugar, aunque sea un lugar santo, la casa del Señor. Alcanzará tanto a las personas como a los animales, como sucedió con las plagas de Egipto. Algunas de aquellas plagas también destruyeron los árboles y los cultivos, precisamente las cosas que el pueblo había apartado para Baal y que usaba para preparar tortas para la reina del cielo.
También aprenderán que este juicio no puede detenerse. Arderá y no podrá apagarse. En ese momento, las oraciones y las lágrimas no servirán de ayuda. Si la ira de Dios es terrible cuando apenas se enciende, cuánto más lo será cuando llegue a este nivel. La ira de Dios es ese fuego inextinguible cuyo final ni siquiera la eternidad llegará a ver: «Apártense de mí, malditos, al fuego eterno».
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De este capítulo
Jeremías 7:1
"La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 7:2
"Ponte a la puerta de la casa del SEÑOR, proclama allí esta palabra y di: Escuchen la palabra del SEÑOR, todos ustedes, los de Judá, que entran por estas puertas para adorar al SEÑOR."
Jeremías 7:3
"Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Corrijan sus caminos y sus acciones, y haré que habiten en este lugar."
Jeremías 7:4
"No confíen en palabras mentirosas, diciendo: El templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR son estos."
Jeremías 7:5
"Porque, si corrigen por completo sus caminos y sus acciones, si verdaderamente hacen justicia entre un hombre y su prójimo;"
Jeremías 7:6
"si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni derraman sangre inocente en este lugar, ni siguen a otros dioses para su propio mal,"
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