Versículo destacado
Jeremías 50:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Porque he aquí, yo levantaré y haré subir contra Babilonia una asamblea de grandes naciones procedentes de la tierra del norte. Se formarán contra ella, y desde allí será tomada. Sus flechas serán como las de un guerrero experto; ninguna volverá en vano. "
Jeremías 50:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Todos los que las encontraron las devoraron, y sus adversarios dijeron: «No cometemos ninguna ofensa, porque ellas pecaron contra el SEÑOR, la morada de la justicia, contra el SEÑOR, la esperanza de sus padres».
8 Salgan de en medio de Babilonia, salgan de la tierra de los caldeos y sean como los machos cabríos delante de los rebaños.
9 Porque he aquí, yo levantaré y haré subir contra Babilonia una asamblea de grandes naciones procedentes de la tierra del norte. Se formarán contra ella, y desde allí será tomada. Sus flechas serán como las de un guerrero experto; ninguna volverá en vano.
10 Caldea será entregada al saqueo; todos los que la saqueen quedarán satisfechos, dice el SEÑOR.
11 Porque ustedes se alegraron y se regocijaron, destructores de mi herencia; porque han engordado como la novilla que pasta y mugen como toros,
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Aquí Dios, por medio de su profeta y después por medio de su providencia, lleva a cabo su causa contra Babilonia.
Primero, observemos la acusación y la misión encomendada a los poderes que serían usados para destruir a Babilonia. El ejército que lo haría es llamado una asamblea de grandes naciones (Jeremías 50:9): los medos y los persas, junto con sus aliados y las fuerzas que los apoyarían. Se les llama una asamblea porque Dios los reunió conforme a su voluntad y propósito para ejecutar este juicio. Él los levantaría para esta tarea, los movería hacia ella y los prepararía para cumplirla. Luego los haría subir, porque todos sus movimientos estarían bajo su guía y dirección.
Dios les daría la orden de disponerse contra Babilonia (Jeremías 50:14), y ellos lo harían (Jeremías 50:9). Lo que Dios determina se cumple. Desde el momento en que se instalaran frente a la ciudad, seguirían avanzando hasta tomar Babilonia. Dios les diría que dispararan contra ella sin reservar ninguna flecha (Jeremías 50:14), y sus flechas serían como las de un guerrero poderoso y experto: alguien con fuerza y precisión, buena vista y mano firme (Jeremías 50:9). Ninguno de sus disparos fallaría. Cuando Dios da la orden, también concede el éxito.
También se les diría no solo que dispararan contra ella (Jeremías 50:14), sino que lanzaran un grito contra ella (Jeremías 50:15), el grito de victoria de quienes ya están seguros del triunfo. Aquellos a quienes Dios dirige para disparar pueden hacerlo con gritos de celebración, porque tienen la certeza de que no fallarán el blanco.
Segundo, la ruina y la desolación que vendrían sobre Babilonia se describen de varias maneras. Las riquezas de Babilonia se convertirían en un botín fácil y abundante para sus conquistadores (Jeremías 50:10). Caldea sería saqueada por todos los que la destruyeran y, de manera sorprendente, todos los que la despojaran quedarían satisfechos. Tomarían tanto que hasta ellos mismos dirían que ya tenían suficiente.
La tierra de Babilonia quedaría sin habitantes y desocupada. Sería completamente desolada (Jeremías 50:13), al punto de que todo el que pasara junto a ella se alegraría de su caída. En vez de lamentarse, silbarían al ver todas sus calamidades (Jeremías 50:13). Los que habían estado allí antes y huyeron ante el primer ataque se avergonzarían de su cobardía (Jeremías 50:12). O, dicho de otra manera, “su madre”—es decir, Babilonia misma, la ciudad madre—quedaría avergonzada al ver que quienes debían protegerla la habían abandonado.
Esto también es una advertencia para las generaciones posteriores. Las generaciones cristianas anteriores pueden sentir una vergüenza justificada al ver cuánto se han alejado de ellas las generaciones posteriores y cuánto han decaído. Ningún pecado trae sobre las personas una ruina más segura y severa que apartarse de Dios.
Babilonia, antes admirada, se convertiría en desprecio. Sería la última de las naciones, la cola misma de los reinos: un desierto, una tierra seca y una región árida (Jeremías 50:12). La tierra que antes estaba llena de gente quedaría vacía. La tierra que había sido rica y fértil se volvería estéril. La gran ciudad, cabeza del reino, quedaría completamente arruinada. Sus fundamentos habrían caído, y por eso sus murallas también se derrumbarían, porque las paredes no pueden mantenerse en pie cuando el juicio divino sacude sus mismos cimientos. Esta es la venganza del Señor, y nada puede resistirla, ni en el tribunal ni en la batalla.
Ni siquiera quedaría en Babilonia un remanente pobre que sirviera como viñador o agricultor, como había sucedido en Israel (Jeremías 50:16). El sembrador desaparecería de Babilonia, junto con quien manejara la hoz. La tierra quedaría tan vacía que nadie cultivaría el suelo ni recogería sus cosechas. Llegaría el tiempo de la cosecha, pero no habría segadores. Llegaría el tiempo de sembrar, pero no habría sembradores. Dios haría su parte, pero ya no quedaría gente para hacer la suya.
Todos los aliados contratados que servían a Babilonia la abandonarían, como suelen hacer los mercenarios cuando el peligro se acerca (Jeremías 50:16). Por temor a la espada que destruye, cada uno regresaría a su propio pueblo. Algo semejante se había dicho antes acerca de Egipto (Jeremías 46:16).
Tercero, la causa de esta destrucción es la ira de Dios. Babilonia quedaría completamente desolada por causa de la ira del Señor (Jeremías 50:13), y esa ira sería justa, porque Babilonia había pecado contra el Señor; por eso no debían reservar ninguna flecha contra ella (Jeremías 50:14). El pecado convierte a las personas en blanco de los juicios de Dios. Babilonia practicaba mucha idolatría e inmoralidad, pero aquí no se presentan esas cosas como la razón principal de la ira de Dios. Más bien, se señala el daño que Babilonia les hizo a los hijos de Dios, impulsada por el odio hacia ellos por ser su pueblo. Babilonia había destruido la herencia de Dios (Jeremías 50:11). Dios sí había usado a Babilonia para corregir a su pueblo, pero la intención de Babilonia era arruinarlo por completo, y eso se convirtió en su culpa.
Babilonia hizo con alegría lo que hizo contra Jerusalén (Jeremías 50:11): se alegró y celebró. Dios no castiga voluntariamente a su pueblo, por lo que le desagrada profundamente que las herramientas que usa contra ellos se deleiten en su dolor. Cuando Tito Vespasiano destruyó Jerusalén, lloró por ella; pero los caldeos se alegraron de su destrucción.
También usaron el botín de Jerusalén para alimentar su orgullo y su lujo. Se habían enriquecido y engordado como una ternera en el pasto, y bramaban como toros. Al conquistar Jerusalén, se volvieron orgullosos, indulgentes y amenazadores para todos los que los rodeaban. Por eso ellos mismos tendrían que convertirse en botín. Quienes se habían tragado las riquezas tendrían que devolverlas. Habían extendido la mano para rendirse (Jeremías 50:15), es decir, se habían entregado por completo al conquistador. Habían cedido de tal manera que ahora la venganza podía ejecutarse contra Babilonia, y ella podía recibir el mismo trato que les había dado a otros.
Babilonia no buscaba nada menos que la ruina completa del Israel de Dios. Israel aparece otra vez como una oveja dispersa (Jeremías 50:6), perseguida no solo por perros, sino también por leones, sus enemigos más poderosos, que le habían rugido y la habían ahuyentado (Jeremías 50:17). Un rey de Asiria se llevó cautivas a las diez tribus y las devoró. Otro invadió Judá, la saqueó y la debilitó, arrancando la lana y la carne de esta pobre oveja. Finalmente, Nabucodonosor, terror y azote de todos sus vecinos, se aprovechó de la debilidad de Israel, lo atacó y le quebró los huesos. Lo arruinó por completo; por eso el rey de Babilonia debía ser castigado como lo había sido el rey de Asiria (Jeremías 50:18).
Quienes continúan los pecados de sus antepasados deben esperar que los persigan las mismas plagas. Si hacen lo mismo que hicieron sus antepasados, deben esperar sufrir como ellos sufrieron.
Cuarto, Dios promete misericordia a su pueblo Israel, y esa misericordia llegaría junto con la caída de Babilonia y también surgiría de ella. Dios cambiaría la suerte de su pueblo. Los liberaría de la esclavitud y los llevaría de nuevo a su propia tierra, como a ovejas dispersas que luego son reunidas en su redil (Jeremías 50:19).
Ellos todavía tenían derecho a la tierra de Canaán, y esta seguía siendo su hogar conforme al propósito de Dios. La pérdida de su posesión no había cancelado ese derecho. Ahora volverían a disfrutar de ella.
Dios restauraría su prosperidad. No solo volverían a vivir en su propia tierra, sino que vivirían bien allí. Se alimentarían en el Carmelo y en Basán, las regiones más ricas y fértiles del país. Estas ovejas serían recogidas de los desiertos donde habían sido dispersadas y llevadas de nuevo a buenos pastos, donde quedarían completamente satisfechas.
Habían preguntado cuál era el camino a Sion (Jeremías 50:5), porque deseaban servir y adorar a Dios allí. Ese era su objetivo principal al regresar. Pero Dios haría más que llevarlos a Sion. También los llevaría al Carmelo y a Basán, donde disfrutarían de abundancia. Quienes regresan a Dios y cumplen con su deber encuentran verdadera paz y satisfacción al hacerlo. Quienes buscan primero el reino de Dios y su justicia, y desean establecer su hogar en Sion, el monte santo de Dios, también recibirán otras bendiciones, incluso las comodidades de las colinas fértiles de Efraín y Galaad.
Dios también perdonaría su pecado, y esta es la raíz de todo lo demás (Jeremías 50:20). En aquellos días buscarían la culpa de Israel, pero no encontrarían ninguna. Dios no solo quitaría el castigo por su pecado, sino que también eliminaría la ofensa que este le había causado. Se reconciliaría con ellos. Su pecado sería como si nunca hubiera existido. Sería borrado como una nube, tachado como una deuda y arrojado detrás de la espalda de Dios. Sería echado a las profundidades del mar, ya no guardado en los registros de Dios ni en peligro de levantarse otra vez contra ellos.
Esto muestra cuán completamente perdona Dios el pecado: ya no lo recuerda. La liberación de las dificultades solo brinda verdadero consuelo cuando proviene del perdón de los pecados (Isaías 38:17). Judá e Israel fueron perdonados plenamente cuando regresaron de Babilonia, de modo que se dijo que habían recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados (Isaías 40:2). Esto también puede incluir un cambio profundo en su corazón y en su manera de vivir, junto con el perdón total de sus pecados. Si después de su regreso alguien buscaba entre ellos ídolos o prácticas idolátricas, no encontraba ninguno; su impureza había sido eliminada por completo, lo cual demostraba que su culpa también había sido quitada.
«Perdonaré a los que reserve». Es decir, tendré misericordia de ellos, y esto debe ocurrir por medio de aquel que es el gran sacrificio por el pecado, la propiciación, quien aparta la ira de Dios al quitar el pecado. A quienes Dios perdona sus pecados, también los guarda para grandes cosas; porque a quienes justifica, también los glorifica.
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De este capítulo
Jeremías 50:1
"La palabra que el SEÑOR habló contra Babilonia y contra la tierra de los caldeos por medio del profeta Jeremías."
Jeremías 50:2
"Anúncienlo entre las naciones, publíquenlo y levanten un estandarte; publíquenlo y no lo oculten. Digan: «Babilonia ha sido tomada, Bel ha quedado confundido, Merodac ha sido despedazado; sus ídolos han quedado confundidos y sus imágenes han sido despedazadas»."
Jeremías 50:3
"Porque del norte sube contra ella una nación que dejará desolada su tierra, y nadie vivirá allí; tanto los hombres como los animales se retirarán y se irán."
Jeremías 50:4
"En aquellos días y en aquel tiempo, dice el SEÑOR, vendrán los hijos de Israel, ellos junto con los hijos de Judá; irán llorando y buscarán al SEÑOR su Dios."
Jeremías 50:5
"Preguntarán por el camino a Sión, con el rostro dirigido hacia allá, diciendo: «Vengan, unámonos al SEÑOR mediante un pacto perpetuo que no será olvidado»."
Jeremías 50:6
"Mi pueblo ha sido un rebaño de ovejas perdidas. Sus pastores las hicieron extraviarse y las desviaron por las montañas; fueron de montaña en colina y olvidaron su lugar de descanso."
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