Versículo destacado
Jeremías 5:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Declara esto en la casa de Jacob y anúncialo en Judá, diciendo: "
Jeremías 5:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 Sin embargo, ni siquiera en aquellos días acabaré por completo con ustedes —declara el SEÑOR—.
19 Y cuando ustedes pregunten: “¿Por qué nos hace todas estas cosas el SEÑOR nuestro Dios?”, tú les responderás: “Así como ustedes me abandonaron y sirvieron a dioses extranjeros en su tierra, así servirán a extranjeros en una tierra que no es de ustedes”.
20 Declara esto en la casa de Jacob y anúncialo en Judá, diciendo:
21 Oye ahora esto, pueblo insensato y sin entendimiento, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye:
22 ¿No me temen? —declara el SEÑOR—. ¿No tiemblan ante mi presencia, yo que puse la arena como límite del mar mediante un decreto perpetuo, para que no pueda traspasarlo? Aunque sus olas se agiten, no pueden prevalecer; aunque rujan, no pueden cruzarlo.
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El profeta ya había reprendido al pueblo por su pecado y le había advertido acerca del juicio de Dios. Aquí es enviado nuevamente con otro mensaje para Judá, y ese mensaje tiene como propósito llevarlos a temer a Dios. Ese temor sería el camino seguro hacia la reforma, porque la falta de reverencia hacia Dios estaba en la raíz de su alejamiento de él.
Primero se lamenta de su triste necedad y de su costumbre obstinada de apartarse de Dios. Es como si ya no supiera qué más hacer con ellos. Sus mentes estaban oscurecidas y no estaban dispuestos a recibir la luz de Dios. Eran un pueblo insensato, sin entendimiento, incapaz de comprender la mente de Dios aun cuando él la había dado a conocer claramente por medio de la palabra escrita, de los profetas y de su providencia (Jeremías 5:21).
Tenían ojos, pero no veían; tenían oídos, pero no escuchaban, como los ídolos que fabricaban y adoraban (Salmos 115:5, Salmos 115:6, Salmos 115:8). Parecía que percibían las cosas, pero en realidad no las entendían. Tenían capacidades mentales, pero no las usaban ni las desarrollaban como debían. Esto defraudaba las expectativas de sus vecinos, quienes veían las grandes oportunidades que habían recibido para conocer y pensar, y decían: «Ciertamente este es un pueblo sabio y entendido» (Deuteronomio 4:6). Sin embargo, en realidad eran insensatos y no tenían entendimiento.
No podemos juzgar a las personas solamente por las ventajas que tienen. Algunos viven en oscuridad en una tierra de luz. Algunos viven en pecado en una tierra santa. Algunos son malos aun en los mejores lugares.
Su voluntad también era obstinada y no quería someterse a la ley de Dios (Jeremías 5:23). Este pueblo tiene un corazón rebelde y apartado, y eso no sorprende cuando son insensatos y no tienen entendimiento (Salmos 82:5). De hecho, una voluntad corrompida ciega la mente. Nadie está tan ciego como quien se niega a ver. Esta también es la verdadera condición natural de todas las personas hasta que la gracia de Dios las transforma.
Por naturaleza, somos insensatos, lentos para entender, rápidos para olvidar y propensos a equivocarnos. Pero eso no es lo peor. También tenemos un corazón que se aparta y se rebela, una mente carnal enemiga de Dios que no se somete a su ley. Se aparta de lo bueno y se levanta contra ello al desear lo malo. Un corazón apartado se convierte en una vida rebelde. Se han apartado y se han ido, y seguirán avanzando en esa dirección, como también pueden entenderse estas palabras. Entonces nada los detendrá (Génesis 11:6).
El profeta relaciona todo esto con una causa principal: la falta de temor de Dios. Cuando ve que no tienen entendimiento, pregunta: «¿No me temen?», dice el Señor; «¿no tiemblan delante de mí?» (Jeremías 5:22). Si conservaran un temor reverente y santo de Dios, prestarían más atención a lo que él dice. Si comprendieran lo que verdaderamente les conviene, vivirían más bajo la dirección de ese temor de Dios.
Cuando ve que se han apartado y se han ido, vuelve a señalar este mismo punto como la raíz de su apostasía (Jeremías 5:24). Ni siquiera dicen en su corazón: «Temamos ahora al Señor nuestro Dios». Por eso tantos pensamientos malos llenan su mente y los impulsan hacia el pecado. No quieren recibir buenos pensamientos, especialmente este: «Temamos ahora al Señor nuestro Dios». Es verdad que Dios debe poner su temor en nuestro corazón, pero también es nuestro deber animarnos a temerle y conservar los pensamientos que nos ayudan a sentir una reverencia santa. Como no hacemos esto, nuestro corazón queda tan vacío del temor de Dios como el de ellos y, por eso, está tan dispuesto a rebelarse.
Luego el profeta señala algunas cosas que deberían llenarnos de un temor santo. Debemos temer al Señor y su grandeza (Jeremías 5:22). Él tiene todo el derecho de exigir nuestra reverencia. Debemos temblar delante del Dios que demuestra claramente su poder y su gobierno todopoderosos en la creación y en su providencia. Basta un ejemplo, aunque podrían darse muchos más: él mantiene el mar dentro de sus límites. Las mareas entran con gran fuerza dos veces al día y, si continuaran avanzando, inundarían el mundo. Durante las tormentas, las olas se elevan y golpean la costa con una fuerza aterradora; sin embargo, son contenidas, regresan y retroceden. Esto es obra del Señor y, si no fuera algo tan común, nos llenaría de asombro.
Él puso la arena como límite del mar, no solamente como una señal, sino como una pared o una barrera para detenerlo. Una pared de arena es tan fuerte como una pared de bronce cuando Dios decide hacerla así. Esto también nos enseña que una respuesta suave, como la arena suave, aparta la ira y calma el enojo, mientras que las palabras ásperas, como las rocas duras, solamente provocan más problemas y empeoran las cosas.
Este límite fue establecido por un decreto permanente, una ordenanza antigua. Eso nos hace volver a la creación, cuando Dios separó el mar de la tierra seca y fijó sus límites (Génesis 1:9, Génesis 1:10), como se describe hermosamente en otros pasajes (Salmos 104:6 y Job 38:8). También puede referirse al tiempo posterior al diluvio de Noé, cuando Dios prometió que nunca volvería a destruir el mundo por medio del agua (Génesis 9:11). En cualquiera de los dos casos, se trata de un decreto duradero. Las aguas nunca lo han quebrantado y nunca lo harán hasta que llegue el fin del día y de la noche.
Aunque las olas se agitan como un mar inquieto, no pueden prevalecer. Aunque rugen y se enfurecen, como si estuvieran molestas por haber sido detenidas, no pueden pasar más allá de sus límites. Esta es una razón poderosa para temer a Dios. Muestra que él es todopoderoso y gobierna sobre todo, por lo que merece nuestra reverencia. También muestra con qué facilidad podría volver a traer un diluvio y cuánto dependemos continuamente de su misericordia; por eso debemos tener cuidado de no convertirlo en nuestro enemigo. Si hasta las olas salvajes obedecen su mandato y regresan, ¿no deberíamos hacer nosotros lo mismo? No hay razón para que nuestro corazón sea rebelde cuando el mar mismo no se rebela.
También debemos temer al Señor por su bondad (Oseas 3:5). Al igual que el primer ejemplo, este se basa en el cuidado diario que Dios tiene del mundo.
Debemos temer al Señor nuestro Dios. Eso significa que debemos adorarlo, darle gloria y cuidarnos de permanecer en su amor, porque él siempre nos hace bien. Él nos da tanto la lluvia temprana como la lluvia tardía: una poco después de la siembra y la otra poco antes de la cosecha, y cada una llega en su tiempo apropiado. De esta manera, asegura para nosotros las semanas señaladas de la cosecha.
La cosecha se cuenta por semanas porque, en unas pocas semanas, se recoge lo suficiente para sostenernos durante todo el año. Dios establece para nosotros esas semanas de cosecha mediante su promesa de que no cesarán la siembra ni la cosecha. Por medio de su providencia, también conserva esas temporadas para nosotros; de lo contrario, las perderíamos. Por eso, al recibir las bendiciones de la cosecha, debemos reconocer el poder, la bondad y la fidelidad de Dios, porque todas provienen de él.
Esto es una razón poderosa para temerle y permanecer en su amor, ya que dependemos completamente de él. Las estaciones productivas daban testimonio de Dios incluso ante el mundo pagano, y eran suficientes para dejarlo sin excusa por despreciarlo (Hechos 14:17). Sin embargo, los judíos, que tenían la palabra escrita de Dios para explicar ese testimonio, aun así no fueron movidos a temer al Señor, aunque es evidente cuánto nos conviene hacerlo.
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De este capítulo
Jeremías 5:1
"Recorran las calles de Jerusalén de un lado a otro; miren ahora, averigüen y busquen en sus plazas si pueden encontrar a un hombre, si hay alguno que haga justicia y busque la verdad; entonces la perdonaré."
Jeremías 5:2
"Aunque dicen: «Vive el SEÑOR», ciertamente juran en falso."
Jeremías 5:3
"Oh SEÑOR, ¿no están tus ojos puestos en la verdad? Los golpeaste, pero no sintieron dolor; los consumiste, pero se negaron a recibir corrección. Endurecieron sus rostros más que una roca; se negaron a volver."
Jeremías 5:4
"Por eso dije: Sin duda estos son pobres; son insensatos, porque no conocen el camino del SEÑOR ni el juicio de su Dios."
Jeremías 5:5
"Iré a los grandes y hablaré con ellos, porque ellos conocen el camino del SEÑOR y el juicio de su Dios. Pero ellos por completo quebraron el yugo y rompieron las ataduras."
Jeremías 5:6
"Por eso un león del bosque los matará, un lobo de los atardeceres los asolará y un leopardo vigilará sus ciudades. Todo el que salga de allí será despedazado, porque sus transgresiones son muchas y sus rebeliones han aumentado."
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