Versículo destacado

Jeremías 46:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La palabra que el SEÑOR habló al profeta Jeremías acerca de cómo Nabucodonosor, rey de Babilonia, vendría y atacaría la tierra de Egipto. "

Jeremías 46:13

menu_book El versículo en contexto

11 Sube a Galaad y toma bálsamo, virgen hija de Egipto. En vano usarás muchas medicinas, porque no serás curada.

12 Las naciones han oído de tu vergüenza, y tu clamor ha llenado la tierra, porque un valiente tropezó contra otro valiente, y ambos cayeron juntos.

13 La palabra que el SEÑOR habló al profeta Jeremías acerca de cómo Nabucodonosor, rey de Babilonia, vendría y atacaría la tierra de Egipto.

14 Declárenlo en Egipto, publíquenlo en Migdol, y publíquenlo en Nof y en Tafnes. Digan: «Mantente firme y prepárate, porque la espada devorará a tu alrededor».

15 ¿Por qué fueron barridos tus valientes? No se mantuvieron en pie porque el SEÑOR los expulsó.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos muestran la confusión y el miedo que caerían sobre Egipto. La primera parte del capítulo ya había advertido que Babilonia derrotaría al ejército egipcio, dejándolo incapaz de atacar a otras naciones. Aun así, Egipto se sentía fuerte dentro de su propio territorio, y sus vecinos no se atrevían a atacarlo. Los reyes de Egipto ya no salían a la guerra (2 Reyes 24:7), así que parecían estar bastante seguros en su tierra. Pero esa paz no duraría mucho. Los que habían llevado la guerra a otras tierras pronto tendrían la guerra en su propia puerta, como dice Jeremías 46:13.

El Señor muestra cómo el rey de Babilonia pronto vendría a atacar Egipto. Esto se cumplió más adelante por medio de Nabucodonosor, aunque pasaron muchos años antes de que sucediera. La profecía comienza con una alarma de guerra que resonaría por todo Egipto, para gran sorpresa de sus habitantes (Jeremías 46:14). Se les anuncia que la espada arrasaría las tierras cercanas, por lo que debían prepararse para la batalla. Esta advertencia debía proclamarse especialmente en Migdol, Nof y Tafnes, donde se habían establecido los refugiados judíos en contra del mandato de Dios (Jeremías 44:1). Allí aprenderían que Egipto no era, después de todo, un refugio seguro.

El texto también anuncia la retirada de las tropas extranjeras que Egipto había contratado. Es probable que algunos de esos soldados estuvieran apostados en las fronteras, desde donde los invasores los harían retroceder. Se dice que los valientes serían arrasados como por una lluvia impetuosa (Jeremías 46:15; Proverbios 28:3). Ninguno podría mantener su posición, porque el Señor mismo los expulsaría. Cuando llega la ira de Dios, nadie puede permanecer firme en su lugar.

Dios hizo caer a muchos de ellos y, cuando llegó su hora, tropezaron unos con otros y cayeron juntos (Jeremías 46:16). Sus propias espadas se volvieron unas contra otras. Los soldados contratados por Egipto eran como becerros bien alimentados: fuertes y valientes, pero perdieron el ánimo y huyeron. Algunos piensan que la imagen de los becerros gordos alude a su vida de lujo, pues habían vivido cómodamente y no estaban preparados para las dificultades. Su comodidad los había debilitado cuando llegó la aflicción.

Llenos de pánico, volvieron a sus propios países diciendo: «Regresemos a nuestra gente» (Jeremías 46:16). Cuando llega el peligro, las tropas mercenarias, que luchan solamente por dinero, no son confiables. También culparon a Faraón, el rey de Egipto, por su derrota, probablemente porque su mala planificación o su cobardía los había dejado expuestos. Él había prometido apoyarlos, pero cuando llegó el enemigo no apareció ninguna ayuda. Por eso lo llamaron «solo un ruido» (Jeremías 46:17). Hacía grandes promesas, pero no cumplía. Había dejado pasar el momento señalado, había faltado a su palabra y ellos ya no servirían bajo su mando. Quienes hablan más fuerte muchas veces son los que menos hacen.

Luego se describe el poder del ejército caldeo, que arrasaría con todo lo que encontrara a su paso. El SEÑOR de los ejércitos, el Rey sobre todos los reyes, lo ha dicho y lo ha jurado. Tan cierto como que él vive, el rey de Babilonia se levantaría sobre Egipto como el monte Tabor sobre las colinas y el monte Carmelo sobre el mar (Jeremías 46:18). Él y su ejército vendrían con hachas, como hombres que talan árboles (Jeremías 46:22). Egipto quedaría indefenso ante ellos, como un bosque que está siendo derribado. Aunque Egipto estaba lleno de pueblos y ciudades, y abundaba en tesoros escondidos, los caldeos saquearían gran parte de su territorio. Se los compara con langostas, porque vendrían en cantidades enormes y dejarían la tierra sin nada (Joel 1:6-7). El SEÑOR de los ejércitos tiene ejércitos incontables bajo su mando.

La ruina de Egipto también se representa como la destrucción de una hermosa novilla, gorda y vivaz, que no estaba acostumbrada a llevar el yugo del control (Jeremías 46:20). Algunos piensan que esta imagen apunta a Apis, el toro o becerro que los egipcios adoraban. De ese modo, la profecía también recuerda cómo Israel cayó en la idolatría con el becerro de oro.

Egipto es orgulloso y hermoso, como una diosa que se contempla a sí misma, pero la destrucción se acerca. Algunos entienden la palabra usada aquí con el sentido de «cortar en pedazos», y ese es precisamente el significado: la ruina vendrá desde el norte, de donde llegarán los soldados caldeos, es decir, los babilonios, como carniceros para sacrificar a esa hermosa novilla.

Los egipcios serían humillados y su actitud cambiaría por completo. Las hijas de Egipto (Jeremías 46:24) se llenarían de miedo y espanto. Su voz sería como la de una serpiente: muy baja y sumisa. Ya no bramarían como una novilla fuerte, sino que silbarían desde sus escondites como serpientes. No se atreverían a quejarse en voz alta por la crueldad de sus conquistadores. En vez de eso, susurrarían su dolor y rogarían por sus vidas.

También serían llevados como prisioneros a la tierra de sus enemigos (Jeremías 46:19). La hija de Egipto, que vivía segura y cómodamente en aquella tierra fértil y agradable, no debía pensar que esa comodidad duraría para siempre. Debía prepararse para el cautiverio. En vez de ponerse ropa lujosa, que solo haría que el enemigo tuviera más deseos de quitársela, debía usar ropa sencilla y abrigada. En vez de calzado fino, debía ponerse zapatos resistentes. Debía prepararse para las dificultades a fin de soportarlas mejor.

Esta es una advertencia para todos nosotros. En todos nuestros preparativos también debemos prepararnos para la aflicción. Hacemos planes para recibir a nuestros amigos, pero no debemos olvidar estar preparados para los enemigos. No debemos dejar de lado lo que podríamos necesitar en el cautiverio. Egipto debe prepararse para huir, porque sus ciudades quedarían vacías. Nof sería desolada, sin habitantes; tan completa sería la matanza y el cautiverio.

Algunos castigos parecen dejar a salvo a los grandes y a la mayoría, pero aquí no sería así. La multitud de No, aquella ciudad tan poblada (Nahúm 3:8), también sería castigada. Aunque todos se unieran, no escaparían. Nadie puede esconderse dentro de la multitud. Por numerosos que sean, descubrirán que Dios es más que suficiente para vencerlos. Caerían sus reyes y todos sus gobernantes menores, y también sus dioses (Jeremías 43:12, Jeremías 43:13), sus ídolos y sus grandes hombres. Aquellos en quienes confiaban para protegerlos no podrían protegerlos.

Faraón sería humillado, junto con todos los que habían confiado en él (Jeremías 46:25), especialmente los judíos que se habían establecido en su tierra y habían confiado en él en vez de confiar en Dios. Todos serían entregados a las naciones del norte (Jeremías 46:24), no solo a Nabucodonosor, el poderoso gobernante de Babilonia, sino también a sus siervos. Esto concuerda con la maldición sobre los descendientes de Cam, entre los cuales estaban los egipcios: llegarían a ser siervos de siervos. Los que buscaban quitarles la vida a los egipcios los entregarían en sus manos.

Sin embargo, también se insinúa que Egipto se recuperaría con el tiempo (Jeremías 46:26). Más adelante volvería a ser habitado y se llenaría de gente, pues este juicio casi lo dejaría vacío. Ezequiel dice que eso sucedería después de cuarenta años (Ezequiel 29:13). Debemos observar cómo las naciones se levantan y caen, cómo quedan vacías y vuelven a llenarse. Por eso, las naciones prósperas no deben sentirse seguras, y quienes atraviesan dificultades no deben perder la esperanza.

Después se pronuncian palabras de consuelo y paz para el Israel de Dios, el verdadero pueblo de Dios, en Jeremías 46:27-28. Algunos piensan que esto se refiere a los que el rey de Egipto llevó consigo cuando se llevó a Joacaz, pero no leemos que hubiera cautivos de esa clase. Es más probable que señale a los cautivos en Babilonia, para quienes Dios había reservado misericordia, o, de manera más general, a todo el pueblo de Dios. El mensaje busca animarlos durante los tiempos más difíciles, cuando los juicios de Dios se mueven entre las naciones. Estas mismas palabras de consuelo ya habían sido dadas antes (Jeremías 30:10-11).

Que tiemblen los malvados de la tierra, porque tienen razones para hacerlo. Pero Dios dice: «No tengas miedo, Jacob, mi siervo. No te asustes, Israel». Y vuelve a decir: «No tengas miedo, Jacob». Dios no quiere que su pueblo viva dominado por el temor. Los malvados serán arrasados como la escoria, y nadie volverá a buscarlos. Pero el pueblo de Dios será encontrado y reunido, aunque esté muy lejos. Aunque permanezca retenido en el cautiverio, será rescatado y llevado de regreso.

Los malvados son como un mar inquieto que no puede calmarse; por eso huyen aun cuando nadie los persigue. Pero Jacob, que vive seguro en Dios, descansará y estará protegido, y nadie le causará temor. Incluso cuando tenga miedo, tendrá a Dios en quien confiar. Dios observa a los malvados desde lejos, pero dice: «Dondequiera que estés, Jacob, yo estoy contigo», pues él es una ayuda siempre presente.

Llegará un fin completo para las naciones que oprimieron al Israel de Dios, como Egipto y Babilonia. Pero la misericordia permanecerá para el Israel de Dios. Ellos serán corregidos, pero no serán desechados. Su castigo tendrá límites, tanto en su intensidad como en su duración. Las naciones tienen sus tiempos y sus estaciones. Incluso la nación judía, como nación, ha llegado a su fin. Pero la iglesia del evangelio, el Israel espiritual de Dios, continúa y continuará hasta el fin de los tiempos. En esa iglesia se mostrará plenamente esta promesa: aunque Dios la corrija, nunca acabará por completo con ella.

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