Versículo destacado
Jeremías 38:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después el rey Sedequías mandó traer ante él al profeta Jeremías, a la tercera entrada de la casa del SEÑOR. El rey dijo a Jeremías: Voy a preguntarte algo; no me ocultes nada. "
Jeremías 38:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Ebed-melec, el etíope, dijo a Jeremías: Ponte ahora estos trapos viejos desechados y estos harapos podridos debajo de las axilas, entre tu cuerpo y las cuerdas. Jeremías así lo hizo.
13 Entonces tiraron de Jeremías con las cuerdas y lo sacaron del calabozo. Jeremías permaneció en el patio de la cárcel.
14 Después el rey Sedequías mandó traer ante él al profeta Jeremías, a la tercera entrada de la casa del SEÑOR. El rey dijo a Jeremías: Voy a preguntarte algo; no me ocultes nada.
15 Jeremías respondió a Sedequías: Si te lo declaro, ¿no me darás muerte con toda seguridad? Y si te doy un consejo, ¿no te negarás a escucharme?
16 Entonces el rey Sedequías juró en secreto a Jeremías: Vive el SEÑOR, que nos hizo esta alma, que no te daré muerte ni te entregaré en manos de estos hombres que buscan tu vida.
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En el capítulo anterior vimos al rey conversando en privado con Jeremías. Aquí lo vemos haciendo lo mismo otra vez, aun después de haber entregado a Jeremías en manos de sus enemigos (Jeremías 38:5). Esto muestra la lucha interna de Sedequías, aquel rey desdichado, entre lo que sabía que era correcto y los pecados que lo dominaban.
Primero, observemos el honor que Sedequías le mostró al profeta. Después de que sacaron a Jeremías del calabozo, el rey mandó llamarlo para hablar con él a solas. Se encontraron en la tercera entrada o, como indica la nota marginal, en la entrada principal, un lugar dentro de la casa del SEÑOR o cerca de ella (Jeremías 38:14). Al escoger ese lugar, Sedequías quizá quiso mostrar cierto respeto por la casa de Dios, lo cual era apropiado, ya que estaba pidiendo la palabra de Dios.
Sedequías le pidió a Jeremías «algo», pero debe entenderse que se refería a una palabra. Quería recibir del SEÑOR una palabra de advertencia, consejo, consuelo o predicción (Jeremías 37:17). En efecto, le dijo: «Dime todo. No me ocultes lo peor». Ya le habían dicho claramente lo que sucedería, pero, como Balaam, volvió a preguntar con la esperanza de recibir una respuesta mejor. Actuó como si Dios, que es firme e inmutable, fuera como él, siempre cambiando de parecer.
Segundo, observemos las condiciones que Jeremías estableció antes de darle su consejo (Jeremías 38:15). Jeremías quería estar a salvo. Sedequías quería que hablara con honestidad, pero Jeremías temía que, si lo hacía, el rey pudiera mandarlo matar. Tenía razones para temerlo, especialmente porque los príncipes ya estaban en su contra. Jeremías no se negaba a sufrir por la verdad cuando Dios lo llamaba a hacerlo, pero, al cumplir con su deber, todavía podía usar medios legítimos para proteger su vida.
Jeremías también se preocupaba por el bien de Sedequías. Estaba dispuesto a darle un consejo acertado y no mencionó los males que Sedequías ya había cometido contra él. Tampoco le dijo al rey que consultara a sus príncipes, aunque el consejo de ellos ya había sido tan valorado. Los siervos de Dios deben enseñar con gentileza aun a quienes se les oponen y devolver bien por mal. Jeremías quería que Sedequías escuchara, y esperaba que el rey todavía estuviera dispuesto a oír lo que más le convenía.
Algunos entienden las palabras de Jeremías como una expresión de esperanza: «¿Acaso no me escucharás?». Quizá esperaba que Sedequías finalmente estuviera dispuesto a aceptar la verdad, aun en aquel momento de peligro y pérdida. Hay esperanza para los pecadores cuando están dispuestos a escuchar un buen consejo. Otros entienden esas palabras de manera más dolorosa: si Sedequías no quería escuchar, quizá Jeremías bien podía guardar silencio. A los ministros les cuesta seguir hablando con quienes repetidamente han cerrado sus oídos.
Sedequías no respondió a la preocupación de Jeremías por su propia obediencia. No quiso prometer que seguiría el consejo. Quería conocer la voluntad de Dios, pero también quería conservar la libertad de hacer lo que le pareciera mejor. Era como si un rey tuviera derecho a arruinarse a sí mismo, aun cuando se le ofreciera un buen consejo.
Pero con respecto a la seguridad de Jeremías, Sedequías sí hizo una promesa. Dio su palabra real y luego la confirmó con un juramento: nadie haría daño a Jeremías por hablar con libertad. «No te mataré ni te entregaré en manos de los que quieren matarte» (Jeremías 38:16). Pensó que esto era un gran favor, aunque tanto Nabucodonosor como Belsasar, cuando Daniel les anunció su destino, no solo protegieron a Daniel, sino que también lo honraron y lo recompensaron (Daniel 2:48; Daniel 2:29).
El juramento de Sedequías es muy notable: «Vive el SEÑOR, quien nos dio esta vida», es decir, Dios les dio la vida tanto al rey como al prisionero. La vida del príncipe más poderoso y la del cautivo más pobre proceden igualmente de la mano de Dios. Dios es el Padre de los espíritus. Las almas son obra suya y fueron hechas de una manera más admirable que los cuerpos. En todos nuestros tratos con Dios y con los demás, debemos recordar que el Dios vivo creó estas almas.
Tercero, observemos el buen consejo que Jeremías le dio, junto con las razones para seguirlo. Jeremías no habló como político ni como estadista, sino como profeta, en el nombre del SEÑOR, Dios de los ejércitos y Dios de Israel. Le insistió a Sedequías que se entregara y entregara la ciudad a los príncipes del rey de Babilonia: «Sal a su encuentro y procura llegar al mejor acuerdo posible» (Jeremías 38:17). Este era el mismo consejo que ya les había dado al pueblo (Jeremías 38:2; Jeremías 21:9): someterse al juicio de Dios en vez de luchar contra él.
Era un consejo acertado para todos, grandes o pequeños, porque Dios no muestra favoritismo. Jeremías puso delante del rey la vida y la muerte. Si Sedequías se rendía, salvaría a sus hijos de la espada y a Jerusalén del fuego. La ciudad no sería incendiada, y él y su familia vivirían. Pero si se resistía obstinadamente, tanto su casa como Jerusalén serían destruidas (Jeremías 38:18). Cuando Dios juzga, él vence.
Así sucede con los pecadores delante de Dios. Si se someten humildemente a su gracia y a su gobierno, vivirán. Si endurecen su corazón contra lo que Dios ofrece, ciertamente serán destruidos. Deben inclinarse o quebrarse.
Cuarto, observemos la objeción de Sedequías al consejo de Jeremías (Jeremías 38:19). Jeremías había hablado por profecía, en el nombre de Dios. Por lo tanto, si Sedequías realmente hubiera respetado la autoridad, la sabiduría y la bondad de Dios, habría aceptado de inmediato. Pero respondió basándose en cálculos humanos, como si la palabra de Jeremías fuera solo una opinión política. La sabiduría humana se vuelve necedad cuando se opone al consejo de Dios.
Sedequías dijo, en efecto, que no temía a los caldeos, es decir, a los soldados babilonios, porque eran hombres honorables, sino a los judíos que ya se habían pasado al lado de los caldeos. Temía que, cuando lo vieran unirse a ellos después de haberse resistido durante tanto tiempo, se burlaran de él y dijeran: «¿También tú te has debilitado como el agua?» (Isaías 14:10).
Sin embargo, era muy poco probable que ese temor se hiciera realidad. Era improbable que los caldeos lo entregaran a los judíos solo para complacerlos, o que los cautivos judíos, en medio de su propia miseria, fueran tan imprudentes como para burlarse de su rey.
Con frecuencia nos alejamos del deber por causa de temores necios que no tienen un fundamento real. Nacen de nuestra imaginación, no de la situación misma. Sedequías, rey de Judá, tenía miedo de que los judíos se burlaran de él si se rendía, pero Jeremías mostró lo débil que era ese temor. Si el rey tenía que soportar alguna burla, debió aprender a soportarla por causa de Dios y por el bien de su familia y de su ciudad.
Aunque rendirse le hubiera parecido la peor pérdida personal que pudiera imaginar, todavía debía hacerlo en obediencia a Dios. Jeremías le estaba diciendo que el verdadero valor puede consistir en aceptar un daño menor para evitar uno mucho mayor. Sedequías pensaba que rendirse parecería cobardía, pero en realidad habría sido valiente soportar las burlas de los judíos en vez de traer la ruina sobre su familia y su reino. Las personas de espíritu muy frágil no pueden soportar que se rían de ellas, aun cuando están haciendo lo correcto y lo sensato.
Jeremías también instó con mucha firmeza al rey a seguir la voluntad de Dios. Le prometió que, si obedecía, no sucedería aquello que tanto temía y sería tratado de una manera digna de su rango (Jeremías 38:20). Después de todas sus decisiones insensatas, Jeremías le rogó que al final tomara una decisión sabia y hiciera lo que más le convenía: obedecer la voz del SEÑOR, porque así le iría bien. Pero Jeremías también dejó claro lo que sucedería si se negaba.
Si Sedequías desobedecía, caería en manos de los caldeos, otro nombre para los babilonios, quienes podrían haberse convertido en sus aliados si se hubiera rendido. Si tenía que caer, al menos debía saber cómo caer a salvo. No escaparía, como esperaba hacerlo (Jeremías 38:23). También sería considerado responsable de la destrucción de Jerusalén, aunque afirmaba preocuparse por salvarla. Con un poco de negación propia y sumisión, podría haber evitado que la ciudad fuera incendiada.
Así es como los súbditos suelen sufrir por causa del orgullo y la obstinación de sus gobernantes. Los gobernantes deben proteger a su pueblo, pero pueden convertirse en la causa de su ruina. Sedequías también había temido sufrir una deshonra injusta por rendirse, pero Jeremías le dijo que ciertamente sufriría una deshonra justa por negarse. Incluso las mujeres de la corte, que permanecieron allí después de que Joacim y Jeconías fueran llevados cautivos, algún día hablarían contra él. Dirían que los hombres en quienes había confiado y a quienes había escuchado lo habían impulsado con un valor falso y que, mediante sus consejos, en realidad lo habían llevado a la ruina.
Los que le habían prometido paz lo habían engañado. Lo habían animado a ser valiente y resistir hasta el final, pero sus consejos lo habían llevado a la ruina. Descubriría que las personas que consideraba sus amigas eran, en realidad, sus peores enemigas. Sus pies se hundirían en el lodo, una imagen de estar atrapado e indefenso, sin poder avanzar y obligado a retroceder (Jeremías 38:22-23). Las mujeres se burlarían de él, mientras sus esposas y sus hijos se convertirían en botín de guerra. Lo que las personas intentan evitar mediante el pecado muchas veces les sobreviene de todos modos, por el justo juicio de Dios. Quienes abandonan su deber por temor a la vergüenza seguramente encontrarán una vergüenza mucho mayor en el camino de la desobediencia.
Sedequías también quería que toda esa reunión se mantuviera en secreto (Jeremías 38:24). En realidad, no tenía la intención de seguir el consejo de Jeremías, ni siquiera de decir que lo consideraría. Había resistido durante tanto tiempo los llamados de Dios y había escogido el pecado con tanta obstinación que parecía haber sido dejado a sus propios planes. No tenía respuesta ante el consejo de Jeremías, pero tampoco quería obedecerlo. Muchos escuchan las palabras de Dios, pero no las ponen en práctica.
A Jeremías se le dijo que no permitiera que nadie supiera lo que había ocurrido entre él y el rey. Sedequías quería mantenerlo en privado, no principalmente para proteger a Jeremías, pues sabía que los príncipes no podían hacerle daño sin el consentimiento del rey, sino para proteger su propia imagen. Muchas personas tienen una mejor opinión de la gente buena y de las cosas buenas de lo que están dispuestas a admitir. Su conciencia honra a los siervos de Dios, pero no quieren que el mundo lo sepa (2 Corintios 5:11). Prefieren hacer una bondad en secreto antes que permitir que alguien los vea haciéndola. Lamentablemente, eso suele demostrar que les importa más la aprobación humana que la aprobación de Dios.
Sedequías también le indicó a Jeremías qué debía decir si los príncipes lo interrogaban. Jeremías debía decirles que le había pedido al rey que no lo enviara de regreso a la casa del escriba Jonatán, la prisión donde había estado detenido anteriormente (Jeremías 38:25-27). Jeremías sí dijo eso, y era verdad. No estaba mintiendo ni tergiversando sus palabras. Simplemente usó una parte de la verdad, algo que tenía todo el derecho de hacer, pues no estaba obligado a contarles todo. Debemos ser inocentes como palomas, para nunca decir una mentira deliberada. Pero también debemos ser prudentes como serpientes, de modo que no tengamos que exponernos innecesariamente al peligro diciendo todo lo que sabemos.
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De este capítulo
Jeremías 38:1
"Entonces Sefatías hijo de Matán, Gedalías hijo de Pasur, Jucal hijo de Selemías y Pasur hijo de Malquías oyeron las palabras que Jeremías había dicho a todo el pueblo:"
Jeremías 38:2
"Así dice el SEÑOR: El que permanezca en esta ciudad morirá por la espada, el hambre y la peste; pero el que salga hacia los caldeos vivirá, pues tendrá su vida como botín y vivirá."
Jeremías 38:3
"Así dice el SEÑOR: Esta ciudad ciertamente será entregada en manos del ejército del rey de Babilonia, que la tomará."
Jeremías 38:4
"Por eso los príncipes dijeron al rey: Te rogamos que se dé muerte a este hombre, porque al decirles tales palabras debilita las manos de los hombres de guerra que quedan en esta ciudad y las manos de todo el pueblo. Este hombre no busca el bienestar de este pueblo, sino su desgracia."
Jeremías 38:5
"Entonces el rey Sedequías dijo: Ahí lo tienen en sus manos, porque el rey no puede hacer nada contra ustedes."
Jeremías 38:6
"Entonces tomaron a Jeremías y lo echaron en el calabozo de Malquías hijo de Hamelec, que estaba en el patio de la cárcel. Bajaron a Jeremías con cuerdas. En el calabozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo."
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