Versículo destacado
Jeremías 37:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y sucedió que, cuando el ejército de los caldeos se retiró de Jerusalén por temor al ejército del faraón, "
Jeremías 37:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Así dice el SEÑOR: No se engañen a ustedes mismos diciendo: “Sin duda, los caldeos se alejarán de nosotros”, porque no se alejarán.
10 Aunque ustedes hubieran derrotado a todo el ejército de los caldeos que combate contra ustedes y solo quedaran entre ellos hombres heridos, cada uno se levantaría en su tienda y quemaría esta ciudad con fuego.
11 Y sucedió que, cuando el ejército de los caldeos se retiró de Jerusalén por temor al ejército del faraón,
12 Jeremías salió de Jerusalén para ir a la tierra de Benjamín, a fin de separarse de allí en medio del pueblo.
13 Cuando estaba en la puerta de Benjamín, se encontraba allí un capitán de la guardia llamado Irías, hijo de Selemías, hijo de Hananías. Este apresó al profeta Jeremías y le dijo: «Tú estás desertando para unirte a los caldeos».
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Aquí tenemos más detalles de la historia de Jeremías. Él cuenta más acerca de su propia vida que cualquier otro profeta, y eso ha ayudado a la iglesia tanto como su predicación y sus escritos. La vida y los sufrimientos de los siervos de Dios también nos enseñan.
Jeremías tuvo la oportunidad de salir de Jerusalén e ir al campo (Jeremías 37:11-12). Cuando los caldeos, es decir, los babilonios, se retiraron porque se acercaba el ejército del faraón, Jeremías decidió salir. Una nota al margen del texto sugiere que trataba de escabullirse de la ciudad mientras la gente entraba y salía para atender sus asuntos. Intentó mezclarse entre la multitud.
Aunque era un hombre de gran importancia, Jeremías estaba dispuesto a vivir tranquilamente y sin llamar la atención. Podía conformarse con permanecer escondido en un lugar pequeño, incluso en una casita. No sabemos si pensaba ir a Anatot, su pueblo natal, aunque es posible que lo tuviera en mente. Sus vecinos quizá seguían siendo hostiles con él, a menos que hubieran cambiado desde lo ocurrido en Jeremías 11:21. Tal vez quería encontrar un lugar donde nadie lo conociera, como el refugio solitario que deseaba en el desierto (Jeremías 9:2). No había encontrado nada bueno en Jerusalén, donde su trabajo parecía inútil, así que planeaba irse. A veces, las personas sabias y buenas deben retirarse a la privacidad, entrar en sus habitaciones y cerrar la puerta detrás de ellas (Isaías 26:20).
Pero cuando llegó a la puerta de Benjamín, lo apresaron como si estuviera desertando al enemigo y lo metieron en la cárcel (Jeremías 37:13-15). Un capitán de la guardia, probablemente el oficial encargado de esa puerta, lo descubrió y lo arrestó. Este hombre era nieto de Hananías, a quien los judíos identifican como el falso profeta que se había opuesto a Jeremías (Jeremías 28:10), y creen que quizá el capitán odiaba a Jeremías por ese motivo. Necesitaba algún cargo para justificar el arresto, así que acusó a Jeremías de pasarse al lado de los caldeos. Era una acusación muy débil, porque los caldeos ya se habían retirado y Jeremías ni siquiera podía llegar hasta ellos. Aun si hubiera podido, ¿quién desertaría a un ejército que acababa de ser obligado a retirarse?
Jeremías respondió con calma y sinceridad: «Eso es falso. No me estoy pasando al lado de los caldeos. Voy a ocuparme de mis propios asuntos». No es algo nuevo que se trate a los mejores amigos de la iglesia como si estuvieran del lado de sus peores enemigos. A las personas más puras y excelentes con frecuencia se les atribuyen los peores nombres. En un mundo pecaminoso, la inocencia e incluso la verdadera bondad no protegen a nadie de la calumnia. Cuando nos acusan falsamente, podemos hacer lo que hizo Jeremías: negar claramente la acusación y dejar nuestro caso en manos de quien juzga con justicia.
La clara protesta de Jeremías no sirvió de nada, aunque era profeta, hombre de Dios y hombre respetado. Tampoco importó que fuera sacerdote y que pudiera hablar con la autoridad propia de un sacerdote. Los funcionarios ni siquiera lo interrogaron ni examinaron las pruebas en su contra. Se enojaron por la acusación del capitán y se ofendieron sin razón. ¿Qué justicia podía esperarse de personas que, estando enojadas, no querían escuchar? Golpearon a Jeremías, no respetaron ni su persona ni su cargo, y luego lo arrojaron a la cárcel.
Lo pusieron en la peor prisión que tenían, en la casa de Jonatán, el secretario, es decir, el funcionario encargado de escribir y llevar los registros. Puede que alguna vez hubiera sido la casa de Jonatán y que después se hubiera convertido en prisión, o quizá todavía fuera su casa y él la hubiera hecho un lugar cruel para los prisioneros. A Jeremías lo metieron en el calabozo, la parte más oscura, fría, húmeda y sucia del lugar. Allí tuvo que permanecer en unas celdas, todas ellas miserables para vivir. Se quedó allí muchos días, y parece que nadie lo visitó ni preguntó por él.
Esto muestra qué clase de mundo es este. Los príncipes malvados, que se rebelaban contra Dios, vivían cómodamente en sus palacios, mientras el piadoso Jeremías, que servía a Dios, sufría en un calabozo inmundo. Qué bueno es que existe un mundo venidero.
Finalmente, Sedequías, rey de Judá, mandó llamar a Jeremías y le mostró cierta amabilidad, aunque probablemente no lo hizo sino hasta que el ejército babilonio regresó y comenzó de nuevo el sitio. Cuando sus falsas esperanzas se derrumbaron —las mismas esperanzas que incluso los habían llevado a volver a esclavizar a sus siervos (Jeremías 34:11)—, estaban más confundidos y asustados que antes. Entonces Sedequías dijo, en efecto: «¡Rápido, llamen al profeta! Quiero hablar con él».
Cuando los babilonios se habían retirado por primera vez, el rey solo le había pedido a Jeremías que orara por él. Ahora que la ciudad estaba sitiada otra vez, quería consultarlo. Así es como las personas se muestran dispuestas a buscar a Dios cuando los problemas las presionan con fuerza. El rey pidió hablar con Jeremías en privado, como si fuera un enviado de Dios. Lo hizo llamar secretamente a su casa, avergonzado de que lo vieran con él, y le preguntó: «¿Hay alguna palabra del Señor?» (Jeremías 37:17). En realidad quería decir: «¿Hay alguna palabra de consuelo? ¿Puedes darnos alguna esperanza de que los babilonios vuelvan a retirarse?».
Quienes no quieren escuchar las advertencias de Dios en los tiempos tranquilos suelen desear con urgencia su consuelo cuando llegan los tiempos difíciles. Entonces quieren que sus ministros les hablen de paz. Pero ¿cómo pueden esperar eso? ¿Qué tienen que ver con la paz? La vida y el bienestar de Jeremías estaban en manos de Sedequías, así que tenía razones para pedir el favor del rey. Sin embargo, le dijo claramente que sí había una palabra del Señor, pero no había consuelo para él ni para su pueblo: sería entregado al rey de Babilonia.
Si Jeremías hubiera seguido la sabiduría humana, podría haber dado una respuesta más suave. Tal vez no habría mentido, pero podría haber evitado decir lo peor en ese momento. Después de todo, ya lo había dicho muchas veces. Pero el Señor había tenido misericordia de Jeremías y le había permitido ser fiel, así que él no sería infiel a Dios para ganarse el favor de un hombre o del rey. Por eso le dijo toda la verdad. Como no había remedio, fue un acto de bondad advertirle al rey cuál sería su destino, para que no lo tomara por sorpresa más adelante y pudiera prepararse lo mejor posible.
Jeremías también aprovechó ese momento para reprender al rey y al pueblo por haber confiado en los falsos profetas, quienes les decían que el rey de Babilonia nunca vendría o que, después de retirarse, jamás volvería contra ellos (Jeremías 37:19).
«¿Dónde están ahora sus profetas, los que les decían que tendrían paz?». Quienes se engañan a sí mismos con vanas esperanzas de misericordia merecen quedar avergonzados cuando los acontecimientos demuestran que estaban equivocados.
Jeremías también aprovechó la oportunidad para presentar una petición privada como un pobre prisionero (Jeremías 37:18, 20). No podía cambiar la sentencia que Dios había pronunciado contra Sedequías, pero Sedequías sí podía revocar el castigo que los príncipes habían impuesto sobre Jeremías. Si el rey creía que valía la pena escuchar a Jeremías como profeta, no debió tratarlo como al peor de los criminales. Jeremías le pidió humildemente al rey: «¿Qué he hecho contra ti, contra tus siervos o contra este pueblo? ¿Qué ley he quebrantado o qué daño le he causado al bien público para que me hayan metido en la cárcel?». Muchas personas que han sido tratadas injustamente podrían presentar una petición semejante y demostrar que es verdadera.
También rogó con sinceridad y profunda emoción: «Por favor, devuélveme a la prisión que está en la casa de Jonatán, el secretario, para que no muera allí» (Jeremías 37:20). Este era el clamor de un hombre inocente que sentía su sufrimiento y quería vivir. No es que se negara a morir como mártir de Dios, es decir, como alguien que muere permaneciendo fiel al mensaje de Dios. Pero, puesto que tenía una oportunidad clara de recibir alivio, no quería dejarla pasar y morir por negligencia. Cuando Jeremías hablaba en nombre de Dios, lo hacía con gran valentía y autoridad. Cuando hablaba por sí mismo, lo hacía con humildad y respeto: «Por favor, escúchame, mi señor el rey». No se quejó contra los príncipes que lo habían encarcelado injustamente ni los amenazó con demandarlos por encarcelamiento ilegal. Sencillamente presentó una petición moderada ante el rey. Esto nos enseña que, aunque actuemos con valentía por Dios, debemos comportarnos con la humildad y el respeto que corresponden a las autoridades que Dios ha puesto sobre nosotros. Un león en la causa de Dios debe ser un cordero cuando se trata de defender su propio caso.
También vemos que Dios hizo que Jeremías hallara favor ante el rey. Primero, el rey concedió su petición y se aseguró de que no muriera en el calabozo. En lugar de eso, Jeremías fue llevado al patio de la guardia, donde podía caminar al aire libre y respirar con más libertad. Segundo, Dios le dio más de lo que había pedido. Evitó que Jeremías muriera de hambre, como les ocurrió a muchos otros durante el sitio aunque eran libres, y ordenó que recibiera diariamente una ración de pan del suministro público, pues la prisión estaba cerca de los terrenos del palacio, hasta que se acabara el pan.
Sedequías debió haber liberado a Jeremías y haberlo convertido en un consejero de confianza, así como José salió de la prisión para convertirse en el segundo al mando del reino. Pero le faltó el valor para hacerlo. Aun así, fue una muestra de misericordia que hiciera lo que hizo. Esto demuestra el cuidado que Dios brinda a sus siervos que sufren y permanecen fieles a él. Él puede convertir incluso la prisión en algo bueno para ellos. Puede hacer que el patio de una prisión sea para ellos como un prado verde y levantar amigos que los alimenten, de modo que aun en tiempos de hambre queden satisfechos. «En medio de la destrucción y del hambre, te reirás».
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De este capítulo
Jeremías 37:1
"El rey Sedequías, hijo de Josías, reinó en lugar de Conías, hijo de Joacim, a quien Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo rey en la tierra de Judá."
Jeremías 37:2
"Pero ni él, ni sus siervos, ni el pueblo de la tierra escucharon las palabras del SEÑOR, que él habló por medio del profeta Jeremías."
Jeremías 37:3
"El rey Sedequías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, al profeta Jeremías para decirle: «Ruega ahora por nosotros al SEÑOR nuestro Dios»."
Jeremías 37:4
"Jeremías entraba y salía entre el pueblo, porque todavía no lo habían metido en prisión."
Jeremías 37:5
"Entonces el ejército del faraón había salido de Egipto, y cuando los caldeos que sitiaban Jerusalén oyeron noticias de ellos, se retiraron de Jerusalén."
Jeremías 37:6
"Entonces vino la palabra del SEÑOR al profeta Jeremías, diciendo:"
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