Versículo destacado
Jeremías 23:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mi corazón está quebrantado dentro de mí a causa de los profetas; todos mis huesos tiemblan. Soy como un borracho, como un hombre vencido por el vino, a causa del SEÑOR y a causa de las palabras de su santidad. "
Jeremías 23:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Por tanto, miren, vienen días —dice el SEÑOR— en que ya no se dirá: “Vive el SEÑOR, que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto”,
8 sino: “Vive el SEÑOR, que sacó y condujo a la descendencia de la casa de Israel desde la tierra del norte y desde todos los países adonde yo la había expulsado”. Y habitarán en su propia tierra.
9 Mi corazón está quebrantado dentro de mí a causa de los profetas; todos mis huesos tiemblan. Soy como un borracho, como un hombre vencido por el vino, a causa del SEÑOR y a causa de las palabras de su santidad.
10 La tierra está llena de adúlteros; a causa de los juramentos, la tierra está de luto. Los pastizales del desierto se han secado; el proceder de ellos es malo y su fuerza no es recta.
11 «Porque tanto el profeta como el sacerdote son profanos; aun en mi casa he encontrado su maldad», dice el SEÑOR.
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Aquí encontramos una fuerte advertencia contra los falsos profetas. Nadie había sido más amargamente hostil hacia los verdaderos profetas de Dios que ellos, así que era correcto que los verdaderos profetas hablaran con firmeza en su contra. Jeremías ya se había quejado ante Dios acerca de estos hombres (Jeremías 14:13), y con frecuencia había dicho que participarían del juicio que se acercaba. Sin embargo, aquí reciben una serie de ayes dirigidos especialmente contra ellos.
Jeremías muestra cuánto pesa este problema sobre él. Dice: «Mi corazón está quebrantado dentro de mí; soy como un borracho» (Jeremías 23:9). Su mente está sacudida por el asombro, y su corazón se siente aplastado por el dolor y la angustia. Jeremías tomaba estos asuntos muy en serio, y todo lo que amenazaba a su nación dejaba una profunda huella en él.
Está angustiado por causa de los profetas, por su pecado, sus falsas enseñanzas y sus vidas perversas. Lo que más le afligía era escucharlos usar el nombre de Dios y afirmar que sus palabras procedían de él. Nunca el Señor y las palabras de su santidad habían sido tan gravemente profanados por esos hombres. Un corazón fiel siente el mayor dolor cuando el nombre de Dios es deshonrado y su santa palabra es tratada con desprecio.
Jeremías también está angustiado por causa del Señor y de sus juicios, que ahora vienen sobre el pueblo como una inundación. Tiembla al contemplar la ruina y la destrucción que vienen «a causa del Señor» y «a causa de las palabras de su santidad» (Jeremías 23:9). Esto significa que esos juicios vienen por el poder de la ira de Dios, tal como lo había advertido su santa palabra. Aun quienes saben que Dios está a favor de ellos no pueden evitar temblar cuando piensan en quienes tienen a Dios en su contra.
También lamenta la creciente maldad de la tierra y las señales del desagrado de Dios que ya se manifiestan entre ellos. «La tierra está llena de adúlteros» (Jeremías 23:10), lo que significa que está llena tanto de infidelidad espiritual como de inmoralidad sexual. El pueblo se ha apartado de Dios, y cuando desaparece el temor de él, no sorprende que se hunda en toda clase de pecados vergonzosos. También han deshonrado a Dios y a sí mismos por medio de juramentos falsos y frívolos, y por eso la tierra está de luto.
Tanto los juramentos falsos como las blasfemias y las expresiones irreverentes son pecados que deberían llevar a una nación al arrepentimiento; de lo contrario, Dios hará que la tierra se lamente bajo sus juicios. Su tierra ya está de luto por causa de la sequía y el hambre. Los pastizales agradables y las regiones áridas se están marchitando por falta de lluvia, y aun así no hay señales de arrepentimiento. Su conducta continúa avanzando en la misma dirección pecaminosa, y se niegan a apartarse de ella.
Jeremías luego atribuye gran parte de la culpa a los profetas y los sacerdotes, especialmente a los profetas. Ambos son profanos, es decir, tratan las cosas santas de manera impía (Jeremías 23:11). Los sacerdotes profanan la adoración que deberían dirigir, y los profetas profanan la palabra que deberían comunicar. Toda su manera de vivir está contaminada, así que no sorprende que el pueblo también se haya corrompido.
Además, actúan como hipócritas, aunque esconden su conducta bajo un lenguaje religioso. Llevan a cabo sus planes perversos no solo en sus propias casas y en los lugares malos que frecuentan, sino también en la casa de Dios. Allí, en el templo, precisamente donde los sacerdotes servían y los profetas hablaban, eran culpables tanto de idolatría como de inmoralidad. Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí, son un triste ejemplo de ello (1 Samuel 2:22). Dios examina su propia casa, y cuanto más cerca está un pecado de él, más ofensivo resulta.
Se presentan dos acusaciones contra ellos. Primero, enseñaban a la gente a pecar por medio de su ejemplo. Jeremías los compara con los profetas de Samaria, la ciudad principal de las diez tribus, que había sido destruida mucho tiempo atrás. Los profetas de Samaria tuvieron la insensatez de profetizar en nombre de Baal, como lo hicieron los profetas de Acab, y así apartaron a Israel del Dios verdadero para adorar a Baal (Jeremías 23:13). Los profetas de Jerusalén no hacían eso, y se sentían orgullosos de no hacerlo. Afirmaban hablar en nombre del Dios verdadero, a diferencia de los profetas de Samaria, que hablaban en nombre de Baal.
Pero ¿de qué servía eso si corrompían a la nación con su inmoralidad tanto como los otros la habían corrompido con su idolatría? Es algo terrible que los profetas de Jerusalén usaran el nombre del Dios santo mientras vivían en impureza. Restaban importancia al adulterio. Usaban el nombre del Dios de la verdad, pero vivían en la mentira. No solo predicaban falsedades; en la vida cotidiana tampoco se podía confiar en una sola palabra de ellos. Todo lo que hacían era una broma, un engaño o una intriga.
Al vivir de esa manera, animaban a los pecadores a continuar en el mal. La gente podía decir: «Podemos hacer lo mismo que hacen los profetas. ¿Por qué deberíamos ser mejores que nuestros maestros?». De este modo, nadie se apartaba de la maldad. Al contrario, seguían diciendo que tendrían paz mientras continuaban en su pecado, porque sus profetas se lo prometían. Así, Judá y Jerusalén llegaron a ser como Sodoma y Gomorra, ciudades sumamente perversas delante del Señor, y Dios las consideró dignas únicamente de destrucción, tal como aquellas ciudades fueron destruidas con fuego y azufre.
Segundo, esos profetas fomentaban el pecado por medio de sus mensajes falsos. Se convencían a sí mismos de que el pecado no causaba daño ni representaba peligro, y actuaban en consecuencia. Por eso no sorprende que llevaran a otros a creer lo mismo (Jeremías 23:16). Hablaban de una visión inventada por su propio corazón, algo que ellos mismos habían creado y que se ajustaba a sus propios deseos. Pero no procedía de la boca del Señor. Dios nunca se las había dado, y no estaba de acuerdo ni con la ley de Moisés ni con lo que Dios había hablado por medio de otros profetas.
Les decían a los pecadores que todo les iría bien, aunque siguieran viviendo en pecado (Jeremías 23:17). Observa a quiénes animaban: a los que desprecian a Dios, a los que toman a la ligera su autoridad y a los que tienen en poco su adoración y sus caminos. También animaban a quienes seguían sus propias fantasías, a los idólatras y a quienes eran esclavos de sus propios deseos. Las personas entregadas al placer siempre mostrarán desprecio por su Dios.
Mira cómo adulaban a la gente. Debían haber repetido: «No hay paz para quienes siguen viviendo en el mal», y «A quienes desprecian a Dios les irá mal», e incluso: «¡Ay de ellos, muchos ayes les esperan!». En cambio, seguían diciendo: «Tendrán paz; no les sobrevendrá ninguna calamidad». Peor aún, afirmaban que Dios había dicho eso, haciendo parecer que él aprobaba el pecado y se contradecía a sí mismo.
Esto nos advierte que a las personas decididas a continuar en el mal a menudo se les permite creer las mentiras de quienes prometen paz mientras se niegan a arrepentirse. Dios permite ese tipo de engaño poderoso como un juicio.
Dios rechaza todo lo que estos falsos profetas decían para consolar a la gente en sus pecados (Jeremías 23:21). «Yo no envié a estos profetas». No habían recibido ninguna misión de Dios. No solo no habían sido enviados para comunicar ese mensaje; nunca habían sido enviados por él para ninguna tarea. Dios afirma que jamás les dio el mensaje que decían tener.
Sin embargo, se apresuraron con entusiasmo. Eran atrevidos y descuidados, y hablaban sin la lucha que con frecuencia acompaña a la verdadera profecía. Les decían a los pecadores: «Tendrán paz». Pero Dios pregunta: «¿Quién ha estado en el consejo del Señor?». En otras palabras, ¿quién de ellos había consultado realmente a Dios y recibido su voluntad verdadera? Hablaban con seguridad, pero no habían examinado su mensaje a la luz del carácter de Dios, su santidad y su justicia. No habían escuchado atentamente su palabra ni habían comparado sus afirmaciones con las Escrituras. Si lo hubieran hecho, jamás habrían dicho semejantes cosas.
Todo el que habla en nombre de Dios debe poner su mensaje a prueba por medio de la ley y el testimonio. Quienes los escuchan también deben hacerlo. Pero ¿cuál de esos profetas que prometían paz lo había hecho realmente? Su fracaso demuestra que no habían estado en el consejo de Dios ni habían escuchado su palabra, como se muestra más adelante en Jeremías 23:22.
Si verdaderamente hubieran estado en el consejo de Dios, habrían usado las Escrituras como su norma. Habrían hecho que el pueblo de Dios escuchara las palabras de Dios y se habría mantenido aferrado a ellas. Como no hablaban conforme a esa norma, queda claro que no había luz en ellos.
También habrían tenido como meta que las almas se volvieran a Dios. Su predicación habría buscado apartar a la gente del mal en general y de cada práctica pecaminosa específica. Habrían trabajado por una reforma en la vida de las personas. Su propósito habría sido separar a la gente de sus pecados. Pero nunca tuvieron esa meta. En cambio, animaban a los pecadores a permanecer en sus pecados.
También habrían visto alguna bendición en su ministerio. El sentido es que, si hubieran permanecido en el consejo de Dios y las palabras que proclamaban realmente hubieran sido palabras de Dios, habrían apartado al pueblo de sus malos caminos. El poder de Dios habría acompañado la palabra para convencer de pecado. Dios sí bendice su propia obra. Sin embargo, esto no es una regla segura en todos los casos, porque el mismo Jeremías, aunque fue enviado por Dios, solo logró que unos pocos se apartaran del mal.
Entonces Dios amenaza con castigar a estos profetas por su maldad. Ellos prometían paz al pueblo, pero Dios muestra lo absurdo de sus palabras al declarar que ellos mismos no tendrían paz. Eran completamente incapaces de garantizar la seguridad de otros cuando el mal ya venía sobre ellos y no podían verlo (Jeremías 23:12). Como los profetas y los sacerdotes eran impíos, sus caminos serían como senderos resbaladizos en la oscuridad.
Quienes hacen que otros se desvíen, especialmente cuando saben que lo están haciendo, perderán todo consuelo en su propio camino. Pretenden mostrarles el camino a los demás, pero ellos mismos estarán en oscuridad o, al menos, en una neblina. Su visión fallará y no tendrán un panorama claro para sí mismos. Pretenden darles a otros una seguridad firme, pero ellos no tendrán dónde afirmarse. Sus caminos serán resbaladizos, de modo que no caminarán con estabilidad, seguridad ni paz.
Intentan calmar al pueblo con palabras halagadoras, pero ellos mismos estarán angustiados. Serán arrastrados, ya sea como cautivos o como personas que huyen de una persecución. Caerán en el mismo camino que esperaban que los salvara y, de ese modo, caerán en manos de sus enemigos. Prometen mantener el mal lejos de los demás, pero Dios hará que el mal caiga sobre ellos, incluso el año de su castigo, el tiempo establecido para pedirles cuentas. Ese tiempo fijado llega para todos los que se niegan a juzgarse a sí mismos, y será un tiempo de calamidad. El año del castigo será el año de la retribución.
Dios dice aún más: «Los alimentaré con ajenjo», es decir, con algo amargo y dañino, como un veneno, «y les daré a beber aguas de hiel», o, según otra lectura, jugo de cicuta. Véase Jeremías 9:15. Es justo que primero se les dé a beber la copa del temblor, porque de los profetas de Jerusalén, que debían ser ejemplos de piedad y de todo lo honorable, la impiedad se extendió por toda la tierra. Nada destruye más completamente a una nación que los ministros corruptos.
También se advierte al pueblo que no confíe en estos falsos profetas. Aunque los profetas les prometían seguridad, los juicios de Dios ciertamente caerían sobre ellos si no se arrepentían (Jeremías 23:16). La advertencia es: «Presten atención a lo que Dios dice y no escuchen a estos profetas. Al final descubrirán que la palabra de Dios permanece, no la de ellos. La palabra de Dios los hace tomar las cosas en serio, pero ellos los vuelven vacíos e insensatos. Los alimentan con esperanzas vacías que al final les fallarán».
Ellos dicen: «Ningún mal vendrá sobre ustedes». Pero escuchen lo que Dios dice (Jeremías 23:19): «Ha salido con furia un torbellino del SEÑOR». Ellos dicen que todo estará tranquilo y en paz, pero Dios dice que viene una tormenta, un torbellino enviado por él, y nadie podrá resistirlo. Es un torbellino levantado por la ira divina. Ha salido de los depósitos del juicio divino, por lo que será una tormenta terrible. Golpeará con fuerza, con lluvia y granizo, sobre las cabezas de los malvados, y ellos no podrán escapar ni encontrar refugio.
Esta tormenta caerá sobre los profetas malvados que engañaron al pueblo y sobre el pueblo malvado que se dejó engañar. Una tormenta espantosa será su copa (Salmo 11:6). Esta sentencia está fijada y no puede revocarse (Jeremías 23:20): «La ira del SEÑOR no se apartará, porque el decreto ya ha salido».
Dios no cambiará de parecer ni permitirá que su ira sea apartada hasta que haya ejecutado su sentencia y cumplido lo que se ha propuesto. Cuando el torbellino de Dios baja del cielo, no regresa sin haber cumplido aquello para lo que fue enviado (Isaías 55:11). Ahora quizá las personas no piensen en esto, pero en los días posteriores lo comprenderán por completo y con verdadera claridad. Quienes no quieran temer las advertencias de Dios sentirán su juicio y entonces entenderán plenamente lo que ahora se niegan a creer. También aprenderán, demasiado tarde, cuán terrible es caer en manos de un Dios santo y celoso. Quienes no quieran pensar en lo que vendrá tendrán que hacerlo cuando ya sea demasiado tarde.
Aquí se presentan varias verdades a estos falsos profetas para llevarlos al arrepentimiento y, si fuera posible, hacerlos reconocer su error y confesar el daño que le han hecho al pueblo de Dios. Primero, deben recordar que, aunque puedan engañar a las personas, no pueden engañar a Dios. Los seres humanos no pueden ver a través de sus mentiras, pero Dios sí. Con esto, Dios declara que está presente en todas partes y que conoce perfectamente todas las cosas (Jeremías 23:23-24). Cuando estos profetas le decían al pueblo que no le sobrevendría ningún daño aunque siguiera viviendo en pecado, actuaban basados en ideas de incredulidad. Se comportaban como si el SEÑOR no viera su pecado, no pudiera juzgar a través de la nube oscura y nunca fuera a pedirles cuentas. Por eso tuvieron que aprender las verdades más básicas de la fe y enfrentarse con verdades que nadie puede negar razonablemente.
Dios dice que, aunque su trono está establecido en los cielos y esta tierra pueda parecerle lejana, él también está presente aquí, en este mundo inferior, así como en el mundo superior que parece estar cerca de él (Jeremías 23:23). El ojo de Dios ve lo mismo en la tierra que en el cielo. Él examina aquí tal como examina allá (2 Crónicas 16:9). Lo que hay en la mente de los seres humanos, cuyos espíritus están cubiertos de carne, es tan claro para él como lo que hay en la mente de los ángeles, esos espíritus descubiertos que rodean su trono. Su poder es el mismo en la tierra, entre sus habitantes, que en el cielo, entre sus ejércitos. Para nosotros, la cercanía y la distancia hacen una gran diferencia en lo que vemos y hacemos, pero no es así con Dios. Para él, la oscuridad y la luz, lo cercano y lo lejano, son iguales.
Dios también dice que nadie puede esconderse de su ojo que todo lo ve, por más astuto o cuidadoso que sea (Jeremías 23:24). ¿Puede alguien esconderse en lugares secretos de la tierra para que Dios no lo vea? ¿Puede alguien ocultar sus planes e intenciones en los lugares secretos del corazón para que Dios no los vea? Ninguna forma de ocultarse puede sacar a las personas de la vista de Dios ni engañar su juicio. Él está presente en todas partes. No solo gobierna los cielos y la tierra y sostiene a ambos con su cuidado; también llena los cielos y la tierra con su propia presencia (Salmo 139:7-8). Ningún lugar puede contenerlo ni excluirlo.
Dios aplica esta verdad directamente a estos profetas, que se habían vuelto expertos en ocultar lo que hacían (Jeremías 23:25-26). Él dice: «He oído lo que dijeron los profetas que profetizan mentiras en mi nombre». Ellos pensaban que Dios estaba tan ocupado con el otro mundo que no tenía tiempo para notar lo que sucedía aquí. Pero Dios les demostrará que conoce todas sus mentiras y todas las afirmaciones falsas que han difundido bajo el disfraz de una revelación divina. Lo que querían decir para halagar a la gente, fingían haberlo recibido en un sueño, aunque nada de eso había sucedido. A las personas no les resultaba fácil refutarlo, porque alguien puede afirmar: «Soñé esto», y nadie puede cuestionarlo directamente. Pero Dios dejó al descubierto el fraude. Quizá estos falsos profetas susurraban sus afirmaciones solo a sus amigos cercanos y decían: «Soñé esto y aquello». Dios los oyó. Su ojo examinador siguió cada método que usaban para engañar al pueblo, y pregunta: «¿Hasta cuándo?». ¿Seguiré soportándolos para siempre? O, según otra lectura, ¿de verdad está en el corazón de estos profetas seguir profetizando mentiras y el engaño de su propio corazón? ¿Nunca verán el insulto que le hacen a Dios, el daño que causan al pueblo y los juicios que están acumulando sobre sí mismos?
En segundo lugar, debían considerar que presentar revelaciones falsas como verdaderas y afirmar que sus propios pensamientos provenían de la inspiración divina era la manera más segura de llevar la religión al desprecio y hacer que la gente se volviera atea e incrédula. Ese era realmente su propósito, aunque a menudo usaban el nombre de Dios y comenzaban todo diciendo: «Así dice el SEÑOR». Sin embargo, Dios dice: «Piensan hacer que mi pueblo se olvide de mi nombre por medio de sus sueños». Querían apartar al pueblo de la adoración a Dios, de sus leyes y ordenanzas, y de los verdaderos profetas, tal como sus antepasados habían olvidado el nombre de Dios por causa de Baal. El gran propósito de Satanás es hacer que las personas se olviden de Dios y de todo aquello por medio de lo cual Dios se ha dado a conocer, y utiliza muchas maneras sutiles para lograrlo.
A veces lo hace estableciendo dioses falsos, porque quienes llegan a amar a Baal pronto se olvidan del nombre de Dios. Otras veces lo hace presentando de manera falsa al Dios verdadero, como si fuera simplemente igual a nosotros. Las afirmaciones de nuevas revelaciones pueden ser tan peligrosas para la religión como negar toda revelación. Los falsos profetas que hablan en el nombre de Dios pueden causar más daño a la verdadera piedad que los falsos profetas que hablan en nombre de Baal, porque las personas están menos alerta ante ellos.
En tercer lugar, debían considerar cuán grande era la diferencia entre sus mensajes y los mensajes de los verdaderos profetas del SEÑOR (Jeremías 23:28). El profeta que tiene un sueño —la forma de inspiración que más les gustaba atribuirse a los falsos profetas— debe contarlo solamente como un sueño. No debe darle más importancia de la que las personas dan a los sueños comunes ni esperar que lo consideren algo trascendental. No debe decir que provino de Dios ni llamar mensajes divinos a sueños absurdos. Pero el verdadero profeta, el que tiene la palabra de Dios, debe hablarla fielmente y presentarla como verdad. Debe mantenerse cerca de lo que Dios le ha dado; entonces, pronto quedará clara la diferencia entre los sueños de los falsos profetas y el verdadero mensaje de Dios.
Cualquiera que afirme tener un mensaje de Dios, ya sea por medio de un sueño o de una voz, debe declararlo claramente, y pronto se verá cuál mensaje proviene realmente de Dios y cuál no. Quienes tienen sus sentidos espirituales entrenados pueden distinguir la diferencia. La paja no tiene comparación con el trigo. Las promesas de paz que ofrecían aquellos profetas se parecían tan poco a las promesas de Dios como la paja al trigo. Las ideas humanas son ligeras, vacías y sin valor, como la paja que el viento se lleva. Pero la palabra de Dios tiene sustancia. Es valiosa y alimenta el alma como el pan.
El trigo era el principal cultivo alimenticio de Canaán, aquella tierra a la que con frecuencia se llamaba valle de visión (Deuteronomio 8:8; Ezequiel 27:17). Del mismo modo, existe tanta diferencia entre las ideas vacías de las personas y la palabra pura de Dios como entre la paja y el trigo. Más adelante, Jeremías dice: «¿No es mi palabra como fuego?», dice el SEÑOR (Jeremías 23:29). Las palabras de ellos no se parecen en nada a eso. No hay más semejanza entre ambas que entre un fuego pintado y un fuego verdadero.
Su enseñanza es como una luz falsa, una luz engañosa que desvía a las personas del camino y las conduce al peligro. La palabra de Dios es como fuego. La ley fue una ley de fuego (Deuteronomio 33:2), y Cristo dice acerca del evangelio: «He venido a traer fuego sobre la tierra» (Lucas 12:49). El fuego actúa de manera distinta según lo que toca: endurece la arcilla, pero ablanda la cera; quema la escoria, pero purifica el oro. De la misma manera, la palabra de Dios da vida a unos y trae juicio sobre otros.
Dios hace que la conciencia de quienes escucharon esta palabra dé testimonio de lo que experimentaron: «¿No es mi palabra como fuego? ¿No ha sido así para ustedes?» (Zacarías 1:6). En otras palabras, deben hablar con honestidad acerca de lo que han encontrado. La palabra de Dios también es como un martillo que rompe la roca en pedazos. El corazón humano orgulloso es como una piedra. Si no se derrite bajo el fuego de la palabra de Dios, será hecho pedazos por ella, como por un martillo. Toda resistencia a la palabra finalmente será derribada.
También debían recordar que Dios estaba en su contra mientras continuaran actuando de esa manera. Lo dice tres veces, en Jeremías 23:30, Jeremías 23:31 y Jeremías 23:32: «Estoy contra los profetas». Ellos afirmaban hablar de parte de Dios y usaban su nombre, pero en realidad estaban en contra de él. Dios los ve tal como son y se opone a ellos. Nadie puede estar seguro ni vivir verdaderamente en paz cuando el Dios Todopoderoso está en su contra.
Mientras esos profetas prometían paz al pueblo, Dios declaraba guerra contra ellos. Aquí se les acusa de robar: «Se roban mis palabras unos a otros». Algunos entienden que esto significa que robaban los mensajes de los verdaderos profetas. Copiaban sus sermones y sus frases, los mezclaban con sus propias palabras y los vendían como comerciantes que mezclan productos malos con productos buenos. Otros piensan que significa que quitaban la palabra de Dios del corazón del pueblo. Como el maligno en la parábola de Jesús, robaban la buena semilla de la palabra (Mateo 13:19). Con sus engaños, debilitaban la autoridad y el poder de la palabra de Dios en quienes comenzaban a sentirse convencidos por ella.
También se les acusa de falsificar el sello de Dios. Dios está en su contra porque usan su lengua como quieren y luego ponen el nombre de Dios sobre sus propias ideas. Dicen: «Esto es lo que dice el SEÑOR», cuando en realidad el mensaje proviene de ellos mismos. Algunos entienden esto como que «suavizan» su lengua. Hablan de una manera agradable y aduladora, sin reprender ni advertir nunca a nadie. Sus palabras son más suaves que la mantequilla. Usan esto para ganarse el favor de la gente y obtener dinero, y luego tienen la audacia y la maldad de hacer que Dios parezca responsable de sus mentiras. No hay insulto más grande contra el Dios de la verdad que atribuirle las mentiras del padre de la mentira.
También quedan expuestos como simples estafadores. Dios dice: «Estoy contra ellos, porque profetizan sueños falsos». Afirman transmitir mensajes divinos, pero lo que dicen son únicamente invenciones propias. Ese es un engaño terrible. No es una excusa decir: «Que el comprador tenga cuidado», ni: «Si la gente quiere ser engañada, que se deje engañar». Es cierto que el pueblo se equivocaba al confiar ciegamente y no poner a prueba lo que escuchaba. Pero era mucho peor que los propios profetas condujeran al pueblo de Dios al error mediante sus mentiras y su conducta irresponsable. En su predicación adulaban a la gente y la hacían sentirse cómoda en sus pecados; además, alentaban esos mismos pecados por la permisividad y la maldad de sus propias vidas.
Dios deja claro que nunca los envió ni les dio órdenes. No eran sus mensajeros, y lo que decían no era su mensaje. Por eso, con toda razón, les retira su bendición: «Por tanto, no beneficiarán en nada a este pueblo». El único beneficio que buscaban era hacer que la gente se sintiera tranquila, pero aun eso fracasaría, porque los juicios de Dios harían que el pueblo se sintiera inquieto al mismo tiempo. No beneficiaban al pueblo en absoluto, y esto implica aún más de lo que las palabras expresan. No se limitaban a dejar de ayudar; causaban un gran daño. Quienes corrompen la palabra de Dios mientras afirman predicarla no edifican a la iglesia. Causan el peor daño posible.
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De este capítulo
Jeremías 23:1
"¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi prado!, dice el SEÑOR."
Jeremías 23:2
"Por tanto, así dice el SEÑOR, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo: «Ustedes han dispersado mi rebaño, lo han ahuyentado y no lo han atendido. Miren, yo los castigaré por la maldad de sus acciones», dice el SEÑOR."
Jeremías 23:3
"Yo reuniré al remanente de mi rebaño de todos los países adonde lo he expulsado y lo haré volver a sus rediles; será fecundo y se multiplicará."
Jeremías 23:4
"Pondré sobre él pastores que lo apacienten; ya no tendrá miedo ni se aterrorizará, y ninguna oveja faltará, dice el SEÑOR."
Jeremías 23:5
"Miren, vienen días —dice el SEÑOR— en que levantaré para David un Renuevo justo. Un Rey reinará y prosperará, y ejercerá juicio y justicia en la tierra."
Jeremías 23:6
"En sus días Judá será salvado, e Israel vivirá seguro. Este será el nombre con el que será llamado: EL SEÑOR, JUSTICIA NUESTRA."
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