Versículo destacado
Jeremías 20:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Oh SEÑOR, tú me engañaste y fui engañado; eres más fuerte que yo y me venciste. Cada día soy objeto de burla; todos se burlan de mí. "
Jeremías 20:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Además, entregaré toda la fuerza de esta ciudad, todo el fruto de su trabajo, todas sus cosas preciosas y todos los tesoros de los reyes de Judá en manos de sus enemigos, quienes los saquearán, los tomarán y los llevarán a Babilonia.
6 Y tú, Pasur, y todos los que habitan en tu casa irán al cautiverio. Tú llegarás a Babilonia, allí morirás y allí serás sepultado, tú y todos tus amigos, a quienes has profetizado mentiras.
7 Oh SEÑOR, tú me engañaste y fui engañado; eres más fuerte que yo y me venciste. Cada día soy objeto de burla; todos se burlan de mí.
8 Porque desde que hablé, grité; clamé: «¡Violencia y saqueo!». Pues la palabra del SEÑOR se convirtió para mí en motivo de afrenta y de burla cada día.
9 Entonces dije: «No lo mencionaré ni hablaré más en su nombre». Pero su palabra estaba en mi corazón como un fuego ardiente encerrado en mis huesos. Me cansé de contenerla y no pude hacerlo.
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El destino de Pasur era convertirse en motivo de terror para sí mismo. Jeremías no se encuentra en esa condición aquí, ni siquiera en este tiempo de prueba, pero es evidente que está agitado y turbado por dentro. Las personas buenas siguen siendo humanas, aun en su mejor momento. Dios no es excesivamente estricto al tomar en cuenta cada palabra o acto equivocado; por eso nosotros tampoco debemos ser severos, sino procurar juzgar con justicia.
En estos versículos, Jeremías lucha en su corazón entre la gracia y el pecado. Como Pasur lo había tratado con tanta crueldad, Jeremías habla desde una mente y un corazón atribulados. Sus palabras parecen algo confusas, así que conviene ponerlas en orden. Primero, presenta un relato doloroso del mal que le hicieron y de los insultos que sufrió. Esto no fue una falta de su parte, porque lo que decía era verdad y era correcto llevar ese asunto ante quien lo había enviado, pues seguramente lo sostendría.
Primero dice que la gente se burlaba de él y se reía de él. Convertían en motivo de chiste todo lo que decía y hacía, lo cual hiere profundamente a una persona honesta (Jeremías 20:7, Jeremías 20:8). Lo trataban como un necio, alguien que solo servía para divertirlos. Esto ocurría constantemente, día tras día, y provenía de todos lados. Los grandes olvidaron su propia dignidad, y los humildes olvidaron la suya. En esto se parecía al Señor Jesús, de quien se burlaron en la cruz tanto los sacerdotes como la gente común; y ambas clases de insultos aumentaron su vergüenza.
Lo que hizo que lo despreciaran no fue otra cosa que su trabajo fiel como profeta. No podían encontrar en él ninguna falta real, excepto su predicación (Jeremías 20:8). La palabra del Señor misma se convirtió en aquello de lo que se burlaban. La razón por la que debían honrarlo —que les comunicaba el mensaje de Dios— era precisamente la razón por la que lo despreciaban. Jeremías nunca predicó un mensaje sin mantenerse fiel a las instrucciones recibidas, pero aun así encontraban algo que atacar.
Es triste que la revelación divina, uno de los dones y honores más grandes que el mundo ha recibido, a menudo se haya convertido en motivo de burla contra los predicadores y creyentes fieles. Se burlaban de Jeremías de dos maneras. Primero, se burlaban de su forma de predicar. Como hablaba, también clamaba. Siempre había sido un predicador afectuoso y sincero, y cuando comenzó a hablar en nombre de Dios, lo hizo con profunda emoción. Alzaba la voz y no se contenía, ni por sí mismo ni por quienes lo escuchaban. Las personas frías hacia Dios suelen reírse de quienes se sienten profundamente conmovidos por él. Los predicadores sinceros suelen convertirse en el blanco de oyentes descuidados e incrédulos.
Segundo, se burlaban del mensaje que predicaba. Él clamaba: «Violencia y destrucción». Los reprendía por la violencia y el robo que cometían unos contra otros, y también les advertía acerca de la violencia y la destrucción que vendrían sobre ellos como castigo por ese pecado. Por lo primero, se burlaban de él por ser demasiado estricto. Por lo segundo, lo ridiculizaban por ser demasiado crédulo. En ambos casos, los ofendía, y por eso decidieron desacreditarlo.
Eso ya era bastante grave, pero Jeremías continúa. Dice que conspiraban contra él y planeaban su ruina. No solo se reían de él como si fuera un hombre débil, sino que lo difamaban y lo presentaban como un hombre malo, peligroso para el gobierno. Él lamenta esto en Jeremías 20:10. Que se rían de una persona hiere su honor, pero a veces puede soportarse con cierta fortaleza, porque no es vergonzoso que se rían de alguien, sino merecer que se rían de él. Aun así, hubo algunos que actuaron de manera más perversa y astuta.
Hablaban de él a sus espaldas, cuando no tenía oportunidad de defenderse, y se esforzaban por difundir historias falsas acerca de él. Jeremías dice: «Oigo los rumores de muchos; el terror me rodea» (Salmo 31:13). Algunos entienden esto como una referencia a muchas personas que, al igual que Pasur, debían esperar el mismo destino. Otros creen que significa que acusaban a Jeremías de sembrar temor por todas partes, de inquietar al pueblo bajo el gobierno y de incitarlo a rebelarse. También puede significar que se sentía tan odiado que no podía evitar temer problemas por todos lados, pues tenía motivos para estar atento a los informantes en todas partes. De esa manera, casi lo convirtieron a él mismo en un «terror por todas partes».
Jeremías usa las mismas palabras que David había usado antes que él. Esto es un consuelo, porque muestra que otras personas buenas han sufrido abusos semejantes. También nos enseña a usar los Salmos en nuestra propia vida cuando nuestros problemas se parecen a los de David. Muchas veces podemos encontrar allí las palabras que necesitamos expresar. Sus enemigos tenían un plan establecido: «Denuncien, y nosotros denunciaremos». Querían atribuirle alguna acusación vergonzosa y, aunque fuera falsa, repetirla y difundirla por todas partes. Si alguien podía inventar una historia creíble o afirmar que conocía a Jeremías, ellos la tomaban y la transmitían en cada reunión. Uno la decía, y los demás la confirmaban como si fuera verdad. Quienes iniciaban la mentira y quienes la propagaban eran igualmente culpables. El que recibe una calumnia es tan culpable como el que roba.
También lo adulaban en su presencia, con la esperanza de hacerlo decir algo que pudieran usar en su contra, como los espías que fingieron ser personas honestas cuando interrogaron a Cristo (Lucas 20:20; Lucas 11:53, Lucas 11:54). Sus compañeros cercanos, las personas con quienes hablaba con libertad y en quienes confiaba, estaban atentos a que cometiera algún desliz. Escuchaban cualquier cosa que dijera para darle un sentido malicioso y llevarla a sus enemigos. Era una situación muy triste: aquellos a quienes consideraba sus amigos lo traicionaban.
Decían entre ellos: «Si nos acercamos a él con amabilidad y logramos ganarnos su confianza, tal vez admita que está del lado del enemigo y que recibe dinero del rey de Babilonia. O quizá podamos engañarlo para que diga algo que parezca traición; entonces podremos hacerlo caer y vengarnos de que nos reprenda y nos advierta del juicio de Dios». Esto demuestra que ni la inocencia de una paloma ni siquiera la prudencia de una serpiente pueden impedir que las personas sufran críticas injustas y acusaciones falsas.
Ahora Jeremías nos habla de la tentación que enfrentó en medio de este sufrimiento. Casi fue apartado del camino, como el salmista que estuvo a punto de resbalar (Salmo 73:2). Ese es uno de los mayores peligros de la aflicción: que el dolor nos empuje a pecar (Nehemías 6:13). Primero fue tentado a discutir con Dios por haberlo hecho profeta. Comienza con esto en Jeremías 20:7: «Oh Señor, tú me engañaste y fui engañado». Al leerlo, estas palabras suenan muy duras.
Los siervos de Dios siempre han estado dispuestos a afirmar que él es un Maestro fiel que nunca los engaña. Por eso, aquí habla la propia debilidad y el propio pecado de Jeremías. Si cuando Dios lo llamó a ser profeta y le dijo que lo pondría sobre naciones y reinos (Jeremías 1:10) y lo haría como una ciudad fortificada, Jeremías esperaba recibir honor universal como mensajero del cielo y llevar una vida segura y cómoda, la culpa era suya. Él sabía cómo habían perseguido a los profetas anteriores, así que no tenía razón para esperar un trato mejor. Dios le había dicho claramente que los príncipes, los sacerdotes y el pueblo de la tierra lucharían contra él (Jeremías 1:18, Jeremías 1:19). Si hubiera recordado eso, no habría culpado a Dios de esa manera. Cristo también les dijo a sus discípulos qué oposición enfrentarían, para que no se sorprendieran cuando llegara (Juan 16:1, Juan 16:2).
Sin embargo, estas palabras también pueden entenderse en un sentido más favorable: «Tú me persuadiste, y yo fui persuadido». Es el mismo tipo de palabra que se usa en otros pasajes, donde se dice que Dios persuade o atrae a alguien (Génesis 9:27, nota al margen), donde un príncipe es persuadido por palabras pacientes (Proverbios 25:15), y donde Dios dice: «La llevaré al desierto» para atraerla con amor (Oseas 2:14). Ese sentido encaja mejor con las palabras siguientes: «Tú eras más fuerte que yo; me persuadiste por completo con tus argumentos. Sí, me venciste por el poder de tu Espíritu y prevaleciste».
Jeremías había estado muy poco dispuesto a aceptar el oficio profético. Había alegado que era demasiado joven y que no estaba capacitado para esa tarea. Pero Dios anuló sus excusas y le dijo que fuera (Jeremías 1:6, Jeremías 1:7). Así que Jeremías está diciendo: «Señor, ya que tú me pusiste este oficio, ¿por qué no me sostienes en él? Si yo me hubiera impuesto esta tarea por mi cuenta, podrían burlarse de mí con justa razón. Pero ¿por qué se burlan de mí si tú me obligaste a aceptarla?». Era una debilidad de Jeremías quejarse como si Dios le hubiera impuesto una dificultad al llamarlo a ser profeta. No habría hablado así si hubiera considerado el honor permanente que Dios le había concedido, un honor suficiente para superar su vergüenza presente.
Mientras sepamos que estamos en el camino de Dios y hacemos su voluntad, es una muestra de debilidad y necedad desear no haber comenzado nunca cuando llegan los problemas. Jeremías también fue tentado a abandonar por completo su labor, en parte porque sufrió mucho al realizarla y en parte porque las personas a quienes había sido enviado no mejoraban en absoluto. En vez de recibir ayuda, se enojaban más (Jeremías 20:9). En efecto, dijo: «Como predicar en el nombre del Señor no me trae ningún beneficio, sino solo vergüenza y deshonra, ya no hablaré más en su nombre. Si mis enemigos quieren silenciarme, yo mismo guardaré silencio. Es lo mismo hablarles a unas piedras que hablarles a ellos». Esta es una fuerte tentación para los ministros que sufren cuando su predicación es ignorada y parece no producir ningún bien.
Las personas deben tener cuidado de no empujar a sus ministros hacia esa tentación. No permitamos que su trabajo sea inútil entre nosotros, porque podríamos hacer que digan que ya no harán nada más por nosotros, e incluso provocar que Dios diga: «Ya no recibirán nada más». Sin embargo, los ministros mismos no deben ceder a esa tentación. Deben continuar cumpliendo con su deber aun cuando estén desanimados, porque ese es el camino más digno y agradecido. Aunque Israel no sea reunido, ellos seguirán siendo honrados.
Jeremías también muestra que se aferraba fielmente a su llamado y confiaba con alegría en Dios. La gracia de Dios era poderosa en él y lo sostenía en esta labor, aun cuando se sentía tentado a abandonarla. «Me dije apresuradamente: “Ya no hablaré más en su nombre. Ocultaré y reprimiré lo que tengo que decir en el corazón”». Pero pronto descubrió que el mensaje era como un fuego ardiente encerrado en sus huesos. Ardía dentro de él y tenía que salir. No podía sofocarlo. Era como un hombre con una fiebre ardiente, inquieto y con dolor constante. Mientras guardaba silencio acerca de lo bueno, su corazón ardía en su interior, y sufría y se angustiaba hasta que hablaba y encontraba alivio (Salmos 29:2-3; Job 32:20). «Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo» (Salmos 32:3).
Observa cuán poderoso era el espíritu de profecía en quienes eran impulsados por él. De la misma manera, el celo santo por Dios puede llenar tanto a una persona que esta se olvida de sí misma. «Creí, por eso hablé». Jeremías pronto se cansó de contenerse y ya no pudo seguir callando. Nada causa más dolor a los ministros fieles que ser silenciados, y nada los atemoriza más que silenciarse ellos mismos. Sus convicciones pronto se elevarán por encima de tentaciones como esta, porque «¡ay de mí si no predico el evangelio!», cueste lo que cueste (1 Corintios 9:16). Es verdaderamente una muestra de la misericordia de Dios que su palabra sea tan fuerte en nosotros que venza nuestros deseos pecaminosos.
Jeremías también estaba seguro de la presencia de Dios con él, y eso bastaba para frustrar todos los esfuerzos de sus enemigos contra él (Jeremías 20:11). Ellos decían: «Prevaleceremos contra él. El día será nuestro». Pero Jeremías sabía que no prevalecerían ni tendrían éxito. Podía desafiar con seguridad a todos ellos, porque el Señor estaba con él, de su lado y dispuesto a defenderlo contra todo plan malvado (Romanos 8:31). Dios estaba con él para sostenerlo y ayudarlo a llevar la carga que lo oprimía. Estaba con él para hacer que la palabra predicada cumpliera el propósito de Dios, aunque no cumpliera las propias expectativas de Jeremías. Estaba con él como un ser poderoso y temible, capaz de infundir miedo en sus enemigos y vencerlos.
Incluso lo que resulta temible en Dios es motivo de consuelo para sus siervos que confían en él, porque ese mismo poder se volverá contra quienes intentan aterrorizar a su pueblo. La grandeza de Dios como un Dios poderoso significa que también es un enemigo temible para todos los que se levantan contra él o contra cualquiera que, como Jeremías, haya sido enviado por él.
¡Qué terrible será la ira de Dios para quienes intentan atemorizar a todos los que los rodean, mientras ellos mismos no temen nada! Los enemigos más fuertes parecen débiles cuando vemos que el Señor está de nuestro lado como «un ser poderoso y temible» (Nehemías 4:14). Jeremías ahora habla con confianza: «Si el Señor está conmigo, mis perseguidores tropezarán. Cuando me persigan, no podrán alcanzarme» (Salmos 27:2). Entonces quedarán profundamente avergonzados por su odio inútil y sus ataques vacíos.
Su vergüenza durará. Su deshonra y humillación no serán olvidadas. Ellos mismos no podrán olvidarlas, porque les seguirán causando dolor cada vez que piensen en ellas. Los demás tampoco las olvidarán, y dejarán una mancha permanente en su nombre.
Entonces Jeremías acude a Dios como el Juez justo y le pide que decida su caso (Jeremías 20:12). Ve a Dios como aquel que examina a los justos; es decir, como quien observa con atención su vida y cada asunto importante para ellos. Dios no los favorece ciegamente. Los pone a prueba, y cuando descubre que tienen la razón y que sus perseguidores les están haciendo daño, dicta sentencia a su favor.
El Dios que pone a prueba a los justos también examina a los malvados, y tiene plena capacidad para juzgar a ambos. Él ve la mente y el corazón. Conoce los pensamientos, sentimientos, metas y motivos de las personas, así que puede emitir un juicio perfectamente justo sobre sus palabras y acciones. Este es el Dios a quien el profeta acude. «He expuesto mi caso delante de ti», dice. Dios ya conoce completamente el caso, pero aun así necesitamos presentárselo. Él lo conoce, pero quiere escucharlo de nosotros. Debemos hablar con claridad y de manera completa, no para informarlo, sino para ayudarnos a nosotros mismos. Cuando estamos oprimidos y agobiados, es un consuelo abrirle nuestro caso a Dios y derramar delante de él nuestras quejas.
Jeremías también espera que Dios haga justicia: «Déjame ver tu venganza contra ellos», es decir, el juicio que Dios considere apropiado dar por su culpa y para reivindicar a Jeremías. Pide la clase de justicia que Dios aplica a los perseguidores. No debemos intentar vengarnos por nuestra cuenta de ningún mal que nos hayan hecho. Debemos dejarlo en manos de Dios, a quien le pertenece la venganza y quien ha dicho: «Yo daré el pago».
Entonces Jeremías irrumpe en alabanza, confiando plenamente en que Dios lo librará (Jeremías 20:13). Está tan seguro de la presencia, protección y promesa de Dios que llama a los demás, y también a sí mismo, a cantarle al Señor y alabarlo. Ha ocurrido un gran cambio desde el comienzo de este pasaje. Las nubes se han disipado. Sus quejas se han convertido en acciones de gracias.
Ahora confía en el mismo Dios del que antes había dudado (Jeremías 20:7). Está alabando el nombre que había dicho que ya no mencionaría (Jeremías 20:9). Este cambio dichoso ocurrió por medio de una fe activa, que convirtió sus suspiros en cantos y su temor en victoria. Es correcto demostrar nuestra esperanza en Dios alabándolo, y alabar a Dios cantándole.
La razón de esta alabanza es la siguiente: Dios ha librado «el alma del pobre» del poder de la gente malvada. Jeremías se refiere especialmente a su propia alma afligida. Dios ya lo había librado antes, cuando estaba en problemas, y recientemente de la mano de Pasur, el sacerdote que se le oponía. También seguirá librándolo (2 Corintios 1:10). Librará su alma del pecado en el que podría caer a causa de esta persecución. Dios lo ha rescatado de los malvados, así que ellos no han triunfado ni han logrado hacer su voluntad.
Quienes son fieles en hacer el bien no necesitan temer a quienes se apresuran a hacer el mal. Pueden confiar en un Dios que mantiene bajo su cuidado a quienes hacen el bien y bajo su control a quienes hacen el mal.
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De este capítulo
Jeremías 20:1
"Pasur hijo del sacerdote Imer, que también era el gobernador principal de la casa del SEÑOR, oyó que Jeremías profetizaba estas cosas."
Jeremías 20:2
"Entonces Pasur golpeó al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que estaba en la puerta superior de Benjamín, junto a la casa del SEÑOR."
Jeremías 20:3
"Al día siguiente, Pasur sacó a Jeremías del cepo. Entonces Jeremías le dijo: El SEÑOR no te ha llamado Pasur, sino Magor-misabib."
Jeremías 20:4
"Porque así dice el SEÑOR: Mira, haré que seas un terror para ti mismo y para todos tus amigos. Ellos caerán por la espada de sus enemigos, y tus ojos lo verán. Entregaré a todo Judá en manos del rey de Babilonia, quien los llevará cautivos a Babilonia y los matará a espada."
Jeremías 20:5
"Además, entregaré toda la fuerza de esta ciudad, todo el fruto de su trabajo, todas sus cosas preciosas y todos los tesoros de los reyes de Judá en manos de sus enemigos, quienes los saquearán, los tomarán y los llevarán a Babilonia."
Jeremías 20:6
"Y tú, Pasur, y todos los que habitan en tu casa irán al cautiverio. Tú llegarás a Babilonia, allí morirás y allí serás sepultado, tú y todos tus amigos, a quienes has profetizado mentiras."
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