Versículo destacado
Jeremías 2:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por eso, todavía contenderé con ustedes, dice el SEÑOR, y contenderé con los hijos de sus hijos. "
Jeremías 2:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Yo los llevé a una tierra fértil, para que comieran de su fruto y de su abundancia; pero cuando entraron, contaminaron mi tierra e hicieron de mi heredad una abominación.
8 Los sacerdotes no dijeron: “¿Dónde está el SEÑOR?”. Los que manejaban la ley no me conocieron; los pastores también se rebelaron contra mí, los profetas profetizaron por Baal y fueron tras cosas que no aprovechan.
9 Por eso, todavía contenderé con ustedes, dice el SEÑOR, y contenderé con los hijos de sus hijos.
10 Porque pasen a las costas de Quitim y vean; envíen mensajeros a Cedar, consideren atentamente y vean si ha sucedido algo semejante.
11 ¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Pero mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha.
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El profeta ya ha mostrado la profunda ingratitud del pueblo al apartarse de Dios. Ahora muestra cuán inconstante y necio fue (Jeremías 2:9). Dios dice: «Todavía contenderé con ustedes». Antes de castigar a los pecadores, Dios primero razona con ellos para llevarlos al arrepentimiento.
Y aun después de haber dicho mucho acerca de la maldad del pecado, todavía queda más por decir. Cuando se ha demostrado una parte de la acusación, es necesario presentar otra. Podemos hablar mucho en defensa de Dios, pero aún tenemos más que decir en su favor (Job 36:2). Quienes procuran convencer a los pecadores de su culpa deben presentar muchos argumentos y seguir insistiendo en el asunto.
Dios ya había contendió con sus antepasados y les había preguntado por qué corrían tras lo vacío y terminaban siendo vacíos ellos mismos (Jeremías 2:5). Ahora les habla a quienes continuaron siguiendo ese mismo camino vacío, heredado de sus padres, y también a sus hijos después de ellos, generación tras generación. Quienes se apartan de Dios deben saber que él está dispuesto a razonar justamente con ellos, para que se reconozca que tiene la razón cuando habla. Dios presenta contra nosotros el mismo caso que nosotros deberíamos presentar contra nosotros mismos.
Primero, muestra que actuaron en contra de la práctica de todas las naciones. Sus vecinos eran más leales a sus dioses falsos de lo que Israel fue al Dios verdadero. Israel quería ser como las demás naciones, pero en esto era diferente de ellas. Dios los desafía a encontrar alguna nación que hubiera cambiado sus dioses (Jeremías 2:10, Jeremías 2:11). Podían consultar los registros antiguos o examinar la condición presente de las islas de Quitim, nombre con el que se designaban las tierras al occidente de ellos, o de Quedar, un pueblo del sureste, y aun así no encontrarían un ejemplo de una nación que hubiera abandonado a sus dioses.
Esas naciones no recibían ninguna bondad de sus dioses, porque sus dioses no eran dioses en realidad. Sin embargo, seguían aferradas a ellos. Respetaban tanto la elección de sus antepasados que no cambiarían sus dioses de madera y piedra por dioses de plata y oro, mucho menos por el Dios vivo y verdadero. No las elogiamos por eso, pero su constancia avergüenza a Israel. Israel era el único pueblo que tenía todas las razones para conservar a su Dios, y aun así fue el único que lo cambió. A las personas les resulta difícil abandonar la religión en la que fueron criadas, incluso cuando es necia y falsa. La fidelidad de los idólatras debería avergonzar a los cristianos y hacerlos abandonar su frialdad e inconstancia.
Segundo, muestra que actuaron en contra del sentido común. A veces puede ser prudente cambiar, pero ellos cambiaron para peor e hicieron un pésimo negocio. Abandonaron al Dios que era su gloria. Él los hacía verdaderamente honorables y les daba dignidad. Podían gloriarse legítimamente en él con una confianza humilde, porque él mismo es un Dios glorioso y la gloria de quienes le pertenecen. Él era especialmente la gloria de Israel, pues su gloria se había manifestado muchas veces sobre su tabernáculo, su tienda sagrada.
Pero se volvieron a dioses que no podían ayudarlos. Los ídolos no les hacen ningún bien a quienes los adoran. La idolatría convierte la gloria de Dios en vergüenza (Romanos 1:23), y también trae vergüenza sobre quienes la practican. Al deshonrar a Dios, deshonran su propia alma y actúan en contra de su verdadero bienestar. Cualquier cosa a la que las personas acudan cuando abandonan a Dios jamás podrá beneficiarlas de verdad. Tal vez las halague por un tiempo, pero no puede darles provecho.
Entonces se llama al cielo mismo a asombrarse ante este pecado y esta necedad (Jeremías 2:12, Jeremías 2:13). «Asómbrense de esto, cielos». La tierra está tan llena de corrupción que parece indiferente ante ella, pero que los cielos se asombren. Que el sol se avergüence al contemplar semejante ingratitud y tema brillar sobre un pueblo tan desagradecido. Esas mismas personas habían adorado al sol, la luna y las estrellas, pero esos cuerpos celestes, si pudieran hablar, preferirían oscurecerse antes que servir de excusa para la idolatría. Algunos entienden que esto se refiere a los ángeles del cielo. Si ellos se alegran cuando los pecadores regresan a Dios, podemos pensar que se asombran y se horrorizan cuando las almas se apartan de él.
El comportamiento de este pueblo hacia Dios era escandaloso, aborrecible y terrible por sus consecuencias. Era escandaloso porque personas que se consideraban razonables podían hacer algo tan irracional. Era aborrecible porque constituía un insulto perverso contra su Creador, cuyo honor toda persona buena debería defender. Y era terrible por el rumbo al que conduciría. ¿En qué terminaría todo esto? Se habían arrojado fuera de la gracia y el favor de Dios, y debían temblar ante la posibilidad de su ira y su maldición.
¿Qué era exactamente tan terrible? Esto: «Mi pueblo, a quien enseñé y a quien debía gobernar, ha cometido dos grandes males». Habían mostrado ingratitud y necedad. Habían actuado en contra tanto de su deber como de su propio bienestar. Primero, insultaron a su Dios al darle la espalda, como si no mereciera su atención: «Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas». En Dios hay un suministro pleno y constante de todo el consuelo y la ayuda que necesitamos, y él los da gratuitamente. Él es la fuente de la vida (Salmo 36:9). Toda nuestra verdadera fortaleza y todos nuestros mejores dones provienen de él. Abandonarlo equivale, en la práctica, a negar esa verdad y a negarse a honrar su bondad con amor y alabanza.
Segundo, se engañaron a sí mismos. Abandonaron la fuente de su propio bien y escogieron vanidades engañosas. Se esforzaron en cavar cisternas, pozos o depósitos para almacenar agua, pero resultaron estar rotos y tener fugas, incapaces de conservar el agua. Cuando fueron a beber, solo encontraron lodo, barro y residuos estancados. Así sucede con los ídolos y con todo refugio falso. Si convertimos cualquier cosa creada —la riqueza, el placer o el honor— en un ídolo y esperamos de ella la felicidad que solo Dios puede dar, descubriremos que está vacía. Podemos trabajar arduamente para formarla y llenarla, pero, en el mejor de los casos, solo retendrá un poco de agua, y esa agua pronto se volverá estancada y contaminada.
No; es como una cisterna rota que se agrieta y se parte durante el calor, de modo que el agua se pierde precisamente cuando más la necesitamos (Job 6:15). Una cisterna es un depósito excavado para almacenar agua, y una cisterna rota no puede conservar lo que debería contener.
Por tanto, aferrémonos únicamente al Señor con todo el corazón. ¿Adónde más podríamos ir? Él tiene las palabras que conducen a la vida eterna.
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De este capítulo
Jeremías 2:1
"Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 2:2
"Ve y clama a oídos de Jerusalén, diciendo: «Así dice el SEÑOR: Recuerdo de ti la bondad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando ibas tras de mí en el desierto, en una tierra que no había sido sembrada»."
Jeremías 2:3
"Israel era santidad para el SEÑOR, las primicias de su cosecha. Todos los que lo devoren serán culpables; el mal vendrá sobre ellos, dice el SEÑOR."
Jeremías 2:4
"Oigan la palabra del SEÑOR, casa de Jacob y todas las familias de la casa de Israel."
Jeremías 2:5
"Así dice el SEÑOR: ¿Qué injusticia encontraron en mí los padres de ustedes, para que se alejaran de mí, fueran tras la vanidad y se volvieran vanos?"
Jeremías 2:6
"Tampoco dijeron: “¿Dónde está el SEÑOR, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra de desiertos y fosas, por una tierra de sequía y sombra de muerte, por una tierra por donde nadie pasaba y donde nadie habitaba?”."
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