Versículo destacado

Jeremías 2:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Porque desde tiempos antiguos quebré tu yugo y rompí tus ataduras, y tú dijiste: “No transgrediré”, cuando sobre toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso andabas errante, prostituyéndote. "

Jeremías 2:20

menu_book El versículo en contexto

18 Y ahora, ¿qué tienes que hacer en el camino de Egipto, para beber las aguas de Sihor? ¿O qué tienes que hacer en el camino de Asiria, para beber las aguas del río?

19 Tu propia maldad te corregirá y tus rebeliones te reprenderán. Conoce, pues, y mira que es malo y amargo que hayas abandonado al SEÑOR tu Dios y que mi temor no esté en ti, dice el Señor DIOS de los ejércitos.

20 Porque desde tiempos antiguos quebré tu yugo y rompí tus ataduras, y tú dijiste: “No transgrediré”, cuando sobre toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso andabas errante, prostituyéndote.

21 Yo te había plantado como una vid noble, toda ella de semilla legítima. ¿Cómo, entonces, te convertiste para mí en el brote degenerado de una vid extraña?

22 Aunque te laves con natrón y uses mucho jabón, tu iniquidad sigue marcada delante de mí, dice el Señor DIOS.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, el profeta continúa acusando a este pueblo descarriado. El pecado principal que denuncia es la idolatría, esa gran ofensa de la que eran abiertamente culpables.

Acudían con frecuencia a los lugares donde se adoraban ídolos, en toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso. Iban de un santuario a otro, como personas incapaces de establecerse o de sentirse satisfechas. Con todo esto se estaban prostituyendo, una imagen fuerte de la infidelidad espiritual y, muchas veces, también de la inmoralidad física. Quienes abandonan a Dios siguen vagando, y los deseos pecaminosos nunca quedan satisfechos.

También se fabricaban imágenes y les rendían honor divino. Esto no era solamente culpa de la gente común, sino también de los reyes y príncipes, que debieron haberlo detenido, y de los sacerdotes y profetas, que debieron haber enseñado en contra de ello. Eran tan necios y estaban tan engañados que le decían a un objeto de madera: «Tú eres mi padre», es decir: «Tú eres mi dios, el que me dio la vida y de quien dependo». A un ídolo de piedra le decían: «Tú me diste a luz», y por eso esperaban de él protección, provisión y cuidado. ¡Qué profundo insulto contra Dios, quien verdaderamente es nuestro Padre y Creador! También era un insulto contra su propia razón, porque trataban la madera tallada y la piedra como si fueran padres vivos.

No dejaban de multiplicar sus ídolos inútiles. Judá tenía tantos dioses como ciudades. Después de apartarse del único Dios verdadero, que es suficiente para todos y para todas las necesidades, nunca volvieron a sentirse satisfechos. La idolatría se parece a la avaricia: cuanto más tienen las personas, más quieren. Tampoco podían ponerse de acuerdo en un solo dios. Al abandonar el centro de la verdad y la unidad, cayeron en divisiones interminables, pues cada ciudad quería tener su propia deidad cerca.

La evidencia contra ellos era clara, de modo que no hacía falta ningún testigo. Aun así, intentaban negarlo. Querían lavarse y quedar limpios con nitro y mucho jabón, como si pudieran excusar o suavizar su pecado. Algunos afirmaban que no adoraban esas cosas como dioses, sino solamente como seres inferiores o símbolos de respeto. Otros negaban descaradamente toda la acusación y decían: «No estoy contaminado. No he ido tras los baales». Como su adoración se practicaba en secreto, pensaban que nunca podría probarse. Su negación era como las palabras descaradas de la mujer adúltera que dice: «No he hecho nada malo» (Proverbios 30:20).

Pero Dios los declara culpables claramente. ¿Cómo podían negarlo y decir: «No he ido tras los baales» o «No estoy contaminado»? El profeta se asombra de su descaro. El conocimiento de Dios mismo se levanta contra ellos, porque su culpa está registrada delante de Él y reservada para el juicio (Deuteronomio 32:34; Job 21:19; Oseas 13:12). Aunque intentaran lavarla, como asesinos que tratan de quitar la sangre de la ropa, no desaparecería. Dios la ve, y su juicio siempre es verdadero.

Su propia conciencia también daba testimonio contra ellos. Podían mirar su camino en el valle, donde habían adorado ídolos, no solo en las colinas altas, sino también en los lugares bajos (Isaías 57:5, 6). Esto puede referirse al valle frente a Bet-peor, donde adoraron a Baal-peor (Deuteronomio 34:6; Números 25:3). Si es así, el profeta está recordando aquel antiguo pecado. O puede señalar al valle de Ben-hinom, donde quemaban a sus hijos en honor a Moloc. En cualquiera de los dos casos, el lugar mismo hablaba contra ellos.

Su pecado era aún más grave por la gran bondad que Dios les había mostrado. Él había quebrado su yugo y roto sus ataduras, una referencia clara a su rescate de Egipto y de la esclavitud allí. Ellos lo habían olvidado, pero Dios no. Cuando les dijo: «No tendrás otros dioses delante de mí», primero les recordó que Él los había sacado de Egipto. Las ataduras que Dios había roto debieron haberlos unido para siempre a Él. En vez de eso, rompieron sus obligaciones con el Dios que los había liberado.

También habían hecho una promesa, pero no la cumplieron. Dijeron: «No transgrediré». Cuando la misericordia de Dios todavía estaba fresca, parecían profundamente conmovidos y dispuestos a comprometerse con una obediencia fiel. De la misma manera, en otro tiempo dijeron: «No, sino que serviremos al Señor» (Josué 24:21). Nosotros también hacemos con frecuencia promesas semejantes: decimos que no volveremos a pecar, pero aun así nos desviamos como un arco engañoso y repetimos nuestras transgresiones.

También habían caído muy bajo en comparación con lo que eran cuando Dios los formó como nación. Él los había plantado como una vid escogida.

El gobierno del pueblo, tanto en la vida religiosa como en la civil, había estado bien ordenado. Sus leyes eran rectas, y su adoración estaba llena de enseñanza y significado. Cuando se establecieron por primera vez en Canaán, también había entre ellos una generación de hombres buenos. Israel sirvió al Señor y permaneció cerca de Él durante todos los días de Josué y durante los días de los ancianos que sobrevivieron a Josué (Josué 24:31).

En aquel tiempo eran como una planta saludable, lista para llenar la viña de buenas uvas. Pero las cosas resultaron muy diferentes. La generación siguiente no conocía al Señor ni las obras que Él había hecho (Jueces 2:10), y desde entonces fueron empeorando hasta convertirse en una planta degenerada, producto de una vid extraña. Se volvieron lo opuesto de lo que habían sido al principio. Toda su vida comunitaria quedó gravemente corrompida, y nada permaneció de la pureza y la devoción que habían mostrado sus antepasados. Su vid era como la vid de Sodoma (Deuteronomio 32:32).

Esto también refleja la naturaleza humana en general. Dios creó primero a las personas rectas, como una vid escogida con un buen comienzo. Pero el pecado ha corrompido profundamente la naturaleza humana, que se ha convertido en una vid extraña que produce fruto amargo. Una vida así ofende a Dios y le causa profundo desagrado.

También eran feroces y ansiosos en su adoración de ídolos. Se aferraban a ellos y siempre querían nuevos dioses. Ni la palabra de Dios ni sus juicios podían contenerlos, tan fuerte era su inclinación hacia este pecado. Se los compara con una camella veloz que corre de un lado a otro buscando pareja (Jeremías 2:23), y con una burra salvaje acostumbrada al desierto, indomable y llena de deseos inquietos (Jeremías 2:24). Cuando percibe el olor del macho, ¿quién puede hacerla volver? ¿Quién puede impedirle hacer lo que quiere?

Quienes intentan perseguir a una criatura así no se cansan de inmediato, porque saben que es inútil. Tienen que esperar hasta que llegue el momento en que esté preñada y lenta; entonces pueden encontrarla y ya no puede escapar. De la misma manera, el deseo desenfrenado es algo propio de las bestias. Quienes se niegan a apartarse de él por razón, conciencia u honor actúan como animales irracionales, no como personas sensatas. La idolatría también puede volverse extrañamente adictiva, y quienes se aferran a ella son muy difíciles de sanar. Algunos están tan entregados a sus deseos pecaminosos que ninguna advertencia les hace efecto, y quienes intentan ayudarlos se desgastan en vano. «Efraín está unido a los ídolos; déjenlo».

Sin embargo, llega el momento en que la persona más feroz puede ser domada y el corazón más rebelde puede volverse manejable. Cuando llegan los problemas y el dolor, las personas comienzan a escuchar la corrección. Entonces pueden ser encontradas, como en el tiempo al que se refiere el salmo, cuando son humilladas y vuelven a Dios (Salmo 141:5-6).

También eran obstinados en su pecado. Como no podían ser detenidos, tampoco querían ser corregidos (Jeremías 2:25). Dios les había advertido claramente acerca de la ruina que con toda seguridad traería su mal camino. Si continuaban, los llevaría a un cautiverio miserable. Irían descalzos, como si les hubieran quitado los zapatos, y tendrían que viajar a pie. Sus enemigos también les negarían el agua limpia, y su garganta se secaría de sed. Ese sería el final de su camino.

Quienes persiguen dioses extraños y formas extrañas de adoración terminarán justamente como prisioneros bajo un rey extraño, en una tierra extraña. Correr tras los ídolos les desgastaría los zapatos, y anhelarlos les traería sed a la garganta. Por eso debieron detenerse, volver atrás y apartar sus pies de esas búsquedas violentas y su garganta de esos deseos violentos. A cualquier persona sensata debería bastarle considerar en qué terminará su camino pecaminoso para detenerse.

Pero rechazaron la advertencia. Les dijeron a quienes los exhortaban a arrepentirse y cambiar: «No hay esperanza. No renunciaremos a nuestros ídolos, porque amamos a los extraños y seguiremos yendo tras ellos». Estaban decididos a mantener su elección y no querían recibir más corrección. Pensaban que era inútil hablarles. Es una condición triste cuando el pecado ha ganado tanto poder que las personas reconocen que deberían cambiar, pero dicen que no pueden y por eso deciden que no lo harán. Aun así, no debemos desesperarnos de la misericordia de Dios, que basta para perdonar incluso los pecados más grandes si nos arrepentimos. Tampoco debemos desesperarnos de la gracia de Dios, que puede vencer aun la corrupción más arraigada si oramos por ella y la aprovechamos bien. Mientras haya vida, nadie debe decir: «No hay esperanza».

También se habían cubierto de vergüenza al confiar en aquello que los abandonaría en medio de la angustia y al rechazar a quien podía ayudarlos (Jeremías 2:26-28). Un ladrón se avergüenza cuando, después de todas sus maniobras para ocultar el robo, es descubierto y castigado. Así, la casa de Israel quedaría avergonzada, aunque no con una vergüenza arrepentida por su pecado. Sería la vergüenza de la decepción, porque sus ídolos les fallarían.

Se avergonzarían cuando se vieran obligados a clamar al Dios que habían tratado con desprecio. En los tiempos buenos le habían dado la espalda en vez de volver el rostro hacia él. Lo habían ignorado, habían actuado como si se hubieran olvidado de él y habían procurado no dirigir la mirada hacia él. Se habían alejado de Dios tanto como podían y tan rápido como podían. Pero, en medio de la angustia, descubrirían que nadie más podía ayudarlos; entonces dirían: «Levántate y sálvanos». Sus antepasados habían experimentado muchas veces esta misma vergüenza (Jueces 3:9; 4:3; 10:10), pero eso no los llevó a permanecer cerca de Dios para acudir a él con confianza en sus momentos de aflicción.

También se avergonzarían porque los dioses que habían cortejado no podían ayudarlos, mientras que el Dios que los había creado no se pondría a su servicio. Para llevarlos a esta vergüenza y, si fuera posible, al arrepentimiento, Dios los enviaría a los dioses a los que habían servido (Jueces 10:14). Entonces clamarían: «Levántense y sálvennos».

Dios dice acerca de los ídolos: «Que se levanten y los salven», porque, si ellos no pueden hacerlo, no hay razón para esperar que Dios les permita hacerlo. Que intenten levantarse de los lugares donde están fijados y demuestren si pueden salvarlos. Pero ellos quedarían avergonzados al descubrir que los ídolos no podían hacerles ningún bien.

Aunque tuvieran un dios para cada ciudad, sus ciudades seguirían quemadas y sin habitantes (Jeremías 2:15). Esta es la insensatez de los pecadores: se deleitan en aquello que con toda seguridad les traerá dolor y se enorgullecen de lo que inevitablemente se convertirá en su vergüenza.

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