Versículo destacado
Jeremías 18:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Ahora, pues, habla a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén, diciendo: “Así dice el SEÑOR: He aquí que preparo un mal contra ustedes y trazo un plan contra ustedes. Vuélvanse ahora cada uno de su mal camino, y hagan buenos sus caminos y sus acciones”. "
Jeremías 18:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Y en el momento en que yo hable acerca de una nación y acerca de un reino, para edificarlo y plantarlo,
10 si hace lo malo ante mis ojos y no obedece mi voz, entonces me arrepentiré del bien con que dije que los beneficiaría.
11 Ahora, pues, habla a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén, diciendo: “Así dice el SEÑOR: He aquí que preparo un mal contra ustedes y trazo un plan contra ustedes. Vuélvanse ahora cada uno de su mal camino, y hagan buenos sus caminos y sus acciones”.
12 Y ellos dijeron: «No hay esperanza; pero caminaremos según nuestros propios planes, y cada uno hará lo que imagine su malvado corazón».
13 Por tanto, así dice el SEÑOR: Pregunten ahora entre las naciones: ¿quién ha oído cosas semejantes? La virgen de Israel ha hecho algo sumamente horrible.
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Estos versículos aplican la verdad general del capítulo a los judíos y a su situación presente. Dios ahora hablaba contra ellos para arrancar, derribar y destruir, porque ese era el juicio que su conducta había provocado (Jeremías 18:11). Les dice que anuncien: «Miren, estoy preparando la desgracia contra ustedes y tramando el mal que les sobrevendrá». La providencia de Dios, en toda su obra, se dirigía claramente hacia su ruina.
Si consideraban su propia conducta delante de Dios, tenían que admitir que merecían aquello. Y si observaban cómo Dios había tratado con ellos, tenían que reconocer que él lo estaba preparando. Dios forma la calamidad como el alfarero da forma a una vasija, haciéndola apropiada para el propósito que tiene en mente. Sin embargo, todavía los invita, por medio del arrepentimiento y de un cambio de vida, a encontrarse con él en el camino de sus juicios y a detener así su acción contra ellos.
Les dice: «Vuélvanse ahora cada uno de su mal camino». Entonces, conforme a la norma que ya se había establecido, Dios podría desistir del mal que había anunciado contra ellos, y el juicio que parecía ya formado en su contra podría ser transformado para producir un resultado mejor. Las advertencias de la Palabra de Dios y las amenazas manifestadas en su providencia deben impulsarnos firmemente a reformar nuestra vida. No basta con apartarse de los malos caminos; también debemos hacer buenos nuestros caminos y nuestras acciones, de acuerdo con la ley de Dios.
Dios también anticipa su obstinada negativa a aceptar esta oferta, aunque les habría hecho mucho bien (Jeremías 18:12). Ellos dicen: «No hay esperanza». Si solo pueden ser rescatados al apartarse del mal, actúan como si el rescate fuera imposible, porque están decididos a seguir sus propios planes. Rechazan toda advertencia adicional de los profetas, todo razonamiento y toda presión. Quieren hacer lo que les parece bien, sin importar el costo, y cada uno seguirá las inclinaciones de su malvado corazón, negándose a someterse a la ley de Dios.
Lo que arruina a los pecadores es el deseo de vivir como les dé la gana. A eso le llaman libertad, pero dejarse gobernar por los deseos pecaminosos es la peor forma de esclavitud. Así se ve cuán extrañamente el pecado endurece el corazón. No están dispuestos siquiera a prometer que cambiarán. Más aún, se enfrentan a los juicios de Dios y dicen, en efecto: «Seguiremos nuestros propios planes, y Dios hará lo que quiera. Nos arriesgaremos».
Entonces Dios los reprende por la insensatez escandalosa de su obstinación y por su rechazo a reformarse (Jeremías 18:13). Nunca un pueblo había sido culpable de semejante absurdo, ni personas que afirmaban tener entendimiento habían actuado de manera tan irracional. Dios les dice que pregunten entre las naciones, incluso entre aquellas que no tenían revelación divina, profetas ni la luz especial que habían recibido Judá y Jerusalén. Aun allí, nadie había oído de algo semejante. Cuando Nínive recibió la advertencia, se apartó de sus malos caminos.
Incluso algunas de las personas más malvadas, cuando se enfrentan a sus faltas, especialmente cuando empiezan a sufrir por ellas, al menos prometen que actuarán mejor. Pero la virgen de Israel, nombre que se daba al pueblo de Dios como uno apartado para él, desafía el arrepentimiento. Ha decidido seguir obstinadamente, sin importar lo que le digan la conciencia y la providencia. Al hacerlo, ha cometido algo horrible. Debía haberse mantenido pura para Dios, quien se había unido a ella por medio del pacto; pero se apartó de él y se niega a regresar.
Es terrible, y suficiente para hacernos temblar, que las personas empeoren su situación por medio del pecado y luego la vuelvan desesperada al negarse a reformarse. La negativa voluntaria a arrepentirse es la forma más cruel de autodestrucción, y debemos apartarnos incluso de pensar en ella.
Dios también muestra la insensatez de ellos en la naturaleza misma de su pecado. Abandonaron a Dios por los ídolos, y ese fue el intercambio más horrible posible, porque en el proceso se engañaron a sí mismos (Jeremías 18:14-15). Ningún viajero sediento dejaría el agua clara de la nieve que desciende de las montañas del Líbano, atraviesa el terreno rocoso y corre en arroyos limpios y frescos para escoger, en cambio, el agua lodosa de un charco. Nadie que estuviera bajo el calor del verano se apartaría del agua fría y corriente para elegir otra opción incierta. Cuando las personas tienen sed, buscan agua refrescante; no se apartan de ella.
La nota marginal presenta la imagen de otra manera. Plantea si un viajero dejaría el terreno nivelado por una roca áspera, o abandonaría la nieve del Líbano, acumulada en grandes montones que bloquean el camino, para buscar un terreno mejor. Nadie abandonaría el agua corriente por un agua fría y extraña. En asuntos así, las personas saben dónde están mejor y permanecen con lo seguro. No dejan la certeza por la incertidumbre. Pero el pueblo de Dios se olvidó de él y dejó la fuente de agua viva para acudir a cisternas rotas. Quemaron incienso a ídolos tan vacíos como la misma nada, cosas que no eran lo que afirmaban ser y que no podían hacer lo que se esperaba de ellas.
Tuvieron menos sensatez que los viajeros del camino, y hasta sus dirigentes los extraviaron, mientras ellos estaban dispuestos a dejarse engañar. Abandonaron las sendas antiguas: el camino establecido por la ley de Dios y recorrido por todos los santos. Era la ruta correcta hacia su destino, un camino seguro y, como muchos ya lo habían recorrido, fácil de encontrar y de seguir. Sin embargo, cuando se les dijo que permanecieran en el buen camino antiguo, declararon abiertamente que no lo harían (Jeremías 6:16).
En su lugar, escogieron senderos secundarios. Caminaron por un camino que no había sido despejado ni nivelado, en vez de transitar por la calzada, la calzada del Rey, donde podían avanzar seguros y tener la certeza de llegar al destino correcto. Eligieron un camino sucio y áspero, en el que era inevitable tropezar. Ese es el camino de la idolatría y también el camino de todo pecado: una senda falsa llena de obstáculos. Aun así, fue el camino que escogieron para sí mismos y por el que también guiaron a otros.
Su insensatez también se manifestó en los resultados dañinos de ese pecado. Aunque la práctica misma hubiera sido mala, quizá habrían intentado justificarla si les hubiera producido algún beneficio. Pero conducía directamente a la ruina de su tierra y, con ella, a su propia miseria, porque el pueblo sufriría cuando su país quedara devastado. Haría que tanto ellos como su tierra fueran objeto permanente de desprecio. Quienes reciben una advertencia justa y aun así la rechazan merecen ser objeto de burla.
Todo el que pasara por su tierra se daría cuenta y quedaría asombrado. Algunos sacudirían la cabeza con sorpresa, otros con compasión y otros con triunfo al ver la caída de una tierra que antes había sido famosa sobre todas las demás. Sacudirían la cabeza con desprecio, culpándolos por su propia insensatez al abandonar a Dios y el deber, y traer así esta desgracia sobre sí mismos.
Los que se apartan de Dios se convierten, con toda razón, en motivo de burla para quienes los rodean. Como ellos habían avergonzado al Señor, ellos mismos serían avergonzados. Cuando su tierra quedara desolada como parte de su ruina, Dios dijo: «Los dispersaré como con viento del este» (Jeremías 18:17). El viento del este es fuerte y áspero, y representa la manera en que sus enemigos los expulsarían por todas partes, sin dejarles una salida segura.
No simplemente huirían delante del enemigo, lo que todavía podría permitir una retirada ordenada. Más bien, serían destrozados y enviados en distintas direcciones. Su sufrimiento se completaría con estas palabras de Dios: «Les mostraré la espalda y no el rostro en el día de su calamidad». Nuestras dificultades son más fáciles de soportar cuando Dios nos mira con favor mientras sufrimos y nos sostiene con su presencia. Pero si se aparta, si está disgustado, si parece ignorar nuestras oraciones y retener su ayuda, entonces quedamos arruinados.
Si Dios oculta su rostro, nadie puede resistirlo (Job 34:29). De esa manera, Dios trataría con ellos como ellos habían tratado con él, pues le habían vuelto la espalda y no el rostro (Jeremías 2:27). Es justo que Dios se muestre distante con quienes fueron irrespetuosos y desobedientes hacia él cuando vivían en prosperidad. Esto se cumplirá plenamente en el día en que Dios diga a quienes afirmaban ser piadosos, pero practicaban el mal: «Apártense de mí; no los conozco»; sí, «nunca los conocí».
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De este capítulo
Jeremías 18:1
"La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 18:2
"«Levántate y baja a la casa del alfarero, y allí haré que oigas mis palabras»."
Jeremías 18:3
"Entonces bajé a la casa del alfarero, y he aquí que hacía una obra sobre las ruedas."
Jeremías 18:4
"Y la vasija que hacía de barro se estropeó en la mano del alfarero; así que la hizo de nuevo como otra vasija, según le pareció bien al alfarero hacerla."
Jeremías 18:5
"Entonces vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 18:6
"«Oh casa de Israel, ¿no puedo hacer con ustedes como este alfarero?», dice el SEÑOR. He aquí que, como el barro está en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, oh casa de Israel."
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