Versículo destacado

Jeremías 17:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Así me dijo el SEÑOR: Ve y ponte de pie en la puerta de los hijos del pueblo, por la cual entran los reyes de Judá y por la cual salen, y en todas las puertas de Jerusalén. "

Jeremías 17:19

menu_book El versículo en contexto

17 No seas para mí motivo de terror; tú eres mi esperanza en el día del mal.

18 Que sean confundidos quienes me persiguen, pero que yo no sea confundido; que ellos queden consternados, pero que yo no quede consternado. Trae sobre ellos el día del mal y destrúyelos con doble destrucción.

19 Así me dijo el SEÑOR: Ve y ponte de pie en la puerta de los hijos del pueblo, por la cual entran los reyes de Judá y por la cual salen, y en todas las puertas de Jerusalén.

20 Y diles: Escuchen la palabra del SEÑOR, reyes de Judá, todo Judá y todos los habitantes de Jerusalén que entran por estas puertas.

21 Así dice el SEÑOR: Cuídense y no lleven ninguna carga en el día de reposo ni la introduzcan por las puertas de Jerusalén.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos contienen un sermón sobre la santificación del sábado. Era un mensaje que Jeremías había recibido del SEÑOR y que debía proclamar públicamente y con toda seriedad. Los profetas no solo eran enviados para denunciar el pecado y llamar a la obediencia en general, sino también para tratar pecados específicos. Es probable que este mensaje sobre el sábado se haya dado en los días de Josías, como apoyo a la reforma que él había comenzado.

El mensaje debía anunciarse en los lugares donde se reunía la gente, especialmente en las puertas. Esto era importante porque las personas pasaban constantemente por allí, y porque en esos lugares se celebraban juicios y se almacenaban mercancías. Primero debía proclamarse en la puerta de los reyes, por donde entraban y salían los reyes de Judá (Jeremías 17:19). Los gobernantes debían escuchar primero su deber, especialmente este deber, porque si el sábado no se guardaba correctamente, los líderes de Judá eran culpables y necesitaban corrección (Nehemías 13:17).

Jeremías también debía predicar este mensaje en todas las puertas de Jerusalén. Era un asunto de importancia general, así que todos necesitaban escucharlo. Que los reyes de Judá oyeran la palabra del SEÑOR, porque él está por encima de ellos, aunque ocupen una posición elevada. Que también la oyera todo el pueblo de Jerusalén, porque Dios observa las acciones de los grandes y de los pequeños en el día de reposo.

En primer lugar, el sábado debía guardarse descansando de las labores ordinarias. No debían realizar ningún trabajo servil ni trabajo común. No debían llevar cargas dentro ni fuera de la ciudad, ni dentro ni fuera de sus casas. Esto incluía grano de los campos, estiércol, bienes, mercancías o productos para la venta. En el sábado no debía verse ningún caballo cargado, carreta o carro, ni en las calles ni en los caminos. Los cargadores no debían trabajar, ni los sirvientes salir a hacer diligencias para conseguir comida o combustible. Era un día de descanso y no debía convertirse en un día de trabajo, a menos que la necesidad lo exigiera.

En segundo lugar, debían usar ese día para el propósito que le correspondía: el servicio y la adoración de Dios. Santificar el sábado significa apartarlo para honrar a Dios. Había que dejar a un lado el trabajo mundano para dedicarse por completo a aquello para lo cual se había establecido el día. Esa tarea requiere a toda la persona y merece que la persona entera se consagre a ella.

En tercer lugar, debían ser cuidadosos y mantenerse vigilantes en este asunto. Debían “prestar atención” a sí mismos, es decir, protegerse de cualquier cosa que se acercara a quebrantar el sábado. Cuando Dios muestra celo por su honor, nosotros debemos actuar con cautela. También debían vigilar su alma, es decir, su vida interior y sus pensamientos. Para guardar bien el sábado, no debían permitir que las preocupaciones de este mundo agobiaran su mente, sino usar todo lo que había en ellos para Dios.

En cuarto lugar, Dios los dirige de nuevo a la ley misma. No se trataba de una carga nueva impuesta sobre ellos. Era un mandamiento antiguo, dado a sus antepasados, parte del pacto original e incluso ordenado a los patriarcas. Se les estaba llamando a volver a algo que Dios había requerido desde hacía mucho tiempo.

Sus antepasados habían quebrantado este mandamiento. Se les había ordenado santificar el sábado, pero no quisieron escuchar. Endurecieron su cerviz contra este mandamiento, así como lo habían hecho contra otros mandamientos (Jeremías 17:23). Esto se menciona para mostrar por qué era necesaria una reforma y por qué Dios tenía una queja justa contra ellos. Cuando las personas ignoran el sábado, toda la vida religiosa comienza a decaer.

Dios también mostró las bendiciones que tenía preparadas para ellos si verdaderamente honraban el sábado. Aunque sus antepasados lo habían profanado, la nación no tendría que sufrir por ello si se volvían a Dios y guardaban bien el sábado (Jeremías 17:24-26). Si dejaban de trabajar en ese día y lo apartaban para Dios, seguirían varias cosas buenas.

El gobierno prosperaría. Los reyes de la línea de David, junto con los príncipes y jueces que se sentaban en el trono de David, pasarían por Jerusalén con esplendor, acompañados por los hombres de Judá. El honor de un gobierno es motivo de alegría para una nación, y el apoyo a la religión fortalecería ambas cosas.

La ciudad prosperaría. Si Jerusalén mantenía un respeto externo y sincero por Dios al guardar el sábado, estaría a la altura de su nombre como ciudad santa y seguiría habitada. No sería destruida ni quedaría desolada, como se había advertido. Lo que sostiene la religión también contribuye al bienestar público de una tierra.

El campo también prosperaría. Las ciudades de Judá y la tierra de Benjamín se llenarían de habitantes, y habría paz y abundancia entre ellos. Esto se manifestaría en la abundancia de sus ofrendas a Dios. Una tierra puede ser evaluada por lo que hace para honrar a Dios. Quienes descuidan la religión suelen encaminarse hacia la pobreza.

La adoración del SEÑOR prosperaría. Se llevarían a la casa del SEÑOR ofrendas de grano, incienso y sacrificios de alabanza, sosteniendo tanto el servicio del templo como a quienes servían allí. La adoración establecida por Dios se observaría cuidadosamente. No se ofrecería nada a los ídolos ni se quitaría nada de lo que correspondía a Dios. Tendrían tanto la razón como el deseo de ofrecer alabanza. Un pueblo verdaderamente florece cuando la religión florece en medio de él.

Este es el resultado de santificar el sábado. Cuando se mantiene esa parte de la religión, también se conservan las demás. Cuando se descuida, la devoción tiende a desmoronarse, ya sea convirtiéndose en superstición o en pecado abierto. Como algunos han dicho acertadamente, los ríos de toda la religión corren profundos o poco profundos según se mantengan firmes o se derrumben las orillas del sábado.

Si continuaban profanando el sábado, tenían razones para esperar un juicio severo (Jeremías 17:27). Dios dijo que, si no le obedecían en este asunto y no mantenían cerradas las puertas de la ciudad durante el sábado para impedir toda actividad comercial innecesaria, entonces encendería un fuego en las puertas de Jerusalén. Esto significa que un ejército enemigo atacaría las puertas de la ciudad, entraría por la fuerza y usaría el fuego como parte del sitio.

Esas puertas merecían ser quemadas porque no se estaban usando como debían. En vez de mantener fuera el pecado y ayudar a las personas a concentrarse en su deber, se habían abierto al comercio común en un día santo. El fuego incluso alcanzaría los palacios de Jerusalén, donde vivían los príncipes y los nobles, porque ellos no habían usado su poder ni su influencia para honrar los sábados de Dios. Ese fuego no se detendría hasta que toda la ciudad quedara en ruinas.

Esta advertencia se cumplió más tarde, cuando el ejército caldeo destruyó Jerusalén (Jeremías 52:13). Dios ha usado muchas veces el fuego para contender con un pueblo que profana el sábado.

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