Versículo destacado

Jeremías 1:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: «Jeremías, ¿qué ves?». Y respondí: «Veo una vara de almendro». "

Jeremías 1:11

menu_book El versículo en contexto

9 Entonces el SEÑOR extendió su mano y tocó mi boca. Y el SEÑOR me dijo: Mira, he puesto mis palabras en tu boca.

10 Mira, hoy te he puesto sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para edificar y plantar.

11 Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: «Jeremías, ¿qué ves?». Y respondí: «Veo una vara de almendro».

12 Entonces el SEÑOR me dijo: «Has visto bien, porque me apresuraré a cumplir mi palabra».

13 Y la palabra del SEÑOR vino a mí por segunda vez, diciendo: «¿Qué ves?». Y respondí: «Veo una olla hirviendo, y su cara está hacia el norte».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí, Dios le da primero a Jeremías una visión de la obra principal que debe realizar. Tiene que advertir que los caldeos destruirán Judá y Jerusalén a causa de sus pecados, especialmente de la idolatría y de la adoración de dioses falsos. Dios se lo muestra de una manera impactante, para que el mensaje permanezca en él y dé forma a todo lo que haga al tratar con el pueblo.

Dios le muestra primero a Jeremías que el pueblo está madurando rápidamente para el juicio y que ese juicio también se acerca con rapidez. Después de responder a la preocupación de Jeremías de que solo era un niño, Dios comienza a enseñarle el lenguaje y la labor de un profeta. Los profetas deben ser capaces de ver con claridad, así como de hablar con claridad. Por eso Dios le pregunta qué ve. Jeremías mira y ve una vara, símbolo de aflicción y disciplina; es la vara de un almendro, uno de los primeros árboles que florecen en la primavera. El punto es que el árbol brota pronto, y Dios está diciendo que se apresurará a cumplir su palabra. Jeremías profetizará cosas que él mismo vivirá para ver cumplidas, como se explica en otro pasaje, donde se dice que el orgullo y la violencia han florecido y que la medida del pecado se está llenando rápidamente (Ezequiel 7:10-11).

Luego Dios le muestra de dónde surgirá la ruina que viene. Le pregunta de nuevo qué ve, y Jeremías ve una olla hirviendo inclinada hacia el norte. Esta imagen representa la gran agitación de Jerusalén y Judá, como agua que hierve bajo un fuego intenso mientras se acerca el ejército caldeo. El problema estallará desde el norte, y la imagen indica que la amenaza ha sido contenida por un tiempo, pero ahora Dios permitirá que se desate. Lo que durante mucho tiempo había sido dispuesto conforme a la justicia de Dios, y lo que el pecado del pueblo había merecido desde hacía mucho, ahora se manifestará abiertamente por toda la tierra.

Dios explica además que convocará a todas las familias de los reinos del norte. Esas naciones se reunirán bajo el mando de Nabucodonosor y atacarán a Judá. Aunque están dispersas, Dios las juntará; aunque están lejos, las llamará, y ellas obedecerán. También ordenará su avance: los comandantes establecerán sus puestos frente a Jerusalén, como hacen los soldados cuando se colocan ante una ciudad sitiada. Acamparán junto a las puertas y alrededor de las murallas, cortando las rutas de escape y el suministro, hasta debilitar la ciudad.

Dios también le dice claramente a Jeremías por qué vendrán todos estos juicios. Vendrán por la maldad de Judá y Jerusalén. Se puede decir que Dios dicta sentencia contra ellos porque lo han abandonado y se han apartado de su fidelidad a él. Han quemado incienso a otros dioses, dioses nuevos y extraños; a todos los dioses falsos, producto de su propia imaginación y obra de sus propias manos. Jeremías todavía era joven y no había conocido gran parte del mundo, así que quizá no sabía hasta qué punto su pueblo había caído en la idolatría. Dios se lo hace saber para que entienda qué debe reprender y contra qué debe advertir, y para que esté plenamente convencido de que el juicio que debe anunciar es justo.

Jeremías es enviado en el nombre de Dios como un heraldo, un mensajero real que anuncia la guerra contra los rebeldes. Dios se complace en advertirles a las personas de antemano acerca de sus juicios, para que los pecadores despierten, se arrepientan y se aparten de aquello que provoca su ira. Si no lo hacen, quedan sin excusa.

Con ese encargo, en Jeremías 1:17 se le dice que se ciña los lomos; es decir, que se prepare para el trabajo difícil y se libre de cualquier cosa que pueda retrasarlo. Debe ir rápidamente, hablar cuando sea necesario y no dejarse intimidar por sus rostros, como se indica en Jeremías 1:8. En resumen, debe ser fiel, porque eso es lo que se espera de un embajador.

Debe ser fiel de dos maneras. Primero, tiene que decir todo lo que Dios le ordene. No debe omitir nada porque parezca pequeño, extraño o poco importante, ya que cada palabra de Dios tiene peso. Tampoco debe ocultar nada por temor, ni cambiar el mensaje para hacerlo más popular o más fácil de escuchar. Debe declarar plenamente todo el consejo de Dios, sin añadirle ni quitarle nada.

Segundo, debe hablarles a todas las personas contra las que ha sido enviado. No debe susurrar su mensaje en privado a unos cuantos amigos que lo aceptarían. Tiene que hablar contra los reyes de Judá si son malvados y dar testimonio contra los pecados de los príncipes. Las personas más importantes no están a salvo de los juicios de Dios, ya sea de los que ejecuta con su mano o de los que pronuncia por medio de su palabra. Jeremías tampoco debe perdonar a los sacerdotes, aunque él mismo es sacerdote y naturalmente le importa el honor de su oficio. También debe hablar contra el pueblo de la tierra mientras este se oponga al Señor.

Se dan dos razones para esto. Primero, si es infiel, tiene motivos para temer la ira de Dios. Si se deja intimidar por sus rostros y abandona su deber, Dios puede dejarlo entregado a su propio temor y avergonzarlo delante de ellos. Quienes se preocupan más por su comodidad, seguridad y reputación que por su deber son justamente abandonados por Dios a la debilidad que eligieron. Más adelante, Jeremías dirá: «Señor, no seas para mí un motivo de terror» (Jeremías 17:17). El temor de Dios es la mejor cura para el temor a las personas. Si tememos ofender al que puede matar y después echar al infierno, tendremos menos miedo de quienes solo pueden matar el cuerpo (Lucas 12:4-5). Es mejor tener en contra a todas las personas del mundo que tener a Dios en contra.

Segundo, si es fiel, no tiene razón para temer a los seres humanos. El Dios al que sirve lo protegerá y lo sostendrá, de modo que ellos no podrán aplastar su espíritu ni detener su labor hasta que termine su testimonio (Jeremías 1:18). Dios hace que este joven profeta sea como una ciudad fortificada, con columnas de hierro y murallas de bronce. Él sale contra sus enemigos con reprensiones y advertencias, y los mantiene bajo control. Lo atacan por todos lados: los reyes y príncipes con su poder, los sacerdotes con su disciplina eclesiástica y el pueblo con calumnias y palabras amargas. Sin embargo, Jeremías permanecerá firme y mantendrá su posición. Seguirá sirviendo como un freno para ellos (Jeremías 1:19). Ellos lucharán contra él, pero no lo vencerán, porque Dios estará con él para librarlo. Tampoco podrán derrotar el mensaje que Dios envía por medio de Jeremías ni salvarse de él, porque ese mensaje los alcanzará, y Dios estará contra ellos para destruirlos. Quienes saben que Dios está con ellos, como está con todos los que permanecen de su lado, no necesitan temer a nadie que se levante contra ellos.

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