Versículo destacado
Isaías 65:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Pero ustedes son quienes abandonan al SEÑOR, quienes olvidan mi monte santo, quienes preparan una mesa para esa tropa y llenan la libación para ese número. "
Isaías 65:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Haré salir de Jacob una simiente, y de Judá, un heredero de mis montañas; mis escogidos lo heredarán, y mis siervos habitarán allí.
10 Sarón será un redil para los rebaños, y el valle de Acor, un lugar donde se recuesten las manadas, para mi pueblo que me ha buscado.
11 Pero ustedes son quienes abandonan al SEÑOR, quienes olvidan mi monte santo, quienes preparan una mesa para esa tropa y llenan la libación para ese número.
12 Por tanto, los contaré para la espada, y todos ustedes se inclinarán para la matanza; porque cuando llamé, no respondieron; cuando hablé, no oyeron; sino que hicieron lo malo delante de mis ojos y escogieron aquello en lo que yo no me complacía.
13 Por tanto, así dice el Señor DIOS: Miren, mis siervos comerán, pero ustedes tendrán hambre; miren, mis siervos beberán, pero ustedes tendrán sed; miren, mis siervos se alegrarán, pero ustedes serán avergonzados.
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Aquí se contrastan las distintas condiciones de los justos y los malvados, de los judíos que creyeron y de aquellos que todavía se negaban a creer, como se contraponen la vida y la muerte, el bien y el mal, la bendición y la maldición.
I. Aquí se muestra el terrible destino de quienes persistieron en la idolatría después del regreso de Babilonia y en la incredulidad después de que se proclamó el evangelio de Cristo. Observemos, en primer lugar, qué sentencia se anuncia: «Los destinaré a la espada; todos ustedes caerán degollados como ovejas, y no habrá escape ni resistencia; todos se inclinarán ante ella» (Isaías 65:12). Los juicios de Dios llegan de manera ordenada y se cumplen exactamente como él lo ha determinado. Los que caen por la espada son aquellos que han sido destinados a ella, y nadie más. Aunque la espada parezca herir a una persona tan fácilmente como a otra, conoce sus límites y no los sobrepasa.
Los juicios de Dios también vienen con una fuerza que no puede resistirse. Los pecadores más fuertes y atrevidos tendrán que inclinarse ante ellos, porque nadie ha endurecido jamás su corazón contra Dios y ha prosperado. Observemos, en segundo lugar, los pecados que los ponen bajo esta sentencia. La idolatría fue el pecado de los primeros tiempos, como se ve en Isaías 65:11: en vez de buscar a Dios y servirlo como su pueblo, se apartaron del Señor, lo rechazaron y lo abandonaron para seguir a otros dioses. Se olvidaron del monte santo de Dios, es decir, tanto de los privilegios que este les concedía como de los deberes que les imponía, y quemaron incienso en los montes de sus ídolos (Isaías 65:7). Abandonaron al único Dios vivo y verdadero.
Prepararon una mesa para aquella tropa de dioses que adoraban las naciones y llenaron las copas con ofrendas de bebida para aquella multitud incontable de ídolos. Quienes pensaban que un solo Dios era muy poco nunca creyeron que decenas o cientos fueran suficientes; siguieron añadiendo más y más, hasta tener tantos dioses como ciudades y tantos altares como montones de tierra en un campo arado (Oseas 12:11). Algunos piensan que Gad y Meni, palabras que traducimos como «tropa» y «número», eran en realidad los nombres propios de dos ídolos, como Júpiter y Mercurio. Cualquiera que haya sido el caso, sus adoradores gastaban generosamente para honrarlos. Les preparaban una mesa y llenaban tazones de vino mezclado para las ofrendas de bebida. Preferían dejar que sus familias pasaran hambre antes que mostrarse tacaños en su adoración. Esto debería avergonzar a quienes adoran al Dios verdadero y le dan tan poco.
La infidelidad, o la negativa a creer, fue el pecado de los judíos de tiempos posteriores (Isaías 65:12). «Cuando llamé, ustedes no respondieron» recuerda la misma acusación de Isaías 65:2, donde Dios dice: «Extendí mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde». También se aplica a quienes rechazaron el evangelio. Nuestro Señor Jesucristo mismo llamó en voz alta, poniéndose de pie (Juan 7:37), pero ellos no quisieron escuchar ni responder. Sus argumentos no los convencieron, y sus advertencias y ofrecimientos no les causaron ninguna impresión. Les advirtió claramente sobre la muerte y la ruina, y les ofreció vida y felicidad, pero despreciaron ambas cosas.
Sin embargo, eso no fue todo. «Hicieron lo malo delante de mis ojos» significa que lo hicieron abiertamente, no por accidente ni por descuido, sino deliberadamente. «Escogieron lo que no me agrada» significa que eligieron lo que Dios aborrece por completo. No sorprende que quienes no se dejan persuadir para escoger lo bueno sigan eligiendo y persiguiendo lo malo. Esto muestra la maldad del pecado. Es detestable ante los ojos de Dios, y aun así las personas lo cometen delante de él, en su presencia y desafiándolo. También va en contra de la voluntad de Dios: es escoger deliberadamente lo que sabemos que le desagrada.
II. La gravedad de esta sentencia se muestra al compararla con la condición feliz de quienes se arrepintieron y creyeron. La bendición de los siervos de Dios y la condición miserable de quienes se rebelan contra él se ponen lado a lado para que una realidad haga más evidente la otra (Isaías 65:13-16). Los siervos de Dios pueden considerarse felices y dar gracias para siempre por la gracia inmerecida cuando ven cuán miserables son algunos de sus vecinos por carecer de esa gracia: endurecidos y expuestos a perecer para siempre en la incredulidad. También deben recordar lo cerca que estuvieron de encontrarse entre ellos (véase Isaías 66:24).
A los que perezcan también les aumentará el dolor ver la alegría de los siervos de Dios, a quienes odiaron, insultaron y despreciaron. Les dolerá especialmente saber que podrían haber compartido esa alegría si no se hubieran arruinado por su propia culpa. Eso hizo más intenso el tormento del rico en el infierno, porque vio de lejos a Abraham y a Lázaro junto a él (Lucas 16:23). Véase también Lucas 13:28. En ocasiones, la providencia de Dios establece una diferencia semejante entre los buenos y los malos aun en este mundo, y el éxito de los justos se convierte en una visión dolorosa para los malvados (Salmo 112:10). Con toda certeza ocurrirá así en el gran día. Entonces se dirá: «Pensábamos que su vida era una locura y que su final era deshonroso, pero ahora está contado entre los santos y su lugar está entre los escogidos».
La diferencia entre sus condiciones se manifiesta en dos aspectos. Primero, difieren en consuelo y satisfacción. Los siervos de Dios comerán y beberán. Tendrán el pan de vida, del cual podrán alimentarse para siempre, y recibirán abundantemente los bienes de la casa de Dios; no les faltará nada que sea verdaderamente bueno para ellos. La felicidad del cielo será para ellos un banquete interminable. Serán saciados con aquello que ahora tienen hambre y sed de recibir.
Pero quienes ponen su corazón en el mundo y hacen de él su felicidad tendrán hambre y sed; estarán siempre vacíos y siempre querrán más, porque el mundo no es pan. Puede dejar a las personas empachadas, pero nunca las satisface de verdad. En la comunión con Dios y en la confianza en él hay satisfacción plena. En la búsqueda pecaminosa solo hay decepción.
Los siervos de Dios también se alegrarán y cantarán llenos de gozo. Tienen una razón constante para alegrarse y, cualquiera que sea el dolor que les sobrevenga, la fe les da suficiente consuelo para soportarlo. Como la fe es activa y viva, tienen el corazón dispuesto a regocijarse, y su alegría se convierte en su fortaleza. Se alegrarán en la esperanza, porque esa esperanza nunca los avergonzará. El cielo será un mundo de gozo permanente para todos los que ahora siembran con lágrimas.
Por otro lado, quienes abandonan al Señor se excluyen de la verdadera alegría. Se avergonzarán de haber confiado en sí mismos y en su propia bondad, y de las esperanzas que edificaron sobre esa confianza. Cuando se derrumbe la felicidad que habían imaginado para sí mismos, ¡qué vergüenza cubrirá sus rostros! Entonces clamarán por el dolor de su corazón y aullarán por la profunda angustia, quizá ya en esta vida, cuando la risa se convierta en lamento y la alegría en tristeza, y ciertamente en la vida venidera, donde el tormento será interminable, sin alivio y sin remedio: solo llanto, lamento y rechinar de dientes para siempre. Comparemos ambas condiciones: «Ahora él recibe consuelo, y tú estás atormentado». La diferencia exige considerar de qué lado queremos estar.
Segundo, sus condiciones también difieren en honor y reputación (Isaías 65:15-16).
La memoria del justo es y será bendita, pero el nombre del malvado se pudrirá. Los nombres de los idólatras y de los incrédulos quedarán bajo maldición. Estarán cargados de vergüenza y serán marcados para siempre por la infamia. Sus nombres incluso podrán usarse como ejemplos de maldad o como advertencia en las maldiciones.
Esto también servirá de advertencia al pueblo escogido de Dios. Deben temer caer bajo el mismo juicio que vino sobre la nación judía y perecer en la misma incredulidad. La maldición sobre quienes Dios rechaza debe hacer que su pueblo lo reverencie con temor. El Señor los destruirá por completo y los eliminará como pueblo. Ya no vivirán como nación ni volverán a ser reunidos como una sola nación.
Pero el nombre del pueblo escogido de Dios se convertirá en una bendición. «A sus siervos les dará otro nombre». Los hijos del pacto, unidos a Dios por su promesa, ya no serán conocidos simplemente como judíos, sino como cristianos. Bajo ese nombre les pertenecerán todas las promesas y bendiciones del nuevo pacto. Este nuevo nombre será honorable y no pertenecerá solamente a una nación. Personas de toda la tierra lo usarán para bendecir.
Dios tendrá siervos de todas las naciones, y a todos les dará este nuevo nombre. Se bendecirán en el Dios de verdad. Esto significa que honrarán a Dios en sus oraciones y en sus juramentos solemnes, cuando le pidan su favor y cuando apelen a su justicia como Juez. Esta es parte del respeto que le debemos a Dios. Debemos bendecirnos en él, es decir, considerarnos suficientemente ricos y satisfechos si lo tenemos como nuestro Dios. Importa mucho aquello en lo que encontramos consuelo y aquello que usamos para valorar nuestra vida.
Las personas mundanas se consideran dichosas por la abundancia de bienes de esta vida (Salmo 49:18; Lucas 12:19). Pero los siervos de Dios encuentran su dicha en él, porque él es completamente suficiente para ellos. Él es su corona gloriosa y su hermoso diadema, su fuerza y su herencia. También jurarán por él, y no por ninguna criatura ni falso dios. Presentarán sus asuntos ante su juicio, porque todo juicio proviene de él.
En segundo lugar, lo honrarán como el Dios de la verdad, el Dios del Amén, que significa «verdadero» o «seguro». Algunos entienden que esto se refiere a Cristo, quien es el Amén mismo, el testigo fiel (Apocalipsis 3:14), y en quien todas las promesas de Dios son «sí» y «amén» (2 Corintios 1:20). En él debemos encontrar nuestra dicha, y por medio de él debemos jurar lealtad al Señor y hacer pacto con él. El que es dichoso en la tierra lo es en el Dios verdadero, porque Cristo es el Dios verdadero y la vida eterna (1 Juan 5:20). Desde mucho tiempo atrás se había prometido que en él serían bendecidas todas las familias de la tierra (Génesis 12:3). Algunos lo entienden así: «Se considerará dichoso en el Dios del pueblo fiel», es decir, en Dios como el Dios de todos los creyentes; esa persona no desea más que participar de las bendiciones que ellos disfrutan y recibir el mismo trato que ellos reciben.
En tercer lugar, honrarán a Dios como aquel que produjo este cambio bendito en sus vidas. Se considerarán felices por tenerlo como su Dios, porque él ha hecho que olviden sus aflicciones anteriores. Esas aflicciones quedan absorbidas por el consuelo que ahora disfrutan. Han desaparecido de la vista de Dios, lo que significa que han sido eliminadas por completo. Si quedara algo de sus aflicciones, Dios todavía las tendría presentes, movido por su compasión y cuidado. Ya no sentirán esas tristezas, porque Dios ya no las verá de esa manera. Él habla como si encontrara alivio al darles alivio a ellos; por eso se considerarán dichosos en él con alegría.
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De este capítulo
Isaías 65:1
"Soy buscado por quienes no preguntaban por mí; soy hallado por quienes no me buscaban. Dije: «Mírenme, mírenme», a una nación que no era llamada por mi nombre."
Isaías 65:2
"Todo el día he extendido mis manos hacia un pueblo rebelde, que anda por un camino que no era bueno, siguiendo sus propios pensamientos;"
Isaías 65:3
"un pueblo que continuamente me provoca a ira delante de mi rostro; que ofrece sacrificios en jardines y quema incienso sobre altares de ladrillo;"
Isaías 65:4
"que permanece entre las tumbas y pasa la noche en los monumentos; que come carne de cerdo, y en sus vasijas hay caldo de cosas abominables;"
Isaías 65:5
"que dice: «Quédate donde estás; no te acerques a mí, porque soy más santo que tú». Estos son humo en mi nariz, un fuego que arde todo el día."
Isaías 65:6
"Miren, está escrito ante mí: no guardaré silencio, sino que recompensaré; sí, recompensaré en su seno,"
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