Versículo destacado

Isaías 65:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Soy buscado por quienes no preguntaban por mí; soy hallado por quienes no me buscaban. Dije: «Mírenme, mírenme», a una nación que no era llamada por mi nombre. "

Isaías 65:1

menu_book El versículo en contexto

1 Soy buscado por quienes no preguntaban por mí; soy hallado por quienes no me buscaban. Dije: «Mírenme, mírenme», a una nación que no era llamada por mi nombre.

2 Todo el día he extendido mis manos hacia un pueblo rebelde, que anda por un camino que no era bueno, siguiendo sus propios pensamientos;

3 un pueblo que continuamente me provoca a ira delante de mi rostro; que ofrece sacrificios en jardines y quema incienso sobre altares de ladrillo;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol Pablo, quien nos explica estos versículos, muestra su verdadero significado y cumplimiento. Él dice que señalan al llamamiento de los gentiles y al rechazo de los judíos mediante la predicación del evangelio (Romanos 10:20-21). También dice que Isaías fue muy atrevido al hablar de esta manera, no solo porque la promesa parecía tan improbable, sino porque se la dirigió a los mismos judíos. Ellos lo considerarían una grave ofensa contra su nación; sin embargo, Moisés ya había dicho algo parecido: «Los provocaré a celos por medio de quienes no son un pueblo» (Deuteronomio 32:21).

Aquí se anuncia que los gentiles, que habían estado lejos, serían acercados (Isaías 65:1). Pablo expresa el sentido de esta manera: «Fui hallado por quienes no me buscaban; me di a conocer a quienes no preguntaban por mí». Esto muestra un cambio maravilloso e inesperado en ellos. Los que durante mucho tiempo habían vivido sin Dios en el mundo comenzarían a buscarlo. No habían dicho: «¿Dónde está Dios, mi Creador?», y ni ellos ni sus padres habían invocado su nombre. Algunos habían vivido sin orar, y otros habían orado a ídolos hechos por manos humanas. Pero ahora serían bautizados e invocarían el nombre del Señor (Hechos 2:21).

¡Con qué alegría habla Dios aquí de ser buscado, especialmente por aquellos que antes no habían preguntado por él! Hay gozo en el cielo por los grandes pecadores que se arrepienten. Dios también se adelantó a sus oraciones con sus bendiciones: «Soy hallado por quienes no me buscaban». Esta feliz amistad entre Dios y los gentiles comenzó por iniciativa de Dios. Llegaron a conocerlo porque él ya los conocía (Gálatas 4:9). Llegaron a buscar a Dios y a encontrarlo porque él primero los buscó y los encontró. Más adelante, después de que comienza la comunión con él, Dios es hallado por quienes lo buscan (Proverbios 8:17). Pero en la primera conversión, es hallado por quienes no lo buscan. Nosotros lo amamos porque él nos amó primero.

Incluso las dádivas de la providencia común tenían el propósito de guiarlos a buscar al Señor, por si acaso podían palparlo y encontrarlo (Hechos 17:27). Pero no lo buscaron. Para ellos, él todavía era un Dios desconocido; aun así, fue hallado por ellos. Dios también les concedió la bendición de la revelación divina, aunque nunca habían profesado una religión. «Dije: “Mírenme, mírenme”» significa que se les mostró y los invitó a disfrutar del consuelo y el beneficio de conocerlo. Esto se dijo a un pueblo que no era llamado por su nombre, a diferencia de los judíos, quienes durante muchos años habían sido llamados por el nombre de Dios.

Cuando los apóstoles iban de un lugar a otro predicando el evangelio, este era el centro de su mensaje: «Miren a Dios, diríjanse a él, vuelvan a él, fijen en él los ojos de su mente, conózcanlo, admírenlo y adórenlo. Apártense de sus ídolos y miren al Dios vivo que los creó». Cristo, hablando por medio de ellos, decía: «Mírenme, mírenme», con los ojos de la fe: «Miren hacia mí, y serán salvos». Esto se dijo a quienes durante mucho tiempo habían sido «no son mi pueblo» y «no son amados» (Oseas 1:8-9), y quienes no habían recibido misericordia (Romanos 9:25-26).

También se anuncia aquí que los judíos, quienes durante mucho tiempo habían sido un pueblo cercano a Dios, serían rechazados y puestos a distancia (Isaías 65:2). Pablo aplica esto a los judíos de su propio tiempo, describiéndolos como un pueblo formado por personas que hacían lo malo (Romanos 10:21). Dice: «Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y terco». Observa cómo Dios los cortejó con su gracia. Lo hizo por medio de sus profetas, de su Hijo y de sus apóstoles. Extendió sus manos hacia ellos, como lo hace la Sabiduría (Proverbios 1:24). Extendió sus manos como quien razona con ellos y les suplica; no solo les hacía señas con un dedo, sino que abría los brazos como si estuviera listo para recibirlos. Les ofrecía las señales de su favor y les rogaba que las recibieran.

Cuando Cristo fue crucificado, sus manos fueron extendidas, como si estuviera listo para recibir en sus brazos a los pecadores que regresaran. Y esto continuó durante todo el día, a lo largo de toda la era del evangelio. Esperó para mostrar misericordia y no se cansó de esperar. Ni siquiera rechazó a quienes llegaron a la hora undécima.

Pero ellos despreciaron la invitación. Esta fue dirigida a un pueblo rebelde y terco. Fueron invitados al banquete de bodas, pero no quisieron asistir. Rechazaron el propósito de Dios para su propio perjuicio. Esto muestra tanto su carácter como la justicia de su rechazo. El mundo vería que Dios no los apartó sin razón. Los dejó de lado por su propia infidelidad.

Su carácter general no era lo que uno esperaría de personas que habían recibido tantos favores del cielo. Primero, eran muy obstinados. Hacían lo que querían, fuera correcto o incorrecto. Caminaban por un camino que no era bueno ni seguro, porque seguían sus propios pensamientos, planes y deseos. Si nuestra manera de pensar es nuestra guía, es poco probable que nuestro camino sea bueno, porque aun nuestros pensamientos suelen ser malos. Dios les había dado a conocer sus propios pensamientos, su voluntad y su propósito, pero ellos escogieron caminar según sus propias ideas.

Segundo, eran muy provocadores. Esta fue la queja constante de Dios contra ellos. Lo entristecían y provocaban a su Espíritu Santo, casi como si intentaran convertirlo en su enemigo. Continuamente lo provocaban a la ira, justo delante de su rostro. No les importaba qué insulto le dirigieran, aun estando bajo su mirada y en su presencia. Despreciaban abiertamente su autoridad y desafiaban su justicia, y persistían en hacerlo. Así habían actuado desde el principio, como se ve en el día de la prueba en el desierto.

Luego el profeta habla más específicamente de los pecados de ellos y de sus antepasados, que fueron la razón por la que Dios los rechazó (Isaías 65:7). Da ejemplos de ambos. El pecado más grave de sus antepasados fue la idolatría. El profeta les dice que ese pecado provocaba a Dios justo delante de su rostro. Es un pecado que, como muestra el segundo mandamiento, Dios suele castigar también en los hijos. Este fue el pecado que los llevó al cautiverio y, aunque el cautiverio en gran medida los curó de él, volvió a mencionarse cuando la nación finalmente fue destruida. Cuando Dios viene a juzgar, también recuerda ese pecado (Éxodo 32:34).

Quizás muchas personas de generaciones posteriores al cautiverio ya no adoraban a otros dioses, pero todavía eran culpables de los pecados que aquí se mencionan, como casarse con mujeres extranjeras. Abandonaron el templo de Dios y ofrecieron sacrificios en jardines o arboledas, para poder adorar a su manera, porque no les agradaba la adoración que Dios había establecido.

Habían dejado el altar de Dios y quemaban incienso sobre ladrillos, en altares hechos por ellos mismos. Su adoración se basaba en sus propias ideas y, en comparación con el altar establecido por Dios, no era mejor que un altar de ladrillos comparado con el altar de oro que Dios había dispuesto para el incienso. Algunos entienden esto como incienso quemado sobre tejas, las tejas planas que cubrían los techos de sus casas. Sobre esos techos también quemaban incienso a los ídolos, como se ve en (2 Reyes 23:12) y (Jeremías 19:13).

También practicaban la nigromancia, es decir, intentaban comunicarse con los muertos. Para hacerlo, permanecían entre las tumbas y dormían entre los sepulcros, buscando orientación de los muertos en vez de buscarla de Dios (Jeremías 8:19). Esto también puede significar que consultaban a espíritus malignos que, según se creía, rondaban los lugares de sepultura. En cualquier caso, se apartaron del Dios vivo para entregarse a prácticas prohibidas y oscuras.

También quebrantaban la ley de Dios acerca de los alimentos limpios e impuros, incluso antes de que esa distinción fuera eliminada por medio del evangelio. Comían carne de cerdo, y muchos probablemente lo hacían abiertamente, especialmente cuando obedecer se volvió costoso. En los tiempos de Jesús había entre ellos una gran manada de cerdos, lo que sugiere que muchos ya no se preocupaban demasiado por la ley. El caldo o los trozos de carne prohibida, llamados aquí «cosas abominables», estaban en sus recipientes y eran usados como alimento. La ley llamaba abominable a esa comida, y quienes la tocaban se hacían impuros (Levítico 11:42-43). Aunque algunos no comieran la carne misma, estaban dispuestos a tomar el caldo, mostrando lo cerca que querían vivir de aquello que Dios prohibía.

Esto también puede representar todos los placeres y ganancias pecaminosos, cosas que Dios aborrece pero que las personas todavía disfrutan probar, aunque sea en sus límites. Quienes se enorgullecen de acercarse al pecado corren el peligro de caer completamente en él. Coquetear con el mal es algo muy serio.

Pero el pecado que más provocaba a Dios entre los judíos de los tiempos de Jesús era su orgullo e hipocresía, el pecado que Cristo denunció tantas veces en los escribas y fariseos. Les decían a los demás: «Aléjate; no te acerques a mí, porque soy demasiado santo para relacionarme contigo». Miraban a los demás por encima del hombro y se consideraban mejores que todos los que los rodeaban. Al decir: «Soy más santo que tú», no solo afirmaban ser buenos, sino que aseguraban ser mejores que sus vecinos.

Dios dice que esas personas son como humo en su nariz, una irritación constante. Es como el humo de la leña húmeda, que nunca produce luz ni calor, sino que solo hace arder los ojos. Nada le resulta más aborrecible a Dios que la confianza orgullosa en uno mismo y el desprecio hacia los demás. Por lo general, quienes creen ser los más santos son los menos santos.

Dios tenía un caso en su contra, y las pruebas eran claras: «Está escrito delante de mí» (Isaías 65:6). Sus pecados estaban registrados para ser presentados más adelante, aunque el juicio no llegara de inmediato. Los pecados de los malvados, y especialmente las palabras orgullosas y el desprecio de los hipócritas, están guardados delante de Dios (Deuteronomio 32:34). Lo que está escrito será leído y juzgado. Dios puede guardar silencio por mucho tiempo, pero no guardará silencio para siempre.

No deben imaginar que Dios es como ellos. Él les dará su merecido, y se lo dará por completo, en su propio corazón y en su propia vida. Quienes usan indebidamente la religión, que está destinada a ser santa y honorable, y la convierten en un motivo de orgullo, tendrán que responder ante el Dios celoso. La misma religión de la que se jactan solo hará mayor su culpa.

Los pecados de sus antepasados también volverían sobre ellos. Esto no significa que sus propios pecados no fueran suficientes para merecer el juicio; ciertamente lo eran, y aun más. Pero Dios no habría traído sobre ellos una destrucción tan grande si no hubiera tomado también en cuenta los pecados de sus antepasados. En la destrucción final de Jerusalén, se dice que Dios haría recaer sobre ellos la sangre de los mártires del Antiguo Testamento, incluso la sangre de Abel (Mateo 23:35). Los juzgaría no solo por los ídolos de sus antepasados, sino también por sus lugares altos, donde quemaban incienso en las montañas y las colinas, aunque pensaran que lo hacían para el Dios verdadero. Esa era una manera de deshonrar a Dios, porque ignoraba el lugar que él había escogido para su nombre y la promesa de que allí se reuniría con su pueblo y lo bendeciría.

Sus propios pecados, junto con los de sus antepasados, los llevarían a la ruina. La culpa de cada generación se sumaba a la anterior, y lo que parecía olvidado se estaba acumulando. Dios dará su merecido, no solo a los enemigos declarados (Salmo 79:12), sino también a los amigos falsos y traicioneros: la vergüenza que ellos habían arrojado sobre él recaería sobre ellos mismos.

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