Versículo destacado

Isaías 64:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras, para que los montes fluyeran ante tu presencia, "

Isaías 64:1

menu_book El versículo en contexto

1 ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras, para que los montes fluyeran ante tu presencia,

2 como cuando arde el fuego que derrite y el fuego hace hervir las aguas, para dar a conocer tu nombre a tus adversarios y para que las naciones tiemblen ante tu presencia!

3 Cuando hiciste cosas terribles que no esperábamos, descendiste, y los montes fluyeron ante tu presencia.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el pueblo ora para que Dios se manifieste de una manera impactante, como se expresa en los versículos 1 y 2. Su situación al final del capítulo anterior era muy triste y difícil; por eso era tiempo de clamar: «¡Ayúdanos, Señor!». Le piden a Dios que muestre su celo y su poder. Ya habían orado en Isaías 63:15 para que Dios mirara desde el cielo. Ahora piden algo más: que descienda para rescatarlos, tal como lo prometió en Éxodo 3:8.

Quieren que Dios se manifieste en su providencia, tanto a ellos como a favor de ellos. Cuando Dios concede a su pueblo un rescate extraordinario, la Escritura dice que resplandece o muestra su fuerza. Por eso oran para que «rasgue los cielos y descienda», así como Salmo 18:9 dice que inclinó los cielos y descendió. Quieren que muestre su poder, su justicia y su bondad de una manera que todos puedan notar y reconocer. El pueblo de Dios anhela esto porque está satisfecho con verlo aun cuando es difícil seguir sus caminos, mientras que otros quizá tengan que verlo cuando sus caminos están ocultos entre las nubes. Esto también apunta a la segunda venida de Cristo, cuando el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando. «Ven, Señor Jesús, ven pronto».

También piden que aplaste toda clase de resistencia y haga que se rinda ante él. Oran para que los montes se derritan ante su presencia; es decir, que aun la manifestación más feroz de la ira de Dios quebrante la oposición más fuerte. Los obstáculos duros, semejantes a la roca, deben derretirse ante él, como el metal en un horno se vuelve líquido y puede tomar la forma que el artesano quiera darle. De esa manera, piden una gran conmoción de todas las cosas, para que Dios produzca un cambio glorioso a favor de su iglesia. La imagen también puede señalar a los volcanes, o montañas en llamas, que arrojan corrientes de fuego y hacen hervir las aguas cercanas, como advertencia de la ira de Dios y representación del juicio final.

Quieren que todo esto dé gloria al nombre de Dios. No piden solamente que sus amigos conozcan su poder, pues ellos ya confían en él, sino también que sus enemigos lo conozcan y tiemblen ante él. Entonces dirían, como los hombres de Bet-semes: «¿Quién podrá estar delante de este Dios santo?» y «¿Quién conoce el poder de su ira?». La lección es clara: tarde o temprano, Dios hará conocido su nombre a sus enemigos y hará temblar a quienes no quisieron venir a adorarlo. Si el nombre de Dios no es para nosotros un lugar seguro, se convertirá en un lugar de fuerza contra nosotros, y no podremos escapar de su juicio. Se acerca el día en que aun las naciones que parecen numerosas y poderosas temblarán ante la presencia de Dios.

Esta súplica se basa en lo que Dios ya ha hecho por su pueblo. Ante el trono de la gracia, razonar «ya lo hiciste antes, así que volverás a hacerlo» es un razonamiento correcto, como muestra Salmo 10:17. Primero señalan lo que hizo por Israel cuando lo sacó de Egipto, en Isaías 64:3. Allí hizo cosas terribles y sorprendentes mediante las plagas de Egipto, cosas que ellos no esperaban ni se habían atrevido a imaginar. Después descendió sobre el monte Sinaí con un poder tan temible que el monte y quienes estaban a su alrededor parecían derretirse y temblar, como describen Salmo 114:4 y Habacuc 3:6. En muchos grandes rescates, Dios hizo caer a hombres poderosos y cedió la oposición más fuerte. Jueces 5:4-5 y Salmo 68:7-8 también hablan de esto. Algunos entienden que aquí también se hace referencia a la derrota del poderoso ejército de Senaquerib, que habría sido una manifestación igualmente sorprendente del poder de Dios.

También apelan a lo que Dios siempre ha estado dispuesto a hacer por su pueblo en general. Él ha provisto abundantemente todo lo necesario para la seguridad y la felicidad de quienes lo buscan, le sirven y confían en él. Por eso no necesitan temer quedar decepcionados, porque lo que él ha preparado es seguro y suficiente. Esta provisión es muy rica, como dice Isaías 64:4. Desde que comenzó el mundo, los seres humanos no han oído ni visto lo que Dios ha preparado para quienes esperan en él. Son personas que esperan en él mientras siguen el camino del deber y esperan la salvación que él ha prometido. Su felicidad está ligada a lo que Dios ha preparado para ellas, a lo que planeó en su sabiduría y está llevando a cabo por medio de su providencia y su gracia.

Algunos maestros judíos entendieron estas palabras como una referencia a las bendiciones reservadas para los días del Mesías, y el apóstol también las aplica de esa manera. Otros las extienden a la gloria del mundo venidero. Se refieren a toda la bondad que Dios ha guardado para quienes le temen y confían en él, como dice Salmo 31:19. Desde el principio del mundo, ni siquiera las personas de las épocas más reflexivas y profundas la han conocido por completo al oírla o verla. Nadie, excepto Dios, conoce plenamente lo que ha preparado para las almas santas, tanto para el presente como para el futuro. Mucho de ello estuvo oculto en épocas anteriores, porque los ricos tesoros de Cristo estaban escondidos en Dios y ocultos de los sabios y entendidos. Pero después fueron revelados por medio del evangelio, como dice 1 Corintios 2:9, y de la misma manera apuntan las palabras de Pablo en Romanos 16:25-26 y Efesios 3:9.

Lo que las personas no habían oído desde el principio del mundo lo oirían antes del fin, y al final lo verán cuando se quite el velo y la gloria sea revelada. Solo Dios sabía lo que había guardado para los creyentes. Aun cuando se revela, la mente humana no puede comprenderlo por completo. Es algo espiritual y está muy por encima de las ideas que naturalmente formamos a partir del mundo visible que nos rodea. Es tan grande que superará nuestras más elevadas esperanzas. Incluso la paz presente de los creyentes, y mucho más su gozo futuro, sobrepasa todo entendimiento, como dice Filipenses 4:7. Solo Dios lo comprende plenamente, porque su entendimiento no tiene límite.

Algunos leen estas palabras de una manera un poco distinta y entienden que el énfasis no está tanto en la grandeza de lo que Dios hace, sino en la grandeza de quien lo hace: «Ningún ojo ha visto a un Dios aparte de ti, que actúe así a favor de quien espera en él».

Debemos aprender de los extraordinarios actos de gracia de Dios, así como de sus actos de poder, que no hay ningún dios semejante a él y que ninguno de los poderosos puede compararse con él. Su bondad, tanto como su grandeza, manifiesta su gloria única.

Dios está dispuesto a recibirlos, como dice Isaías 64:5: «Tú sales al encuentro del que se alegra y hace lo correcto; sales a su encuentro con los bienes que has preparado para él» (Isaías 64:4), y no olvidas a quienes se acuerdan de ti en tus caminos. Esto muestra la comunión que existe entre un Dios lleno de gracia y un alma que vive por su gracia.

Primero, si queremos tener comunión con Dios, debemos acostumbrarnos a cumplir con nuestro deber en todo. Debemos practicar la justicia, es decir, hacer lo bueno y lo que el Señor nuestro Dios exige, y hacerlo bien. Segundo, debemos cumplir nuestro deber con alegría, regocijándonos mientras practicamos la justicia. Debemos deleitarnos en Dios y en su ley, alegrarnos de servirle y cantar mientras trabajamos. Dios ama al que da y al que adora con alegría. Debemos servir al Señor con gozo.

Tercero, debemos disponernos a aceptar toda la providencia de Dios, su gobierno sabio sobre nuestra vida, y responder a ella de la manera correcta. Debemos recordarlo en sus caminos, en cada senda por la que nos guía, ya sea que parezca acercarse a nosotros o actuar en nuestra contra. Debemos pensar en él y darle gracias cuando sus caminos muestran misericordia, en un día de prosperidad. Cuando nos corrige, debemos responder con paciencia y sumisión. «En el camino de tus juicios te hemos esperado», porque en un día de dificultad debemos reflexionar con cuidado y humildad.

También se nos dice qué podemos esperar de Dios si permanecemos fieles a él en el camino del deber: «Tú sales al encuentro del que...». Esto señala la amistad, la comunión y la cercanía a las que Dios admite a su pueblo. Él sale a su encuentro para hablar con ellos, manifestarse ante ellos y recibir sus oraciones (Éxodo 20:24; Éxodo 29:43). También muestra cuán dispuesto está a hacerles bien. Va delante de ellos con las bendiciones de su bondad. Se complace en hacerles bien a quienes se alegran en hacer lo correcto, y está dispuesto a mostrar su gracia a quienes esperan en él.

Dios sale al encuentro de su pueblo arrepentido con perdón, como el padre del hijo pródigo salió al encuentro de su hijo cuando regresaba (Lucas 15:20). Sale al encuentro de quienes oran con una respuesta de paz mientras todavía están hablando (Isaías 65:24).

También apelan al favor inmutable de Dios y a la firmeza de su promesa, aunque su pueblo haya pecado y él haya mostrado su disgusto por causa de sus pecados. «Mira», dicen, «muchas veces te has enojado con nosotros porque hemos pecado, y hemos sentido las señales de tu enojo. Pero en esos caminos tuyos, los caminos de misericordia en los que te hemos recordado, hay permanencia». O puede significar: «En esos caminos tú permaneces para siempre». Su misericordia permanece para siempre; por eso, al final seremos salvos, aunque estés enojado y nosotros hayamos pecado.

Esto concuerda con la manera en que Dios estableció su pacto, su promesa vinculante. Si abandonamos su ley, castigará nuestra maldad con vara, pero no quitará por completo su amor constante ni romperá su pacto (Salmo 89:30 y siguientes). Por medio de este pacto, muchos han sido salvados de la ruina cuando estaban a punto de caer (Salmo 78:38). Por medio de este pacto que permanece, también esperamos ser salvos, porque el pacto eterno contiene toda nuestra salvación.

Aunque Dios se ha enojado con nosotros por nuestros pecados, y con justa razón, su enojo dura solo un momento. En cambio, su favor da vida porque permanece. Él sigue caminando y avanzando por los caminos de su favor, y en eso dependemos para nuestra salvación (Isaías 54:7-8). Es bueno para nosotros que nuestra esperanza de salvación no descanse en nuestros propios méritos o fuerzas, porque en ellos no hay ninguna seguridad. Ni siquiera Adán, en su inocencia, permaneció firme. Nuestra esperanza descansa, más bien, en la misericordia y las promesas de Dios; y en ellas sí hay una permanencia segura.

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