Versículo destacado
Isaías 62:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Sobre tus murallas, Jerusalén, he puesto vigilantes que nunca guardarán silencio, ni de día ni de noche. Ustedes, los que hacen mención del SEÑOR, no guarden silencio, "
Isaías 62:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Ya no serás llamada Desamparada, ni tu tierra será llamada Desolada; sino que tú serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, Beula; porque el SEÑOR se deleita en ti, y tu tierra será desposada.
5 Porque como un joven se casa con una virgen, así tus hijos se casarán contigo; y como el novio se alegra por la novia, así tu Dios se alegrará por ti.
6 Sobre tus murallas, Jerusalén, he puesto vigilantes que nunca guardarán silencio, ni de día ni de noche. Ustedes, los que hacen mención del SEÑOR, no guarden silencio,
7 y no le den descanso hasta que establezca y hasta que haga de Jerusalén una alabanza en la tierra.
8 El SEÑOR ha jurado por su mano derecha y por el brazo de su fuerza: «Ciertamente, no volveré a dar tu grano como alimento a tus enemigos, ni los hijos del extranjero beberán tu vino, por el cual has trabajado».
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Aquí se prometen dos cosas a Jerusalén.
Primero, habrá abundancia de los medios de gracia; es decir, abundará la buena predicación y la oración (Isaías 62:6, Isaías 62:7). Esto muestra la manera en que Dios suele obrar cuando quiere mostrar misericordia a un pueblo. Primero lo lleva a cumplir con su deber y derrama sobre él un espíritu de oración; después le concede la salvación.
En primer lugar, se provee lo necesario para que los ministros cumplan con su deber como vigilantes. Esto se presenta como una señal de cosas buenas que vendrán, un paso hacia una misericordia mayor y una garantía de ella. Para llevar a cabo lo que había planeado para su pueblo, pondría vigilantes sobre sus murallas que nunca guardarían silencio. Los ministros son vigilantes sobre las murallas de la iglesia porque la iglesia se parece a una ciudad sitiada y necesita centinelas en sus muros que observen los movimientos del enemigo y adviertan a los demás. Como vigilantes, deben estar atentos, ser fieles y estar dispuestos a soportar dificultades.
Deben permanecer de guardia día y noche. No deben dejar de vigilar mientras las personas cuyas almas están bajo su cuidado sigan en peligro. Nunca deben guardar silencio. Deben aprovechar toda oportunidad para advertir a los pecadores, sea o no un momento favorable, y nunca deben traicionar la causa de Cristo por guardar silencio cobardemente. Tampoco deben guardar silencio ante el trono de la gracia. Deben orar y perseverar en la oración, como Moisés, quien mantuvo sus manos levantadas hasta que Israel obtuvo la victoria sobre Amalec (Éxodo 17:10, Éxodo 17:12).
En segundo lugar, se provee lo necesario para que el pueblo cumpla con su deber. Los que hacen mención del SEÑOR tampoco deben guardar silencio. No deben pensar que es suficiente con que sus vigilantes oren por ellos. También deben orar por sí mismos, porque todo esto aún sería insuficiente para recibir la misericordia que viene con el honor que merece. El pueblo que profesa pertenecer a Dios se distingue por esto: hace mención del SEÑOR incluso en tiempos oscuros, cuando se dice que la tierra ha sido abandonada y desolada. Son quienes recuerdan al SEÑOR, como indica la nota marginal. Ellos mismos lo recuerdan y se recuerdan unos a otros quién es él.
El pueblo que profesa pertenecer a Dios debe ser un pueblo de oración. En sus oraciones debe buscar el bien de todos, luchar con Dios y perseverar. No debe guardar silencio, volverse descuidado en la oración ni cansarse de ella. Debe insistir ante Dios, como el mendigo persistente o como la viuda que siguió acudiendo hasta que el juez cedió. Dios le dijo una vez a Moisés: «Déjame» (Éxodo 32:10), y Jacob le dijo a Cristo: «No te dejaré ir, si no me bendices» (Génesis 32:26).
Dios se molesta mucho menos con este tipo de oración insistente de lo que normalmente se molestan las personas. De hecho, la invita y la fomenta. Nos dice que clamemos a él. No es como aquellos discípulos que intentaron alejar a una persona necesitada (Mateo 15:23). Nos dice que presentemos peticiones urgentes ante el trono de la gracia y que no le demos descanso (Lucas 11:5, Lucas 11:8). Permite que no solo razonemos con él, sino que también luchemos con él en oración.
Lo que debemos pedir con mayor insistencia es el bien público y la paz de la Jerusalén de Dios, es decir, de su iglesia. Debemos orar para que esté segura y para que él la establezca, de modo que sus intereses permanezcan firmes y estables ahora y queden asegurados para las generaciones futuras. También debemos orar para que sea grande, una alabanza en la tierra, honrada entre las naciones, y para que Dios sea alabado por causa de ella. Cuando la verdad del evangelio se defiende con claridad, cuando las ordenanzas del evangelio se practican correctamente, con pureza y poder, y cuando la iglesia llega a ser conocida por su santidad y amor, entonces Jerusalén es una alabanza en la tierra.
Debemos seguir orando por misericordia para la iglesia hasta que esa misericordia llegue. Debemos hacer como el siervo del profeta y volver siete veces, hasta que aparezca la nube que anuncia la respuesta (1 Reyes 18:44). Es una buena señal de que Dios se acerca a un pueblo con misericordia cuando derrama sobre él un espíritu de oración y lo mueve a orar con fervor y perseverancia.
Segundo, también habrá abundancia de todas las demás cosas buenas (Isaías 62:8). Esto se desprende de la primera promesa. Cuando el pueblo alaba a Dios, y todo el pueblo lo alaba, entonces la tierra da su fruto (Salmo 67:5, Salmo 67:6). Así, la prosperidad exterior, que corona la piedad, ayuda a convertir a Jerusalén en una alabanza en la tierra.
Observemos primero la gran angustia en la que habían estado y las pérdidas que habían sufrido. Su grano se había convertido en alimento para sus enemigos, aunque esperaban que alimentara a sus propias familias. Esto era una carga doble. Les faltaba lo necesario para sobrevivir, y sus enemigos se fortalecían con ello. El campamento de sus enemigos recibía provisiones, y eso hacía que esos enemigos estuvieran más capacitados para hacerles daño. Se dice que Dios les había dado su grano a sus enemigos porque no solo lo permitió, sino que lo ordenó como justo castigo por haber usado mal la abundancia y por sus tratos con los extranjeros (Isaías 1:7). El vino por el que habían trabajado, y que necesitaban en medio de sus dificultades para animar a los afligidos, lo bebían extraños para satisfacer sus propios deseos. Este severo juicio había sido anunciado como consecuencia de sus pecados (Levítico 26:16; Deuteronomio 28:33). Debemos reconocer lo inciertos que son los bienes terrenales y cuán sabio es trabajar por el alimento que nunca puede ser quitado.
Ahora observemos la gran abundancia y satisfacción a las que serían restaurados (Isaías 62:9). Quienes hubieran recogido el grano lo comerían y alabarían al SEÑOR. Aquí vemos la misericordia de Dios al dar abundancia y paz para disfrutarla. La tierra produce su fruto, hay manos que lo recogen y esas manos no son quitadas por una plaga o una enfermedad ni quedan ocupadas por la guerra. Los extraños y los enemigos no vienen a recogerlo para sí mismos ni nos lo arrebatan después de que lo hemos cosechado. Comemos el fruto de nuestro trabajo y el pan no es quitado de nuestra boca. Sobre todo, tenemos el corazón y la oportunidad de honrar a Dios con ello, y sus atrios están abiertos para nosotros, de modo que no se nos impide acudir allí para adorarlo.
También vemos nuestro deber al disfrutar de esta misericordia. Debemos recoger con cuidado y diligencia lo que Dios nos da. Debemos comerlo con libertad y alegría, no enterrando los regalos de Dios, sino usándolos. Cuando hayamos comido y estemos satisfechos, debemos bendecir al SEÑOR y darle gracias por su bondad para con nosotros. Debemos servirle con lo que tenemos, usándolo en actos de adoración y bondad. Debemos comer y beber en los atrios de su santidad, donde el altar, el sacerdote y los pobres reciben su parte. El mayor consuelo que una persona buena encuentra en la comida y la bebida es que pueden convertirse en una ofrenda al SEÑOR su Dios (Joel 2:14). El mayor consuelo de las riquezas es que brindan la oportunidad de honrar a Dios y hacer el bien. Este vino debe beberse en los atrios de la santidad de Dios; por eso debe usarse con moderación y dominio propio, delante del SEÑOR.
La confirmación solemne de esta promesa es la siguiente: el SEÑOR ha jurado por su mano derecha y por su brazo poderoso que hará esto por su pueblo. Dios confirma esta promesa con un juramento para que su pueblo, que confía en él y en su palabra, tenga un consuelo firme (Hebreos 6:17, Hebreos 6:18). Como no puede jurar por alguien superior, jura por sí mismo; a veces por su propia vida: «Vivo yo» (Ezequiel 33:11), y otras veces por su santidad (Salmo 89:35).
Aquí jura por su poder, por su mano derecha, levantada al hacer el juramento (Deuteronomio 32:40), y por su brazo fuerte. Esto es un gran consuelo para quienes basan su esperanza en la promesa de Dios, porque pueden estar seguros de que él es capaz de hacer lo que ha dicho (Romanos 4:21). Para darnos seguridad, ha jurado por su fuerza, como si hubiera comprometido en esta promesa el honor de su naturaleza todopoderosa. Si no lo hiciera, la única razón posible sería que no pudiera hacerlo, y eso jamás lo dirían los egipcios ni nadie más (Números 14:16). Es un consuelo para el pueblo de Dios saber que su poder está comprometido con ellos y que su mano derecha es el lugar donde se sienta el Mediador, aquel que se interpone entre Dios y las personas.
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De este capítulo
Isaías 62:1
"Por amor a Sion no guardaré silencio, y por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que su justicia salga como resplandor y su salvación como lámpara que arde."
Isaías 62:2
"Los gentiles verán tu justicia, y todos los reyes, tu gloria; y serás llamada por un nombre nuevo, que la boca del SEÑOR designará."
Isaías 62:3
"También serás una corona de gloria en la mano del SEÑOR y una diadema real en la mano de tu Dios."
Isaías 62:4
"Ya no serás llamada Desamparada, ni tu tierra será llamada Desolada; sino que tú serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, Beula; porque el SEÑOR se deleita en ti, y tu tierra será desposada."
Isaías 62:5
"Porque como un joven se casa con una virgen, así tus hijos se casarán contigo; y como el novio se alegra por la novia, así tu Dios se alegrará por ti."
Isaías 62:7
"y no le den descanso hasta que establezca y hasta que haga de Jerusalén una alabanza en la tierra."
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