Versículo destacado
Isaías 59:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Vio que no había ningún hombre y se asombró de que no hubiera intercesor. Entonces su brazo le trajo salvación, y su justicia lo sostuvo. "
Isaías 59:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 El juicio se vuelve atrás, y la justicia permanece lejos; porque la verdad ha caído en la calle, y la rectitud no puede entrar.
15 Sí, falta la verdad, y quien se aparta del mal se convierte en presa. El SEÑOR lo vio, y le desagradó que no hubiera juicio.
16 Vio que no había ningún hombre y se asombró de que no hubiera intercesor. Entonces su brazo le trajo salvación, y su justicia lo sostuvo.
17 Se puso la justicia como coraza y un casco de salvación sobre la cabeza; se vistió con vestiduras de venganza y se envolvió en celo como en un manto.
18 Según sus obras, así pagará: furor a sus adversarios y retribución a sus enemigos; a las islas les pagará retribución.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Ya hemos visto cómo creció el pecado en este capítulo, para nuestro gran asombro. Aquí vemos cómo la gracia crece aún más. El pecado tomó el mandamiento y se volvió más pecaminoso, pero la gracia aprovechó esa misma ocasión para mostrarse todavía más llena de gracia.
Primero, consideremos por qué Dios salvó a este pueblo obstinado, aun después de todo lo que habían hecho contra él. Lo hizo completamente por causa de su propio nombre. No había nada en ellos que lo provocara ni nada que mereciera esa salvación. No tenían mérito, fuerzas ni voluntad para arreglar las cosas; por eso Dios actuaría con su propio poder y para su propia gloria.
Él vio su debilidad y su maldad. No había nadie que defendiera la causa moribunda de la religión y la virtud entre ellos, nadie que hiciera justicia (Jeremías 5:1), es decir, que llevara a cabo lo correcto. La gente se quejaba de lo mal que estaban los tiempos, pero no tenía el valor de oponerse al mal. La corrupción se había extendido por todas partes, y casi nadie intentaba detenerla.
Tampoco había intercesor: nadie que interviniera y suplicara delante de Dios, que se pusiera en la brecha mediante la oración y apartara su ira. Dios habría recibido con agrado a una persona así, y sorprende que no encontrara a ninguna. O, más probablemente, no había nadie que defendiera la justicia y la verdad, que estaban siendo pisoteadas (Isaías 59:14). No había abogado que hablara en favor de quienes eran tratados como presa por mantenerse firmes en su integridad (Isaías 59:15).
El pueblo se quejaba de que Dios no actuaba a favor de ellos (Isaías 58:3), pero Dios tenía más razones para quejarse de que ellos no hacían nada por sí mismos. Esto demuestra cuán dispuesto habría estado a hacerles bien si hubiera encontrado en ellos siquiera el menor deseo de reformarse.
Entonces Dios comprometió su propia fuerza y su propia justicia a favor de ellos. Aun así, serían salvos. Como ellos no tenían fuerzas propias ni había hombres dispuestos a poner las cosas en orden, su propio brazo les traería salvación. Esto señala al Señor mismo y también a Cristo, el poder de Dios y el brazo del Señor, aquel a quien Dios fortaleció para sí mismo.
La obra de reforma, que es la primera y principal parte de la salvación, vendría por medio de la obra directa de Dios en la conciencia de las personas. Cuando los gobernantes y los grupos que promueven la reforma no cumplen con su responsabilidad, y ni se aplica la justicia ni se exige una reforma, Dios demuestra que puede actuar sin ellos cuando llega su momento. Entonces prepara a su pueblo para recibir misericordia.
Lo mismo sucede con la liberación. Cuando Dios despertó a Ciro, rey de Persia, y sacó a su pueblo de Babilonia, no fue por la fuerza ni por el poder humano, sino por el Espíritu del Señor de los ejércitos. Entonces su propio brazo, que nunca es demasiado corto, les trajo salvación.
Dios tampoco encontró en ellos justicia alguna que pudiera usar como razón para favorecerlos. Por eso su propia justicia lo sostuvo y lo llevó adelante. Su justicia, que los pecados del pueblo habían puesto en su contra, ahora actúa a favor de ellos por medio de la gracia. Ellos no podían reclamar la misericordia como algo que se les debiera, pero Dios permanecería fiel a sí mismo, a su promesa y a su pueblo del pacto. Con justicia castigaría a los enemigos de su pueblo (Deuteronomio 9:5).
Esta misma verdad aparece en nuestra redención por medio de Cristo. No teníamos justicia propia que ofrecer, así que Dios proveyó una justicia mediante el mérito y la mediación de su Hijo, es decir, mediante su obra reconciliadora entre Dios y la humanidad. Se la llama «la justicia que viene de Dios por medio de la fe» (Filipenses 3:9). Esa justicia sostuvo la obra salvadora de Dios y respaldó todo su favor hacia nosotros, aunque lo habíamos provocado.
Él se vistió «de justicia como de una coraza», protegiendo su honor, así como una coraza protege las partes vitales. También se puso «el casco de la salvación» sobre la cabeza. Está tan seguro de completar la salvación que ha planeado, que usa la salvación misma como su casco. Esto hace que su obra sea inconmovible, y que resplandezca con gloria, infunda temor a sus enemigos y muestre belleza a sus amigos. Cuando la justicia es su escudo de armas, la salvación es su emblema.
Pablo usa esta misma imagen para hablar de la armadura del cristiano, con la coraza de justicia y el casco de la esperanza de salvación (Efesios 6:14-17; 1 Tesalonicenses 5:8). Se la llama la armadura de Dios porque él la usó primero y la preparó para nosotros.
Como el pueblo no tenía el espíritu ni el celo necesarios para actuar por sí mismo, Dios se pondría las vestiduras de venganza y se cubriría de celo como con un manto. Haría evidente ante todo el mundo su justicia contra los enemigos de su iglesia y su celo por su propia gloria y por el honor de la religión y la virtud. De ese modo se mostraría grande, como un hombre vestido con ropas espléndidas o con la vestimenta especial de su cargo.
Si las personas no muestran celo contra el pecado, Dios sí lo mostrará. Él vengará el pecado por todo el daño que ha causado a su honor y al bien de su pueblo. Esta fue también parte de la obra de Cristo en el mundo: quitar el pecado y enfrentarlo en juicio.
Segundo, consideremos qué clase de salvación producirá Dios mismo mediante su justicia y su fuerza. Habría un rescate terrenal y presente para los judíos en Babilonia, o en cualquier otro lugar donde estuvieran sufriendo y cautivos. Esta promesa en (Isaías 59:18, Isaías 59:19) también señalaba algo mayor. Cuando llegue el momento de Dios, él hará su propia obra, aunque fallen quienes deberían ayudar.
Se promete que Dios tratará con sus enemigos y les dará la retribución por lo que han hecho. Esto incluye a los enemigos de su pueblo en otras naciones, que los oprimieron, y a los enemigos de la justicia y la verdad dentro del propio pueblo, que también oprimieron. Esos enemigos también son enemigos de Dios. Cuando llegue el día de la venganza, tratará con ambos grupos conforme a lo que merecen, de acuerdo con la retribución, es decir, la ley de devolver lo que corresponde (Apocalipsis 13:10), o conforme a actos anteriores de pago y castigo. Así como antes ha tratado con sus enemigos, volverá a darles su merecido: furia contra sus adversarios y retribución contra sus enemigos.
Su furia nunca irá más allá de la justicia, como suele ocurrir con la ira humana. Incluso a las islas lejanas, si se han levantado contra él, les dará su merecido. Su mano alcanzará a todos sus enemigos (Salmo 21:8), y sus flechas los alcanzarán.
Aunque el pueblo de Dios se ha comportado tan mal que no merece ser rescatado, sus enemigos actúan aún peor y sí merecen juicio. Cualquier cosa que los enemigos del pueblo de Dios intenten hacer después para perturbar su paz será detenida y reducida a nada. Cuando el enemigo entre como una inundación, como una corriente impetuosa o una crecida que parece a punto de arrasarlo todo, el Espíritu del Señor levantará una bandera contra él mediante un poder oculto e invisible, y lo hará retroceder. El que ha librado seguirá librando. Cuando el pueblo de Dios esté débil e indefenso y no tenga ninguna bandera que levantar contra el ataque, Dios les dará una bandera a quienes le temen (Salmo 60:4). Por medio de su Espíritu, levantará un estandarte que reunirá a muchos para defender a la iglesia.
Algunos entienden esto de otra manera: el Señor mismo vendrá, y su nombre y su gloria se verán anticipadamente en el Mesías prometido; entonces el Espíritu del Señor lo levantará como una bandera. Por medio de la predicación de su evangelio, Cristo cubrirá la tierra con el conocimiento de Dios, como las aguas cubren una llanura inundada, mientras el Espíritu del Señor lo establece como bandera para las naciones (Isaías 11:10). Todo esto traerá gloria a Dios y ayudará a que la fe se extienda por el mundo (Isaías 59:19). Personas del oriente y del occidente temerán el nombre del Señor y su gloria. El rescate de los judíos del cautiverio y la ruina de sus enemigos llevarían a muchos a preguntar por el Dios de Israel y a servirlo y adorarlo bajo la bandera que el Espíritu del Señor levantaría. Cuando Dios actúa a favor de su iglesia, muchos son incorporados a ella. Esto se vio plenamente en los tiempos del evangelio, cuando muchos vinieron del oriente y del occidente para ocupar el lugar de los hijos del reino que fueron expulsados, y se formaron iglesias en el oriente y el occidente (Mateo 8:11).
También hay una salvación mayor, realizada por el Mesías en el momento establecido por Dios, que todos los profetas tenían en mente. A esa salvación pertenecen dos grandes promesas. La primera es que el Hijo de Dios vendrá a nosotros como nuestro Redentor (Isaías 59:20). Esta promesa se aplica a Cristo en Romanos 9:26. El Libertador vendrá. La venida de Cristo como Redentor es el centro de todas las promesas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Esta es la redención que los judíos creyentes esperaban en Jerusalén (Lucas 2:38). Cristo es nuestro goel, nuestro pariente redentor más cercano: aquel que compra de nuevo tanto a la persona como las propiedades del deudor pobre.
Observa dónde aparecerá este Redentor: vendrá a Sion, porque allí, en ese monte santo, el Señor lo estableció como su Rey (Sal 2:6). En Sion se colocaría la piedra angular principal (1 Pe 2:6). Allí vendría a su templo (Mal 3:1). Allí se establecería la salvación (Is 46:13), porque desde allí saldría la ley (Is 2:3). Sion era una imagen de la iglesia del evangelio, y el Redentor actúa a favor de la iglesia en todas sus manifestaciones. La Septuaginta lo expresa así: «El Redentor vendrá por causa de Sion».
Las personas que disfrutarán del consuelo de su venida son las que se apartan del pecado en Jacob. Él viene a quienes están en Jacob, a la descendencia de Jacob que ora, en respuesta a sus oraciones. Pero no viene con misericordia salvadora para todos los que están dentro de la iglesia visible. Viene solamente a quienes se apartan de la maldad, se arrepienten, cambian su manera de vivir y abandonan los pecados de los que Cristo vino a liberarlos. Los pecadores de Sion no obtendrán ningún beneficio de la venida del Redentor a Sion si continúan viviendo en sus pecados.
La segunda promesa es que el Espíritu de Dios vendrá a nosotros como nuestro santificador, el que nos hace santos (Is 59:21). Por medio del Redentor, Dios estableció con nosotros un nuevo pacto, un pacto lleno de promesas. La gran promesa plena de ese pacto es que Dios dará y seguirá dando su palabra y su Espíritu a su iglesia y a su pueblo a través de todas las generaciones. Si Dios da el Espíritu a quienes se lo piden, junto con él les da toda cosa buena (Lc 11:13; Mt 7:11). Se dice que este pacto se establece con quienes se apartan del pecado, porque quienes dejan de hacer el mal aprenderán a hacer el bien.
La promesa se expresa a una sola persona: «Mi Espíritu que está sobre ti». Esto puede referirse a Cristo como cabeza de la iglesia, quien recibió el Espíritu para poder darlo. El Espíritu prometido a la iglesia estuvo primero sobre él, y desde su cabeza ese aceite precioso descendió hasta el borde de sus vestiduras. La palabra del evangelio fue puesta primero en su boca, porque él comenzó a proclamarla como enviado por el Señor. Todos los creyentes son su descendencia, en quienes él prolonga sus días (Is 53:10). O bien, estas palabras pueden referirse a la iglesia; en ese caso, prometen que la iglesia continuará en el mundo hasta el fin de los tiempos, en armonía con las promesas de que el trono y la descendencia de Cristo permanecerán para siempre (Sal 89:29, 36; Sal 22:30).
La iglesia se mantiene por medio de una sucesión, así como la raza humana continúa mediante hijos y nietos. Cuando una generación desaparece, surge otra. En lugar de los padres estarán los hijos. La iglesia continuará desde ahora y para siempre, hasta el fin del mundo. Puesto que se permite que el mundo permanezca por causa de la iglesia, podemos estar seguros de que, mientras el mundo exista, Cristo tendrá una iglesia en él, aunque no siempre sea visible. La iglesia será sostenida por la presencia constante de la palabra y del Espíritu.
El Espíritu que estaba sobre Cristo permanecerá siempre en el corazón de los fieles. En cada época habrá personas sobre las que él obre y en las que habite, de modo que el Consolador permanecerá para siempre con la iglesia (Jn 14:16). La palabra de Cristo también permanecerá en la boca de los fieles. En cada generación habrá personas que crean con el corazón para alcanzar la justicia y confiesen con la boca para obtener la salvación. La palabra nunca desaparecerá de la boca de la iglesia, porque siempre habrá una descendencia que hable el lenguaje santo de Cristo y profese su santa fe.
El Espíritu y la palabra van juntos, y por medio de ellos la iglesia es preservada. La palabra en la boca de los ministros, e incluso en nuestra propia boca, no nos ayudará a menos que el Espíritu obre junto con ella y nos dé entendimiento. Sin embargo, el Espíritu realiza su obra por medio de la palabra y en armonía con ella; por eso, toda enseñanza que se atribuya al Espíritu debe ser examinada a la luz de la Escritura. Sobre estos fundamentos se edifica la iglesia, permanece firme y permanecerá para siempre, con Cristo mismo como la piedra angular principal.
Cómo puede ayudarte tu IA cristiana
Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana
Estudio bíblico
Orientación para la vida
Apoyo en la oración
Sabiduría diaria
Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes
De este capítulo
Isaías 59:1
"Miren, la mano del SEÑOR no se ha acortado para no poder salvar, ni se ha vuelto pesado su oído para no poder oír."
Isaías 59:2
"Pero las iniquidades de ustedes han causado separación entre ustedes y su Dios, y sus pecados han ocultado de ustedes su rostro, para que él no oiga."
Isaías 59:3
"Porque las manos de ustedes están manchadas de sangre, y sus dedos, de iniquidad; sus labios han dicho mentiras, y su lengua ha murmurado perversidad."
Isaías 59:4
"Nadie clama por justicia ni aboga por la verdad. Confían en la vanidad y dicen mentiras; conciben maldad y dan a luz iniquidad."
Isaías 59:5
"Incuban huevos de basilisco y tejen la tela de araña. El que come de sus huevos muere, y del que es aplastado sale una víbora."
Isaías 59:6
"Sus telas no se convertirán en vestidos, ni se cubrirán con sus obras. Sus obras son obras de iniquidad, y en sus manos está el acto de violencia."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.