Versículo destacado
Isaías 49:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Así dice el SEÑOR, el Redentor de Israel y su Santo, a aquel a quien el hombre desprecia, a aquel a quien la nación aborrece, al siervo de gobernantes: «Los reyes verán y se levantarán; también los príncipes se postrarán, por causa del SEÑOR, que es fiel, del Santo de Israel, y él te escogerá». "
Isaías 49:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Y ahora dice el SEÑOR, quien me formó desde el vientre para que fuera su siervo, para hacer volver a Jacob a él: Aunque Israel no sea reunido, seré glorioso ante los ojos del SEÑOR, y mi Dios será mi fuerza.
6 Y él dijo: «Es poca cosa que seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob y restaurar a los preservados de Israel; también te daré como luz para los gentiles, para que seas mi salvación hasta el extremo de la tierra».
7 Así dice el SEÑOR, el Redentor de Israel y su Santo, a aquel a quien el hombre desprecia, a aquel a quien la nación aborrece, al siervo de gobernantes: «Los reyes verán y se levantarán; también los príncipes se postrarán, por causa del SEÑOR, que es fiel, del Santo de Israel, y él te escogerá».
8 Así dice el SEÑOR: «En un tiempo aceptable te he oído, y en un día de salvación te he ayudado. Te preservaré y te daré como pacto del pueblo, para establecer la tierra y hacer que se hereden las heredades desoladas».
9 Para que digas a los prisioneros: «Salgan»; y a los que están en tinieblas: «Muéstrense». Se alimentarán junto a los caminos, y sus pastos estarán en todos los lugares altos.
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En estos versículos vemos al Mesías, Cristo, primero humillado y luego honrado (Isaías 49:7). El SEÑOR, el Redentor de Israel y su Santo, habla de aquel que llevaría a cabo esa salvación. Primero señala la profunda humillación de Cristo, una humillación incomparable. Fue despreciado por la gente, como dice Isaías 53:3: «Despreciado y rechazado por los hombres».
Ser despreciado por el ser humano, una criatura tan pequeña y débil, muestra la forma más baja de vergüenza. El mismo pueblo al que vino a salvar lo rechazó y lo trató con desprecio. Su ingratitud hizo todavía más cruel su trato. La deshonra que sufrió fue parte de su padecimiento, y no una parte pequeña. No se limitaron a considerarlo insignificante; hicieron que fuera odiado. Él fue aquel a quien la nación aborreció, y gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
Esto ocurrió tanto entre los gentiles como entre los judíos, aunque los judíos fueron peores en este aspecto, porque la cruz fue una piedra de tropiezo para unos y una insensatez para otros. También fue siervo de gobernantes, tratado como un esclavo, pisoteado, maltratado, azotado y crucificado. Incluso Pilato presumió de tener autoridad sobre él (Juan 19:10). Cristo se sometió a todo esto por nuestra salvación.
Sin embargo, Dios también promete honrar a Cristo. Aun en lo más profundo de su vergüenza recibió algo de honor. Herodes le tuvo miedo, y hombres nobles, gobernantes y centuriones se acercaron y se inclinaron ante él. Pero esta promesa se cumplió de manera mucho más plena cuando los reyes recibieron su evangelio, se sometieron a su autoridad, se unieron en adoración y se consideraron siervos de Cristo. Cristo no valora a los ricos por encima de los pobres, porque todos están en igualdad delante de él. Aun así, el reino de Cristo recibe honra cuando los grandes de la tierra lo apoyan abiertamente y le rinden homenaje.
Esto ocurriría por causa de la propia promesa de Dios. Él daría a Cristo las naciones como herencia, y eso demostraría que Dios lo había enviado y escogido. También probaría que Cristo tenía plena autoridad para todo lo que hizo y que Dios respaldaría al que había designado.
Dios también promete sostener a Cristo en su obra y bendecir a todos los que reciben la salvación por medio de él. Dice: «En un tiempo favorable te escuché» (Isaías 49:8). Es decir, Dios lo escucharía. Durante los días de su vida terrenal, Cristo ofreció ruegos y súplicas con fuertes gritos, y fue escuchado (Hebreos 5:7). Él sabía que el Padre siempre lo escuchaba (Juan 11:42). El Padre lo escuchó por causa de él mismo y le dio fuerzas para beber la copa, aunque esta no fuera apartada. También lo escuchó por todos los que le pertenecen. Por eso Cristo podía orar por ellos con plena autoridad y decir: «Padre, quiero» (Juan 17:24).
Toda nuestra alegría fluye de la posición del Hijo delante del Padre y del poder de su oración. Esto es parte de lo que hace que el tiempo del evangelio sea un tiempo favorable, porque por medio de Cristo somos aceptados por Dios. Somos reconciliados con él y acercados a él, porque Dios escucha al Redentor a favor nuestro (Hebreos 7:25). Dios no solo lo escuchará, sino que también lo ayudará a terminar su obra. El Padre siempre estuvo con él y no lo abandonó, aun cuando sus discípulos sí lo hicieron.
Cuando los poderes de las tinieblas atacaron al Señor Jesús en su hora, Dios prometió preservarlo y mantenerlo firme. Los siete ojos sobre la piedra señalan el cuidado pleno y vigilante de Dios (Zacarías 3:9). Dios preservaría la persona y la obra de Cristo, y preservaría su reino entre la humanidad, aunque los enemigos lucharan contra él por todos lados. Cristo es preservado mientras el cristianismo también es preservado.
Dios también autoriza a Cristo para llevar a su iglesia los beneficios de la redención. El hecho de que Dios lo preserve y lo ayude haría que el tiempo del evangelio fuera un tiempo de salvación. El apóstol lo explica así: «Ahora es el día de salvación» (2 Corintios 6:2). Cristo es dado como pacto para el pueblo (Isaías 49:8). Esto significa que él es la garantía y confirmación de todas las bendiciones del pacto.
En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, y puesto que no perdonó ni a su propio Hijo, tampoco nos negará lo que verdaderamente es bueno. Cristo no es solamente el mediador, el que reúne a las dos partes, sino también el corazón mismo del pacto. Todo lo que el pacto exige se resume en pertenecerle a él, y toda su bendición se resume en que él nos pertenece.
También reparará los lugares quebrantados de la iglesia y la edificará firmemente sobre una roca. Establecerá la tierra, es decir, la tierra de Judea, que señalaba a la iglesia. Hará que las herencias arruinadas vuelvan a ser habitadas. Esto ocurrió cuando las ciudades de Judá fueron pobladas nuevamente después del cautiverio, y también ocurrió cuando la iglesia, que se había vuelto como una tierra desolada durante los últimos años de la nación judía, volvió a llenarse mediante la predicación del evangelio.
Él liberará a las personas de la culpa y de la corrupción, y las llevará a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Dice a los prisioneros, que estaban bajo la justicia de Dios y bajo el poder de Satanás: «Salgan» (Isaías 49:9). La misericordia que perdona nos libera de la maldición de la ley, y la gracia que renueva nos libera del dominio del pecado. Ambas cosas provienen de Cristo y pertenecen a la gran salvación. Él es quien dice: «Salgan», y el Hijo nos hace libres; por eso somos verdaderamente libres.
También dice a los que están en oscuridad: «Muéstrense». Esto significa no solo ver la luz, sino vivir abiertamente para la gloria de Dios y para nuestro propio consuelo. Cuando envió a los leprosos fuera de su confinamiento, les dijo: «Vayan y muéstrense al sacerdote». De la misma manera, cuando vemos la luz, debemos dejar que nuestra luz brille.
Cristo también cuidará el viaje seguro de aquellos a quienes libera hasta que lleguen a su lugar de descanso y a su hogar establecido (Isaías 49:9-11). Estos versículos se refieren primero a los judíos que regresaban del cautiverio, cuando Dios los puso bajo su cuidado especial como aquellos a quienes favorecía de manera particular. Pero también describen la dirección que reciben todos los israelitas espirituales de Dios, desde su liberación de la esclavitud hasta su establecimiento en el Canaán celestial.
No tendrán que pagar sus propios gastos, y serán alimentados gratuitamente con lo que necesitan. Pastarán por los caminos como ovejas, porque Dios todavía guía a José como a un rebaño. Cuando Dios lo decide, hasta el camino mismo se convierte en un buen pasto para las ovejas de su campo. Su pasto no estará solamente en los valles, sino también en los lugares altos, que por lo general son secos y estériles. Dondequiera que Dios guíe a su pueblo, se asegurará de que no le falte nada bueno para él (Salmo 34:10).
Recibirán provisión tan abundante que no tendrán hambre ni sed. Obtendrán lo que necesitan a su debido tiempo, antes de que su necesidad se vuelva desesperada. También estarán protegidos de todo lo que pudiera afligirlos. El sol no los golpeará con su calor ardiente, y Dios le dará descanso a su rebaño al mediodía (Cantar de los Cantares 1:7). Nada dañino les ocurrirá a quienes se ponen bajo la protección de Dios. Él también los ayudará a soportar el peso y el calor del día.
Estarán bajo la guía bondadosa y constante de Dios. El que tuvo misericordia de ellos al sacarlos del cautiverio los guiará, tal como guió a sus antepasados en el desierto por medio de una columna de nube y de fuego. Los guiará incluso junto a manantiales de agua que estarán listos a lo largo del camino. Dios les dará consuelos apropiados y oportunos, no como los charcos poco profundos del valle de Baca, sino como el agua de la roca que seguía a Israel.
Quienes viven bajo la dirección de Dios y la siguen de cerca pueden esperar legítimamente recibir consuelo de él. El mundo guía a sus seguidores hacia cisternas rotas o hacia corrientes que se secan durante el verano. Pero Dios guía a su pueblo junto a manantiales de agua.
Aquellos a quienes Dios guía también encontrarán un camino abierto y obstáculos removidos (Isaías 49:11). Dios dice: «Convertiré todas mis montañas en camino». El mismo Dios que una vez convirtió el mar en un camino transformará con igual facilidad las montañas en una carretera, aun cuando parezca imposible atravesarlas. La calzada, o camino elevado, será construida para hacer la ruta más clara y hermosa.
Los caminos por los que Dios guía a su pueblo están bajo su cuidado, y él se asegurará de que se mantengan en buenas condiciones, como los caminos hacia las ciudades de refugio en Israel. La nivelación de los caminos desde Babilonia, anunciada en (Isaías 40:2, Isaías 40:3), se aplicó a la obra del evangelio, y esta promesa también puede entenderse de esa manera. Aunque en el camino al cielo hay dificultades que no podemos superar con nuestras propias fuerzas, la gracia de Dios será suficiente para ayudarnos a atravesarlas y convertir incluso las montañas en un camino (Isaías 35:8).
También los reunirá de todos los lugares para que regresen como un solo pueblo. Así podrán animarse unos a otros y hacerse más visibles. Sus enemigos los habían dispersado por diferentes partes de Babilonia para impedir que se unieran. Pero cuando llegara el momento de Dios para llevarlos de regreso a su tierra, un mismo espíritu movería a todos. Los que estaban más lejos y quienes habían encontrado refugio en otras tierras se reunirían con ellos en la tierra de Judá (Isaías 49:12). Algunos vendrían de lugares distantes, otros del norte, otros del occidente y otros de la tierra de Sinim, que probablemente era una provincia de Babilonia no mencionada en ningún otro lugar de la Escritura. Algunos piensan que se trataba de una región cercana a una de las principales ciudades de Egipto, llamada Sin, mencionada en (Ezequiel 30:15-16).
Esta promesa también señala de antemano a los muchos convertidos que entrarían a la iglesia del evangelio, y tendrá su cumplimiento pleno cuando el pueblo escogido de Dios venga del oriente y del occidente para sentarse con los patriarcas en el reino de Dios (Mateo 8:11).
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De este capítulo
Isaías 49:1
"Escúchenme, islas, y presten atención, pueblos lejanos: el SEÑOR me llamó desde el vientre; desde las entrañas de mi madre hizo mención de mi nombre."
Isaías 49:2
"Hizo mi boca como una espada afilada; me escondió bajo la sombra de su mano, me convirtió en una flecha pulida y me ocultó en su aljaba."
Isaías 49:3
"Y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien seré glorificado»."
Isaías 49:4
"Entonces dije: «En vano he trabajado; para nada y en vano he gastado mis fuerzas. Sin embargo, ciertamente mi juicio está con el SEÑOR, y mi obra, con mi Dios»."
Isaías 49:5
"Y ahora dice el SEÑOR, quien me formó desde el vientre para que fuera su siervo, para hacer volver a Jacob a él: Aunque Israel no sea reunido, seré glorioso ante los ojos del SEÑOR, y mi Dios será mi fuerza."
Isaías 49:6
"Y él dijo: «Es poca cosa que seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob y restaurar a los preservados de Israel; también te daré como luz para los gentiles, para que seas mi salvación hasta el extremo de la tierra»."
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